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Fecha: diciembre, 2016
De la oralidad
Jorge Praga 12-12-2016 | 5:26 | 0

Una profesora de música me contó cierta vez que, preguntando a sus alumnos, niños de menos de diez años, qué era para ellos la música, uno de ellos respondió: “Cuando las palabras cantan”. Venía a coincidir con la frase que prologa un libro del compositor canadiense R. Murray Schafer, recogida de un niño de seis años: “Poesía es cuando las palabras cantan”. Es importante el orden en su respuesta: son las palabras las que cantan, y no al revés. No es el canto el que se sirve de ellas como un componente  o un recurso más, sino ellas las que lo llevan dentro, guardado, esperando al mago que les dé un beso con la boca y abra su secreto, rompa su armazón de silencio hasta alcanzar el oído del oyente.

La concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan coincidió con la muerte de otro premiado, Dario Fo. Un hombre de teatro, un autor que para desplegar toda la potencialidad de sus obras escritas necesitaba del escenario y los actores, del presente enfatizado y vivo de las palabras dichas. De la oralidad. La vieja y mágica oralidad que viene desde el principio del lenguaje y es capaz de arrancar a las palabras su canto. La literatura premiada en Bob Dylan y en Dario Fo es de raíz distinta a la que se encierra exclusivamente en la escritura y se goza en sus páginas, sin necesitar nada más que luz y aislamiento. La literatura oral juega con el sonido y el silencio, con el ritmo y con el timbre, con el tiempo concatenado y la espera. Puede estar depositada en páginas, como lo están las partituras musicales y las obras dramáticas, pero es un estado transitorio que necesita un último eslabón para realizarse. Muchos poetas también saben de la fuerza oral de sus composiciones, y la buscan en lecturas y recitales que destapan posibilidades insospechadas en la letra impresa y durmiente. Cuántas veces una lectura de poemas ha dado vida nueva a unos versos por los que habíamos pasado una y otra vez sin advertir su fuerza. Y también lo contrario, poemas que cumplen mejor en su página, que no quieren voz añadida, o no fue acertada la que los despertó.

La literatura escrita de Bob Dylan, es decir, las letras de sus canciones si exceptuemos su novela ‘Tarántula’ y sus memorias, trepa por muchos libros que se esfuerzan en fijarla, en interpretarla, también en traducirla a otras lenguas. Muchas veces me he sentado con esos libros, pero antes o después la voz de donde surgieron se imponía a las demás fuentes, relegaba la página. Una voz que además ha ido variando sin cesar las composiciones originales hasta dejarlas nuevas e irreconocibles entre sí, haciendo de cada recital un acto pleno en el que las palabras nacen en cada momento. Palabras en las que el significante se agranda e invade la poquedad de los significados. Palabras sin cansancio, después de tantos años. Palabras que dicen lo que quiero, sin que yo sepa muy bien qué es.

(publicado en El Norte de Castilla el lunes 12 de diciembre de 2016)

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Los libros del rey Sapor
Jorge Praga 10-12-2016 | 10:35 | 0

Gore Vidal dedicó una larga novela a reconstruir el tiempo del emperador romano Juliano el Apóstata. Su eje narrativo se apoya en unos supuestos diarios del emperador guardados por un preceptor suyo, Prisco del Epiro, testigo de su muerte en la campaña contra el ejército persa del rey Sapor, en el año 363. La posterior muerte de este rey persa, en el año 380, la conoce Prisco por una carta de Libanio, profesor de retórica griega: “El Gran Rey de Persia, Sapor, finalmente ha muerto. Había pasado los ochenta años y reinó la mayor parte de su vida. Es una extraña coincidencia que el rey que mató a nuestro querido Juliano muriese precisamente cuando nosotros estamos por reivindicar su memoria. Una vez se me dijo que Sapor había leído mi ‘Vida de Demóstenes’, y que la admiraba. Qué maravillosos son los libros, cruzan mundos y siglos, derrotan la ignorancia y, finalmente, incluso al tiempo cruel”. Libros que saltan por encima del campo de batalla, que derrotan a la ignorancia y al tiempo. ¿Cabe mayor elogio, mayor pasión?

‘Juliano el Apóstata’ es uno de esos libros que derrotan al tiempo. Desde su publicación en 1964 no ha dejado de reeditarse y permanece fresco y vivo en las librerías. Claro que la estantería que ocupa está en continua pugna comercial y editorial. La disputan esos libros de tapas duras con portadas que imitan las inscripciones romanas en piedra, organizados en sagas de entregas sucesivas. En las promociones de grandes superficies físicas o digitales es fácil encontrar al británico Simon Scarrow, que cuenta con trece libros de su serie ‘Águila’. O a la australiana Colleen McCullough, que tras su éxito de ‘El pájaro espino’ ha encadenado siete volúmenes de la serie ‘Masters of Roma’. El detective Gordiano el Sabueso ya ha investigado quince casos firmados por Steven Saylor. Y sin traspasar fronteras tenemos al valenciano Santiago Posteguillo, con trilogías dedicadas a Escipión el Africano y a Trajano. De esta acaba de salir la última entrega, ‘La legión perdida’.

Todavía tendrán que pasar varias cribas estas obras de actualidad para merecer la atención del rey Sapor. ¿Y si volvemos la vista atrás, a los orígenes del género? En el siglo XIX triunfaron varias novelas sobre la época clásica romana cuyo entrelazamiento fue decantando un canon propio: ‘Los últimos días de Pompeya’, de Edward Bulwer-Lytton, 1834; ‘Fabiola’, del cardenal Nicholas Wiseman, 1854; ‘Ben-Hur’, de Lewis Wallace, 1880; ‘Quo Vadis’, del polaco Henryk Sienkiewicz, 1896… Su popularidad se multiplicó con la atención que les prestó el naciente cinematógrafo. En 1925 Fred Niblo dirigió un ‘Ben-Hur’ mudo de más de dos horas de duración, con la tríada de productores más famosa de la historia: Louis B. Mayer, Samuel Goldwyn e Irving Thalberg, judíos al servicio de una narración cristiana. Con su dinero se rodó la batalla naval en el mar de Livorno, y una carrera de cuadrigas observada por 42 cámaras. Como ayudante de dirección figuraba William Wyler, que en 1959, ascendido a director de prestigio, realizó una nueva y triunfante versión. Antes se habían sucedido éxitos que no desdeñaban la calidad bajo las firmas de Cecil B. de Mille, Nicholas Ray, Mankiewicz o Stanley Kubrick. Pero con ‘La caída del Imperio Romano’ el género reflejó especularmente su propia decadencia, alargada en las secuelas italianas del péplum, o en sátiras británicas del tipo de ‘La vida de Brian’ de los Monty Python. La última versión de ‘Ben-Hur’, meses atrás, ha pasado sin pena ni gloria a pesar de su espectacular aliento digital.

¿Y, entonces, los libros del rey Sapor? Más que las versiones cinematográficas que los realcen, habría que contar para su elección con la vida renovada de sus ediciones; y con la confianza de los lectores que se transmiten unos a otros su existencia y contenido, casi como aquellos hombres biblioteca que memorizaban las palabras en la versión de François Truffaut de ‘Fahrenheit 451’. ‘Juliano el Apóstata’ ha pasado esos filtros, indudablemente. ‘Yo, Claudio’, publicado por Robert Graves en 1934, sería otro título inesquivable en este género que mezcla reconstrucción e imaginación del mundo clásico romano. Es lo que anota Gore Vidal en el prólogo de su obra: “Si bien he escrito una novela, y no una obra histórica, intenté respetar los hechos modificando solo ocasionalmente algunas cosas”. A ese quicio de fidelidad al pasado y creatividad narrativa dedica Robert Graves un capítulo entero, con el diálogo entre Polio, historiador pegado a los hechos, y Livio, escritor más atento a la fuerza literaria de lo que describe. Este último centra así la disputa: “¿Y si al servir a la causa de la verdad admitimos que nuestros reverenciados antepasados fueron cobardes, mentirosos y traidores? ¿Qué sucede entonces?”

Marguerite Yourcenar, autora de otro de esos libros indestructibles, ‘Memorias de Adriano’, de 1950, anota en sus diarios paralelos a la elaboración de la novela: “Un pie sobre la erudición, otro sobre la magia, o más exactamente y sin metáfora, sobre esa ‘magia simpática’ que consiste en transportarse mentalmente al interior de otro”. Ese es el gran reto literario que une subterráneamente a estas novelas: introducirse en el interior de ese personaje en el que converge la sociedad romana y el poder que la controla: Juliano, Claudio, Adriano. Su soledad la condensa Marguerite Yourcenar en un fragmento de una carta de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”.

Añadiría un cuarto nombre a esta lista de mandatarios del tiempo solitario: César Augusto. Y un cuarto libro para la literatura que los imagina: ‘El hijo de César’, de John Williams, que con esta obra ganó el National Book Award en 1973. César es dibujado en la novela desde distintos flancos por personajes cercanos: amigos, rivales, familiares, historiadores, hasta llegar a las últimas páginas –simétricas a las primeras de ‘Memorias de Adriano’ con la serena soledad que anticipa la muerte-, en las que César Augusto revela aquello que le permitió conservar el poder sin desgastarse en grandes enfrentamientos: “Nunca me pareció prudente que los demás conocieran lo que mi corazón guarda”. Y sobre el desafío de penetrar en ese espacio reservado se erige la imaginación de los autores de estos libros amados por un rey persa.

(publicado en La sombra del ciprés, el sábado 10 de diciembre de 2016)

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