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Fecha: febrero, 2016
Dos aspirantes y tres que lo quieren ser
Jorge Praga 21-02-2016 | 4:22 | 0

Es el premio más deseado, el que culmina la noche y roba las cabeceras de informativos y periódicos. Mejor película. Algunos test orientan: los premios Feroz de los informadores cinematográficos. También la taquilla, la fidelidad del público. Con estos filtros los cinco aspirantes se estiran y quedan en dos.

Los premios Feroz se entregan unas semanas antes que los Goya. ‘La novia’, de Paula Ortiz, se llevó muchos de ellos, y en cierta manera era esperado: por la calidad y sabor del García Lorca que desde ‘Bodas de sangre’ presta palabras y personajes; y por la atrevida realización de la joven Paula Ortiz, que no duda en buscar los parajes más remotos para enmarcar el drama: desiertos blancos, casas expresionistas de la Capadocia, quintas aisladas en secarrales deslumbrantes de luz. Un exceso aumentado por la cámara lenta salpicando aquí y allá, una música densa y continua, una interpretación entregada y desgarrada. El problema es el ensamblaje de fuerzas tan poderosas, y especialmente el acomodo que la literatura lorquiana va a encontrar entre ellas. Basta con leer la frase del cartel publicitario: “Y te sigo por el aire como una brizna de hierba”. ¿En qué marco se puede decir, y hacer oír?

‘La novia’ ha llegado viva a estos días previos a los Goya. Buena señal. Pero con más fuerza, y desde hace más tiempo, se exhibe la favorita de la taquilla: ‘Truman’. La probada faceta de guionista de su director, Cesc Gay,  ha urdido una historia con variaciones de sentimientos: amistad, pena, enojo, pérdida, más pena…Una baza que requiere rostros que lo viertan y modulen, que aguanten el primer plano y saquen la voz de los adentros. Ricardo Darín presta sus arrugas al enfermo terminal que quiere morir de pie, un Darín que tiene como principal enemigo el cliché de sí mismo, hijo del éxito. Al otro lado el complemento tierno de Javier Cámara, una alubia afable. Y en el medio mucho silencio cálido con ojos acuosos, como si todo ya estuviera dicho. Para evitar que salten las alarmas de obra previsible que se liquida en el tráiler queda el recurso del mejor compañero del hombre, ese Truman perruno que aumenta los silencios y tiñe la muerte con risa tierna. Gusta, qué duda cabe.

Las otras tres aspirantes llegan al sobre ganador con menos fuerza. ‘Un día perfecto’ saca a Fernando León de Aranoa del país de sus obras anteriores, y se traslada a las guerras balcánicas de los noventa, aunque su geografía de rodaje sean las serranías granadinas. Hay un lado testimonial que la enaltece, y la hace reconocible en la memoria nuestra: esa guerra feroz y civil, siempre incivil, que no deja más que dolor y rencor en las familias. Pero las atenciones de León de Aranoa se encaminan sobre todo hacia los voluntarios extranjeros que maniobran entre las precarias fronteras de los bandos enfrentados, un terreno que ya exploró en algún documental. Los tipos que fabrica son de una pieza, lo que es una facilidad y un riesgo: uno no espera encontrarse a una voluntaria con las piernas de Olga Kurylenko, ni Benicio del Toro parece el más creíble de los voluntarios. La envoltura de una cámara muy ágil y la música de Lou Reed mejoran los resultados. La otra película de reparto y carácter internacional es ‘Nadie quiere la noche’, presentada en la sesión de clausura de la pasada Seminci. Isabel Coixet sigue en esta obra su particular camino de búsqueda que la hace variar y cambiar de una tipología a otra, lo que puede quitar personalidad a su cine. Se embarca en un doble viaje: el que emprende el personaje de Juliette Binoche en busca de su marido, lanzado a la conquista del Polo Norte a principios del siglo XX, y que la lleva a atravesar con gran riesgo paisajes de notable belleza. Del otro lado, el viaje interior de autoconocimiento cuando debe permanecer resguardada en la larga noche polar, la que nadie quiere. El desequilibrio entre ambas partes y el hundimiento de la segunda en las tinieblas lastran la culminación de la obra.

Por fin, ‘A cambio de nada’ es la recreación sincera de la peripecia juvenil de formación de su director, Daniel Guzmán. Los arrabales madrileños, los pequeños hurtos, la familia mal avenida que expulsa al chaval del clan familiar son los escenarios de esta obra notable y ajustada, en la que no falta la música de la época –Julio Iglesias, Demis Roussos-, dulce y lechosa como el tranquilizador desenlace, que no convence tras un camino de amargura. Un final fiel a la experiencia del propio director, pero el cine no es la realidad.

(publicado en El Note de Castilla el sábado 6 de febrero)

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El lejano Oeste según Quentin Tarantino
Jorge Praga 01-02-2016 | 6:32 | 0

Quién sabe si el matrimonio de Heinrich von Thyssen con Tita Cervera no vino facilitado por la cercanía de ambos al western. Él, embebido desde pequeño en las novelas de Karl May y en el coleccionismo de piezas sobre el género cuando manejó la fortuna familiar. Ella, próxima a los rodajes vaqueros de dos de sus parejas: Lex Barker en Hollywood, Espartaco Santoni en algún spaghetti western. Así que no es de extrañar que la exposición estrella de estos meses en el museo Thyssen-Bornemisza haya sido ‘La ilusión del Lejano Oeste’, con la baronesa llevando un vestido sioux en la inauguración. En la sala se pueden contemplar materiales sobre los que se fundó el western: pinturas de principios del XIX sobre una naturaleza poderosa y virginal. Dibujos etnográficos de rituales y vestimentas. Fotografías de Gerónimo o Toro Sentado, cercanas al cliché más que al testimonio (Toro Sentado ya era un empleado del circo de Búfalo Bill). Un universo de ilusión, claramente despegado de la historia que habla de desplazamientos y exterminios. El western nacía como cantar de gesta y vínculo comunitario de una confederación de Estados que por su potencia económica dominaba el cine desde sus comienzos.

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La exposición evoca muchas de las películas del periodo clásico en el que se fijó su canon. Un periodo que llega hasta los años sesenta del pasado siglo, con ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ como acta de memoria y defunción. ¿Defunción? Más bien cierre de una etapa canónica, que en la película de Ford quedaba encapsulada en su interior como una narración autónoma. El periodista que la recoge para un reportaje la califica en una sentencia célebre de leyenda preferible a la historia. Esta lejanía intemporal de sus hechos, cercana a la mitología, es lo que ha ampliado su libertad y permitido su constante renovación. Lo demuestran la espera impaciente de ‘El renacido’, de Alejandro González Iñárritu, o estrenos recientes como ‘Slow West’, primera obra de John Maclean, rodada en Escocia y Nueva Zelanda, nada menos. O ‘Deuda de honor’, segunda película y segundo western dirigido por el actor Tommy Lee Jones. En todas se cuenta con la pérdida de la inocencia épica que la exposición promueve. Los personajes y situaciones de antaño son de nuevo visitados con una mirada que sabe de la cantidad de huellas previas que el terreno guarda, huellas que hay que respetar y al tiempo enmendar con una dialéctica nada conciliadora entre tradición y extrañeza. A ‘Slow West’ el crítico Carlos Losilla lo calificó de “un western sobre el concepto de western”. Obras con conciencia de sí mismas, de su pasado, de sus juegos y transgresiones.

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De reciclaje y reutilización sabe bastante Quentin Tarantino, ineludible protagonista del western contemporáneo. Ya se presentía la querencia en sus escenas de acción y en otras tan explícitas como la de arranque de ‘Malditos bastardos’, hasta su inmersión definitiva con ‘Django desencadenado’. La piel de spaghetti western con que recubrió este film, un nuevo homenaje a su etapa de espectador sin filtros culturales, facilitó el rechazo previo a sus numerosos detractores. Pero más allá de esa epidermis provocadora, tan cara a Tarantino, la película mostraba una ambiciosa reescritura de la historia del western, casi vaciada de referentes honorables de actores y personajes negros. El centro de la acción lo ocupa un esclavo que rompe sus cadenas, busca traje y montura y dirige sus disparos hacia el racismo que le había torturado, disparos que no siempre son con pólvora: la ridiculización de los miembros del Ku Klux Klan, cegatos y ahogados bajo sus capuchas, estaba pendiente desde ‘El nacimiento de una nación’, en 1915. El plano final culmina esta corrección de la historia, con su héroe negro paseando orgulloso el triunfo y disolviendo su individualidad en una aventura ejemplar.

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Pero Tarantino siempre sorprende. Siempre. Llevaba varias películas con tramas que apuntaban a grandes causas: la lucha de la mujer y el feminismo (‘Death Proof’ sobre todo, pero también ‘Jackie Brown’ y ‘Kill Bill’), el nazismo y su derrota cinéfila (‘Malditos bastardos’), y esta reivindicación de los negros en el Oeste. Lejos quedaban aquellos rufianes de poca monta engullendo un desayuno entre comentarios sobre Madonna en el arranque de ‘Reservoir Dogs’. Tampoco tenían gran cosa en la cabeza los matones de ‘Pulp Fiction’, preocupados por el tamaño de las hamburguesas, la impunidad de los gamberros que rayan los coches o las manchas de sangre en la tapicería. Y en ‘Los odiosos ocho’ vuelve sobre otro grupo de descarriados. De nuevo busca la cimentación en el pasado: el viaje en diligencia como sustento narrativo. La música de Ennio Morricone, lejano ambientador de las películas de Sergio Leone. Y el riesgo apasionado de utilizar celuloide en el formato Ultra Panavisión 70, para el que tuvo que armar lentes especiales y bobinas que albergasen los largos diálogos rodados en 70 mm. Una decisión de amor al cine, a su materialidad, de la que dan buena cuenta los majestuosos exteriores y el entramado de matices del interior de la posada.

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En ‘Los odiosos ocho’ Tarantino retorna a sus personajes primitivos, e incluso da un paso más allá. Los protagonistas, en cuanto se escarba en ellos, muestran una multiplicidad de caras. Cada uno es varios. Mienten, dudan, fomentan sospechas. No hay certezas a las que agarrarse, y ni siquiera prospera la idea elemental de salvar el pellejo a costa de los demás. Como en alguna novela de Agatha Christie que los críticos han rescatado, todos mueren, aunque sin misterio ni causa mayor. Diez negritos, cinco cerditos, ocho odiosos. El marco histórico de la guerra civil que parece estar detrás de dos antiguos combatientes pronto se disuelve en la superchería. Y las referencias ocasionales al asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, o a la actriz Lillie Langtry, la que embobaba al juez de la horca en la película de John Huston, no van más allá de apoyaturas chistosas. Hasta una carta autógrafa de Lincoln de la que presume el antiguo combatiente yanqui resulta ser falsa, aunque logra ablandar el corazón de quien la lee y pasa por encima de la mentira. Es lo que reúne a este grupo de facinerosos, el poder de la palabra. Pero no una palabra entroncada en las grandes ideas de Justicia, Bien, Bondad o Sacrificio, inconcebibles para estos individuos preocupados por el precio que han puesto a sus cabezas y atentos a disparar primero que el rival. Es la palabra que corre de boca en boca como arroyo fresco, cantarina, procaz, juguetona, centelleante. La que sale de los ojos como ascuas del mayor Marquis Warren (Samuel L. Jacson). La de aguda melodía en la voz sin dobleces de Mannix (Walton Goggins). La que explora y mezcla lenguas en los ronquidos del mexicano Bob (Demian Bichir). La meliflua y británica de Oswaldo Mobray (Tim Roth). En fin, la sibilina del narrador, capaz de detener el curso de los hechos y retroceder para volver a contarlos desde otra perspectiva. Palabra que también es música, viento, estruendo de disparos, silencio de nieve. Cruce de lenguas, esplendor de diálogos. Tarantino ha desnudado a sus personajes, les ha derramado toda la sangre por la mercería de Minnie y ha dejado a la vista, indestructible, lo que edifica y sustancia su arte.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 30 de enero de 2016)

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