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Fecha: enero, 2016
Llegan noticias de Frank Bascombe
Jorge Praga 29-01-2016 | 6:09 | 0

Hace unos años la productora HBO compró a Richard Ford los derechos de las tres novelas que había dedicado a su personaje Frank Bascombe. Le pagaron un montón de dinero, según confiesa el autor, y proyectaron una miniserie de seis capítulos que al final no se realizó. El interés de la HBO seguramente se fundaba en la fidelidad de los lectores de Ford, bastante numerosos para una obra de un estrato literario ajeno al best seller. Aun así cuesta trabajo pensar qué habría dado de sí el proyecto. Si respetaba las novelas originales la trama disponible era leve, vaga, casi inexistente. Contar de qué va una peripecia de Frank Bascombe es tarea dificilísima. De ella queda otra cosa, un sabor, un balance de ánimo, un temblor existencial. Demasiado poco para una serie de capítulos. “Si alguien hiciera una película de Bascombe, no iría a vela”, concluye el escritor.

Richard Ford lleva treinta años atado a Frank Bascombe. Desde 1986, en que publicó ‘El periodista deportivo’, lo ha ido renovando cada diez años: ‘El Día de la Independencia’, ‘Acción de Gracias’, y ahora la última, ‘Francamente, Frank’. Treinta años de los que resulta una biografía pegada a otra. Ford crea al personaje con una edad parecida a la suya, poco más de cuarenta años, y le concibe con un frágil equilibrio entre las ilusiones de sus proyectos y los reveses que culminan con la muerte de un hijo. A medida que crecen ambos en las décadas siguientes, la mirada de uno sobre el otro se modula y enriquece en ese trote del tiempo imparable. Y no se trata de un reflejo biográfico, que Ford niega. La conexión entre ellos es existencial, de cordón umbilical subterráneo, como corresponde a dos americanos nacidos en el 44 (Ford) y en el 45 (Bascombe). Este es una especie de emanación de aquél, de segregación alimentada por el tiempo que pasa y desgasta y acerca a la muerte. Una condensación en estratos que florece especialmente en lectores de edad similar, que aunque no hayan pisado en su vida Nueva Jersey ni seguido un partido de los Giants encuentran una complicidad misteriosa con un protagonista cada vez más desprovisto de novedades, las pocas que aporta una profesión rutinaria (agente inmobiliario), un cuerpo amenazado (ay, la dichosa próstata) y unos recuerdos enfriados por la distancia.

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Esta cuarta entrega –servida en una ágil traducción de Benito Gómez Ibáñez cuya dificultad se adivina desde el riesgo del título elegido- cambia la larga estructura de las anteriores por cuatro relatos anudados a la destrucción dejada por el huracán Sandy. El personaje traza en las primeras páginas su estado de poquedad y retiro: “Estoy contento aquí, en Haddam, con sesenta y ocho años, disfrutando del Siguiente Nivel de la vida, el último, previsiblemente: integrante de esa parte de la población que ya ha limpiado su escritorio”. Atrás ha quedado el Período Permanente dibujado en ‘Acción de Gracias’, una meseta de vida levemente inclinada en la que no se esperaba ya ninguna ruptura. Ahora el Siguiente Nivel es mucho más concluyente y expeditivo: ha limpiado su escritorio, o con otras palabras “solo espero la muerte o la vuelta de mi mujer de Mantoloking: lo que venga primero”.

Los relatos, con la anemia narrativa habitual de Ford, se deslizan por el paisaje estadounidense como una fina película que se puede despegar con facilidad. La vida que topan carece de dimensiones, especialmente las verticales que traen enraizamiento. El agente inmobiliario que fue Bascombe disfraza la levedad existencial en un continuo trasvase de casas, que no se puede detener para que no aflore la angustia y el vacío: “Nadie quiere quedarse en ningún sitio”, proclama. Los títulos de los relatos son bastante orientativos: ‘Aquí estoy yo’, tomado del grito de los sioux antes de ser ahorcados y que es a su manera la afirmación del ser-ahí de Heidegger, su Dasein; ‘Todo podría ser peor’, balance tras el paso del huracán; ‘La nueva normalidad’, o la adaptación a la vida de los cuerpos enfermos’; y por fin, ‘Muertes de otros’, sentencia inapelable. Parece un trayecto sombrío y deprimente, y sin embargo la suave ironía y la sabiduría sin objetivos de Bascombe consiguen una vez más que nos deslicemos con afecto y gratitud por esa prosa transparente, personal, única. Solo cabe pedir que la última página sea un hasta luego, mientras la vida se va cargando con el Siguiente Nivel. ¿Cuál será?

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 23 de enero de 2016)

 

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Mucho más que el efecto tarima
Jorge Praga 15-01-2016 | 9:08 | 0

En ‘Negra espalda del tiempo’ Javier Marías recoge de su protagonista –él mismo, más o menos- los años en que, ejerciendo la docencia en la universidad, atraía la atención de sus alumnas simplemente por ser su profesor. El “efecto tarima”, le llama. También en la última película de José Luis Guerin el protagonista es un profesor prosigue la docencia y sus gratificaciones más allá de las aulas. Pero no es la única convergencia entre ambas obras. Comparten también la pregunta inicial sobe su estatuto de realidad, cuánto de ficción y cuánto de documental, pregunta que se va desinflando cuando cada obra dirige su interés hacia la búsqueda de una verdad interior ajena a estas clasificaciones.

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Porque lo que le preocupa a José Luis Guerin no es la raíz terrenal de los actores, ni tampoco el juego de ambigüedad que puedan desplegar, sino precisamente lo que se revela cuando estas raíces se debilitan y los actores enhebran bajo su dirección personajes y situaciones que no estaban previstos en ningún guion rígido ni en un plan de rodaje cerrado. Al menos desde ‘En construcción’ su cine se conforma como un proyecto dinámico que se va ajustando a su fertilidad interior. Eso era evidente en un rodaje que dependía de factores tan lentos y azarosos como la demolición y edificación en el corazón del Raval. Pero en ‘La academia de las musas’ se instala la misma paciencia, la misma espera. Los personajes son seres vivos con los que el director va escribiendo ante la pantalla, que tan pronto viajan a la Arcadia de Cerdeña -¡qué belleza de sonidos!- como al Averno de Nápoles, con la misma libertad que un escritor ante sus cuartillas.

El resultado es una obra compleja, articulada sobre diálogos en torno a la poesía. Pero la película sabe buscar y encontrar algo más que la calidad de sus debates y la riqueza de sus encuadres, nutridos por sorprendentes reflejos. Hay también otras disputas y lamentos subterráneos sobre el poder, la seducción, la debilidad, la necesidad de afecto o el sabor de la belleza. Y varios registros simultáneos que pueden abarcar el ejercicio de la tarima profesoral o la burla de la carcoma que la corroe. Una película distinta y por tanto exigente, acorde con el riesgo y la personalidad de su autor.

(publicado en El Norte de Castilla el 14 de enero de 2016)

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