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Fecha: noviembre, 2015
La libertad de las reglas
Jorge Praga 21-11-2015 | 8:13 | 0

La ya desaparecida librería Lara, allá por el corazón de Fuente Dorada, proyectaba su enorme espacio interior en unos escaparates donde exhibía fondo editorial propio mezclado con novedades. El comienzo del curso escolar imponía la atención a libros universitarios, y en una de aquellas se pobló el escaparate de tomos con ejercicios: problemas de álgebra, de cálculo infinitesimal, cuestiones de física, análisis lingüísticos y… ‘Ejercicios de estilo’. Allí, disimulado entre manuales, estaba el libro irreverente de Raymond Queneau, al que unas manos despistadas (¿o no?) habían seleccionado por su título escueto. El escaparate habría encantado a Queneau, o a cualquier miembro de Oulipo, no solo por esa convivencia heteróclita de manuales, sino también por el reconocimiento implícito de una hebra canónica que nunca se alejó de las intenciones del grupo.

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‘Ejercicios de estilo’ alberga 99 formas posibles de contar un hecho sin importancia: una discusión en un autobús, y la reaparición de uno de los protagonistas horas después en una plaza parisina. Dar a ese trance completamente olvidable 99 variantes es un considerable ejercicio cuyo único músculo es el estilo, salpimentado con humor e inventiva. Queneau dice que le asaltó esa idea a la salida de un concierto en el que se interpretaba ‘El arte de la fuga’, de Juan Sebastián Bach, “considerando la obra de Bach no desde el ángulo del contrapunto y fuga, sino como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio”. Es difícil ver a Bach tras las piruetas de Queneau. Si acaso, un Bach desarmado por el jazz. Los pentagramas originales del músico teutón recorren estructuras previas en una ordenación que apunta a la combinatoria matemática, lo que nos lleva a la otra raíz del Oulipo entrecruzada con la literaria.

Anda por YouTube una grabación de Queneau impartiendo una charla sobre aritmética. Nada que ver con su empleo de secretario de la editorial Gallimard, ni con sus actividades literarias, cinematográficas o teatrales. Esa personalidad arbórea le acercó seguramente a un matemático que también trabajaba otras máscaras, François Le Lionnais, a quien su heterodoxia no le impidió dirigir libros canónicos como ‘Las grandes corrientes del pensamiento matemático’, imprescindible en la preparación de oposiciones de Instituto, y por ello candidato más que probable a los escaparates de la librería Lara, otra vez cerca de Oulipo (estos gestos inconscientes de la librería cabrían en lo que los oulipianos llaman “plagiarios por anticipación”).

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En la primera mitad del siglo pasado Francia vio germinar grupos e ismos de toda condición. Queneau estuvo ligado a los primeros surrealistas. Y a Le Lionnais tal vez le rozara la formación de Bourbaki, un grupo que pretendía recopilar toda la matemática bajo un paraguas axiomático, y que tuvo la chanza de amparar el anonimato de sus miembros tras un fracasado general franco-prusiano. La alianza de Queneau y Le Lionnais al fundar en 1960 el ‘Ouvroir de littérature potentielle’ buscó una cuña inexplorada entre matemáticas y literatura, universos dispares que sin embargo comparten la imposición de reglas específicas. La exploración de esas reglas y su variación abre un campo de potencial inagotable. Nada de irracionalismo, de escritura automática, de liberación del autor. Oulipo promueve la “littérature contrainte”, de coerción. Hacer literatura es tomar decisiones sobre la persona gramatical del narrador, la estructura temporal de la narración o las palabras que valen para la falsilla del endecasílabo. La búsqueda de otros procedimientos coercitivos traerá geografías inéditas. Es lo que pensó Georges Perec, uno de los grandes del movimiento, cuando en 1969 publicó ‘La disparition’, novela a la que le falta la letra “e”, la más usual del idioma francés, contestada luego con ‘Les revenents’, escrita con esa única vocal. Desafíos, uno tras otro. En sus poemas de ‘Beaux présents belles absentes’ el vacío dibuja el contenido: en el poema ‘A l’OuLiPo’ cada verso contiene todas las letras del abecedario (excepto las raras k, w, x, y, z) menos la que se quiere resaltar (la “o” en este verso: “Champ défait jusqu’à la ligne brève”). Y cada autor va jugando a su manera con la combinatoria, la aritmética, los espacios de la geometría, en una fusión que destruye fronteras. Decía Perec en uno de los recuerdos de ‘Je me souviens’: “Muchas veces he empezado manuales de matemáticas modernas diciéndome que si voy lentamente, si leo todas las lecciones en orden haciendo los ejercicios, no hay ninguna razón para que me acobarde”.

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Tal vez la obra de mayor penetración de las potencialidades numéricas sea ‘Cien mil millones de poemas’. Queneau escribe diez sonetos de idénticas rimas en hojas separadas, que luego une en un único tomo. Previamente ha cortado en tiras individuales los versos de cada soneto. El lector decide, al tirar de cada tomito de diez tiras, qué verso elige para cada posición del soneto. Catorce líneas con diez posibilidades para la primera, diez para la segunda…, dan un cómputo de poemas de catorce veces diez, 1014, 100.000.000.000.000, cien billones de poemas (bastantes más de los que promete el título español). Si dedicáramos ocho horas diarias a su lectura, con 15 segundos para cada poema, necesitaríamos una vida de… cincuenta mil millones de años.

“En el fondo me doy reglas para ser totalmente libre”, sentencia Georges Perec.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 21 de noviembre de 2015)

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El largo camino que nos ha traído aquí
Jorge Praga 15-11-2015 | 5:07 | 0

De cuando en cuando algunos científicos abandonan el aire cargado de sus laboratorios y la estrechez receptiva de sus revistas especializadas en pos de la brisa fresca del encuentro con el gran público ( y sus agradables cifras de ventas), para lo que no dudan en adelgazar su lenguaje hasta hacerlo digerible a casi cualquier estómago. El éxito puede rozar el best seller como en el caso de Stephen W. Hawking y su ‘Historia del tiempo’, o alcanzar al menos una buena difusión, como es el caso de las “sumas” que cada cierto tiempo propone Roger Penrose, o las incursiones matemáticas de Marcus du Sautoy.

Steven Weinberg es un acreditado físico que recibió el premio Nobel en 1979 por sus aportaciones al Modelo Estándar. Pero también se ha preocupado de dar a conocer los progresos de su disciplina en obras como ‘Los tres primeros minutos del universo’, y por esa labor divulgativa se le otorgó el premio Lewis Thomas. Como él mismo cuenta, la curiosidad le arrastra a veces hacia campos de la ciencia que desconoce, y lo que hace, “como es natural en un profesor universitario”, es presentarse voluntario para impartir un curso sobre el tema. En la Universidad de Texas se ha ocupado en los últimos años de la historia de la física, y de la astronomía, y ahí se encuentra el germen de su libro ‘Explicar el mundo’. Llega  en una fluida traducción de Damià Alou (al que no cabe imputarle, creo, la confusión entre números racionales y números “enteros pequeños”).

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Estamos ante un libro ambicioso que excava en las raíces de la física, aunque sin abandonar ni olvidar las ramas más altas y desarrolladas del árbol. Su mirada hacia el pasado arranca en la cultura griega clásica, origen según el autor de la ciencia occidental. Y termina en la primera gran síntesis en la que se reconoce y reconoce la ciencia que él practica, formulada por Newton a finales del siglo XVII. No pretende hilar una línea sostenida de descubrimientos (“Soy físico, no historiador”, dice en la primera línea de su obra), sino algo distinto y más ambicioso: “este libro no trata de cómo llegamos a aprender diversas cosas sobre el mundo (…): se trata de cómo aprendimos a aprender lo que es el mundo”. Un camino paralelo al del progreso, un paso al lado de los grandes avances no para anotarlos en sí, sino en lo que suponen de conformación de un pensamiento científico que cuaje una explicación del mundo.

El trabajo de Weinberg ha sido aplaudido y ensalzado por irreverente, por no tener pelos en la lengua para señalar errores científicos o esterilidades metodológicas. La irreverencia puede venir de su desprejuiciado análisis, pero también de su tajante y estrecha declaración inicial: “Soy físico”. Físico imbuido en las estrategias y métodos actuales, y desde esa posición urde su trabajo. En un momento de su obra se equipara con los historiadores que Herbert Butterfield tilda de progresistas: “Juzgan el pasado según su aportación a nuestras actuales prácticas ilustradas”. Tras esa escuela Weinberg estudia cómo la ciencia del pasado, incluso la de los remotos griegos, fue progresando hacia escalones superiores que tenían como cima la revolución científica de los siglos XVI y XVII. Y en ese ascenso vertical, con objetivos decididos y victoriosos, queda poco tiempo para adentrarse y perderse en la horizontalidad de cada escalón, sean griegos, o helenistas, o árabes, o sufridos investigadores de la Edad Media.

Con esta premisa es difícil que el libro cumpla con sus altas expectativas. Donde menos armonía y amistad se observa entra la pluma que redacta y el ámbito que se referencia es en la época griega, donde las categorías de científico y especialista eran desconocidas. Los poéticos fragmentos de los pensadores presocráticos son despachados por Weinberg con un “no tengo ni idea de cómo llegó a esa conclusión”. Y en otras ocasiones ve los tentativos pasos de Aristóteles, Herón o Ptolomeo como el principio medio fracasado que solo la ciencia de casi veinte siglos después culmina con Huygens o Descartes. Todo se mira con esa óptica de físico actual, no hay esfuerzo hermenéutico para adentrase en aquellas mentes y aquellas categorías distintas. Ni siquiera tiene en cuenta el mandato de Gibbon que trae el propio autor: “Explorar con perseverancia la sabiduría oculta que la prudencia de la Antigüedad había disfrazado con la máscara de la insensatez o la fábula.”

Hay que esperar al siglo XVI de Copérnico para que el libro tome altura y empaque, “pues antes de la revolución científica la ciencia estaba impregnada de religión y de lo que llamamos filosofía, y todavía no había resuelto su relación con las matemáticas”. Weinberg se reconoce en el hilo que enlaza a Copérnico con Tycho Brahe, con Kepler, con la arriesgada propuesta de Galileo Galilei, para llegar con pasión a la síntesis de Newton, en el límite de lo que un lector no especializado puede recibir (aunque aparte hay un nutrido apéndice con extensiones).

En el Epílogo se intenta un enlace con la investigación actual, empeñada en la nueva síntesis del Modelo Estándar, todavía incompleta frente a la gravitación y la materia oscura. Y Weinberg despide a su ciencia, su observatorio en este libro, con este desamor tal vez ingrato: “La ciencia moderna es impersonal, no deja espacio a la intervención sobrenatural ni a los valores humanos; no tiene ningún propósito, y tampoco ofrece esperanzas de certeza. ¿Cómo hemos llegado aquí, entonces?”

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 14 de noviembre de 2015)

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