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Fecha: mayo, 2017
Travesía del pintor Jorge Vidal
Jorge Praga 21-05-2017 | 7:15 | 0

En sus primeras novelas Paul Auster utilizaba el azar como un ingrediente básico. Una de las más destacadas lleva por título precisamente ‘La música del azar’. Incluso dedica un pequeño libro, ‘El cuaderno rojo’, a compendiar diversas casualidades que han condicionado su vida, algunas tan difíciles de creer que acaba con una invocación al lector: “Esto ha sucedido de verdad”. Con la necesaria reducción de escala, busco su amparo para arrancar con los azares y cruces que me llevan a escribir sobre Jorge Vidal. Podría bastar la fascinación que siempre me ha producido su pintura, pero hay además un encuentro sorprendente y continuo entre su obra y muchos rincones de Valladolid, en lugares inesperados. O no tanto. Una notaría. El pasante que me atiende tiene a sus espaldas un enorme fuego infernal de la serie ‘Matérica’ del pintor. Sin restablecerme de la sorpresa, y de la luz que despide el lienzo, el notario lee la escritura ante la geometría imprecisa de un volcán, otra serie de Jorge Vidal. La siguiente gestión en el Ayuntamiento me coloca frente a una de sus ‘Cartografías’, bellísima. Un tiempo después entro en un bar con un catálogo del pintor en la mano, y alguien cercano en la barra lanza un suspiro e inicia una larga historia de gratitud y admiración al que durante muchos años fue su vecino. Varias rondas. En un pasillo del Hospital Río Hortega un pequeño lienzo del pintor se expone acompañado de un cartel explicativo de cómo llegó allí. Justo Navarro anota en el prólogo a ‘El cuaderno rojo’: “Paul Auster encontró el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino”.

  Cartografía

Jorge Vidal llega a Valladolid en 1967. Había nacido en Chile en 1943, en la portuaria y vertical Valparaíso que se asoma a sus primeros cuadros. Atraído por Europa, se embarca en un carguero que le lleva a Hamburgo. En la larga travesía por dos océanos trabaja como ayudante de cocina. Aprende técnicas y se hace con recetas que más tarde sellarán amistades. Hamburgo es un destino casual que se enreda en otra casualidad, cómo no. Lo cuenta Blas Pajarero en un ‘Pliego de cordel valisoletano’ dedicado a Cuadrado Lomas: “Había llegado entonces desde Hamburgo. Vino mandado por Iragüen, quien le dijo vete a España, pregunta por Valladolid y allí por Relieve y en Relieve por Félix y Gabino, dos pintores amigos”. Dos que fueron cuatro, cinco, seis, la fratría que luego se llamó grupo Jacobo, y finalmente grupo Simancas. Llegó, se marchó al sur de Portugal, volvió, anduvo unos años por Ginebra, con Valladolid esperando su asiento más o menos estable a partir de 1976. Siempre en amistad y correrías con esos pintores. Otra vez Blas Pajarero: “Vidal traía algunos colores mágicos que pronto intercambió con los que por aquí tenían al uso Sabadelles, Criados, Gabinos y Cuadrados Lomas”.

Charlot vive en ‘Luces de la ciudad’ una peripecia que le desconcierta. En una noche pedigüeña se cruza con un ricachón que se quiere suicidar. Charlot, siempre tierno, le convence de que la vida merece la pena. El ricachón le invita a cenar, beben, se emborrachan, y se van a dormir la mona a su mansión. Por la mañana, recuperada la cordura abstemia, el anfitrión expulsa irritado al mendigo que se ha colado en su casa. Otra vez de vagabundo nocturno, Charlot le vuelve a encontrar tan achispado como la vez anterior. Le reconoce emocionado, donde te metiste anoche, celebremos el reencuentro. Algunos recordamos a Jorge Vidal en esa doble cabeza, doble memoria. Educado y amable en el trato del día, te convertía en un desconocido cuando te dirigías a él en la noche cargada. O al revés, me dicen otros. Dualidad de este hombre que con su percha indígena y su larga melena no pasaba nunca inadvertido. Le pintan tímido, culto, desinteresado. En la galería Carmen Durango, que le tuvo en exclusiva unos cuantos años, recuerdan lo difícil que era sacarle a otros lugares. A la Bienal de Barcelona de 1978 hubo que llevarle casi a rastras. Ganó el primer premio. Pero siguió en Valladolid y sus alrededores, en su día y en su noche, al encuentro de Charlot.

Jorge Vidal y Jo Stempfel

Aunque han transcurrido once años desde su muerte, las huellas de Jorge Vidal en la ciudad afloran donde menos lo esperas. Me gustaría empezar por aquellas pequeñas pinturas que coloreaban la entrada de ‘El pájaro azul’, en la plaza de Poniente, pero han desaparecido. Tampoco le evoca la calle que le dedicó el Ayuntamiento en las laderas de Parquesol, un trayecto de coches sin casas ni bares. “Calle de Jorge Vidal (pintor)”. En los bares dejó huella con su empeño de cliente sin horarios, y por eso le tiene enmarcado con amor ‘El Largo Adiós’, en una fotografía con su compañera Jo Stempfel. En otros dejó cuadros, tal vez como moneda de cambio, aunque en el Colombo me aseguran que los seis que ennoblecen sus paredes se los pagaron en pesetas. Seis manchas cegadoras sobre papel hermanadas en su azul violeta, en su teja intenso, en las vetas verdosas. Qué pugna, qué irradiación. Más atenuado por el paso del tiempo y de la atmósfera cafetera se presenta el gran mural de Dakota, inexplicable tras una escalera que con la perspectiva adecuada acaba siendo absorbida misteriosamente por el conjunto. Un mural que aguanta desde 1990 entre intendencia hostelera sin que se agoten sus arabescos geométricos. “No cobró nada”, me dicen tras la barra.

Cafetería Dakota

Las galerías de la ciudad vendieron cuadros de Jorge Vidal a despachos de abogados, a notarías, a constructoras. En algún caso pagaron facturas del dentista, me aseguran. Jacobo, ya desaparecida, organizó sus primeras exposiciones. La relevó Carmen Durango, que todavía conserva algunos grabados suyos que sorprenden a quien cruza el Pasaje Gutiérrez. Pocos, pues su pintura se vendía bien. De un cajón salen unas curiosas obras sin color, oscuras, fúnebres, de cuando por 1974 al pintor se le enflaqueció el ánimo. Orón, de la dinastía Jacobo, rezuma obra de Jorge Vidal por todas sus altas paredes. Un espléndido ‘Jardín de invierno’, lánguido, suave. Un rojo de la serie ‘Matérica’ que sigue ardiendo. Un ejemplar de ‘Cartografías’ del que me despido pidiendo precio. Ay. También la galería La Maleta cumple generosamente con el recuerdo del pintor. A finales de 2014 organizó la exposición ‘Vallisoletanos irreemplazables’, con una treintena de autores flanqueando al chileno: Luis Cruz, Gonzalo Martín-Calero, Lorenzo Colomo, José Noriega, Javier García Prieto…

Bar Colombo

En la oficina municipal de recaudación de Santa Ana el vocerío te recibe en la acera. Un impuesto equívoco llena el vestíbulo de reclamaciones. Tal vez no sea el mejor día para contemplar el bello óleo de ‘Cartografías’, que tras la cristalera ofrece a la espalda de los funcionarios una geografía que solo ha visto la imaginación del pintor. Siempre habrá ocasión, recaudatoria o artística, de volver a esta casa común. También es casa de todos la imponente sede de las Cortes de Castilla y León, que en su interior guarda una apreciable colección pictórica en pasillos de no fácil acceso. Un azar, uno más, me lleva a un aperitivo donde el tinto de Ribera me abre los ojos ante un ‘Jardín de invierno’ que florece silenciosamente. Un enorme lienzo de tibieza maravillosa entretejida del azul violeta y naranja endulzado a rosa. Un jardín de pocas visitas en un pasillo de dimensiones olímpicas. Me dicen que en Presidencia hay otro Jorge Vidal más inaccesible aún. Y este mismo edificio de corte soviético alberga la Fundación Villalar, que en 2008 recibió toda la obra del pintor que se quedó en su casa, tras su muerte. Ya no queda ni rastro, sus familiares chilenos pleitearon para heredarla y hace unos años salió de allí con rumbo desconocido. Me place imaginarla a bordo de un carguero rumbo a Valparaíso. Pero me subyuga más la espera de un encuentro azaroso con la explosión de sus colores en cualquier rincón de la ciudad.

Jardín de invierno

Posdata: mientras estas líneas se acomodan en la página, sobreviene una gran explosión de colores en la galería Rafael: cerca de treinta cuadros de Jorge Vidal se exponen en sus paredes, cuadros procedentes del legado que invernó en la Fundación Villalar. El azar y la sorpresa siguen compinchados con los rojos y violetas del pintor. Continuará, necesariamente continuará.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 20 de mayo de 2017)

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La pugna por el relato en el País Vasco
Jorge Praga 15-05-2017 | 3:00 | 0

La novela más vendida en 2016, y también en los primeros meses de 2017, ‘Patria’, de Fernando Aramburu, será dentro de poco serie de televisión. En este empeño, casi inevitable en la cadena del éxito, trabaja el guionista Aitor Gabilondo, que cuenta con un acicate extra para su adaptación: “Me contó un profesor de euskera que les había hablado de ETA a sus alumnos de 11 años y que ellos no sabían lo que era, no les sonaba. Habían pasado solo 5 años desde que ETA había anunciado el final de la violencia y no sabían qué era ETA. Bueno, pues tenemos que contar esto a los niños”, declaraba hace unas semanas a El País.

ETA comienza a ser historia cerrada, clausurada. En estos cinco años su presencia ha ido disminuyendo en los medios de comunicación, y el repunte ocasionado por su desarme no ha hecho sino confirmar su pertenencia a lo ya sucedido, salvo algunos flecos por cerrar: presos, asesinatos sin aclarar, disolución. Sin vaivenes de actualidad parece llegado el momento del juicio y la valoración, de extender los hechos ante los ojos colectivos y contarlo. ¿Absorberlo en un relato?

En un artículo reciente, ‘Un pacto sobre el pasado’, Javier Cercas reclamaba la necesidad de un acuerdo mínimo y colectivo sobre el pasado, con vértice en el hecho capital de la guerra civil. Tras ochenta años del golpe militar no encuentra el autor una raíz común para un árbol que necesariamente crecerá ramificado. “Quien no sabe de dónde viene no sabe adónde va”, sentencia, y  tras esa convicción ha entregado varios libros con los que ahonda en el pasado en busca de ese conocimiento que aspira a ser reconocimiento. Cuando Jean-François Lyotard bautizaba a nuestra época de posmoderna, señalaba como una de sus marcas específicas la ausencia de “grandes relatos” a los que agarrarse. En menor escala ese es el fenómeno que se reproduce sobre el pasado de nuestro país: cuál es el relato concordante de la guerra civil; y ahora, en la urgencia de los problemas que acechan, cuál es el relato sobre el nacionalismo vasco y la violencia que engendró en todo el Estado.

El relato vasco. Por ahora, unos relatos: enfrentados, contrarios, calientes. Arnaldo Otegi respondía a John Carlin al día siguiente de la entrega de armas por ETA: “El Gobierno puede presentar esto como una gran victoria, ¿no? Sí, puede sostener ese relato. Nosotros podemos sostener otro, que es que tenemos la impresión de que no hay Gobierno en el Estado español que sea capaz de alcanzar un acuerdo de la naturaleza que nosotros planteábamos. Nuestras soluciones son sus tragedias”. En su reciente visita a Valladolid Fernando Aramburu no dejó de subrayar la importancia de esa indagación. Anotaba Samuel Regueira de sus declaraciones a este diario: “Un relato ayuda más a empatizar que un dato. Actualmente hay una lucha por el relato, porque en el lenguaje empleado descansa una visión de la realidad”.

‘Patria’ se alza por el momento con el triunfo de los números, de la difusión, del impacto. Se concibió en el momento oportuno, cuando varios años de calma guerrera permitían una mirada pausada, siempre con las enormes reservas de las heridas aun por curar, más que cicatrizar. Acierta desde luego en la elección de su universo: dos familias vecinas y amigas en un pequeño pueblo, que van reflejando en su vida cotidiana las tragedias mayores de la comunidad, hasta acabar golpeadas y enfrentadas por asesinatos y encarcelamientos. Por las páginas finales se cuela un escritor, posible émulo de Aramburu, que declara: “Escribí en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes”. Víctimas que temen el olvido, que los hechos se diluyan sin dejar rastros ni lecciones: “Algún día no muy lejano pocos recordarán lo que pasó”, le dice el hijo del El Txato, asesinado por ETA, a su hermana. El libro de Aramburu se esfuerza en dirección contraria con un torrente narrativo de gran habilidad y maestría, armado con audaces balanceos sobre la cronología, y con un juego de personas gramaticales que abre la subjetividad sin lastrar el brío ni la transparencia. Acierta además en el sabor triste de derrota generalizada que ensombrece a todos, sin dar pie al juego de triunfadores y vencidos por el que pugnan los actores de la política. El mismo Otegi se sorprendía con fatuidad de que la supuesta derrota de ETA no fuera objeto de celebración: “Salen enfadados, eso es lo curiosos. Si a mí me dicen mañana que la Guardia Civil va a abandonar mi país, que se va a declarar la independencia y que van a entregar las armas, yo monto una fiesta y, vamos, se me va a notar en la cara que estoy encantado”.

Otras novelas disputan la cima que ahora ostenta ‘Patria’. La crítica ha señalado con insistencia ‘Martutene’, de Ramón Saizarbitoria, publicada inicialmente en euskera en 2012. Más recientemente Edurne Portela ha mezclado ensayo y reflexión personal en ‘El eco de los disparos’. Y Kirmen Uribe ha publicado, con menos apoyo crítico, ‘La hora de despertarnos juntos’. Ahora ha vuelto a la actualidad una obra en cierta manera antitética de la de Aramburu, ‘Intxaurrondo. La sombra del nogal’. La inesperada muerte de su autor Ion Arretxe, en marzo de 2017, ha propiciado su relectura. Un relato en el que el autor refleja su experiencia juvenil de treinta años atrás, cuando fue detenido en 1985 por la Guardia Civil y trasladado al cuartel de Intxaurrondo. La misma operación que hizo tristemente famoso a Mikel Zabalza, desaparecido en el río Bidasoa la noche de su detención, lo que provocó uno de los mayores escándalos en los primeros años del gobierno de Felipe González. Ion Arretxe encuentra, tras décadas de cocerlo en su interior, la fórmula para contar su experiencia de tortura y degradación, entre vetas de humor y excursiones mentales lejos del cuartel. Es otra cara del relato, la de una Rentería juvenil traspasada por el discurso abertzale y carcomida por la heroína que circulaba con sospechosa facilidad. Ion, que fue liberado sin cargos a los diez días, no intenta elevar su experiencia más allá de sus límites de edad y territorio. La ciñe a una prosa poética indomable y la envuelve de músicas y aspiraciones artísticas que luego cumplirá. Como señalaba David Trueba en el artículo que le dedicó, fue capaz de volar lejos de su condición de mártir superviviente y desarrollar una notable carrera de director artístico en el cine, con cumbres como ‘La soledad’, de Jaime Rosales. Precisamente para este director asumió el papel protagonista de ‘Tiro en la cabeza’, la película más insólita rodada sobre el mundo de ETA. Y cuando tuvo fuerzas, y calma, reunió las palabras de su relato, que se cierra entre la sabia frontera de la afirmación y la duda: “Ojalá estas palabras sirvan para algo. O para nada”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 6 de mayo de 2017)

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