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El verso suelto de Jim Jarmusch
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Jorge Praga | 15-01-2017 | 11:22

El estreno de ‘Paterson’ ha coincidido en cartelera con otro título de Jim Jarmusch, ‘Gimme Danger’, un documental sobre la banda de rock The Stooges. En él su líder Iggy Pop revela cómo hace las letras de sus canciones: cuando era niño seguía un programa de radio al que se podían mandar cartas siempre que no superasen las 25 palabras, a ser posible diferentes. Ese mismo tope le sirve para sus letras, nunca más de 25 palabras, y distintas (“No soy Dylan”, añade con sorna). Tal vez esa cuantificación sea una buena vara de medir los horizontes del artista, su música de mucho voltaje y pocos acordes. Y los alcances de su vida, una vida rotundamente americana asentada en la caravana que funcionaba como hogar paterno, aparcada en una pradería de Michigan como podía haberlo estado en cualquier otro lugar. Iggy Pop labró más tarde su propia personalidad de provocaciones, autolesiones en el escenario, drogas, pero siempre queda de fondo ese halo de simplicidad, de vida cogida con cuatro alfileres a una sonrisa confiada.

‘Paterson’ se envuelve también de esa existencia esquemática y volátil, sin nada que la enraíce. Calles abstractas, siempre soleadas, recorridas apaciblemente por el autobús; horarios regulares, rutina asegurada de vuelta al hogar, paseo con el perro, cerveza antes de la cena, sueño reparador. Es el modelo asentado definitivamente por Spielberg, una ciudad franquicia en la que cada cual toma su porción del sueño americano, del American Dream, una actualización de la comunidad optimista en blanco y negro de Frank Capra. Solo hay algo que no encaja en la sencillez aplastante de sus días, y es la germinación de la poesía, una escritura que asciende a la pantalla y reviste a los objetos cotidianos de una existencia distinta. Un envés misterioso que altera la mirada y el oído con el que recorremos las calles de Paterson y las orillas del río.

No es fácil encajar esta obra tan singular en la filmografía de Jarmusch. Sigue activo su minimalismo de poco montaje, alérgico a la expresividad del actor en primer plano. Y también la corriente de un lenguaje que desborda su función comunicativa, el lenguaje que se abre al rap de las lavadoras, o a los versos de la niña sobre el agua que cae como los cabellos sobre los hombros. Pero en el Jarmusch anterior a ‘Paterson’ es difícil localizar esa comunidad apacible descrita con 25 palabras. Sus ciudades son violentas y multiculturales, sus tipos se atascan en jergas excluyentes, el humor cáustico navega entre desconfianzas y resabios.

Tal vez las mezclas de sangre checa e irlandesa en Jarmusch orienten su extranjería lingüística y ciudadana. En su segunda película, ‘Extraños en el paraíso’, los protagonistas neoyorkinos –inolvidables John Lurie y Richard Edson-, hacen de torpes anfitriones de una pariente húngara a la que continuamente imponen su conocimiento de la jerga local, lo único que resalta en su limitado cerebro. La misma actitud de saber reservado y cateto exhiben Tom Waits y John Lurie en ‘Down by Law’, hasta que la extroversión genial de Roberto Benigni la dinamita en las estrecheces de una celda, culminada por la danza de las cacofonías de “I scream, you scream, we all scream for an ice-cream”. ‘Noche en la tierra’ recorre varias ciudades del planeta para repetir problemas de soledad e incomunicación, sea en inglés, italiano o finlandés. Incluso el compartir un cigarrillo y un café se convierte en una fuente de recelos en la serie que conforma ‘Coffee and cigarettes’: parientes que se citan en un bar, decepcionados porque ninguno trae una desgracia que justifique la llamada; o estrellas del rock que se amargan mutuamente porque la máquina de discos del bar no tiene grabaciones suyas. Y siempre destilando ese humor tan personal, ácido y cómplice.

La ciudad soleada de Spielberg no se atisba en estas películas. Como señalan algunos críticos, el ‘American Dream’ se ha transmutado en ‘American Insomnia’. Tampoco otros cánones o géneros cinematográficos le sirven de apoyo. Sus asesinos a sueldo derivan a códigos de samuráis o al estratega torpe de ‘Los límites del control’. Y su western ‘Dead Man’ dispara sobre el género desde el viaje inicial en el que muestra, a golpes de guitarra de Neil Young, fragmentos de un país heterogéneo y peligroso, para desembocar en la calle de un poblado del Oeste anegado por el barro y los orines de los caballos, entre cerdos y una felación a un pistolero. Nada queda de la épica de la conquista del Oeste en este western de final metafísico. “No me gusta John Ford porque idealiza a sus personajes y utiliza el western para reforzar algún tipo de código moral”, sentencia Jarmusch.

‘Paterson’ se añade a esta filmografía como un poema suelto y libre, un poema que busca su propio suelo en el día a día de la ciudad, aireada desde el cuarto de abajo de la poesía; tal vez orientado por los pensamientos que guiaron a William Carlos Williams para su poema del mismo título: “Un hombre es, en efecto, una ciudad, y para el poeta no hay ideas sino en las cosas”. La poesía agita misteriosamente esas cosas sin cambiar la sencillez americana de sus cultivadores, sin perturbar la sosa vida matrimonial de la pareja protagonista. En la parte final, revuelto el orden por la destrucción de los poemas, entra la mirada extranjera de un japonés que viaja tras los fetiches de William Carlos Williams (es el mismo actor que en ‘Mystery Train’ buscaba en Memphis las raíces de Elvis; otra rima, y bien compleja). Pregunta a Paterson si es poeta, y este responde: “No, yo soy conductor de autobuses”. Las palabras no significan lo mismo para seres asentados en mundos divergentes. Por una vez Jarmusch se acerca a John Ford, que en ‘Pasión de los fuertes’ presenta a Wyatt Earp (Henry Fonda) sacudido por el amor. “¿Tú has estado enamorado?”, pregunta al tabernero que le sirve un whisky. “No, yo he sido camarero toda mi vida”. La poesía de Ford, la poesía de Jarmusch.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 14 de enero de 2017)