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Yo quiero beber de tu vino
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Jorge Praga | 30-01-2017 | 18:14

En un homenaje que el sello Hiperión rindió a Francisco Pino por su ochenta cumpleaños se recogía un poema anterior de Jorge Guillén que, con ese tono alegre y desinhibido tan suyo, imploraba: “Oh poeta Francisco Pino: / Yo quiero beber de tu vino. / Oh poeta, poeta Paco; / Quiero fumar de tu tabaco”. ¿Vino para rimar con Pino, tabaco con Paco? Parafraseando un título de Francisco Pino, “hay más”. Hay más en ese vino y en ese tabaco que nos alteran la percepción y la estimulan, que nos convierten en degustadores activos y adictivos.

Pino, en uno de los escasos textos en que reflexionó sobre su quehacer (el discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción) abundaba en el paralelismo etílico: “A la poesía se va a perder el tiempo y a perderse. Puede muy bien compararse el lector de poesía al bebedor. Como este, desea olvidarse de lo que le rodea, alcanzar el traspié, el mareo; esa sensación de ser el péndulo de un reloj que marca otro tiempo”. ¿Un lector mareado, fuera del tiempo? Unas líneas antes, en el mismo discurso: “Parece ser que basta con leer para obtener el título de lector. Esto no es cierto en poesía. Debo afirmar desde un principio que el lector de poesía no lee, ya que el texto que se le ofrece es todo lo contrario a un texto. Es algo que posee otras características, donde las palabras no funcionan como palabras, ni la sintaxis como sintaxis, ni la comunicación como comunicación”.

Valga esta introducción para llegar con un poco de cercanía y aliento a la exposición ‘La realidad tan nada’ que con su obra ha montado el Musac leonés. Él, tan renuente a mostrarse en público, y sin embargo tan permanentemente expuesto y desnudado en su infatigable quehacer de poeta cazador e insatisfecho. Gran pecador de la humildad traicionada en una centena de libros, veinte arriba o abajo. Y entre ellos, y con lo que dejó aquí y se encontró allá, el comisario Alberto Santamaría ha dirigido su selección a la obra visual de Pino. ¿Poemas sin palabras? Si ya más arriba buscaba las palabras que no funcionasen como tales, lo aclara y extiende en esta otra declaración: “Y es que, en realidad, la poesía no está hecha para la palabra. Por eso la búsqueda de medios visuales, musicales, espaciales, etc., que diferencian su actividad de cualquier otra actividad literaria. El propio verso construye sus litorales en la página”. El poeta traza una raya, una frontera de propiedades, que recuerda la que en otro orden distinto afirmó Antonio Gamoneda: “La poesía no es literatura”.

De ese inmenso campo poético, cercado, labrado y recolectado sin descanso con sus manos, los muros del Musac nos ofrecen un picoteo representativo y estimulante. Mucho de lo mostrado ya fue publicado en los tres libros que Antonio Piedra reunió para el Ayuntamiento de Valladolid, bajo el título ‘SIYNO SINO’. Escarbando tras las páginas aparece la fase de fabricación manual de alguno de estos objetos hechos finalmente libro, si es que Pino no fue de alguna manera siempre laboratorio, tránsito, energía sin detención. Del libro ‘Piedras martirizadas para que crezcan’ saltan a una vitrina las piedras pintadas por el poeta con su materialidad un tanto picassiana, y festejadas en los nombres que las bautizan; “andar el gozo”, “primavera que duermes”, “hondura doméstica”. Qué hermosura. También se muestran los tampones de caucho que esconden un juego potencialmente infinito de estampaciones, todas iguales, todas distintas, siempre irónicas, representadas en el libro ‘Stamp art’. No faltan las poeturas recolectadas aquí y allá, con especial emoción ante la ‘poetura del 98’, en la que la letra vacilante de Francisco Pino trasluce su avanzada edad, y añade las fuentes de esa palabra que él creó bajo los antecedentes de “poiesis” y “tura”.

Hay otro vector de la exposición que la propia obra de Pino no puede enunciar, y que es labor de la mirada externa que la organiza: su conexión con otros movimientos artísticos. Francisco Pino pasa por ser el poeta retirado tras la guerra civil a la soledad de villa María, absorto en su vertiginoso crear. Pero la exposición trae huellas de vasos comunicantes: publicaciones en galerías extranjeras, y también cartas de ida y vuelta que le mantenían en contacto con otros autores. Pino bebió con seguridad del surrealismo y de las vanguardias en sus estancias juveniles en Francia e Inglaterra. Las cartas señalan su largo contacto con renovadores de aquellas vanguardias: el mexicano Ulises Carrión, cercano al Stamp art de los sellos de caucho; José Luis Castillejo y sus experimentos trituradores del alfabeto; Felipe Boso, Fernando Millán, José-Miguel Ullán… En villa María se abrían las ventanas cuando llegaba el cartero.

Francisco Pino en las paredes de un Museo. Un buen lugar para quien se veía a sí mismo como “un bonzo ardiendo en una plaza pública”. Pero enfrente está el Pino escurridizo, con el “no” en la boca, refractario a cualquier homenaje, servidor solo de su fiebre creadora, el Pino en tránsito al que no le sientan bien las paredes desnudas de un espacio solemne sin vino ni tabaco: “He reconocido siempre que mi verso era una manera de vivir y de desvivir el momento. Al gozar de la mejor cualidad del tiempo, de su efimeridad, me gozaba. ¿No será el anhelo poético fomentador de humildad?” Gloria disecada  o verso efímero, el poeta camina sobre sus contradicciones, ese par de fuerzas opuestas necesarias para la dinámica. Sin ellas y su lucha no habría vida de creación. Siempre y nunca, repetía el poeta. Siempre y nunca. Y que no nos falte tu vino.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 28 de enero de 2017)