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Fecha: junio, 2016
El archivo de memoria de Carlos Saura
Jorge Praga 19-06-2016 | 4:08 | 0

Carlos Saura con la cámara de fotos colgando del hombro, balanceándose sobre su pecho si la captura está próxima. Siempre con esa herramienta en sus manos. Así le recuerdan quienes se han cruzado con él en cualquier tiempo y lugar: “Desde hace muchos años, quizás desde que tengo uso de razón fotográfica, he viajado con una cámara al cuello tratando de retener imágenes que por diversas circunstancias me llamaban la atención”. De esa mirada permanente llega ahora a PhotoEspaña la hornada capturada en los años 50. Una exposición, ‘Carlos Saura. España años 50’, que se alarga desde su sede madrileña hasta Segovia, donde se podrá ver en La Cárcel, acompañada de un libro primoroso de Steidl y La Fábrica.

 

Aunque a Carlos Saura le encontramos siempre en la casilla de director de cine, su despegue artístico estuvo centrado en la fotografía, desde que a los nueve años cogió la cámara de su padre para acercarse a una vecinita que le enamoraba. Con diecinueve años realizó su primera exposición en Madrid, y su trayectoria le puso a las puertas de la revista francesa París Match. La noche que recibió la oferta no durmió, según cuenta, pues tenía que tomar la gran decisión: fotógrafo profesional, o cineasta, el oficio que en paralelo había comenzado a explorar. En la decisión pesó la reiterada advertencia de su madre: “Acabarás siendo un fotógrafo de pueblo”, aunque la cámara siguió colgando de su hombro, y en cierta manera inmiscuyéndose en los rodajes. Las raíces testimoniales y realistas de su fotografía empaparon sus primeras películas: “Tarde de domingo”, su práctica de fin de curso en la Escuela de Cine documentada sobre un trabajo fotográfico que se puede ver en la exposición. También su primer largometraje, ‘Los golfos’ y, por supuesto, la película que le dio fama perenne, ‘La caza’. Su cine luego voló en direcciones bien distintas: las intrincadas metáforas de los setenta, las exploraciones de la música popular, el reencuentro con figuras clave de la cultura española. Pero de vez en cuando reaparece ese realismo testimonial heredado de su cámara: ‘Deprisa, deprisa’, ‘Ay, Carmela’, ‘El séptimo día’.

El recorrido por la exposición o por el libro nos devuelve la España de los años 50, que capturó con obstinación de testigo privilegiado. “La fotografía ha sido mi archivo de memoria”, dice en el Prólogo del libro. Un archivo que comenzó a urdir también como aprendizaje con unas condiciones técnicas inimaginables desde nuestra saturada época digital. Cada fotografía está atravesada por su singularidad, por el valor irreversible del negativo: “El negativo era un bien preciado y costoso y cada disparo suponía una fotografía menos”. Solo se accionaba el obturador si había seguridad de que lo que estaba ante el objetivo lo merecía, y eso cargaba la imagen de responsabilidad, también de espera y reflexión. De valía, que lejos de aminorarse se ha ido multiplicando: “Quizá lo más interesante de estas fotografías es la constatación de que el paso del tiempo les ha dado un valor añadido”. Las imágenes parecen funcionar como el dinero en un depósito bancario, que va creciendo lenta e imparablemente en la inactividad de su guarida. Sobre las imágenes de Saura actúa la revalorización de la distancia, la España capturada en los 50 cada vez más lejana e inalcanzable.

Hay un juego tenso entre la persistencia y el descubrimiento que recorre la exposición. Algunos de sus registros podemos trasladarlos a la actualidad: los toros enmaromados o las capeas de pueblo poco han cambiado, más allá de uniformes de peñas. La matanza del cerdo que documenta en Cañete, un pueblo de Cuenca, sigue repitiéndose al amparo de un mejor control sanitario. Qué decir del paisaje castellano, de los caminos que buscan el horizonte. Pero muchas otras cosas se descubren tras su desaparición definitiva. Los pies de alpargatas pisando con la levedad de su esparto los suelos inclementes y empedrados. El bullicio de los juegos y las risas de los niños que llenan las calles. Los bailes populares: la orquesta subida a unos tablones que se apoyan en grandes barricas, con músicos trajeados con elegancia entre atriles, saxo, acordeón, contrabajo, mientras las parejas bailan en la calzada.

Sin embargo, más allá del olvido o la persistencia física de lo capturado, habría que apelar a algo más profundo que enhebra la exposición y abraza al espectador paciente: el reconocimiento, que desborda circunstancias o rasgos de época. Una anciana de amplios faldones negros cepilla una bota a la puerta de su casa. El marco es un pueblo de Cuenca de suelo duro y casa con puerta de madera casi medieval. Pero la anciana se eleva con su porte elegante, su cuerpo derecho y sobre todo con su gesto maravilloso de ternura ofrecida por encima de su pueblo y de su tiempo; nos convoca, nos remueve hasta hacernos suyos. Parecida sensación llega con los músicos que recorren la calle con sus guitarras y crótalos, mientras el hombre que está delante nos va a ofrecer un trago de la bota. Tal vez nunca vimos rostros enjutos como esos rematados por la boina, ni las mujeres que han salido en mandil arrastradas por la música. Pero esa calle y esa alegría contagiosa y fresca resuenan en nuestro interior, nos alcanzan con un misterio cercano al reconocimiento del que hablaba Platón. Vidas vividas con anterioridad, o transportadas por sutiles lazos antropológicos, y que en su fuerza y verdad reaparecen en lo que el filósofo llamaba la anamnesis, la negación del olvido.

 

Para facilitar ese transporte misterioso las fotografías desprenden una energía anclada en la dignidad que se proyecta hacia el horizonte, hacia el futuro. Lo percibimos en esa cuadrilla de hombres y mujeres que trabajan en una carretera. Ellas cruzan sus escobas entre el polvo, ellos entrelazan sus brazos para tirar de la carretilla, sin que la sonrisa deje de fruncir sus rostros angulosos. Tal vez la última fotografía del libro concentre esa proyección que nos invade. Unos niños extiendes sus manos en un gesto que podríamos leer de petición, de limosneo que mitigue sus miserias. Pero la firmeza de sus ojos da la vuelta al gesto. No piden, dan. Dan futuro, dan tiempo por delante, dan lo que van a ser con su empuje de dignidad. Toma, cógelo de nuestra mano, parecen decir al fotógrafo y al espectador. Compártelo, únete a nosotros, piénsanos en el largo viaje de llegar hasta ti, de ser tú, al otro lado del objetivo y el papel. En el otro extremo del tiempo.

 

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 4 de junio de 2016)

 

 

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Mueran estos poemas y regresen
Jorge Praga 01-06-2016 | 2:38 | 0

Valladolid, últimos meses de 1990. En la desaparecida librería Clamor de la calle Ruiz Hernández, también en la vecina Sandoval de la plaza Santa Cruz, alguien ha dejado unos ejemplares de un libro diminuto y blanco, quebrado en el rojo de unos dibujos rupestres de la portada. ‘Plantos de lo abolido y lo naciente’ es su título, Arcadio Pardo el autor, del que nada saben los libreros. Tampoco figura editorial que lo respalde, solo la imprenta Sever-Cuesta y el nombre del poeta que anota en la solapa su dirección postal en Chaville, Francia. Tanta desnudez me tienta, los dedos se deciden en el espacio relajado de la librería, y los ojos se topan con aquel comienzo inolvidable, 1.1 en la ordenada disposición numérica que parece contagiada del ‘Tractatus’ de Wittgenstein: “Para que el movimiento sea mo-/ vimiento, lo primero;/ sea vertical la verticalidad/ y el horizonte superficie” y continúa en petición misteriosa para que “cuando me regrese, superponga/ exactamente el mundo al mundo/ el otoño al otoño;/ me sepa coincidido en mi cono-/ conocimiento del desorden hecho/ orden, cadencia, ritmo”. Para cuando me regrese. En ese verso atrevido, roto y balbuceante, el tiempo se abre en dos hojas simultáneas de lo abolido y lo naciente, y la creación se encadena con su final y su repetición. “Por eso, creo, escribo”.

El libro, claro está, se marchó conmigo, y la lectura siguió en versos que arrancaban de lo más remoto, “Y empezamos la historia de los huesos”,  y se demoraba en las huellas de nuestros antepasados cavernarios, que el poema convertía en propias, vívidas y vividas: “En Luxor,/ me he hecho sustancia de Luxor./ He sido orilla por la orilla, sol/ en la carne solar”. No había narración ni noticia, sino habitar común en un aliento que disolvía al individuo, “Y vos, y nos, y yo,/ los que venimos de lo incalculable”,  y abrazaba lo existente: “Nosotros no tenemos nacimiento./ Somos el mar, el viento,/ lo elemental sin fuente ni principio,/ lo elemental aún”. Qué fuerza le agitaba, cómo se agrandaba página a página.

Arcadio Pardo. Diez libros antes de ese, de 1946 a 1982, inencontrables en la era predigital. Solo en la librería Relieve, en su oscuro y entrañable aposento de la calle Cánovas del Castillo, sabían del poeta, y el discreto Pepe Relieve me alargó un ejemplar de ‘Un tiempo se clausura’, su primera obra publicada con 18 años. Pulcra, prometedora, lejana de la avalancha de los ‘Plantos’. Precisamente en la librería Relieve había dejado, lo supe después, una hermosa despedida en su libro de 1961 ‘Soberanía carnal’ a Domingo, el librero desaparecido: “Me has vendido un Machado un junio hermoso./ Me has vendido un Guillén de brillo y verso”.

Tras los ‘Plantos’ otras obras fueron llegando poco a poco, con los recovecos impredecibles de la distribución poética. Isabel Paraíso recopiló en 1991 para la Diputación Provincial tres libros, dos de ellos inéditos, en ‘Poesía diversa’, un tomo con el peso de las ediciones públicas, tapas duras, papel brillante, un libro para resistir en sótanos olvidados. Isabel Paraíso avanzaba en el prólogo algunas ideas que luego se han sostenido y desarrollado en la poesía de Arcadio Pardo, en especial su substrato panteísta complementado con la idea de metempsícosis o reencarnación.

Nuevos libros fueron dando razón: la belleza encadenada de ’35 poemas seguidos’, prolongada en ‘Efímera efeméride’ y ‘Silva de varia realidad’, con la insistencia del poeta en su búsqueda infatigable y misteriosa. No solo viaja con la palabra a los parajes de Petra, a los rituales funerarios de los numbiwara o a las costas de Estambul. También se embarca en indagaciones en los archivos de Ruán, de Lisboa, de Brujas. Búsquedas que afinca en el “enantes” y en el “allende”, dos territorios de dimensión temporal propia que funda con su verso. Allí aloja a una rama de los Pardo establecida en Brujas en el siglo XVI, Diego Pardo y sus familiares Catalina, Bárbara, Josina. “Todos ellos se enredan,/ se me están enredando/ en lo aún mi presente./ Dos veces morirán.” Especial atención dedica a la misteriosa Josina, Josina Pardo de Vlamincpoote, a la que llega a fundir con una muchacha retratada por Vermeer, posiblemente la famosa y multiplicada “joven de la perla”. Arcadio se siente concernido por otras existencias a las que emigra, transmigra: “Y hemos estado donde no estuvimos/ (…) alguien tuvo mi rostro,/ anduvo como yo ando,/ cumplió mis lentos ademanes”. Un temblor resonante.

El mundo resucitado de los ‘Plantos’ fue centrando la atención en lo que emanaba de la experiencia del poeta. Ese fue el giro de sus siguientes libros. En ‘Travesía de los confines’, una fina edición preparada por Eduardo Fraile Valles, busca poemas que “puedan/ dar ansias de saber cómo fuimos y cómo/ y dónde y qué serpientes nos anidaban y/ qué mansos días nos acogieron y tan/ como amé lo radiante del sol y de los ojos,/ y me asenté en las patrias plurales y las quise”. Y esos poemas resucitarán en cada lectura, completando el ciclo de lo abolido y lo naciente: “Mueran estos poemas y regresen/ vivos, calientes, como ahora.” Como ahora.

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