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Fecha: abril, 2015
El espectador aislado
Jorge Praga 21-04-2015 | 3:35 | 0

El protagonista y narrador de la novela de Adolfo Bioy Casares, ‘La invención de Morel’, es un prófugo de la justicia que en su huida llega a una isla aparentemente deshabitada. Poco a poco irá advirtiendo señales de la presencia de otros seres que desarrollan sus relaciones ajenos a la mirada insistente del protagonista. Ni siquiera la pasión amorosa de este por una mujer, Faustine, sirve para romper el aislamiento en el que están envueltos en esa isla alejada de todo, autónoma y misteriosa. Solo en la parte final de la novela el prófugo irá desvelando la naturaleza artificial de estos seres, procedentes de grabaciones previas que un científico heterodoxo y más bien loco –Morel, tal vez eco del Moreau de H.G. Wells- alimenta a través de un sistema energético basado en las mareas, con el que asegura su proyección sin fin.

Imágenes con vida propia, independientes de la mirada que las reciba y les dé sentido. Una “imaginación razonada” en palabras de Jorge Luis Borges, que firma el prólogo y recibe a cambio la dedicatoria de su íntimo amigo. Una imaginación que abandona su fabulación novelesca y se hace realidad esa tarde que acudes al cine, llegas unos segundos tarde a la proyección, y descubres la sala vacía enfrentada a la trepidante vida de la pantalla. Personajes que dialogan, o se persiguen, o se besan en escenarios cambiantes bañados en música, y solo tu presencia tardía permite enhebrar el ojo-vórtice que justifique y albergue el torrente de situaciones. Un cambio de planes de última hora en este espectador único y la proyección completa se hubiera desarrollado ante una ordenada sucesión de butacas vacías, una isla de Morel sin prófugo que testifique.

Cuantificado en el transcurso general del arte, el cine es un invento reciente, muy reciente. Nuestros bisabuelos o tatarabuelos no tuvieron noticia ni disfrute del invento de los hermanos Lumière. Y, en ese formato de proyección pública, es muy posible que el fantasma de las salas vacías esté anunciando su pronta y definitiva liquidación, imposibilitado de encontrar el sistema energético de mareas que permita su funcionamiento autónomo sin espectadores. A nuestros nietos no llegará el invento, extendido a unas pocas generaciones predigitales, sin que valgan de nada lamentos y nostalgias.

Es esta una época fronteriza, en que las nuevas tecnologías dejan atrás hallazgos como la fotografía química o la impresión de sonido en soporte material. Incluso el papel de prensa para el que escribo estas líneas se sumerge en un horizonte oscuro. La fotografía digital es distinta a su predecesora, pero hereda casi todas sus cualidades. Tampoco parece que el periódico, trasladado a la pantalla, destruya las bondades del amado papel. Pero el cinematógrafo que viene de los Lumière, adaptado a los nuevos soportes en los que ya se mueve con total fluidez, sufre una amputación esencial: la sala pública de exhibición. Y a su esencialidad concurren al menos dos motivos (sin entrar en las bondades técnicas de la proyección en sí). Uno es la pérdida de ese lugar abstracto, sin dueño ni presencia más allá de la anecdótica mala educación de algún vecino de localidad. En la densidad oscura y sin agarraderas de la proyección el espectador, el buen espectador, puede aspirar a disolver su individualidad y su circunstancia para transformarse en un receptor puro, en ese ser que muchas veces ha construido la teoría cinematográfica, y cuya mejor metáfora es la del hombre invisible (otra vez las entelequias de H. G. Wells), el perfecto voyeur que mira sin ser mirado. Por el contrario, en el hábitat doméstico o privado, cargado y cansado de particularidades, el vuelo transmigratorio de los ojos se antoja problemático, sobre todo para quien ha frecuentado las grandes pantallas. Las nuevas generaciones, encapsuladas en sus proyecciones diminutas, no padecerán esta mutación.

La otra pérdida que acarreará la desaparición de las salas de cine será inevitablemente la cancelación social de su actividad, entendida esta sociabilidad a la manera tradicional de ágora directa y física tejida con los demás, convenientemente fijada por un calendario homogéneo de estrenos, y por una repercusión inmediata en prensa, radio y televisión. El peso social de esa actividad se prolongaba y cualificaba a través de la crítica ejercida en estos medios. Nada de esto funciona ya para el nuevo espectador, provisto de mecanismos  -legales o ilegales- para determinar a su conveniencia las proyecciones, y emplazado en el ágora permanente de las redes sociales donde la cúspide de una voz autorizada y crítica es difícil de localizar, siendo sustituida en ciertas páginas de Internet por un barrido horizontal de opiniones.

Pero de nada vale condenar con los ojos cerrados el futuro inevitable. Nuestros bisabuelos ya echaron pestes del cinematógrafo que cerraba teatros y transmutaba horarios. “Todo ha cambiado”, proclamaba hace doscientos años el escritor francés Paul-Louis Courier. Esa sensación y ese balance han acompañado siempre al hombre que por edad puede juntar unas cuantas vivencias, y más aún en esta época de tecnología fronteriza. Las imágenes de Morel que flotaban en la nada de su proyección sabrán de nuevo encontrar al espectador necesitado de su sabiduría narrativa, y la crítica encontrará nuevos caminos para ayudarle a desbrozar la maleza. A la usanza antigua, será un espectador aislado, pero las categorías del pasado de nada sirven si traen nubes negras que bloqueen sus posibles enseñanzas. “Somos el tiempo que nos queda”, sentenció Caballero Bonald. O dicho con palabras de Morel, “yo no tengo próxima vez, cada momento es único, distinto, y muchos se pierden en los descuidos”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 11 de abril de 2015)

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