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Sinfín del deseo y el hastío
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Jorge Praga | 28-02-2017 | 12:50

La obra narrativa de Luis Marigómez acumula ya una buena porción de libros: ‘Vísperas’, ‘Ramo’, ‘Rosa’, ‘A través’, ‘Trizas’…, todos ellos nombrados por una sola palabra, con la leve excepción de la preposición que se coló en uno de sus títulos. También los capítulos se ajustan a esa política sucinta: ‘Vuelta’, ‘Nido’, ‘Daño’ son las partes que configuran su última entrega, ‘Sinfín’. Son obras que comparten mucho más que la monodia del título. Por encima de sus anécdotas argumentales y del perfil de los protagonistas, en la memoria del lector queda una voz persistente, un fluido sordo, un avance por el interior de una mente que revuelve situaciones y recuerdos. Esa voz, esa subjetividad tejida por la literatura se impone y eleva sobre unas vidas de principio vulgares e insignificantes, con el leve misterio de las existencias olvidables.

‘Sinfín’ es el curioso título de la última narración de Marigómez, que al apretar dos palabras en una apunta a algo distinto al “sin fin” de lo que no tiene término. El diccionario abre también para “sinfín” el significado de “innúmero”, es decir, lo que no se puede cercar en el dato fijo y clasificable, lo que se escapa de los cajones ordenados, lo que queda vago e impreciso, ajeno al trazo lineal de una vida marcada por fechas, categorías, objetivos. La persona que va a extender ante el lector los ribetes innúmeros de su existencia es Rosa, que ya había aparecido lateralmente como la mujer del protagonista de una anterior novela de Luis Marigómez, ‘A través’. Si esta tenía forma de diario en progresión, de sucesión de fragmentos que conformaban el paso ordenado de un año, en ‘Sinfín’ Rosa abre su mente al recuerdo y al recuento desde un presente yermo, marcado por un comienzo meridiano y tajante: “Se acabó”. Y por un atisbo de balance: “¿Ha merecido la pena?”. Ambas cosas, lo que se terminó y su valoración ocupan casi toda la novela, que se ofrece en principio como una criba de situaciones que ascienden por la biografía de Rosa hasta un final que no cierra nada, salvo la disposición de la narradora a seguir contando.

Los jalones vitales que Rosa anota están casi siempre orientados por el deseo, el sexo, la atracción. En su vida de clase media aparecen circunstancias inevitables de entrada en la vida laboral, de geografías y vivencias cambiantes, de vaivenes familiares y amicales, pero el horizonte del sexo predomina sobre ellos. Y también sobre el afecto y su forma extrema del lazo de amor. Esa insistencia impulsa la narración, y al mismo tiempo, entre las líneas que recorren el deseo sin horizontes de la protagonista, se abre un hueco cada vez mayor de vacío, de angustia, de huida sin término, sin fin; sinfín de la náusea. Cuando Rosa se casa con poco entusiasmo, en una ceremonia trivial de langostinos, lechazo y ginebra, deja esta coda: “Todo iba bien. Era como si ya estuviésemos muertos. Nuestra vida ya había acabado. Solo nos faltaba recorrer un camino trillado, lleno de felicidad y aburrimiento hasta llegar al tiempo de las muertes de nuestros progenitores, de gente cercana…”.

Luis Marigómez eleva esta narración de certezas chatas y ausencias ciegas con un arma ya probada en sus obras anteriores: la prosa escueta, ceñida, fluyente. Sus frases de extensión y alternancia muy calculada marcan el ritmo, hilan, enlazan, ovillan, orillan. Componen diálogos en los que se explora la insignificancia para taponar el silencio. Envuelven al lector con una facilidad engañosa de prosa inmediata, tras la que sin embargo se esconde una elaboración muy pensada y ahormada, una arquitectura que nunca pudo soñar para su mente Rosa, la protagonista que cierra su presencia con la misma recolección de la nada con que arrancó: “No sé”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 18 de febrero de 2017)