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Fecha: octubre, 2016
Cosecha excelente y premios merecidos en Punto de Encuentro
Jorge Praga 29-10-2016 | 4:29 | 0

Por fin Punto de Encuentro ha estado a la altura de lo que cabe esperar de directores con la ilusión de los debutantes y también de los criterios de selección de un festival experimentado. Tras el muermo casi general de los últimos años, en esta edición han aflorado obras de la solidez dramática de la croata ‘Deja de mirar mi plato’, de la belga ‘Mi primer viaje’ o de la alemana ‘Marija’, con interpretaciones punteras. La lectura política de conflictos bélicos nos ha trasladado al Perú guerrillero de ‘La última tarde’ o al Nepal de ‘Sol blanco’ y también a las heridas libanesas de ‘Tramontane’, con pérdida de nivel en la palestina ‘Junction 48’. La geografía exótica se ha completado con la aldea de Ghana que da nombre a ‘Nakom’. Los toques de humor y optimismo soleado han llegado con la israelí-palestina ‘Asuntos personales’ y con la jordana ‘Bienes benditos’, más la coña kurda y futbolera de ‘El Clásico’. Incluso la necesaria experimentación y ruptura de moldes ha irrumpido con la tailandesa ‘Para cuando oscurece’. El surrealismo discreto de ‘Máquina Panamericana’ y la oscuridad sorda de ‘Fragmentos de Lucía’ completan una muestra que debe ser guía y salud de años futuros.

El premio del jurado se lo llevó con justicia ‘Deja de mirar mi plato’. Un estreno afortunado en la dirección de largometrajes de la croata Hana Jusic, con experiencia en el corto y en el documental. Es interesante lo que los miembros del jurado, Claudia Landsberger, Daniel Cebrián y Julia Solomonoff dejaron redactado en el acta:

“Deja de mirar mi plato es una película valiente, que en ningún momento toma el sendero fácil de la narración para mostrar con pulso firme y un tempo muy sólido, la verdad incómoda de sus personajes. Carente de trucos emocionales, la historia avanza siempre por delante del espectador y lo arrastra sin perderlo a acompañar a la protagonista sin necesidad de juzgarla, perdonarla o ni siquiera entenderla.

Como espectador de esta historia, uno tiene la sensación de que la cámara mira siempre al sitio exacto y desde el ángulo exacto desde el que debiera hacerlo. La realización ágil, libre, que recuerda al mejor Cassavettes y que sólo se sujeta a las exigencias del relato y no a los caprichos estilísticos del autor, acompaña perfectamente una historia cuya fortaleza deriva de la originalidad de la mirada y no de la verosimilitud de las situaciones que cuenta.”

En cortometrajes el premio se lo llevó ‘Po covika’ (‘Medio hombre’), de otra directora croata, Kristin Kumric. El marco de la historia es la guerra de los Balcanes, pero con la originalidad de ceder la mirada a una niña que se entretiene con sus juegos de baile y danza hasta que la llegada de su padre y otros militares disuelve el grupo. El padre vuelve de una larga ausencia, con heridas de guerra y acompañado de otros combatientes, y es la mirada y los oídos de la niña los que construyen el horror y la dureza que envuelve los hechos.

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Lejanías de Ghana, Nepal y Valparaíso
Jorge Praga 29-10-2016 | 8:50 | 0

Entre 2006 y 2008 la directora Trev Pittman vivió en una aldea de Ghana, formando parte de una fuerza de paz de Estados Unidos. Ahora ha llevado aquella vivencia a su película ‘Nakom’, codirigida con Kelly Daniela Norris. En el guion interviene Isaac Adakudugu, un escritor que conoce el kusaal, la lengua de esa región al nordeste de Ghana. Sin él hubiera sido imposible entenderse con los actores, todos nativos de esa aldea.

La película tiene una historia que contar basada en juegos de contrarios fáciles de detectar y seguir: campo/ciudad, tradición/renovación, de la que surgen ramificaciones que se complican por las peculiares estructuras familiares de la aldea. Pero el objetivo primordial de la cinta es el acercamiento casi antropológico a la vida cotidiana de sus habitantes. Los espacios domésticos, la lucha de la agricultura, las jerarquías verticales y de sexo son observados a través de una fotografía colorista que se rinde ante el paisaje de campos y cielos de tormenta. Los actores no profesionales dejan poca tensión dramática pero a cambio aportan naturalidad, armonía, belleza. Una película distinta, sorprendente.

Lo viejo y lo nuevo en Nepal

‘Seto surya’ (‘Sol blanco’) nos acerca a la historia reciente del Nepal: nueva Constitución tras la paz con la guerrilla maoísta, persistencia de grupos armados en las montañas, clase política renovada y oportunista. Pero al centrar su acción en una remota aldea en la que ha muerto el jefe local se muestra también el ancestral sistema de creencias y castas. El ritual del entierro se convierte en una pesadilla por la rigidez ortodoxa del sacerdote, a lo que se une la ausencia de hombres fuertes que puedan transportar el cadáver. La guerra ha dejado en las aldeas solo ancianos y niños y el cadáver empieza a mandar señales olorosas, lo que multiplica la petición de ayuda: a la policía, al ejército, a los guerrilleros.

La película no puede con todos los temas que moviliza, desconocidos en parte por un espectador ajeno a la actualidad nepalí. La cámara en mano, que va camino de convertirse en seña de identidad del cine joven, deja encuadres tortuosos que agobian la coronilla de los actores y pugnan por captarlos con nitidez. Pero a cambio nos regala la belleza de la aldea, la majestuosidad de las montañas y la ilusión de que el progreso avanza en ese hermoso país.

Dentro y fuera de Lucía

La protagonista del film de Jorge Yacomán ‘Fragmentos de Lucía’ sufre algún tipo de trastorno mental que acaba por invadir la narración, rompiendo la mirada exterior que predomina al comienzo. La película va cediendo en la observación de esta pobre muchacha para acercarse más y más hasta compartir con ella sus balbuceos y su falta de coherencia, a visualizar sus delirios, a derrumbarse con ella en sus lloros y en sus desmayos.

La búsqueda que emprende Lucía de su madre biológica por las desconocidas calles de Valparaíso es el motor obsesivo de la película, encadenada en fragmentos sin hilazón que componen y reflejan el paisaje mental de la muchacha. La dureza del planteamiento se ve incrementado por una fotografía tenebrista empapada de silencios. Lástima que el sonido directo de las voces tenga una calidad impropia de una cinta profesional, lo que devalúa la sordidez a simple sordera.

(de Punto de Encuentro)

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Pasión
Jorge Praga 29-10-2016 | 8:44 | 0

Para rodar ‘Alisa en el País de las Guerras’ una de sus dos directoras, Alisa Kovalenko, tuvo que ir continuamente desde Polonia, donde se producía y montaba el film, a Ucrania, su país natal roto por la guerra civil. “Quien vea el documental sabrá que fui hecha prisionera. Incluso después de esta experiencia tuve que decidir si regresaba o no al frente. Allí, en compañía de otras personas, pasé frío, escasez de alimentos, falta de sueño, problemas de salud”.

No es un caso aislado, aunque sí extremo, de sacrificio y esfuerzo personal para lograr la realización de una obra. Muchas de las películas que estos días están en la pantalla del festival llevan tras de sí procesos larguísimos de elaboración, que solo la tenacidad de sus responsables logra culminar. Michael Koch cuenta que para su ‘Marija’ se pasó meses adentrándose en los barrios de emigrantes de Dortmund para poder filmar en ellos y conseguir la participación de sus vecinos. Halkawt Mustafa ubicó el final de ‘El Clásico’ en Bagdad, y en el primer día de rodaje cayó una bomba en las cercanías que mató a 24 personas. Aun así había que esforzarse para mantener el humor que conviene a la comedia. Y qué decir del fabuloso empeño de Richard Linklater durante doce años para mantener su ‘Boyhood’, acuciado por el riesgo de que el protagonista, que comienza con seis años el rodaje, no se vea apartado por alguna circunstancia imprevisible del personaje que le ha adjudicado hasta que llegue a la universidad. En fin, el horno abrasivo de ‘Las puertas del cielo’ que fundió para siempre a Michael Cimino y a su productora, la United Artists, estrenada en su día con una hora menos de metraje, y ahora por fin exhibida en su totalidad sin que el director lo llegue a disfrutar.

Debajo de estos y tantos otros proyectos se esconde la pasión artística, una terca llama interior que nutre de energía un proceso repleto de obstáculos. Suele decir Javier Angulo que para la Seminci busca cine de autor. Detrás de él tiene que estar esa pasión, condición necesaria aunque no suficiente, como dicen los matemáticos en su jerga de teoremas.

(de Caro Diario)

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Cine de denuncia, cine de sonrisa
Jorge Praga 28-10-2016 | 8:14 | 0

Una mujer camina por las calles de una ciudad alemana con paso decidido. La cámara la sigue a sus espaldas, mientras nos llega el sonido de unas aceras demasiado ruidosas para ese país; estamos en sus barrios de emigrantes, de gente del sur o del este que prefiere la calle a sus cuartos lóbregos y solitarios. En este plano repetido Marija camina con decisión y fe hacia el futuro que desea y sueña, montar un pequeño negocio de peluquería. Pero los obstáculos son enormes para una emigrante ucraniana explotada en la limpieza de hoteles, endurecida en mil y una pesadumbres. Si ve una cartera abierta en una habitación o unos pendientes no tendrá ningún escrúpulo en conseguir el botín. Su lucha es egoísta, individual, especialmente delicada por su condición de mujer con una cierta belleza, a pesar de la fiereza de su gesto y del silencio con el que se protege.

La mujer que retrata Michael Koch en ‘Marija’ no es representativa de un camino ejemplar o de una guía para emigrantes. El esfuerzo del director va en otras direcciones. Por ejemplo, en la de mostrar las feroces condiciones de vida en esos barrios: alquileres abusivos por cuartuchos infames, mafias que controlan y explotan, insolidaridad y desconfianza hacia todo, sanidad complicada para los ilegales. Y dinero en cada conversación, en cada trato. Solo el dinero puede aminorar los problemas, dignificar la existencia, disolver la amargura. ‘Marija’ también sugiere lo que significa ser mujer en esa selva, un cuerpo que recibe continuas peticiones y presiones para ser cambiado por dinero, por casa, por trabajo, incluso por afecto.

Película firme y ajustada, necesaria en la Europa actual. Narrada con saltos y elipsis que exigen un espectador atento. Con un reparto plurinacional, de muchas lenguas y etnias que el director seleccionó en los arrabales de Dortmund. Más que necesaria, indispensable película.

Una mujer camina por las calles de una ciudad alemana…, la película se cierra simétricamente, con la cámara colocada ahora delante de la actriz. Y el rostro de la excelente Margarita Breitkreiz nos entrega un balance final antes de la salva de aplausos.

La felicidad de ir tirando

La seriedad implacable del análisis germano se disuelve como un azucarillo en agua hirviendo cuando cambiamos de película y nos adentramos con ‘Inshallah Estafadit’ (‘Bienes benditos’) en las calles de una ciudad de Jordania. Allí no parece anidar el mal ni el dolor. Cierto es que la sociedad que refleja está totalmente atravesada por la corrupción y los pequeños delitos. El que no pincha la luz del tendido trafica con material robado o deja los asuntos a medio hacer a pesar del anticipo cobrado. Si se tiene mala suerte o poca habilidad acabará con sus huesos en la cárcel, donde no media ninguna extrañeza ni diferencia con el exterior: la pillería está ahora en los guardianes, en los abogados, en la jerarquía de presos. Y como en la calle, dentro de los muros hay complicidad, guiños, risas, buen rollo, alguna pelea, sol gratis y tabaco, mucho tabaco (recomendable cambiarse de ropa al salir de la proyección).

Una comedia sin moralejas ni cuchillos afilados. El que la pilla es para él, y la gente se contenta con poco, como el hombre tranquilo que la protagoniza, una cara distendida y sabia que acepta lo que le viene y acaba sacando un buen rédito de afectos. La cámara de Mahmoud Al Massad está atenta a esos rostros bendecidos por el sol, todos masculinos, y encuentra ocasiones para enamorarnos con la luz de las calles jornadas. Una película que te deja el cuerpo agradable, como un vino en buena compañía en los atardeceres templados de estos días seminceros.

(de Punto deEncuentro)

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Cervantes y Oliveira
Jorge Praga 28-10-2016 | 8:11 | 0

Miguel de Cervantes se trasladó a Valladolid con la cincuentena bien apurada; una edad que, para la época, dejaba pocos restos de vida. Aquí despegó su obra, corta y de escasa fama hasta que se instaló cerca de un ramal del Esgueva. Manoel de Oliveira llegó a la Seminci en 1980 para presentar ‘Amor de perdición’. Había sobrepasado los setenta y parecía cerrar su filmografía de media docena de largometrajes. Y sin embargo, para ambos ese paso por Valladolid dio lugar a la etapa más fructífera de su vida. Cervantes publicó en la década siguiente las dos partes del Quijote, además de las Novelas ejemplares y el Persiles. Oliveira se metió en una vida nueva de producción casi anual, hasta completar una treintena de largometrajes y fallecer a los 106 años.

Hoy vuelven los dos a Valladolid. Oliveira con su última película, el cortometraje ‘O Velho do Restelo’, Cervantes cediéndole al protagonista de su novela universal. Es el primer libro del que guarda conciencia el cineasta portugués, contemplado en la casa de sus tías de Oporto: “Es allí donde hojeé por primera vez un gran libro, Don Quijote, ilustrado por Gustave Doré. Yo no leía todavía, pero mi tía Aurora me contaba las aventuras, y yo estaba muy atraído por los grabados”. La portada de este gastado ejemplar abre la película de Oliveira, un cortometraje en el que el cineasta portugués, sintiendo la muerte cerca, se reúne con sus allegados. Sin moverse de su casa convoca a Luis de Camoens, el poeta portugués que hizo un sitio en ‘Los Lusíadas’ para cantar la vanagloria del mando y del triunfo. A Camilo Castelo Branco, de quien adaptó varias novelas. Al melancólico poeta Teixeira de Pascoaes. Y a Don Quijote, moviéndose con su armadura por el jardín de la casa de Manoel de Oliveira. Los cuatro conversan sobre la historia paralela de los fracasos de España y Portugal, sentados en un banco del jardín, con las imágenes de fondo de otras películas del cineasta. Antes de cerrar su obra y su vida, dedica el último plano al libro cervantino.

Y hoy retornan los dos a Valladolid, la ciudad que fue quicio de su obra a destiempo.

(de Caro Diario)

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