El Norte de Castilla
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Autor: Kaim
Y todos rieron de buena gana
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 7:21| 0

Seminci – Punto de Encuentro. Miércoles 22 de octubre

Era la coletilla preferida del más fértil de los novelistas patrios, Marcial Lafuente Estefanía, para cerrar sus párrafos de calma antes de los tiroteos que dejaban la página sembrada de cadáveres: “Y todos rieron de buena gana”. Por desgracia hoy la muletilla solo sirve como guía contraria de las películas contempladas, pues en ninguna de ellas, a pesar de su híbrida vocación de comedia, se ríe de buena gana.

‘7, Rue de la Folie’ (Locura) es una producción belga, aunque su director, Jawad Rhalib, nació en Marruecos. En su primera obra de ficción trae el cruce de culturas con una familia musulmana incrustada en Occidente, pero en una granja aislada que no permite la ventilación. Allí han vivido tres hermanas bajo el férreo control de su padre, al que en la escena inicial sepultan mirando a La Meca, o mirando a cualquier sitio, pues la revuelta está en marcha. Estas Bernarda Alba, liberadas del yugo, inician una vida de libertad desenfrenada sin salir de la granja, de la que pronto descubren que está en quiebra. Eso las obliga a buscar soluciones en el exterior, desde un banquero salido a ofrecerse en Internet a un emigrante para una boda de conveniencia. La historia de fondo es terrible, pero queda envuelta en una interpretación que potencia la caricatura, y en una puesta en escena que coquetea con lo inverosímil. Así avanza la historia dejando venganzas y cadáveres entre risas, hasta que en la parte final el drama va asomando más la nariz.

Es posible que sus transgresiones y burlas tengan una recepción más intensa con un público que participe de las dos culturas que enfrenta la obra. Especialmente jugosa tendrá que ser su proyección en Marruecos. Es, al fin y al cabo, una historia de liberación, aunque paradójicamente acabe con las mujeres sometidas y condenadas a otro orden, el del manicomio. La libertad está muy cara, sobre todo para las mujeres del Islam.

Minimalismo a la polaca

Para la polaca ‘Kebab&Horoscope’, debut en la ficción de Grzegorz Jaroszuk, hay que buscar ayudas que la sazonen (la revista de Seminci la califica de “comedia extrañísima”), y pronto la cadencia de las imágenes y el hieratismo de los personajes convoca el nombre ilustre del finlandés Aki Kaurismäki. En la cinta polaca hay también esa extraña mezcla de sosería y minimalismo que en manos del director finlandés se eleva hacia un discurso tierno y profundo sobre la limitada condición humana. Pero parece una fórmula exclusiva que no admite discípulos ni imitadores, si acaso primos lejanos como Jim Jarmusch.

La historia se corresponde con ese esqueleto escaso de sus maestros. El camarero de un Kebab y un escritor de horóscopos quedan a la vez en el paro, y deciden unir sus destinos en una empresa de márquetin que logra como primer y único cliente una tienda de alfombras necesitada de renovación de personal. Ya no saldremos de esa tienda en toda la película, salvo para ocasionales excursiones a las casas de los aspirantes. La narración se construye con planos estáticos de formato alargado, muy medidos y cuidados, exquisitos si se dieran en raciones más pequeñas. Lo mismo sucede con los diálogos, que en las primeras secuencias arrancan alguna carcajada, pero que poco a poco se van congelando como en una sala al aire libre en Alaska. A la misma altura está el rígido diseño de personajes, excéntricos y agarrados a alguna rareza que exhiben repetidamente. La comedia acaba en el mismo Kebab donde empezó, 72 minutos después, en los que apenas si pasa nada que merezca la pena o haga sonreír. Aun así, se llevó algún aplauso aislado.

El fantasma paterno

Para cerrar el contrahomenaje a Lafuente Estefanía la húngara Virág Zomborácz nos ofreció ‘Utóélet (El más allá). A diferencia de la solidez técnica y el pulso sostenido de la mayoría de las obras de Punto de Encuentro, aunque luego no levanten el vuelo, esta primera obra de la directora húngara muestra su indecisión y debilidad desde el principio. Según cuenta ella misma el guion fue escrito y parcelado en muchas ocasiones, y solo el montaje final dio forma al filme, que desde el arranque toma varios caminos sin decidirse por ninguno, saltando de la risa a la tragedia y vuelta a empezar. La anécdota dominante es la tortura que sufre un chaval un tanto especial por la presencia del fantasma de su padre después de su muerte repentina.  No pensemos en la hondura de ‘Hamlet’, ni tampoco en la gracia de ‘Sueños de seductor’. La obra se queda en un campo intermedio de buenas intenciones, con una realización plana y una interpretación discreta, lo que unido a la falta de ritmo deja una sesión poco recomendable para estos días de cuerpo con demasiadas horas de butaca de patio.

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Escolares
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 7:19| 0

Seminci – Caro Diario. Miércoles 22 de octubre

El lunes se incorporó a la Seminci ese público nuevo y animado, revoltoso pero menos. De lejos viene la sensibilidad del festival hacia los escolares. Durante muchos años he acudido con alumnos a sesiones que sustituían a las clases, con el lógico entusiasmo de la clientela fuese cual fuese la película. Los pupitres quedaban lejos por unas horas. Este año gozan de ciclos específicos: para chavales la Seminci joven, y para los niños de Primaria Miniminci. Sería toda una experiencia acudir al Miguel Delibes con 1.000 inquietos compañeros de butaca, tras tantas sesiones solitarias en los cines comerciales. ¿Prenderá algo la llama?

La Seminci ya ha hecho su trabajo, y hay que felicitarla por ello. La mueca me cambia cuando pienso en la propia institución educativa. Hace unos días dialogaba Javier Angulo con Pilar González, directora de Innovación Educativa y Formación del Profesorado, y si las esperanzas del primero vienen respaldadas por esos ciclos juveniles, las buenas palabras de la segunda no tienen ninguna realidad. Y lo sé por experiencia propia, tras muchos años de fomentar el cine y el mundo audiovisual en un Instituto de la ciudad. A las autoridades educativas el mundo de la imagen siempre le ha sonado a chino (perdón, que el chino ahora forma parte del currículo). Cuando desganadamente implantaron la asignatura de Comunicación Audiovisual en Bachillerato no hubo más apoyo que el voluntarismo del profesorado, hasta que un día, sin razón alguna, la suprimieron con la misma alegría que la implantaron, sin miramientos hacia los que durante muchos años la impartimos ni dar respuesta a las propuestas enviadas. Por lo menos llegan satisfacciones como la de encontrar en un jurado a un antiguo alumno de Comunicación Audiovisual.

De vez en cuando oyes al ministro o a la subsecretaria de turno manifestar su entusiasmo por el cine o por la imagen, llenarse la boca con sus virtudes educativas, pero el desierto no cambia.

Bueno, chavales, vosotros a lo vuestro, a disfrutar de una pantalla grande y de una película estupenda. Lo primero está asegurado.

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Para estómagos resistentes
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 7:17| 0

Seminci – Punto de Encuentro. Martes 21 de octubre

En las primeras secuencias de ‘Schimbare’, primer largometraje de Álex Sampayo, el personaje de Candela Peña repite unas cuantas veces: “Me ahogo, me ahogo”. No sabemos qué es lo que le pasa, las imágenes trazan un viaje por carretera a Bucarest, y tanto la mujer como su marido están inmersos en una fuerte tensión que el espectador ni comprende ni comparte, pues los datos son escasos: alguna llamada telefónica, discusiones en la pareja, ingestión de tranquilizantes y un objetivo oscuro al final del viaje.

Cumplidos nada menos que los dos tercios del metraje, las claves narrativas se desvelan en un par de conversaciones: la pareja busca la curación de su hija con un trasplante de riñón procedente de una donante infantil que va a ser sacrificada (solo le queda un riñón, el otro ya se lo ha extraído la organización mafiosa). Si antes de esa revelación las imágenes estaban teñidas de un ambiente crispado, con discusiones muy violentas que llevaban a la madre a autolesionarse (¡ay!, ese brazo sobre el fuego de la cocina), a partir de ese momento los planos se convierten en pura dinamita. El enfrentamiento es ahora con la banda que extorsiona a la pareja y va a matar a la niña donante, y no se ahorra ningún detalle de la desesperación de los padres, ni de la crueldad que exhiben los delincuentes con ellos y con la niña.

El escenario está cuidadosamente diseñado para que la tensión no se escape: una casa en Rumanía, aislada y rodeada de un bosque con cepos para animales (y para los humanos, cuando los pisan), servido por una cámara nerviosa y con los actores embebidos en sus personajes, un poco a la manera de la pareja de ‘Rompiendo las olas’ de Von Trier, con quien la película comparte más de un artículo del Dogma.

El ahogo de Candela Peña invade en el tortuoso final al espectador, solo liberado cuando la acción funde al negro de los títulos. Los crímenes postreros quedan en un off que se agradece, pero no evita la pregunta de para qué esta historia de violencia, para qué tanto horror. No hay ninguna vía de sublimación, ni tampoco de purificación o catarsis que libere la angustia. El tráfico de órganos queda denunciado, pero no creo que ese sea el motor de la obra. Álex Sampayo declara su admiración por Haneke, y tal vez sus películas más violentas y huecas le hayan inspirado. Tiene la suerte de contar con dos actores tan entregados y singulares como Candela Peña y Luis Zahera.

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El Carrión
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 7:15| 0

Seminci – Caro Diario. Martes 21 de octubre

Lejos de mí la tentación de titular “Sedes” a esta colaboración tras el sagaz artículo de Alex Grijelmo de hace unas fechas, poniendo en solfa esa tendencia a inflar palabras: sede parlamentaria por Parlamento, sede judicial por Juzgado, sede deportiva por estadio. No, nada de sedes. Edificios, cines, los lugares donde la Seminci funciona y se recibe.

Con los edificios del festival se podría armar un esqueleto cinéfilo, urbanístico y sentimental de la ciudad. Del desván de la memoria llega el recuerdo del Avenida (la sala de butacas más enorme que recuerdo), del Groucho, que simulaba un pequeño anfiteatro, del Coca, derribado sin hacer caso del nombre de la plaza que lo albergaba; también del Mantería y del Roxy, enhiestos pero muertos, qué jugada; del Lope de Vega, que de vez en cuando suelta unos cascotes de protesta. En la lista triste estaba el teatro Carrión, que aunque nunca estuvo cerrado nos alejó con su vida intermitente y su fachada descolorida. Pero hete aquí que ahora nos reclama cada día. Es la gran novedad junto con el LAVA, reservado en su singularidad para extensiones de moda, vinos y otras vainas.

El Carrión luce desde lejos un nuevo color, no sé si romano o toscano, que obliga a detenerse ante su fachada. Qué elegancia de remates, que finura de líneas, qué bello chaflán. Y qué calor recuperamos en su interior desde el mismo vestíbulo, saboreando esa amplitud que solo parecen tener los edificios con solera. Allí nos espera la doble escalera, enredada sobre sí misma y filtrada de colores por las cristaleras, y la planta de arriba que tiene un Ambigú que por sí solo ya merece la ascensión. Su mostrador de fantasía impone un cóctel refinado, una copa de champagne, no sé, unas ostras de La Rochelle.

El Carrión. Una joya de este sufrido centro de la ciudad, cada vez más asediado por las fuerzas centrífugas que quieren sacar todo a las superficies comerciales, al alfoz, a tomar por el saco. Pero al menos esta semana démonos todos la bienvenida en cada sesión, y que la paz de la sala oscura sea siempre con nosotros. Amén.

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Risas y oscuridad
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 9:06| 0

Seminci – Punto de Encuentro. Lunes 20 de octubre

Tomislav Mrsic, el director de la croata ‘Kauboji’ (Cowboys), admite en una entrevista que su película se construye sobre una idea vista muchas veces en el cine: “Un grupo de perdedores se conocen accidentalmente e intentan dar un sentido a sus vidas”. Los perdedores viven en una desaliñada ciudad industrial, y el accidente que les junta es la presencia en un casting teatral de aficionados bajo la tutela de un director profesional que no sabe muy bien qué pinta allí. Pero lo más singular del relleno  procede del género elegido: la comedia. Una comedia que surge de forma natural por el equívoco que arrastran los aspirantes a actores, llegados a las tablas por pura casualidad. Y que se refuerza por el tema que eligen para la obra, el western. La meta tiene algo de redención, y ya sospechamos que la escena final será esa representación soñada, a la manera de ‘Full Monty’, una influencia clara.

La comedia. Qué difícil es. Requiere unos actores en estado de gracia, unos diálogos precisos, un marco narrativo que arrastre sin asfixiar. Y equilibrio, mucho equilibrio entre el fácil histrionismo y la necesaria convención del género. Tomislav Mrsic (me ahorro los imposibles acentos sobre las consonantes) apuesta fuerte con la escenificación de un western en Croacia, dando entrada a la caricatura del sheriff, al matón con poncho de Almería, al escupitajo sobre el suelo del saloon. Todo empuja hacia el estreno redentor, en un camino bacheado por desgracias y contratiempos que lastran un poco la película: cáncer del director, discusiones entre actores, abandonos, miserias varias. Pero el sentimiento, se sabe al menos desde Chaplin, es buen compañero de la risa, y si esta vuela por encima de la ternura los corazones se ablandan y los aplausos surgen con facilidad. Pregunta final: ¿cómo llegaría el ‘Black is Black’ de Los Bravos a la banda sonora?

Los protagonistas de ‘Vonarstraeti’ (La vida en una pecera) son también, de alguna manera, perdedores. Pero la situación no admite risas, y sus carencias vienen de su marginación. Estamos en Islandia en los días previos a la crisis económica que dejó al país con el culo y los bancos al aire, y aunque el dinero fluya y las fiestas con prostitutas se prodiguen, la temperatura interior de los personajes es tan fría como el clima de la isla.

Baldvin Zophoníasson (no toca la crónica de nombres fáciles) ha dirigido una película sobre un trabajado guion de varias historias que se van entrelazando entre sí, vidas cruzadas sobre un fondo gris oscuro, de noche abundante. La cuidada carpintería del montaje va desvelando sin prisas los matices de los personajes, sus cruces en un país de pocos habitantes, dibujando un tono dolorido y pesimista: el alcoholismo devorador, la empleada de la guardería prostituta de noche, y por arriba, la vida frívola y estúpida de los financieros que está a punto de toparse con la crisis. Desde el pasado llegan también tormentos muy terribles con sabor a Lars Von Trier y otros nórdicos, servidos a veces en flash-back que tardan en integrarse en la narración. Para aliviar tanta fiereza el guion salpica por aquí y por allá brotes sentimentales que no casan del todo con el resto, lo que unido a un metraje elevado y a un ritmo sin impactos deja una cierta apatía en el desarrollo global. Obra ambiciosa, de impecable factura técnica y actoral, con la oscura Islandia al fondo.

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