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Fecha: octubre, 2015
Paisajes y vidas desoladas
Jorge Praga 30-10-2015 | 4:36 | 0

Seminci

Punto de Encuentro. Sábado 31 de octubre de 2015

Jake Gavin se embarcó en el proyecto de ‘Hector’ tras su trabajo como voluntario en albergues de acogida a vagabundos. Allí puso el oído para enterarse bien de cómo viven, o sobreviven, estas personas. Y abrió también el corazón para dejar entrar los sentimientos que se esconden tras pieles muy curtidas. Se dio cuenta que ese era un gran filón, y no paró hasta reunir en un guion la multitud de detalles que dan credibilidad y empaque a su película, la primera, y sin embargo bien sólida.

Héctor es un vagabundo que todas las navidades se traslada a un refugio de Londres para encontrarse con otros como él. Una costumbre de ave migratoria a la que permanece fiel, aunque tenga que cruzar Inglaterra en auto stop apoyado en una muleta y durmiendo en donde el cuerpo caiga. El rodaje se acomoda a ese viaje por lugares desolados, en pleno invierno, y ahí es donde resalta poderosamente la formación y la experiencia de Jake Gavin como fotógrafo. Los planos estáticos de los arrabales de ciudades y autopistas, los del paisaje aterido de diciembre, enmarcan y tiñen intensamente el trayecto de este vagabundo, comunicando la dureza de su vida y empapando de frío y soledad los ojos del espectador.

El vagabundo es de pocas palabras, tan seco como el paisaje invernal, y su capacidad de contar y transmitir pasa por los gestos de su cara y la hondura de los ojos. La composición actoral de Peter Mulan está a la altura de ese desafío, llena de silencios expresivos. Basta con su mirada sostenida para despreciar la limosna que le extiende su cuñado, o la manera en que extiende las arrugas por su cara para entender el trauma que le llevó al anonimato de las calles. Gran trabajo, como también el del resto de los actores, los buenos actores de la escuela británica. Una película de estas características siempre tiene el peligro de la mirada compasiva, de los sentimientos lacrimosos que en algún lugar esconderán los sintecho. La película lo roza en la figura de la voluntaria que lleva muchos años recibiendo a Hector y sus compañeros en Navidad, también en el reencuentro con el hermano. Pero finalmente prima la verdad áspera de ese hombre que eligió el vacío y las carreteras sin dirección como hogar.

Una comunidad viciada

La película sueca ‘Flocken’ también se ocupa de seres marcados por la violencia y el dolor, aunque en este caso es obligado elevar el prisma de la mirada hacia toda una colectividad. En un pequeño pueblo sueco en el que parece reinar la armonía, una muchacha de catorce años denuncia que ha sido violada por un compañero de clase. Las pesquisas van dando credibilidad a la denuncia, pero el ambiente se enrarece pronto, y los habitantes del pueblo se van acercando a la familia del violador, exigiendo a la de la chica que retire la acusación. Las dinámicas de grupo, o dicho en términos menos técnicos, el gregarismo y el miedo de los cobardes, hace que la presión machista aumente cada vez más y pase a la violencia, resquebrajando la familia de la chica y dejando a esta casi en soledad, abrazada a un árbol del bosque.

La película despoja el conflicto de asideros legales o protección policial, un aislamiento que recuerda el desnudo experimento de Lars Von Trier en ‘Dogville’. Como en esta, el mal que se extiende por el pueblo de ‘Flocken’ es un gas nada noble que todo lo contamina, aunque las causas son más monolíticas y más simples que en Von Trier. La realización de Beata Gardeler insiste en ese ambiente cargado y opresivo, con una luz lechosa y fría que no irradia energía, y con unos paisajes de bosques y lagos que no quieren saber de su belleza. El silencio zumba como un moscardón, y la película va cerrándose sobre sí misma, sin que la culpabilidad del chico alivie al espectador.

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La risa de Binoche
Jorge Praga 30-10-2015 | 4:34 | 0

Seminci

Caro Diario. Sábado 31 de octubre de 2015

En 1993 Juliette Binoche tuvo sobre la mesa dos ofertas: ‘Parque Jurásico’ y ‘Tres colores: Azul’. La propuesta de Steven Spielberg parecía irresistible, pero Binoche se inclinó por la de Krzysztof Kieslowski. Vistos los resultados veintitantos años después no cabe sino elogiar su olfato, más todavía después de sufrir a su desgarbada sustituta Laura Dern naufragando entre dinosaurios. Pero la elección de la intérprete francesa no solo la apartó de un título planetario y de un chorro de dólares. También la impregnó de un cariz profesional.

La decisión era coherente con  ‘La insoportable levedad del ser’ o ‘Los amantes de Pont-Neuf’. Cine de raíz intelectual, exigente. Con Kieslowski siguió hasta completar los otros dos colores, el rojo y el blanco, excesivo como toda trilogía. Y rápidamente llegó ‘El paciente inglés’ y la parafernalia de los Oscar. Sé de unos cuantos espectadores, entre los que me incluyo, que no tragaron la afectada película de Anthony Minghella ni al dúo de Ralph Fiennes con la Binoche. Y los prejuicios la persiguieron en sus trabajos posteriores, aunque llevaran la firma de Haneke, Kiarostami o Assayas. Envarada, por encima del personaje, con excesivo protagonismo… eran algunas de las críticas negativas que se oían. Tal vez la excepción fue ‘Chocolat’, donde abría su sensualidad con el brebaje de cacao hasta enrollarse con el pirata Johnny Depp.

Pero esta primavera se estrenó el ‘Viaje a Sils Maria’ y la trabada oposición a la actriz se disolvió como un azucarillo en café hirviendo. La Binoche, en el friso de la cincuentena, se olvidaba de máscaras y empaques y desnudaba su percha, su experiencia y sus cicatrices en la pantalla. Y su voz entre cigarrillos y whisky. Y su risa. Su risa fresca entrelazada en carcajadas, tantos años aguardándola. Como la de Greta Garbo cuando derrumba el telón de acero en ‘Ninotchka’. La risa que festeja un cuerpo grávido y verdadero, unos ojos hundidos pero diamantinos, un rostro que no te cansas de enfrentar. Ah, Binoche, cuánto mundo dentro guardas. Ojalá Coixet haya dado con él.

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Riesgos e ilusiones al comienzo del camino
Jorge Praga 30-10-2015 | 9:28 | 0

Seminci

Punto de Encuentro. Viernes 30 de Octubre de 2015

Punto de Encuentro se alió la jornada pasada con la Noche del Cine Español. Y el resultado no fue solamente una sesión animada, muy celebrada por la clá de cada uno de los cortos proyectados, sino una ventana a las inquietudes de autores que están en los comienzos ilusionados de su carrera, una patada a seguir. La sección Punto de Encuentro adolece, en opinión de quien firma, de un conservadurismo radicalmente contrario al del cine de principiantes que está obligado a programar. Prefiere la solidez a la innovación, los caminos conocidos a las sendas por descubrir. Los cortos de la noche pasada no dejaron de emitir señales de experimentación, búsqueda, riesgo, juventud artística. Ojalá sean captadas por quien corresponde.

La sesión se abrió con ‘Un dedo en los labios’, el esperado debut de Gustavo Martín Garzo codirigido con Gonzalo del Pozo Vega. La primera imagen ya es una declaración de ruptura con la narrativa tradicional. La actriz, enfrentada en primer plano al objetivo del que no separa los ojos, recita una confesión que poco a poco va desvelando su intimidad y tragedia. La voz y el gesto renuncian a los parámetros convencionales, buscando una sorprendente desnudez que va más allá de Bresson o el último Erice, y que tal vez conecte con aquella joya que era ‘Los montes’, de Martín Sarmiento. En torno a esa voz especial se suceden imágenes un tanto planas de Valladolid, mientras el texto avanza sobre interrogantes que no se clausuran.

’14 anys i un día’, de Lucía Alemany, y ‘En la azotea’, de Damià Serra discurren por cauces más realistas, servidos por una cámara que hace tiempo se olvidó del trípode, y de la que obtienen una fotografía muy matizada que se enreda en la rebeldía y en los miedos del universo adolescente. ‘Hermanos’, del vallisoletano Javier Roldán, está ambientada décadas atrás en un ambiente rural, lo que aprovecha el director para vertebrar sobre la luz y el paisaje castellano una historia de miedos ancestrales, potenciada por la mirada especial de dos niños y una cámara atenta a detalles casi buñuelescos. Los tiros y la sangre de sabor americano llegan con ´Los Ángeles 1991’, de Zac&Mac, con una voz en off que introduce ironía y matices inesperados sobre una banda sonora potente. Nadia Mata Portillo plantea en ‘Marceline Blurr’ algo así como una deconstrucción de materiales de la Nouvelle Vague –narrador, blanco y negro, énfasis, descaro- con los que elaborar un trayecto de fantasía poética teñido con notas de humor. Y por fin ‘Norte’, de Javier García, se aventura en la reconstrucción del diálogo entre un etarra y la mujer de su víctima, ceñido a una estancia de la prisión.

Un duelo muy visto

Cine diferente y múltiple, estimulante, valioso siempre por la indagación y en muchos casos por los resultados. Alejado de fórmulas preestablecidas como las que exhibió el largometraje italo-argentino de la sesión anterior, ‘El duelo del vino’, de Nicolás Carreras. La película no se distingue demasiado de esos atropellados concursos de gastronomía habituales en la televisión, salpicados de planos nerviosos y mucho énfasis gestual. Tras un inicio de sumiller aliado con caradura para ganar un concurso, la historia se pierde por los meandros de un recorrido turístico por Italia y España, que además de vender paisaje nos aturde con vinos que difícilmente probaremos, más aun cuando la Ribera del Duero ni se toca. Pero, como dijo mi tocayo Bergoglio, quién soy yo para llevar la contraria al público que aportó carcajadas y aplausos.

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El Potemkin de Cándido
Jorge Praga 30-10-2015 | 9:25 | 0

Seminci

Caro Diario. Viernes 30 de Octubre de 2015

La cita fue a la usanza de aquellos años finales del franquismo, con persona interpuesta que finalmente te daba hora y lugar: “la proyección será en el Reyes Católicos a las ocho de la tarde”. Y allí nos juntamos un grupo con tufillo clandestino a la espera de conocer ‘El acorazado Potemkin’, la mejor película de todos los tiempos según una célebre votación, todavía más deseada por la tajante prohibición de exhibirla. A la hora convenida, con el proyector a nuestras espaldas y la sábana blanca esperando, Cándido Fernández nos dijo unas palabras y la oscuridad dejó paso a las imágenes de la revuelta marinera de Odesa. Cándido Fernández. Cuántas películas inolvidables le debo, como le debe cualquier cinéfilo vallisoletano que peine canas. Aquellas sesiones del teatro Valladolid, la Cátedra de Cine, su palabra cachazuda.

En los tiempos anteriores al vídeo la posesión de una película era algo excepcional que siempre envidié. Así que con uno de mis primeros sueldos me hice con una copia del Potemkin en súper 8, y emulé en lugares de lo más diverso la proyección clandestina del Reyes Católicos. Hasta en la pared de un frontón de Cuéllar en una noche de junio con grillos hice trabajar a mi pequeño proyector. Y siempre se recibía la película con respeto, con admiración, con profunda impresión. Un día se la puse a mi madre, que no pudo aguantar la sucesión de rostros en primer plano agitados por la semilla de la revuelta. “Esto es igual que la guerra civil”, me dijo conmovida. Finalmente el vídeo y el DVD arrumbaron mi copia de celuloide, aunque la película siguió dando un juego inacabable. En la clase de matemáticas entraba divinamente con la proporción aurea que gobierna su montaje.

De aquella proyección clandestina, a la solemne de hoy con la Sinfónica de Castilla y León. Comprometida música que tiene que hacer de palabra colectiva e insurrecta, y no descolgarse ni un segundo de un montaje tan calculado y rítmico. La emoción volverá a recibir la obra de Eisenstein, seguro, sin necesidad de citas clandestinas y miradas temerosas.

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La importancia de un plano
Jorge Praga 29-10-2015 | 8:58 | 0

Seminci

Punto de Encuentro. Jueves 29 de octubre de 2015

Un plano puede dar la medida del atrevimiento, de la profundidad de un director. Es una decisión de pocos segundos, como la que toma el checo Slávek Horák para cerrar ‘Domácí péce’: en la larga y jocosa fiesta bien regada de alcohol que sigue a una boda, el padre de la novia se sienta a descansar, abstraído. Al lado, una silla vacía. Su mujer, muy enferma, ha batallado pero no ha podido más. Es un plano triste,  con la muerte presentida desde el principio en medio de la fiesta. Una voz grita desde el interior de los ojos: ¡Aguanta ese plano! ¡Aguántalo y cierra la película! La petición se cumple con exactitud.

Buen colofón a una película construida sobre el equilibrio y la justa mezcla: ternura y hondura, risas y lágrimas, alegría y tristeza. Vida y muerte. El tema central es para coger aire antes de seguir: un cáncer de páncreas detectado a la protagonista tras un accidente fortuito (lo provoca uno de los vectores cómicos del metraje, un paso subterráneo que la UE ha financiado para que las ranas del bosque colindante crucen la carretera). La mujer ha dedicado toda su vida a atender enfermos y ancianos, y disuelve su problema en los males que la rodean, con la ayuda extra de curanderos y visionarios que aportan su grano de pimienta. Los gags se suceden a ritmo pausado, a veces con tanta distancia que enfrían la sala. Algunos son ciertamente para archivar, como el del móvil que cae al foso de una tumba instantes antes de que llegue el ataúd. Y todos se apoyan en la excelencia de los actores, con mención especial a la pareja protagonista: Bolek Polívka con la nariz enrojecida por el enjuague alcohólico y Alena Mihulová luchando contra las sombras enfermas que van ganando terreno en su cara.

Una pareja en Vilna

La finlandesa ‘2 yötä aamuun’, de Mikko Kuparinen, porfía por un equilibrio bien distinto al de la cinta checa: el que explora una relación que puede lanzar a los protagonistas a un ejercicio áspero de autoconocimiento, o a aliviarlo con el cauce almohadillado de los sentimientos amorosos. Mirarse al espejo en profundidad, o dejar que los ojitos se guiñen mutuamente.

Una arquitecta y un Dj coinciden una noche en un hotel en Vilna por motivos de trabajo. La osadía de él se encuentra con el aburrimiento de ella, y tras mucho alcohol acaban en la cama. El despertar trae la resaca y la vuelta a las obligaciones, que imponen una despedida fría. Pero las cenizas de aquel volcán islandés de cuyo nombre no quiero acordarme abren un tiempo nuevo, inesperado y vacío, que rompe las urgencias del presente y conduce la relación hacia fronteras impredecibles. Mikko Kuparinen da una de cal y otra de arena, una de música trepidante del Dj y otra de piano melifluo con postales de Vilna, y todo queda en suspenso. Y eso que la oportunidad de la gran clausura lo formula su personaje masculino: “Me gustan los hoteles, su filosofía; mañana arreglarán esta habitación y nada quedará de nuestro paso por aquí”. Pero solo se atreve a filmar el comienzo de ese plano existencial.

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