El Norte de Castilla
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Fecha: diciembre, 2017
El cine memorioso de Arturo Dueñas
Jorge Praga 18-12-2017 | 9:16 | 0

Un grupo de personas con ropajes de otras épocas vagan por un páramo. Es un día de frío y niebla que desconcierta la mirada, con los figurantes moviéndose en círculos, interrogándose, pisando sin fuerza la tierra que no les acoge. Poco a poco les reconocemos, y también al paisaje que les envuelve. Son actores embutidos en los trajes de sus personajes, a la búsqueda pirandelliana de la representación que los engarce. Y pisan las planicies castellanas que mueren en el horizonte.
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Con esa escena arranca ‘Corsarios’, la película que cierra Arturo Dueñas en 2015, y en la que se ocupa del largo devenir de ese grupo de actores a lo largo de 35 años. La esencia de la planicie que pisan la atrapó en sus lienzos Cuadrado Lomas, protagonista de ‘Tierras construidas’, a punto ahora de su estreno comercial. En ambas Arturo Dueñas no se limita a documentar trayectorias artísticas. Anota al mismo tiempo la irradiación que producen en la sociedad. Valladolid, sus gentes, sus calles, sus individuos de voz pública, reciben y envuelven esas aventuras artísticas. Las películas de Arturo Dueñas se convierten de esa manera, mágicamente, en un registro de memoria de esa efervescencia cultural, ajena a las cifras oficiales y académicas, nutriente y nutrida en la vida de la ciudad y en los paisajes que la rodean.
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La compañía Teatro Corsario fue fundada por Fernando Urdiales en 1982 y su actividad llega hasta la actualidad, superando la muerte de su fundador en 2010. El documental de Arturo Dueñas se construye como un archivo en marcha, una entrada con los poderes del cine en la cabeza del espectador ideal que vio todos los montajes, charló con los actores, presenció ensayos, supo de los esfuerzos invisibles de técnicos y productores, se empapó de dificultades, dudas, fríos, sudores y amor. Amor al teatro para seguir en la aventura que nunca cesa, cada estreno es un universo virginal, cada función unas horas de incertidumbre. “Me gusta ser Corsario. Espero ser Corsario siempre”, proclama Atila, técnico de sonido. En ese ir y venir de la película no solo desfilan los protagonistas en las interioridades de la escena. También el público de a pie, más críticos y expertos despojados de galones, prolongan la vida del Corsario, extienden su verdad. De Juan Antonio Quintana a Licas, de Fernando Herrero a Maguil, de Ildefonso Rodríguez a Alfonso Sastre, todos van conjugando ecos y emociones surgidas en y con la compañía, en una suerte de prolongación ciudadana. Corsario va escribiendo con la pluma cinematográfica de Arturo Dueñas una memoria de Valladolid que desborda la anotación de autores y estrenos. Una obra suya tan celebrada como ‘Pasión’ sirve para registrar visualmente esa idea genial de la representación implícita en la imaginería religiosa, haciendo converger sobre el escenario una tradición callejera. “Representado una representación de la pasión de Cristo”, dice sobre su hacer uno de los actores. O la llegada de ‘La barraca de Colón’ al teatro Zorrilla, teatro edificado en el solar del convento de San Francisco que vio morir a Colón cinco siglos atrás. En fin, esas imágenes del 15-M en Fuente Dorada, enredadas en la tarde en que los Corsarios llevaron allí sus trastos y actuaron sobre la acera.
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El trazo y el cuidado de la memoria llevan al cineasta a otra figura que también desborda su individualidad, el pintor Félix Cuadrado Lomas. Es, entre otros rasgos, el artista que ha sabido mirar como nadie el paisaje del páramo que pisan los actores del comienzo, las desnudas tierras castellanas. De ellas ha sabido aislar su esencia, no siempre visible, y lo ejerce frente a la cámara de ‘Tierras construidas’. Traza líneas, hincha formas, desparrama el color de la estación. Herodoto, el antiquísimo historiador griego, fijaba el origen de la geometría en los esquemas poligonales que guardaban los propietarios de las tierras cercanas al Nilo antes de que el río se desbordara y borrara las lindes. Cuadrado Lomas ejecuta algo semejante cuando, bien clavado con los pies en la tierra, mueve su mano sobre la libreta de apuntes y deposita luego esa alma geométrica en el lienzo, en la soledad de su estudio. “La pintura no es de recibir aplausos como el teatro, es un arte callado”, confiesa.
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La voz no la produce la pintura, pero la destapa, más allá del arte. Con su decir seco y exacto, con sus ojillos pícaros, Cuadrado Lomas va descubriéndonos los rastros de una biografía heterodoxa en tiempos muy ortodoxos, va abriendo una parte de la ciudad de la que nada querían saber los discursos oficiales. Hay una escena en la que el pintor se enfrenta con ojos atentos a una colección de fotografías que le retratan rodeado de los suyos, aquellos con los que convivió y se hizo artista: “¡Madre mía! ¡Joder! Recordar todo esto ahora…De aquí se ha muerto uno, dos…, no me paro a mirarlos porque son tantos ya…”. La respiración agitada, las manos barajando imágenes en las que no pone nombres, solo emoción. Ante él, y con él, lo más granado de la cultura vallisoletana y alrededores en décadas: Francisco Pino, Criado, Blas Pajarero, Jorge Vidal, Gaona, Joaquín Díaz, Santiago Amón, Pepe Relieve, Ramón Torío…, hasta la calva de Emilio Alarcos se deja ver, entre vasos de vino y humo de cigarrillos.
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“Ninguna generación ha hablado tanto”, dice el editor Julio Martínez en la presentación del libro en que Pablo Torío se apresura a anotar algo de lo hablado, ‘Una conversación con Cuadrado Lomas’. Hablaron, pintaron, escribieron, abrieron y cerraron muchos bares, supieron eludir las miradas excluyentes en los años de penitencia. Y forjaron otra ciudad con sus gentes y sus paisajes, cuyo rastro no se puede perder. “El castellano es un paisaje hecho por la mano del hombre, a fuerza de trabajarlo y sembrarlo”, añade el pintor, que también tiene claro el motivo de su acercamiento reiterado a esta tierra: “Porque la vives, porque la sientes, porque la amas”.
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De esa diferencia amorosa y vital se tiñe también el cine de Arturo Dueñas, un sentimiento expansivo que teje memoria indispensable, vidas de teatreros, pintores, gente que nos rodea y nunca morirá en sus documentos cinematográficos.
(publicado en La sombra del ciprés el sábado 16 de diciembre de 2017)

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Don Juan Tenorio en Vetusta
Jorge Praga 11-12-2017 | 5:17 | 0

El personaje de Don Juan es una mancha de aceite que se extiende por Europa desde que le busca acomodo dramático Tirso de Molina, alrededor de 1620. Cruza los Pirineos y Molière le da la vida de su pluma, escoltado por ‘El Tartufo’ y ‘El avaro’, nada menos. Y de ahí va saltando de país en país, de género en género (ópera, ballet…) hasta llegar a la explosión del romanticismo, donde cada escritor confirma su fama con una versión propia del seductor: Lord Byron, Alejandro Dumas, Puskhin… y José Zorrilla.
Parece que la escritura de la pieza teatral no le llevó demasiado tiempo al dramaturgo vallisoletano: tres semanas, y sin apoyos ni lecturas de versiones anteriores, aunque luego afirmará que les enmendó su ausencia de raíz cristiana: “Yo corregí a Molière, a Tirso y a Byron, hallando el amor puro en el corazón de Don Juan haciendo la apoteosis ese amor a Doña Inés: yo más cristiano que mis predecesores saqué a la escena por primera vez el amor tal como lo instituyó Jesucristo. Los demás poetas son paganos: su Don Juan es pagano”, escribió treinta años después del estreno.
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Tras la versión de Zorrilla vendrían muchas otras, paganas o no, aunque ninguna podrá desbordar el afincamiento del Tenorio y su cíclica repetición en el día de Difuntos. Tal es su difusión y popularidad que Leopoldo Alas, “Clarín” para la literatura, no duda en introducir cuarenta años después de su estreno una representación suya en la Vetusta ovetense que crea para ‘La Regenta’, y aprovechar el filón del seductor Tenorio para compararlo en el espejo con las maniobras de su Álvaro Mesía. El encuentro llega en un aburrido día de Difuntos en Vetusta que Víctor Quintanar, Regente de la ciudad, confía en romper asistiendo a la representación de ‘Don Juan Tenorio’ en El Coliseo, “un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica”. Para convencer a su esposa Ana Ozores de que le acompañe pide ayuda a Álvaro Mesía, que no encuentra manera de acercarse a la mujer del Regente, también pretendida por su confesor Fermín de Pas, Magistral del Obispado. Así le dice el ingenuo esposo a Álvaro Mesía: “Mi mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida… nunca ha visto ni leído el Tenorio. Sabe versos sueltos de él, como todos los españoles, pero no conoce el drama… o la comedia, lo que sea”. Clarín marca con precisión la popularidad de la obra: rarísima quien no la haya visto, imposible encontrar a alguien que no se sepa sus difundidos versos.
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Comienza la función en Vetusta. Poca atención le presta el pomposo público de los palcos, que habla, fume, ríe, critica, “interrumpen la representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de lo que muchos han visto en algunos teatros de Madrid”. Solo se sigue en silencio en el paraíso, en la parte alta donde se ubican lo que los de los palcos llaman “el populacho”; otra muestra indirecta de la mejor recepción del drama fuera de los círculos burgueses. Cada espectador se retrata ante la obra. Para Ana Ozores “el paraíso, alegre, entusiasmado, le parecía mucho más inteligente y culto que el señorío vetustense”. Álvaro Mesía quiere dejar clara su distinción, que la prosa mordaz de Clarín no perdona: “el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso, absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el ‘Don Juan’ de Molière (que no había leído)”. A él no le interesa el teatro, aunque trate de lo que ha movido y mueve también esa noche todo su interés: añadir una nueva seducida a su lista. Y Ana Ozores, la desconcertada muchacha, no es pieza fácil. Bien pegado a ella en el palco en el que ha logrado hacerse un hueco, alejado el marido en discusiones de pasillo, Álvaro Mesía no comprende que esa noche tiene un enemigo de cuidado: el drama de Zorrilla, en el que la seducción y el cinismo se disuelven en el amor romántico. “¡Pero esto es divino!”, exclama Ana en el tercer acto, arrebatada. Álvaro se ciega, cree encontrarse ante la ocasión para “el ataque personal”, y en paralelo a los envites de Don Juan Tenorio en la quinta sobre el Guadalquivir comienza a buscar con su pie el de la Regenta. Ana Ozores sigue enfervorizada los versos y se echa a llorar, “sintiendo por aquella Inés una compasión infinita”. Nada de esto percibe su acompañante, que cree que la respiración agitada es síntoma de estimulación erótica por él provocada: “Don Álvaro solo observó que el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar”. Así que insiste en meter la pierna, y en meter la pata. Para fortuna de la longitud de la novela la seducción queda para más adelante, pues Ana no llega ni a enterarse del roce por “la hojarasca de las enaguas”. Y no hubo más esa noche. La Regenta se retira antes de que empiece la segunda parte, agotada por tanta emoción y asustada por un presentimiento terrible que le trae el pistoletazo que acaba con la vida del Comendador en la obra: “Don Víctor vestido de terciopelo negro, con jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a Don Álvaro con una pistola en la mano, enfrente del cadáver”. Nada menos que el desenlace de la novela adelanta la representación del Tenorio en Vetusta, además de la divergencia paródica entre dos seductores literarios de muy distinta catadura y alcance. Si el aniversario de José Zorrilla ha servido para revisar su obra, la bendición de volver sobre ‘La Regenta’ es un regalo añadido.
(publicado en La sombra del ciprés el 18 de noviembre de 2017)

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La vida inmortal de Jake LaMotta
Jorge Praga 11-12-2017 | 5:03 | 0

La muerte reciente de Giacobbe LaMotta en un asilo de Florida apenas si habría tenido sitio en los periódicos o en la televisión, a pesar de que con su otro nombre boxístico, Jake LaMotta, llegó a ser campeón del mundo de los pesos medios entre 1949 y 1950. Poca memoria quedaría de su notable carrera de no ser por la mediación de una película inspirada en su vida, ‘Toro salvaje’, dirigida por Martin Scorsese y estrenada en 1980, cuando el boxeador contaba cerca de sesenta años. La película partía de su autobiografía, ‘Raging Bull: My Story’, armada por varios escritores entre los que se contaba Robert Savage, actor en algunos rodajes de Scorsese. Por esa vía llegó al director el libro, al que no prestó atención: “Francamente, no fue un flechazo”, declaraba en una entrevista a Michael Ciment y Michel Wilson. Fue la insistencia de su actor fetiche de los años setenta, Robert de Niro, lo que puso en su horizonte la adaptación del libro, mientras luchaban con las dificultades de ‘New York, New York’. Peter Schrader, que había forjado la base argumental de ‘Taxi Driver’, fue el encargado de pergeñar el nuevo proyecto sobre la vida del boxeador. Pero seguía sin encenderse en Scorsese y sus colaboradores la chispa necesaria: “¡De lo que estábamos seguros es de que no iba a ser una película de boxeo! ¡No sabíamos nada sobre el tema y no nos interesaba en absoluto!”.
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Para que Jake LaMotta tuviese su biografía fílmica fue necesario que Scorsese encontrase su lugar en el proyecto, su atadura. El cineasta, a pesar de recoger varios Oscar con ‘Taxi Driver’, había entrado en una fase depresiva que trataba de combatir con una con viajes y fiestas. Su amistad con el líder de The Band, Robbie Robertson, le llevaba de aquí para allá, con la cocaína de imprescindible estimulante. Una crisis bastante seria le dejó unos cuantos días en un hospital, y aprovechando la calma de la recuperación Robert de Niro insistió una vez más: ¿quieres que hagamos la película sobre Jake LaMotta? “Yo dije que sí. Se había vuelto transparente. Lo que yo acababa de pasar, Jake lo había conocido antes que yo. Lo habíamos vivido cada uno a nuestra manera”. ¿En qué consistía esa luz paralela que se había encendido en la cabeza de Scorsese? La biografía de Jake LaMotta recogía su ascenso en el boxeo, torpedeado por un carácter violento y desequilibrado que le fue apartando de su familia y minándole como boxeador. Un feo asunto de una sala de fiestas donde entraban chicas menores de edad le arroja en una celda, frente a una pared desnuda a la que golpea como a un rival. “¡Ese no soy yo, no soy tan malo!”, grita. Es en esa imagen aborrecida y degradada donde se reconoce Scorsese, en la caída incesante hasta tocar fondo. Como Jake, confía en salir de su celda hospital y redimirse contando la historia, la de ambos, en una película que él creía, con 38 años, que iba a ser la última que firmaría. Le esperaban más de veinte tras esta, por cierto. Ese carácter curativo queda anotado en la cita del Evangelio de San Juan que cierra la obra: “Si es pecador, no lo sé; lo que sé es que, siendo ciego, ahora veo”.
Queda claro, a Scorsese no le interesa el boxeo sino el boxeador, el hombre que está más allá de los triunfos y los golpes. “Me fascinaba el lado autodestructivo del carácter de Jake, sus emociones tan elementales. ¿Qué puede ser más elemental que ganarse la vida golpeando a otra persona en la cabeza hasta que uno de los dos se derrumba o abandona?”. Esa es la mirada sobre el boxeo que va a trasladar a los numerosos combates que recorren la trama. Sobre un ring más amplio que el reglamentario, con una cámara interior moviéndose con total libertad, los púgiles se enzarzan en una pelea de golpes nítidos sin apenas guardia ni defensa, a veces en intercambio desaforado, otras con dominio aplastante de uno de ellos. La potencia visual del primer plano de rostros tumefactos y ensangrentados, la cámara lenta para los golpes definitivos, la atmósfera humeante en bello blanco y negro, atrapan la mirada sobre un baño de música que cambia de combate en combate, de ‘Over the rainbow’ a ‘Blue Velvet’. En la variedad de los combates se nota la maestría de Thelma Schoonmaker, que ganó el Oscar al montaje. Y entre tanta secuencia brillante apuntalada por intérpretes excelentes, con algún desmayo rítmico que casi siempre aparece en el cine de Scorsese, un perdedor se dibuja con nitidez: el boxeo, el boxeo que practicaba Jake LaMotta y sus excelsos rivales. Lo que arriba a la pantalla en poco se parece, más allá de su piel espectacular, a los combates reales, fáciles de revisitar en YouTube; sobre todo los seis que LaMotta mantuvo con Ray Sugar Robinson, uno de los mejores púgiles de la historia (“El rey, mi maestro, mi ídolo”, decía de él Muhammad Ali). Nada queda del ímpetu frontal de LaMotta, buscando acercarse a Robinson con su gancho de izquierda. Ni de la finura defensiva del escorzo de Robinson, de su máquina del jab de izquierda para frenar a su rival. Dos formas diferentes de esgrima, dos cuerpos opuestos: bajo y fuerte Jake, piernas de gacela y brazos largos Robinson. Atacantes preocupados a la vez por la cobertura, sin posibilidad de los repetidos golpes abiertos que pueblan la película.
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El planteamiento de Scorsese sigue una larga tradición de las obras de género boxístico, tan numerosas que casi conforman un subgénero. Desde ‘Gentleman Jim’ hasta ‘Más dura será la caída’, desde ‘Marcado por el odio’ hasta ‘Million Dollar Baby’, el boxeo no es más que un escenario sobre el que giran los intereses de la mafia, el ascenso de una biografía o la redención de una mala conducta. No hay ocasión cinematográfica para una confrontación de larga duración y estrategia compleja, de la que solo importa su popularidad y riqueza escenográfica. Los golpes verdaderos escapan a las posibilidades de la representación, interesan otras heridas. Sucede con el boxeo, pero la misma veladura sufren otros deportes y rituales cuando se trasladan a la pantalla: lucha libre, toros, fútbol… El empeño de Scorsese dejó vivo a LaMotta hasta más allá de su muerte; falseó el deporte que le dio fama para escarbar en su debacle humana, la misma que sentía el director.
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El boxeo real solo sobrevive en las imágenes documentales, y su rastro humano queda en los ‘Juguetes rotos’ que Manuel Summers recogió en los años postreros de Paulino Uzcudun, en una película que merece revisión. Alternativamente, el boxeo puede reclamar su grandeza cuando se coloca en el fuera de campo. Su mejor ejemplo es ‘El hombre tranquilo’, la obra maestra de John Ford. Su protagonista está siempre al borde de la pelea que le purificará ante sus paisanos, pero le frena la maldición de su pasado boxístico, concentrado en un magistral montaje de breves segundos. Su fama son flashes de memoria que traen las luces, las sombras y el cadáver que dejó sobre la lona. Otra pincelada de parecido calibre está en ‘Fat City’, la película en la que John Huston deposita su pasado de boxeador. De nuevo las peleas se construyen con puñetazos al aire, pero uno de los secundarios deja un toque de verdad. Arcadio Lucero, tal es su nombre de chicano, mea sangre mientras espera el combate en la soledad del hotel (las memorias de Dum Dum Pacheco se titulaban precisamente ‘Mear sangre’). Y cuando abandona el estadio tras la pelea, las luces se van apagando a sus espaldas, en un plano inolvidable que contiene la dignidad del perdedor, aunque todos pierden en esta triste película. Arcadio Lucero está interpretado por un púgil mexicano de olvidada carrera, Sixto Rodríguez, capaz del gesto cinematográfico hondo y verdadero. Como el que construye Robert de Niro, y que hizo a Jake LaMotta vivir más allá de su final de púgil, y de hombre.
(publicado en La sombra del ciprés el sábado 30 de septiembre de 2017)

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Richard Ford, o la irradiación de literatura y vida
Jorge Praga 11-12-2017 | 4:44 | 0

No es fácil recordar y resumir en pocas frases el argumento de un libro de Richard Ford. Tal vez de sus primeras novelas quede un substrato narrativo más cierto y seguro, y también de la más reciente, la sobresaliente ‘Canadá’ (2014). Pero de lo que se considera su obra mayor, el conjunto de tres novelas y una colección de cuatro cuentos que recogen momentos sucesivos de la vida de Frank Bascombe, es complicado establecer sinopsis argumentales, diferenciar unas novelas de otras salvo por la edad en marcha de su protagonista. La amenaza de “spoiler” en la reseña de contraportada no asusta al potencial comprador. Queda en la memoria lectora la sensación de un tiempo narrativo condensado –las más de 500 páginas de ‘El Día de la Independencia’ se concentran en esa fecha festiva de Estados Unidos- que se despliega con la misma vaguedad e incertidumbre que un día cualquiera en una vida cualquiera, acotada por reflexiones, recuerdos y parapetos frente a la angustia existencial.
Ese paralelismo entre literatura y vida lo anota el autor como descubrimiento luminoso en su artículo ‘La lectura’, recogido en el libro misceláneo ‘Flores en las grietas’. A los 25 años Richard Ford tanteaba los inicios de su carrera de escritor, y cursaba un posgrado en California. Las prácticas le obligaban a impartir algunas clases sobre la lectura de ciertos cuentos a estudiantes primerizos, y no tenía ni idea de cómo enfocarlo. En una tarde de las vacaciones navideñas pidió ayuda al director del posgrado, Howard Babb, que le hizo ver que “la literatura se podía abordar tan empíricamente como la vida”. Y que ambas, literatura y vida, convergían en preguntas incesantes y nunca agotadas: “¿Cómo amo a quienes amo? ¿Cómo puedo seguir adelante cada día con o sin esas personas? ¿Cómo terminaré este día? ¿Viviré o moriré?”.
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Como fuente de situaciones, la biografía de Richard Ford, sobre todo en sus primeros años, es bastante sustantiva en cambios y azares. Nacido en 1944, en Jackson, Mississippi, fue un adolescente complicado, metido en peleas, robos y carreras de coches, hasta que a los 16 años, tras la muerte de su padre, su madre tomó la decisión que mandarle con los abuelos a trabajar en el hotel que regentaban en Little Rock, Arkansas. Una dislexia, que nunca le ha abandonado, le dificultó el progreso escolar, y también la lectura, en la que por fin se zambulló a partir de los 18. Comenzó a estudiar Derecho, pero lo dejó de repente cuando alguien le robó los libros de texto en vísperas de los exámenes. Un azar sorprendente de verdad, pues, ¿qué ladrón se interesa por los libros dejados en un coche? Decidió ser escritor, se casó con su novia Kristine, estudió literatura y empezó su vagabundeo estadounidense: New York, California, New Orleans…
Su carrera como escritor tardó en despegar. Sus dos primeras novelas, ‘Un trozo de mi corazón’ (1976) y ‘La última oportunidad’ (1981) tuvieron buenas críticas, pero muy pocas ventas, por lo que buscó un empleo con remuneración estable. El azar, otra vez, le llevó a una oferta de la revista deportiva ‘Inside Sports’, donde desarrolló su afición al boxeo, al atletismo y al fútbol americano. Viajaba, se encontraba cómodo con sus crónicas, pero la revista cerró, y sin nuevas ofertas se planteó volver a su cuarto a escribir ficción. Se ha insistido mucho en la anécdota de que fue su mujer quien le dio la idea para el relanzamiento de su escritura: “¿Por qué no escribes sobre alguien que es feliz?”. Y de ahí surgió Frank Bascombe, al que realmente cuesta trabajo considerar como una persona feliz; si bien es cierto que su lucha diaria, entre la vulgaridad y la disipación, va en pos de amortiguar los pequeños disgustos y en despuntar la amargura de los recuerdos, con la muerte de su hijo en el centro de ellos. Más que felicidad, equilibrio en el desasosiego. ‘El periodista deportivo’ fue la obra que en 1986 recogió ese esfuerzo entreverado de vida y literatura, en las convergencias, pero también en las discrepancias: Richard Ford, en contra de Frank Bascombe, nunca ha tenido hijos, y no se ha divorciado de su mujer, Kristine, a la que dedica uno tras otro todos los libros que va sacando.
El éxito de esta novela le aseguró un puesto en el oficio, y continuó con ‘Rock Springs’ (1987), una colección de cuentos que los críticos colocaron en la colección de cultivadores del “realismo sucio” de su amigo Raymond Carver. A ella le siguió la novela ‘Incendios’ (1990), para alcanzar el éxito casi definitivo con la vuelta a su periodista deportivo en ‘El día de la independencia’ (1996). Diez años después Frank Bascombe ha abandonado el periodismo, como el propio Ford, y desarrolla su vida de baja intensidad en la venta inmobiliaria, tarea que había rozado al escritor por su constante mudanza de un Estado a otro. El Pulitzer y el Faulkner al alimón no dejaron dudas sobre la recepción de la obra, lo que ha animado a Ford a visitar regularmente al personaje, que envejece como el autor, y como el lector, con la enfermedad ocupando cada vez más páginas y la muerte acercándose por autopista. “Acción de Gracias” (2006) y “Francamente, Frank” (2014) dan fe de ello.
Siete novelas, cuatro colecciones de cuentos, un libro sobre su madre y recopilaciones de artículos es el balance de Richard Ford. Una hilera ya larga de tomos amarillos de Anagrama en la biblioteca, a la espera de su última entrega, ‘Entre ellos’, que saldrá a principios del próximo año. Por lo que se dice, la vida de sus padres está en el fondo de esta obra. Una existencia que Ford conoció brevemente en el caso de su padre, y que en cualquier caso habrá que tratar con el poder propio de la literatura. Y de la vida.
(publicado en La sombra del ciprés el sábado 23 de septiembre de 2017)

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