El Norte de Castilla
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Fecha: enero, 2018
Wonder Wheel, la noria de ruido y furia
Jorge Praga 16-01-2018 | 9:51 | 0

Coney Island, años cincuenta. Playa abarrotada, bañadores pudorosos, la gran noria del parque de atracciones dominando el cielo. Luz y colores de la infancia. Música dixieland. Woody Allen parece que va a volver en su última película, ‘Wonder Wheel’, a su Manhattan, al Nueva York de comedia y verdad que estuvo en la raíz de su éxito, sobre esas gentes distinguidas y preocupadas por el ascenso social y los desgarros amorosos. Su cine se abrió pronto a un abanico de inquietudes mucho más amplio, la comedia pasó a ser una fórmula entre otras, pero el peso del cliché sigue ahí, cercándole.
Pronto sabremos que Coney Island no va a ocupar el decorado de la reconstrucción ni de la nostalgia, sino el de un trampantojo en el que malviven sus trabajadores. Su cara divertida, sus colores y su música chocan con las estrecheces y apuros de los protagonistas, reunidos en una vivienda familiar que es prolongación del parque de atracciones, imposible de eludir tras sus cristaleras sin visillos por donde se cuelan las descargas de las escopetas de aire comprimido. En la antigua casa de los monstruos una pareja y la hija de él tratan de abrir las ilusiones del futuro. Todos arrastran un pasado del que se arrepienten: alcoholismo, malos tratos, infidelidades, parejas equivocadas. Quieren cortar como sea la mala racha, tirar las aspirinas y abandonar ese escenario ruidoso y agotador. Tal vez el Woody Allen de décadas atrás hubiese tratado con más compasión a sus personajes, les hubiera concedido la comedia en la que atenuar su malestar, su vulgaridad. Pero los años le han endurecido: “Nos pasamos la vida esperando que suceda algo que, por arte de magia, lo cambie todo a mejor. En realidad, la vida suele cambiar a peor. Creemos que nos tocará la lotería, que nos darán el trabajo de nuestros sueños o que conoceremos a la persona perfecta. Incluso cuando eso ocurre, te terminas dando cuenta de que te enfrentas a algo muy superior”.
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Ese “algo muy superior” lo traslada a sus películas en forma de universo que limita y gobierna a sus personajes, especialmente en las obras cercanas a la tragedia, en las que los esfuerzos y pasiones individuales chocan con un devenir adverso e indiferente. ’Delitos y faltas’ (1989) fue tal vez la que destapó esta elección, con el oftalmólogo que se debate entre la seguridad de su vida convencional y el obstáculo de una amante empeñada en alargar la relación. Es todavía un universo en el que Allen deja correr su cultura judía, con la posibilidad de una estructura moral sustentada en un ser superior. “Dios es un lujo que no puedo permitirme”, sentencia el protagonista antes de liquidar a su amante. La violencia inevitable, el crimen sin justicia postrera ocupan otras grandes obras suyas: en ‘Balas sobre Broadway’ (1994) es la pasión teatral la que lleva al crimen, aunque luego la ley del hampa ejecute al autor; ‘Match Point’ (2005) retrata con exactitud el arribista al que no es capaz de inculpar la justicia humana; por fin, en ‘Irrational Man’ (2015) el crimen sirve para dar sentido a la existencia vacía de un profesor de filosofía, aunque luego un trompicado azar se lo lleva también a él por delante.
¿Y qué sucede en ‘Wonder Wheel’? El título avanza la respuesta. Wonder Wheel es el nombre de la noria del parque de atracciones que preside muchos planos desde las alturas, un ojo que todo lo ve. Su giro incesante es el de la rueda de la fortuna, la ruleta del azar. Pero es que Wonder Wheel fue en su construcción una noria especial: sus vagones giran como en otras regularmente, sin sorpresas, salvo una pequeña porción de ellos que desarrollan un movimiento inesperado en perpendicular al eje de rotación. Los personajes de esa película llevan una vida gobernada por esa combinación de movimientos: el avance sordo sin ningún objetivo, y las sorpresas azarosas que tuercen aún más sus vidas. Si Ginny encuentra afecto y placer en su amante, la diferencia de edad y la aparición de otra persona destruirán su relación. Si Carolina se vuelve a enamorar machacará las ilusiones de su madrastra. Si Humpty, el padre, media para salvar su precaria estabilidad familiar, se encontrará con una realidad de la que no puede escapar más que a través del alcohol. El narrador, que dice poseer los hilos de la historia, opta por la sinceridad y lleva a la muerte a la que más quiere. Solo los gánster parecen conseguir sus brutales objetivos.
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¿No hay un punto de apoyo, de enmienda, tras esa noria desgraciada y ciega? En la conclusión a su ‘Crítica de la razón práctica’ Immanuel Kant ofrecía dos amarres del existir: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí; (…) ante mí las veo y las enlazo inmediatamente con la consciencia de mi existencia”. El cielo estrellado que aquí dibuja Woody Allen es el de la feria, traspasado de neones y atracciones, un cielo epidérmico y fugaz, mentiroso y evasivo. Y la ley moral que inyecta a sus personajes se estrecha sobre su fallido intento de alcanzar amor, bienestar, ilusiones artísticas, sin reparar en daños ajenos. Si Kant cierra su libro con el ajuste de esos dos pilares, Allen concluye su obra con dos planos estremecedores. Ginny, con todas las heridas sangrando, se refugia ante la cámara en la representación explícita. Finge que el mundo adverso se puede soportar. Y el plano final, tal vez el cierre más helador de la carrera del cineasta, nos muestra al hijo de Ginny, pirómano irreductible ajeno a toda racionalidad, borrando con su hoguera la playa de Coney Island enfrente de la silla vacía del vigilante, el narrador de la historia. Con el demiurgo ausente, o inexistente, solo queda el gobierno azaroso e indiferente de la noria. En el envés de esta obra crepuscular y magnífica resuenan las palabras que escribió Shakespeare para Macbeth: “La vida es solo una sombra caminante, un mal actor que, durante un tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada”.
(publicado en La sombra del ciprés, suplemento cultural de EL Norte de Castilla, el sábado 13 de enero de 2018)

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