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La pugna por el relato en el País Vasco
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Jorge Praga | 15-05-2017 | 15:00

La novela más vendida en 2016, y también en los primeros meses de 2017, ‘Patria’, de Fernando Aramburu, será dentro de poco serie de televisión. En este empeño, casi inevitable en la cadena del éxito, trabaja el guionista Aitor Gabilondo, que cuenta con un acicate extra para su adaptación: “Me contó un profesor de euskera que les había hablado de ETA a sus alumnos de 11 años y que ellos no sabían lo que era, no les sonaba. Habían pasado solo 5 años desde que ETA había anunciado el final de la violencia y no sabían qué era ETA. Bueno, pues tenemos que contar esto a los niños”, declaraba hace unas semanas a El País.

ETA comienza a ser historia cerrada, clausurada. En estos cinco años su presencia ha ido disminuyendo en los medios de comunicación, y el repunte ocasionado por su desarme no ha hecho sino confirmar su pertenencia a lo ya sucedido, salvo algunos flecos por cerrar: presos, asesinatos sin aclarar, disolución. Sin vaivenes de actualidad parece llegado el momento del juicio y la valoración, de extender los hechos ante los ojos colectivos y contarlo. ¿Absorberlo en un relato?

En un artículo reciente, ‘Un pacto sobre el pasado’, Javier Cercas reclamaba la necesidad de un acuerdo mínimo y colectivo sobre el pasado, con vértice en el hecho capital de la guerra civil. Tras ochenta años del golpe militar no encuentra el autor una raíz común para un árbol que necesariamente crecerá ramificado. “Quien no sabe de dónde viene no sabe adónde va”, sentencia, y  tras esa convicción ha entregado varios libros con los que ahonda en el pasado en busca de ese conocimiento que aspira a ser reconocimiento. Cuando Jean-François Lyotard bautizaba a nuestra época de posmoderna, señalaba como una de sus marcas específicas la ausencia de “grandes relatos” a los que agarrarse. En menor escala ese es el fenómeno que se reproduce sobre el pasado de nuestro país: cuál es el relato concordante de la guerra civil; y ahora, en la urgencia de los problemas que acechan, cuál es el relato sobre el nacionalismo vasco y la violencia que engendró en todo el Estado.

El relato vasco. Por ahora, unos relatos: enfrentados, contrarios, calientes. Arnaldo Otegi respondía a John Carlin al día siguiente de la entrega de armas por ETA: “El Gobierno puede presentar esto como una gran victoria, ¿no? Sí, puede sostener ese relato. Nosotros podemos sostener otro, que es que tenemos la impresión de que no hay Gobierno en el Estado español que sea capaz de alcanzar un acuerdo de la naturaleza que nosotros planteábamos. Nuestras soluciones son sus tragedias”. En su reciente visita a Valladolid Fernando Aramburu no dejó de subrayar la importancia de esa indagación. Anotaba Samuel Regueira de sus declaraciones a este diario: “Un relato ayuda más a empatizar que un dato. Actualmente hay una lucha por el relato, porque en el lenguaje empleado descansa una visión de la realidad”.

‘Patria’ se alza por el momento con el triunfo de los números, de la difusión, del impacto. Se concibió en el momento oportuno, cuando varios años de calma guerrera permitían una mirada pausada, siempre con las enormes reservas de las heridas aun por curar, más que cicatrizar. Acierta desde luego en la elección de su universo: dos familias vecinas y amigas en un pequeño pueblo, que van reflejando en su vida cotidiana las tragedias mayores de la comunidad, hasta acabar golpeadas y enfrentadas por asesinatos y encarcelamientos. Por las páginas finales se cuela un escritor, posible émulo de Aramburu, que declara: “Escribí en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes”. Víctimas que temen el olvido, que los hechos se diluyan sin dejar rastros ni lecciones: “Algún día no muy lejano pocos recordarán lo que pasó”, le dice el hijo del El Txato, asesinado por ETA, a su hermana. El libro de Aramburu se esfuerza en dirección contraria con un torrente narrativo de gran habilidad y maestría, armado con audaces balanceos sobre la cronología, y con un juego de personas gramaticales que abre la subjetividad sin lastrar el brío ni la transparencia. Acierta además en el sabor triste de derrota generalizada que ensombrece a todos, sin dar pie al juego de triunfadores y vencidos por el que pugnan los actores de la política. El mismo Otegi se sorprendía con fatuidad de que la supuesta derrota de ETA no fuera objeto de celebración: “Salen enfadados, eso es lo curiosos. Si a mí me dicen mañana que la Guardia Civil va a abandonar mi país, que se va a declarar la independencia y que van a entregar las armas, yo monto una fiesta y, vamos, se me va a notar en la cara que estoy encantado”.

Otras novelas disputan la cima que ahora ostenta ‘Patria’. La crítica ha señalado con insistencia ‘Martutene’, de Ramón Saizarbitoria, publicada inicialmente en euskera en 2012. Más recientemente Edurne Portela ha mezclado ensayo y reflexión personal en ‘El eco de los disparos’. Y Kirmen Uribe ha publicado, con menos apoyo crítico, ‘La hora de despertarnos juntos’. Ahora ha vuelto a la actualidad una obra en cierta manera antitética de la de Aramburu, ‘Intxaurrondo. La sombra del nogal’. La inesperada muerte de su autor Ion Arretxe, en marzo de 2017, ha propiciado su relectura. Un relato en el que el autor refleja su experiencia juvenil de treinta años atrás, cuando fue detenido en 1985 por la Guardia Civil y trasladado al cuartel de Intxaurrondo. La misma operación que hizo tristemente famoso a Mikel Zabalza, desaparecido en el río Bidasoa la noche de su detención, lo que provocó uno de los mayores escándalos en los primeros años del gobierno de Felipe González. Ion Arretxe encuentra, tras décadas de cocerlo en su interior, la fórmula para contar su experiencia de tortura y degradación, entre vetas de humor y excursiones mentales lejos del cuartel. Es otra cara del relato, la de una Rentería juvenil traspasada por el discurso abertzale y carcomida por la heroína que circulaba con sospechosa facilidad. Ion, que fue liberado sin cargos a los diez días, no intenta elevar su experiencia más allá de sus límites de edad y territorio. La ciñe a una prosa poética indomable y la envuelve de músicas y aspiraciones artísticas que luego cumplirá. Como señalaba David Trueba en el artículo que le dedicó, fue capaz de volar lejos de su condición de mártir superviviente y desarrollar una notable carrera de director artístico en el cine, con cumbres como ‘La soledad’, de Jaime Rosales. Precisamente para este director asumió el papel protagonista de ‘Tiro en la cabeza’, la película más insólita rodada sobre el mundo de ETA. Y cuando tuvo fuerzas, y calma, reunió las palabras de su relato, que se cierra entre la sabia frontera de la afirmación y la duda: “Ojalá estas palabras sirvan para algo. O para nada”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 6 de mayo de 2017)