img
Fecha: abril, 2016
La gran excéntrica, o una vaca y dos ataúdes
Jorge Praga 18-04-2016 | 11:26 | 0

Margaret Harker, la primera mujer en presidir la Royal Photographic Society, de la que ya fue miembro un siglo antes Julia Margaret Cameron, comenzaba un artículo que le dedicó con estas palabras: “Julia Margaret Cameron es la gran excéntrica de la fotografía. Aunque no de forma deliberada, pero tampoco inconsciente, ignoraba las convenciones de su tiempo cuando las encontraba restrictivas o simplemente aburridas”. Gran excéntrica: ¿en la intimidad familiar, en la sociedad? ¿Tal vez en el naciente arte de la fotografía?

Resultado de imagen de julia margaret cameron

Excentricidad, rareza. No son palabras alejadas de las imágenes de Cameron, expuestas con éxito 150 años después de ser captadas, 150 años que miden prácticamente la vida de la fotografía. Pero tampoco son palabras que distingan o singularicen a alguien en el país de la artista; más bien todo lo contrario. Edith Sitwell, escritora imbuida de extravagancia por familia y por carácter, dedicó un libro entero, ‘Excéntricos ingleses’, a localizar aquí y allá compatriotas de conducta chocante, desde el mayor Peter Labelliere que dispuso en su testamento que le enterrasen cabeza abajo, la posición correcta en un mundo patas arriba, hasta el historiador Thomas Carlyle, que para combatir su obsesión por el ruido callejero contrataba hasta tres bandas de música que tocaban mientras desayunaba. Para Edith Sitwell la excentricidad era el antídoto con el que se combatía la melancolía, auxiliado por el feroz individualismo británico. Nada de dudas o preguntas al prójimo; uno se viste como le da la gana y encara la vida con aires más atractivos que los que marca la norma o la costumbre. No es casual que en la rígida época victoriana en la que vivió Julia Margaret Cameron las representaciones domésticas, los disfraces y a los “tableaux vivants” fueran habituales, y abriesen la puerta a todo tipo de distorsiones que sin embargo no alteraban la severa sociedad. Una muestra inolvidable de ese mundo de señoras con tulipas en la cabeza lo encontramos en los libros de Guillermo Brown, el contrahéroe infantil creado a principios del XX por Richmal Crompton, que irrumpe siempre a destiempo disfrazado de María Estuardo en el té de las cinco o en el teatro colegial en honor del vicario. Disfraz frente a disfraz.

Julia Margaret Cameron temía al aburrimiento, la puerta de la melancolía, y luchaba contra él sin que la frenaran las convenciones sociales. Su casa, sus múltiples casas, se abrían a poetas laureados, pintores prerrafaelistas o científicos, también a una mendiga irlandesa que dejaba a su hija en adopción, Mary Ryan, luego modelo de fotos. Lady Anne Ritchie, hija de Thackeray, anotaba así su paso por la casa de los Cameron: “Recuerdo su extraordinaria aparición envuelta en un vestido de terciopelo rojo, a pesar de encontrarnos en verano, y cómo nos acogió con suma cordialidad en su casa, donde nos invitó a un almuerzo improvisado en el último momento, dirigiéndose al mayordomo con un simple ‘man’… Cuando salió a acompañarnos camino de la estación, como solía hacer con todos sus invitados, se presentó con la cabeza descubierta”. Nunca flaqueó en esa trayectoria singular. En su última mudanza con destino a Ceilán se llevó en el barco una vaca para asegurarse la leche fresca en el viaje, y dos ataúdes, uno para ella y otro para su esposo.

Resultado de imagen de julia margaret cameron

Fue la lucha contra el aburrimiento la que también llevó a Julia Margaret a la fotografía. En 1863, instalada en un cottage de la isla de Wight, se encontró muy sola cuando sus hijos y su marido partieron hacia Ceilán por negocios familiares. Su hija y su yerno probaron con el regalo de un invento reciente, una cámara con su equipo de revelado, y pronto tenemos a Julia Margaret, a los 48 años, extendiendo productos químicos sobre la placa de impresión, ajustando el encuadre por el precario visor, y al servicio doméstico sacando del pozo cubos de agua para lavar bien las copias. La primera fotografía que le satisfizo retrataba a la hija de unos vecinos, pero ya tenía el aire que iba a distinguir a sus obras. En sus pocos años de existencia la fotografía se había ceñido a su origen de “camera obscura”, de ojo que mira y captura el mundo circundante. Eso no interesaba a Cameron, o sí le interesaba si anteponemos el artículo posesivo: “su” mundo. Rodeada de disfraces y representaciones, Julia Margaret dirige su objetivo hacia ensayadas composiciones de musas y susurros, de vírgenes con niños, de primaveras y hosannas. Incluso cuando pone ante su cámara a ilustres británicos extrema tanto sus rasgos con el vestido, la luz y la pose que acaba por disolverlos en una nueva representación. El científico John Herschel, al que manda lavarse el pelo para que sus blancos cabellos floten, entrega un rostro fantasmal envuelto en oscuridad. El poeta Alfred Tennyson se convierte en un monje severo. La espontaneidad del cuerpo desaparece, el espacio es un éter intemporal ajeno a la mirada del espectador, que nunca encuentra ojos a los que dirigirse. Solo los niños, aburridos por la preparación y el largo posado (de dos a seis minutos en absoluta inmovilidad), dirigen su mirada fuera de la representación.

Resultado de imagen de julia margaret cameron

Un aliado inesperado de su personalidad artística fue la cámara, cuyas limitaciones técnicas impedían enfocar con buena profundidad de campo. En un rostro las láminas de enfoque eran estrechas y casi imprevisibles, lo que dejaba ese aire lánguido y algo borroso que se adhería completamente a la intención de Cameron: “Cuando enfocaba y encuadraba algo que a mis ojos parecía bello, me detenía ahí, en lugar de regular el objetivo hasta conseguir un enfoque más nítido, como hacen los restantes fotógrafos”. Dos años después del regalo Julia Margaret adquirió una cámara mejor, con placas de registro de mayor superficie. Las imperfecciones disminuyeron y se acercó un poco más al retrato, como los que hizo a su sobrina Julia Jackson. Pero ella rechazaba  “la mera fotografía topográfica convencional, cartografía y anatomía de rasgos y formas”. Buscaba, y encontraba, su universo distinto y descentrado, ajeno a referentes terrenales, impreciso en sus bordes, replegado hacia el interior o volátil hacia ensoñaciones. Un universo excéntrico.

Resultado de imagen de julia margaret cameron

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 16 de abril de 2016)

 

Ver Post >
Viaje hacia lo que ya no existe
Jorge Praga 18-04-2016 | 11:09 | 0

Cuántas veces la compra de un libro se decide por lo que los dedos impacientes abren en las primeras páginas. Por esas líneas iniciales, que algunos escritores dicen que son las que más cuestan. O incluso por las citas de otros autores que anticipan senderos y sentidos. La novela de Jaime Priede, ‘Un buzo en el bosque’, se abre con un fragmento irresistible de Roland Barthes: “De mi pasado es mi infancia lo que me fascina: solo ella, al mirarla, no me hace lamentar el tiempo abolido. Pues no es lo irreversible lo que en ella descubro, sino lo irreductible”.

Hacia allí va a caminar la novela, hacia ese reducto inalcanzable del tiempo abolido de la infancia. Su protagonista es un viajero a lomos de una motocicleta, y su destino las raíces lejanas, con las que le es casi imposible establecer un hilo conductor que sea más sólido que los pequeños retazos de recuerdos que el presente disuelve y arrolla. Para vencer las limitaciones del narrador, su atonía de buzo despistado, se cede la palabra a otras voces que llegan desde ese tiempo irreductible: la maestra de sus años de infancia indefensa; los abuelos que urdieron su enamoramiento en la aldea que luego le acogió siendo niño; el ambiente de la casa de veraneo. Voces que se mezclan con la mirada externa e interna del protagonista, que vuelve para no encontrar nada ni recoger otra cosa que una cadena incesante de fotos y películas registradas por su cámara, un registro descontrolado y hueco, tan de nuestros tiempos. El presente de ese viaje deja las vivencias de antaño aisladas, vivas en la prosa pero incapaces de enlazar con el protagonista, un ser heideggeriano, arrojado al mundo, extrañado en él. “La memoria y el olvido tienen el mismo origen, solidifican en ti el movimiento de lo que no existe”, se dice el protagonista.

 

 

El movimiento de lo que no existe, ese es el fondo de la novela. Un movimiento entre lo perdido sin remisión y el presente lleno de vacíos, escurridizo entre accidentes sin relevancia y desplazamientos por no-lugares, esa etiqueta tan certera del antropólogo Marc Augé para la geografía contemporánea de autopistas y extrarradios. Los recorridos en moto carecen de anclaje nominal, son tan vagabundos como la cabeza del conductor. “Le gustan cada vez más los lugares que no aparecen en los mapas. Lugares sin atractivo turístico alguno. Sin memoria colectiva. Lugares sin conciencia del nosotros”.

 

Para ganar ese reto del viaje a ninguna parte respondido desde las voces inalcanzables de la infancia, Jaime Priede cuenta con un aliado decisivo: su prosa, su escritura, un tejido de fragmentos que poco a poco van dibujando un universo complejo y abierto, recorrido por llamadas interiores. Una escritura a la que no puede ser ajena la experiencia poética del autor, tanto en su obra anterior como en su labor de traductor de Edgar Lee Masters, Raymond Carver,  o Edgar Allan Poe, entre otros. Con la poesía emparentan sus párrafos cortos, precisos, enviados hacia una cadencia global que los envuelve. Y que reciben nueva vida, la vida de su ritmo interior, cuando la palabra oral se apodera de ellos, como demostró el autor en su reciente lectura en la Fundación Segundo y Santiago Montes. Los párrafos tan depurados y exactos descubrían en la voz pausada de Jaime Priede su escondida fluidez narrativa, la que el lector tiene que ir encontrando y degustando para completar la promesa que se abría en la invocación de Roland Barthes, y, por qué no, también en las líneas que abren este libro tan singular y valioso: “La señorita América sale de su casa enfundada en una caperuza gris de mal vivir, zapatos de monja y unas gafas muy tercas. No te ve.”

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 16 de abril de 2016)

Ver Post >