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Fecha: noviembre, 2014
La desconfianza de Thamus
Jorge Praga 30-11-2014 | 7:39 | 0

La concesión del premio Nacional de las Letras a Emilio Lledó trae la obligación festiva de compartir con él la distinción, de buscarle y reencontrarle donde siempre ha estado: en las estanterías de la biblioteca, en esos libros que suavemente van aterrizando sobre la mesa como aplauso silencioso. “Por medio de los libros se ha vencido al tiempo”, dice en un capítulo de su hermoso ‘Elogio de la infelicidad’. Vencer al tiempo, nada menos, y con un arma exclusiva, el libro, “una peculiar tablilla de cera que encierra un mundo inabarcable, y que apenas cabe en sus límites reales, en su espacio objetivo”.

Tal vez sea ‘El silencio de la escritura’ la obra donde alcanzó el corazón del arma que vence al tiempo. En cierta manera este breve tratado funciona como una guía de lectura, un metalibro que contiene una indagación reflexiva, una meditación. Si meditación viene del latín “mederi”, que significa cuidar, curar, remediar, la meditación que atraviesa este libro es un efectivo cuidado de su misma textura y armazón. Cuidado, atención, discernimiento que Emilio Lledó principia en su raíz más profunda, en el aristotélico animal que habla y que con su logos en la garganta es capaz de elevarse sobre la realidad inmediata de lo sensible, y discurrir sobre dioses y héroes que nadie ha visto. Pero ese universo oral de narraciones y ensueños está ceñido por su tiempo expositivo, apenas queda nada de él cuando cesa el runrún de la palabra en el oído atento de la escucha, y difícilmente ganará el más allá del futuro. El invento remoto de la escritura es el que permitió al hombre atesorar las palabras, extenderlas y difundirlas lejos de su germinación y de su tiempo. ¿Es esa la derrota del tiempo, la victoria de los libros, un registro de escritura de notario?

Los orígenes de la escritura conducen a Lledó a un mito de raíz egipcia que Platón anota en su diálogo ‘Fedro’. En él se cuenta que un antiguo dios, Theuth, inventor del cálculo, de la astronomía, del juego de damas, acudió a Thamus, rey de Egipto, para que difundiera entre sus súbditos esas riquezas inmateriales, entre las que también se encontraban las letras y su tejido en palabras y frases. De cada hallazgo daba el dios cuenta de sus ventajas, y de las letras decía que eran un fármaco de la memoria y de la sabiduría. Sin embargo el rey Thamus no compartió el entusiasmo divino y desconfió inmediatamente de las palabras escritas  “porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprenden, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos a ellas, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos”.

La desconfianza del rey Thamus no proviene solamente de que ese suplemento exterior de memoria frena la gimnasia personal del almacenamiento, una queja que seguimos oyendo en nuestros días cuando se incita a los escolares a usar el gigantesco almacén de la Red en detrimento de su propia capacidad de memorizar. La desconfianza tiene una raíz más profunda, está cifrada en ese “recuerdo desde fuera”, en esos “caracteres ajenos” que cita el texto de Platón. Si la escritura es un cajón neutro que alberga un discurso previo servirá únicamente para la datación, y se agotará en un tránsito referencial. Lledó, cómplice de Thamus, ya ha experimentado en su propia disciplina filosófica ese reduccionismo de la escritura a banco de información que deja sin ningún vuelo al texto, “pendiente en el hilo de una disecada historiografía filosófica, donde las propuestas de los filósofos aparecen como piezas puestas a secar, bajo el sol de las noticias sin sustancia, de las informaciones incomprensibles”. Cuántas veces la enseñanza de la filosofía, o de cualquier otra disciplina meditativa, no es más que esa visita aburrida e inútil a un Museo de los Textos en el que nada se aprende.

La estrategia que Emilio Lledó propone para salvar esa sequedad es la del diálogo basado en el logos intersubjetivo en el que se fundamenta y fertiliza el lenguaje. Hablar y dejar hablar, pero si el interpelado es un texto escrito, este “responde con el más altivo de los silencios”, como anota Platón en ‘Fedro’. Ese silencio solo se quiebra si entra en juego, activamente, el lector y su voz interior. El libro, el texto, solo adquiere verdadera vida en el momento de la recepción con un lector en busca  de sus inquietudes y preguntas, a las que engarzará las suyas propias de experiencias y recuerdos. “El único lenguaje que habla es el lenguaje interior. En él queda asumida toda escritura”. Esta forma activa y apropiadora de leer la conoce Emilio Lledó desde sus primeros años: el recuerdo más preclaro y agradecido de su tiempo escolar es la lectura del Quijote que le proponía su maestro don Francisco, y el comentario personal al que invitaba a cada alumno para que viviera la novela, para que la hicieran suya y la gozase.

Así se da cumplida cuenta de la exigencia final de Thamus de que las almas debían usar la escritura “desde dentro de ellos mismos y por sí mismos”. El lector no va a ser el agente descodificador de una jerga, sino el que pone en juego su ser interior, su historia íntima. Su memoria, entendida como compendio activo. De ella dice Platón en el ‘Teeteto’ que es como una tablilla de cera en la que va dejando huella el trascurso vital del individuo. Esa tablilla, personal pero trabajada en el logos comunal de los seres humanos, es la que se confronta con la otra tablilla manchada de escritura por la mano y la mente de un autor escondido y desaparecido tras los trazos. En el encuentro de ambas, en sus resonancias, complicidades y desencuentros, se pone en juego la vitalidad de la escritura, salvándola del encierro sin vida o de la reproducción mecánica. “Pensar no es leer letras, sino provocar un discurso interior en el que se plasma la continuidad de la consciencia como memoria”.

(publicado en La sombra del ciprés, sábado 29 de noviembre de 2014)

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Un debate crucial sobre las matemáicas en España
Jorge Praga 23-11-2014 | 9:33 | 0

Julio Rey Pastor (Logroño 1888 – Buenos Aires 1962) fue un personaje clave en el desarrollo de las matemáticas en España, y en Argentina, en el pasado siglo. Autor de más de una treintena de libros, algunos de ellos de consulta estudiantil hasta fechas cercanas, ejerció cátedras a ambos lados del Atlántico, dinamizó y creó instituciones científicas, dejó una buena pléyade de discípulos, ingresó en la Real Academia de la Lengua en 1954… Es decir, ejerció con pasión la matemática, y desde la matemática maniobró con los poderes políticos, en complejas relaciones con la Republica, el franquismo o el peronismo. Un poliedro geométrico irregular de abundantes caras sería una buena metáfora espacial de su nutrida biografía. Y ahora vuelve a la actualidad por la reedición que la editorial asturiana KRK hace de su discurso inaugural del curso 1913-14 en la Universidad de Oviedo.

‘Los matemáticos españoles del siglo XVI’ fue el título de la disertación, con el aura sospechosa de exposición de especialista cerrada a un tema exclusivo y excluyente, vicio habitual de la universidad patria. Todo lo contrario. Rey Pastor lo escoge porque está en el eje de una polémica que viene de décadas atrás, y que enfrentó a dos figuras de la talla de Menéndez Pelayo y José Echegaray (que además de su producción dramática culminada con el premio Nobel en 1904, y su tarea de ministro de Hacienda, ejercía de ingeniero y de matemático). El primero trata de enaltecer a la ciencia española en los albores de la Edad Moderna en confrontación con la visión negativa y negra del exterior, en una operación de neto trasfondo ideológico; mientras que José Echegaray en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias de Madrid concluye tajantemente: “La ciencia matemática nada nos debe; no es nuestra, no hay en ella nombre alguno que labios castellanos puedan pronunciar sin esfuerzo”. No es cuestión baladí la que se debate. Pues frente a la consideración de la ciencia patria como perla necesaria en el esplendor de la cultura de ideología católica y conservadora, Echegaray contrapone un yermo que tiene como consecuencia la calamitosa ciencia española a principios del siglo XX. Y Rey Pastor penetra en el enfrentamiento de la forma más directa: leyéndose todos los tratados de los matemáticos españoles del siglo XVI, y confrontándolos con los de su entorno europeo.

La exposición, llena de interés y al alcance de un lector no especializado, es meridiana en su conclusión: “España no ha tenido nunca una cultura matemática moderna”. Los autores que Rey Pastor estudia se limitaron a reproducir obras muy anticuadas, al margen totalmente de indagaciones contemporáneas. Una cerrazón reforzada por la pragmática de Felipe II en 1559 que prohibía a los naturales del reino salir a estudiar fuera, y por el cierre de la Academia de Matemáticas en 1624. Con ese panorama de desenganche y abandono no es de extrañar que cuando Diego de Torres Villarroel ocupa la cátedra de Salamanca en 1727, declare: “Unos sostenían que la matemática no eran más que enredos y adivinaciones, y otros que era cosa de diablos y brujas”. Rey Pastor alarga esos tiempos oscuros hasta los comienzos del siglo XX, anotándolos sobre su propia biografía: “Sí, digámoslo sin eufemismos: exceptuando alguna cátedra aislada, todos recordamos el instituto y la universidad como cárceles en que padecimos cruel condena; perdiendo los mejores años de nuestra juventud, sujetos a trabajos forzados de repetición memorística, que torturaron nuestra inteligencia, inutilizándola para la producción original”. ¿Seguirá teniendo alguna vigencia, cien años después, este desolador balance?

Mención especial merece la edición de KRK, preparada en un delicado volumen de tapas duras. Corre a cuenta de Inmaculada Fernández Benito y Juan Ángel Canal Díez, catedráticos de Instituto en Valladolid, la una en matemáticas, en filosofía el segundo. Apoyan el texto de Rey Pastor con sus notas minuciosas, lo reconstruyen en las variantes de las sucesivas ediciones, y sobre todo lo extienden en un largo Epílogo que da cuerpo a desarrollos matemáticos y a bosquejos biográficos, sorprendentes a veces como en la aparición científica de Ramiro Ledesma Ramos, olvidado nacional-sindicalista. Una ejemplar labor de edición, marcada desde la portada por ese abanico o caracola hecho de triángulos rectángulos de la misma base cuya hipotenusa es la raíz cuadrada de los números naturales, tarea de construcción escolar que tal vez algún lector recuerde y reencuentre en esta bella disposición.

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