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Fecha: noviembre, 2017
Ceniza en la manga de un viejo
Jorge Praga 09-11-2017 | 6:32 | 0

En la larga trayectoria novelística de Javier Marías, quince títulos si contamos como tres independientes las partes de ‘Tu rostro mañana’, hay un vértice o quicio que marca una frontera, frontera permeable pues su escritura va y viene en alimento mutuo: ‘Negra espalda del tiempo’, publicada en 1998 y que fija lo que venían siendo rasgos tanteados y más ocasionales: mezcla imprecisa de realidad y ficción; inyecciones autobiográficas; intertextualidad con explicitación de fuentes; aporte de mapas, fotografías de objetos y lugares, retratos. Complementado con una voz que se embarca en la exploración de inquietudes con largueza desajustada a la narración. El siguiente título, ‘Tu rostro mañana’, confirmó esa tendencia en las 1.500 páginas que acumulaba. Atrás quedaban títulos más breves, tal vez más ágiles, con la aceptada cima de ‘Todas las almas’. ‘Los enamoramientos’ y ‘Así empieza lo malo’ han seguido con éxito esa línea, y llega ahora ‘Berta Isla’.
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En esta novela reconocemos los temas que inquietan a Javier Marías hasta hacerle quebrar su sentimiento de que cada obra será la última: el secreto, el engaño, la traición, el azar por encima del destino o la voluntad, y como tapiz de fondo el escepticismo sobre el conocimiento del otro, y también de uno mismo. Vuelven los aires en los que le gusta respirar: Oxford y sus profesores, mitad monjes académicos, mitad soldados del imperio; espías obligados a vivir varias identidades (no muy distinto a lo que hace el escritor de ficción, al decir de Marías); las neblinas del norte y el refinamiento transparente de su Madrid. La permeabilidad de su obra permite la reaparición de algunos personajes: el hispanista y lusitanista Peter Wheeler o el agente del MI6 Bertram Tupra, y siempre con ese juego de cambios y alteraciones en sus nombres, como si fuera imposible bautizarlos de una vez para siempre. Tom se llama el protagonista, pero a la vez Tomás, y también James Rowland, y luego David Cromer-Fytton.
Pero la principal ligazón de su obra reside en el estilo propio que Javier Marías ha ido puliendo página a página, y que le constituye como voz exclusiva y única. Una voz ensimismada, exploradora, embarcada en la digresión a costa de suspender el cuento. Una escritura que no se frena ante la reiteración (“Pasaron los años y pasaron los años. Los años fueron pasando, pasando…”), que se retuerce en anacolutos y permutas de la sintaxis transparente (“No siempre lo había poseído el descontento, a su marido a la vez español e inglés, Tom o Tomás Nevinson su nombre”). Una voz que lima individualidades, que nivela tal vez en exceso la diversidad de los protagonistas y sus idiolectos. A los resultados no será ajena la mecánica de escritura de Marías, su célebre máquina de escribir anterior a la memoria digital, que le obliga a imprimir y corregir sobre papel, una y otra vez, hasta que su suma entrega un palimpsesto repleto de matices, añadidos, alusiones y repeticiones rítmicas. Un trabajo de orfebre en cada página.
Tal vez ‘Berta Isla’ sobresalga sobre novelas anteriores por la potencia expectante de su trama, por la espera de su protagonista que acaba contagiando al lector su ansiedad dilatada. Como es habitual en Marías, el primer alimento argumental no viene de su oreja callejera ni de fuentes históricas o de actualidad, sino de la propia literatura. Vuelve sobre una narración de Balzac, ‘El coronel Chabert’ ya exprimida en ‘Los enamoramientos’, y utiliza con inspiración ‘La mujer de Martin Guerre’, una olvidado obra de Janet Lewis que resucitó previamente en su editorial Reino de Redonda. Hay, cómo no, una excursión a Shakespeare por un brillante ejercicio del fingimiento que se da en ‘Enrique V’. Melville, Conrad, un nuevo homenaje a Guillermo Brown que tanto nos emociona a sus seguidores… Pero destaca sobre todo la presencia constante de los versos de ‘Little Gidding’, parte última de los ‘Cuatro cuartetos’ de T. S. Eliot. Un poema difícil que el marido de Berta Isla lee y casi memoriza por azar, y del que no se despega en las aventuras que le dominan durante años, en una convergencia de vida y versos. Toda una lección, larga y sostenida, sobre la recepción de la poesía, cuyo secreto no está en ella misma, sino en el cruce con la experiencia de vida que la acompaña y finalmente desvela.
Con todos esos mimbres, encabalgados en una trama cada vez más absorbente, Marías compone una narración que choca constantemente con las barreras del conocimiento deductivo, que deja en zona de sombra los hechos y motivos de cada individuo. Dos citas magistrales de Dickens, cerca del final, subrayan ese agujero negro de la claridad, un cráter al que las páginas dan vueltas y vueltas sin capacidad para bajar a su fondo insondable. “Para qué añadir un relato a lo que simplemente sucede”, confiesa la palabra decepcionada y melancólica de Berta Isla. La existencia se ciñe a ese estar y esperar que cifra la frase final, un discurrir azaroso sin cauce ni relevancia que agrietará el tiempo y depositará como “ceniza en la manga de un viejo”, ceniza que el viento de la vida arrastrará y olvidará, según el memorable, y por fin entendible, verso de Eliot.
(publicado en La sombra del ciprés, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 7 de octubre de 2017)

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Eso no puedo contártelo
Jorge Praga 09-11-2017 | 6:00 | 0

En la Biblioteca Pública las películas de David Lynch están clasificadas con una signatura, SU, proveniente de las dos primeras letras de una palabra. ¿SU de surrealismo? Es lo primero que pasa por la cabeza con este director de fondo onírico y libertad sin fronteras narrativas. Sin embargo, oh pequeña decepción, el rótulo de las estanterías que le albergan entrega otra génesis: SU de suspense.
Desde luego que no hay mejor etiqueta de suspense que la que envuelve a ‘Twin Peaks’: “¿Quién mató a Laura Palmer?”. Un cadáver que surge del lago con un rostro de belleza pálida, y al que las piedrecillas de la playa que se pegan a su frente dan un realce de ninfa de Botticelli. Un agente que llega de fuera a un pueblo estremecido y que encuentra pistas macabras en un silencio roto por los punteos musicales de Angelo Badalamenti. Aquel primer capítulo fundió audiencias y rutinas. Y para muchos la serie se cerró con él, pues lo que siguió fue una deriva de combinatoria narrativa que dejó de interesar incluso a sus creadores. Ese riesgo de deriva acecha también a esta última temporada. Jirones fascinantes de una historia lejana y demasiado compleja, jirones que seguramente no se anudarán en una malla común. El suspense y su guía narrativa dejan paso a brotes surrealistas.
Suspense, surrealismo. Cuando en 1991 se cerraron las dos primeras temporadas de ‘Twin Peaks’, con los espectadores en franca huida, David Lynch rodó una sorprendente secuela para la pantalla grande, ‘Twin Peaks: fuego camina conmigo’. El director se sirvió de ella para deslizar guiños irónicos sobre las interpretaciones que se habían dado a la serie. La película arranca con otro crimen que hay que desentrañar. Los dos agentes encargados del caso reciben instrucciones de su jefe, encarnado precisamente por un gritón David Lynch, que les transmite las claves a través de los gestos de mimo de una mujer, en una escena extraña e incomprensible que se llena de surrealismo sin que aliente ningún suspense. Sin embargo uno de los agentes sí que ha sacado conclusiones para la investigación, y se las desvela con desparpajo a su compañero en una mezcla de certeza y absurdo: la mujer compone una expresión amarga, luego habrá problemas con las autoridades; levanta los pies, así que habrá que patear las calles; lleva un vestido cosido con hilos distintos, por tanto nos esperan problemas con las drogas. Solo un detalle se guarda el poli listo: el significado de la rosa azul sobre el vestido. “Eso no puedo contártelo”, dice abriendo margen para el misterio, y quien sabe si el suspense, aunque luego la película siga su propio rumbo sin rumbo ni claves.
Y es que la organización narrativa gobernada por la causalidad no es el molde adecuado para recibir muchas de las obras de David Lynch. Imposible localizarla en su debut de 1977, aquella inolvidable y alucinada ‘Cabeza borradora’. Tampoco merece la pena ponerse a explicar ‘Mulholland Drive’, ni mucho menos las tres horas de ‘Inland Empire’ que cierran su filmografía para la gran pantalla en 2006. La rosa azul que las hermana es más bien la rosa sin porqué que tanto gustaba citar a Borges. Por fortuna para el espectador más tradicional Lynch entrevera el surrealismo con otros cauces narrativos. La presencia del novelista Barry Gifford en los guiones de ‘Corazón salvaje’ y ‘Carretera perdida’ conduce a la primera a una suerte de road movie, y hacia una gélida investigación a la segunda, investigación que revienta sus costuras a los 45 minutos de metraje cuando el protagonista cambia de cuerpo y personalidad en la celda carcelaria sin ninguna explicación. También aquella obra maestra de 1986, ‘Terciopelo azul’, navega entre la piscina de la iniciación adolescente y las alcantarillas del deseo y el delirio.
Por fin, para no contrariar al suspense bibliotecario y su lógica deductiva, hay en la filmografía de Lynch tres obras que aparentemente firman el pacto con la pregunta narrativa. Una es la fallida ‘Dune’, que no logró la concordia entre el productor Dino De Laurentiis y la novela de ciencia ficción en que se apoyaba. Las otras dos llegaron como proyectos medio cocinados y ajenos, que Lynch supo aupar a matrícula de honor en una insólita adecuación a los cauces tradicionales: ‘El hombre elefante’, su segunda película, de 1980, y ‘Una historia verdadera’, que abrió la Seminci en 1999.
Parece inútil ponerle sentencia a un director tan especial, pero el balance de resultados mejora cuando se marca coto temporal a las elucubraciones. La longitud de sus ‘Twin Peaks’ lo demuestra cuando de la sorpresa se va pasando al bostezo. También el brazo amigo de colaboradores hace que enfoque la mirada perdida a paisajes más reconocibles. Pero siempre queda algo, mucho, de su personalidad irreductible. Cuando se despidió con ‘Inland Empire’ declaró: “El misterio es lo que más amo, es el magnetismo de la vida, y me resulta maravilloso saber que de la mayoría de las cosas no conocemos absolutamente nada. Creo que el ser humano está enamorado del misterio y se deja llevar por él. Lo que no le gusta es que el misterio se resuelva completamente. Decepciona porque siempre parece menos de lo que imaginamos”.
(publicado en La sombra del ciprés el 5 de junio de 2017)

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