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Autor: Kaim
Cine español
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 9:02| 0

Seminci – Caro Diario. Lunes 20 de octubre

“Time present and time past”. Comenzar con un verso de T.S. Eliot tal vez deje un eco pedante, pero no se me ocurre nada más sintético que ese arranque de sus ‘Cuatro cuartetos’ para recoger el largo tiempo de la Seminci, 58 ediciones a cuestas, confrontándose con el estallido de la 59, un torrente de títulos y pantallas.

El cruce entre pasado y presente nos lo trae el festival en los ciclos retrospectivos y en ese Spanish Cinema (¿por qué este título de provincia del imperio?) que nos abre la posibilidad de revisitar lo que apresuradamente pasó y ahora vuelve (son palabras de espectador de pantalla grande y sala oscura, ajeno a la libertad enana de la proyección casera). Este año ha sido especial en el cine español, no solo por un insólito pico de recaudación, también por la insistencia en el riesgo creativo. Quien no estuvo atento a ‘Stella cadente’, de Lluís Miñarro, o ’10.000 Km’, de Carlos Marques-Marcet, tiene ahora nueva oportunidad. También el que se perdió el ajuste de cuentas que Jaime Rosales montaba contra el título de su película ‘Hermosa juventud’. Pero entre los estremecimientos del pasado me gustaría recobrar el que me produjo ‘La jaula de oro’, película mejicana del director burgalés Diego Quemada-Díez que hoy lunes agota sus pases.

Cada vez que la prensa trae desgracias en la frontera entre México y EEUU, o en cualquier otra frontera, que todas se construyen con las mismas navajas disfrazadas con eufemismos, vuelve a la memoria del ojo la travesía de aquellos niños guatemaltecos, forzosamente madurados en adultos, por todo México, hacia el paraíso yanqui. Una escena: en el grupo de emigrantes forzosos hay una chica que por imprescindible prudencia se hace pasar por muchacho, hasta que es descubierta por una de las bandas que los asedian. Inmediatamente es apartada de los demás y desaparece para siempre. Es un robo humano que hace temblar estas líneas de rabia por la certeza de que, fuera de la pantalla, sucedió y sucede, extendiendo el dolor frente a nuestra mirada impotente.

Una obra pasada que debe volver al presente. Qué seria está la vida.

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La importancia de los matices
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 9:00| 0

Seminci – Punto de Encuentro. Domingo 19 de octubre

Si se deja en el hueso narrativo la historia de cualquier película solo queda una trama de la vida insignificante de unos seres atribulados o felices, despistados o sabios, olvidables. Es el edificio de los detalles, el soporte de la gramática, el privilegio del enfoque, el ritmo de las secuencias, lo que paso a paso va separando y clasificando los resultados finales hasta engrandecerlos y sacarlos de su particularidad, o sumergirlos en la mediocridad de la que no supieron salir.

Las dos películas que abren Punto de Encuentro valen como ejemplo bifronte de este esbozo teórico. Las dos se ciñen a sus personajes y conflictos, ensimismadas y puede que reiterativas, pero con resultados bien distintos. La israelí ‘At li layla’ (A tu lado) se mete en la historia de una joven que vive con su hermana deficiente mental, olvidadas por su madre, que en la única escena que aparece recibe un merecido golpe en las narices. Las hermanas entrelazan sus cuerpos y su existencia, hasta que una de ellas conoce en el trabajo a un profesor al que seduce con urgencia rompiendo el círculo. Hay que construir de nuevo la relación, ahora es un trío que debe reconquistar la casa, la cama, la privacidad. A pesar de la generosidad que suministra el afecto y el amor, pronto empiezan los celos y los recelos que el director Asaf Korman, utilizando su mejor virtud, sugiere, muestra, nunca enuncia ni machaca con explicaciones. Basta una cámara atenta y cuidadosa en el encuadre para guiarnos hacia el desenlace en el que la ausencia de palabras se ve suplido por gestos y lágrimas de arrepentimiento. Los intérpretes se ajustan con eficacia a sus personajes, con mención especial a la que encarna a la deficiente, siempre distinta a los demás, rompiendo la composición, poniendo trabas a la cámara. Obra notable, de realización sensible y transparente, sin música abusona, tal vez demasiado ceñida a su historia, a la poquedad de sus seres. Es su techo y también su riqueza. Sabe cómo y cuándo acabar, con un plano que no es desenlace, que no es solución ni derrota, sino la continuación inevitable de la vida.

La australiana ‘Galore’, dirigida por Thys Graham, recoge el final del verano de unos jóvenes que parecen tener a su disposición la naturaleza entera, siempre vacía y presta a baños en ríos inmaculados servidos en atardeceres de postal, echando si es preciso el resto con incendios que cargan el cielo de humo. Sobre los amores e infidelidades del trío protagonista, que pronto será un cuarteto, se suceden las fiestas juveniles, los escarceos sexuales, los diálogos de campanillas, las risas y las lágrimas de un tiempo sin estudios ni obligaciones salvo las ocasionales labores de una pizzería. Todo muy californiano, aunque suceda en Canberra .El problema es que para levantar el vuelo sobre tanta levedad se recurre a la equivocada estrategia de los largos silencios, los rostros crispados sin alterar el maquillaje, la música de tapiz de fondo continuo,  y todo visto a través de una cámara encimista que quiere acercar las almas de la tragedia y solo consigue aburrir al lucero del alba. Muchos envidiamos a la decidida espectadora de las primeras filas que abandonó la proyección a falta de media hora, aunque es de justicia anotar que al final se oyeron algunos aplausos entre los pateos y silbidos.

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Déjà vu
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Jorge Praga | 22-10-2014 | 8:58| 0

Seminci – Caro Diario. Domingo19 de octubre

Me decía en la inauguración del festival un colega más bien escéptico que lo mejor de la programación era el bloque de seis películas que había seleccionado Bong Joon Ho. ‘El cine que le inspiró’ es el título que agrupa a esas obras que guiaron su carrera y de las que sería jugoso oír las razones del director coreano. Revivirlas. Eso fue al menos lo que hizo Víctor Erice en ‘La Morte Rouge’, el mediometraje que realizó con ocasión de una exposición en La Casa Encendida sobre sus diálogos fílmicos con Kiarostami. En la cinta reconstruía una proyección de ‘La garra escarlata’ a la asistió con cinco años en un cine de San Sebastián, que le dejó una huella rastreable en sus largometrajes.

Me gustaría saber lo que atrajo a Bong Joon Ho en la película de Arturo Ripstein ‘Profundo carmesí’, que recuerdo encapsulada en su desgarro tan mexicano, un pelín misteriosa o desviada para un espectador español, qué será para un coreano. Pero la elección más llamativa para mí es ‘El salario del miedo’, una película de Henri-Georges Clouzot de 1953, que tiene en mi memoria un papel tan de piedra angular como el de la sesión infantil de Erice, con la sensible diferencia de que yo no he visto, ni creo que vea nunca, la película de Clouzot.

Me explico. En esos cinco años de edad en que todo se inaugura, pregunté a mi padre en el tiempo relajado de un domingo por la mañana cuál era la película que más le había gustado en su vida. Eligió sin dudar ‘El salario el miedo’, que me contó a continuación con mucho detalle. La narración se alojó con tal fijeza en mi memoria que nunca he querido, ni podido, ver la cinta original. Temor a quebrar el cristal del pasado, a invadir la pureza del recuerdo nítido y bien resguardado. Cuando he visto el fotograma suelto de Yves Montand sujetando el cuerpo de su camarada de aventura, sentí de nuevo el déjà vu paradójico de recordar lo no visto.

Hoy domingo tampoco asistiré a la sesión única de la película, aunque estaré atento a alguna palabra de Bong Joon Ho sobre ella. O sobre el drama mexicano de Ripstein. Qué sinuosos son los caminos del cine.

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La luna centinela y fría
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Jorge Praga | 20-10-2014 | 3:00| 0

Al poco de arrancar esta larga novela hallamos al narrador y protagonista, Juan de Vere, recibiendo de su jefe, el director de cine Eduardo Muriel, el mandato de investigar el pasado de un amigo suyo. Excitado por el encargo, Juan pide con vehemencia juvenil detalles de la tarea, razones, pistas, pero su jefe le para los pies: “A eso iba, qué prisa tienes, impaciente, a eso voy”. Qué prisa tienes, esta es una novela de Javier Marías, así que el lector puede olvidarse de un ritmo encabalgado sobre los hechos o tensado sobre la promesa de un desenlace. Las acciones importan no en la medida en que conforman sucesos y cambios, sino en su posibilidad de ser examinadas, evaluadas, contrastadas con otras paralelas o disímiles, exploradas con minuciosidad y reiteradas cien páginas más adelante. Aun así, las líneas dejan flecos, dudas, interrogantes, huecos que no se rellenan.

En ese estilo tan depurado y trabajado a lo largo de toda su extensa obra priman las digresiones interiores del narrador, capaces de detener la acción como si entre sus poderes tuviese al alcance una tecla de “pause” con la que detener el movimiento. Hay una escena especialmente dramática y tensa, en la que los protagonistas corren por las calles del centro de Madrid hacia un hotel donde sospechan que se puede suicidar la mujer de uno de ellos. Pues bien, en plena carrera las líneas dejan suspendidos a los danzantes y el narrador sopesa con detenimiento las distintas formas de quitarse la vida que puede escoger la mujer, y cómo haría en cada una de ellas, y cómo encontrarían luego el cuerpo. Los hechos pueden esperar, deben esperar, postergarse en la estrategia del escritor que, como siempre y tal vez más que siempre, asume riesgos enormes con esa escritura tan alejada del relato fácil y digestivo. Su personalidad arranca ya desde la sintaxis de las largas oraciones, adheridas unas a otras por comas que evitan la cesura del punto, y que no se subordinan ni encajan; son como un montaje de planos cinematográficos, ligados por la contigüidad y sometidos a un orden superior que no es solo narrativo, sino también reflexivo, tentativo, moral.

Con esas armas tan pulidas y experimentadas Marías desembarca en una historia ambientada en el final de la Transición y el principio de la Movida (la edad de quien hable pondrá énfasis en uno u otro frente). Un tiempo marcado por la tensión entre el recuerdo y el olvido de las barbaridades amontonadas en la larga posguerra. Su trama presenta la doble faz de una anécdota particular –“una historia tenue”- y el marco ideológico y político que la envuelve. El narrador Juan de Vere se ve involucrado en la investigación de culpas domésticas que acaban remitiendo al sistema político que las propició, y con un balance, habitual en el autor, en el que prima la oscuridad sobe la luz: “Nunca se puede saber (…) la verdad es una categoría que se suspende mientras se vive”. En el examen de cercanías el fracaso procede del propio enredo de los hechos, en la desgracia que a todos mancha y ni acusa ni exculpa con rotundidad. Cuando se eleva la mirada por encima de los accidentes particulares, el balance es desolador: los comportamientos viles, las injusticias y los crímenes de la posguerra quedan en su mayoría impunes, no hay brazo legal ni memoria capaz de juzgar y sentenciar. Y ese tiempo no es sino repetición de muchos otros anteriores, un paisaje en el que no hay avances, vigilado por el ojo centinela de la luna, impávido, aburrido de esa reiteración sin ganancia.

“Y no, nada de palabras”. Así acaba la novela, tras un torrente que no es suficiente para calmar al narrador, y tampoco al lector, embrujado por la prosa que Marías teje con recursos ensayados en obras precedentes: esos personajes ni reales ni inventados, con lugar de honor para el profesor Rico; un pesimismo entreverado con ironía; Shakespeare dando altura a las referencias literarias, y el abanico del cine que sube hasta Hitchcock y baja hasta Jess Franco. En fin, esos jirones de hechos inverosímiles pescados en la trastienda de la memoria mundana, el caso Profumo, los Kennedy a punto de ser salpicados por la prostituta Mariella Novotny, de la que se adjunta una fotografía como fe de vida. Y el aliento renovado y extendido del erotismo y el sexo, impelido por el deseo de un narrador juvenil en “fase visiva”, que en una escena nocturna casi alcanza el ojo espía de Kyle Mac Lachlan encerrado por David Lynch en el armario de ‘Terciopelo azul’. Una mirada salaz, perfecto y preciso adjetivo entre los muchos que pueblan con fortuna esta novela grande y rotunda.

 

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De los tiempos sombríos
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Jorge Praga | 28-09-2014 | 3:33| 0

Teatro Calderón. El gesto sereno y preciso de Adam Natanek dirigiendo la Orquesta Ciudad de Valladolid. La palabra alada que Agustín García Calvo pone en su particular baraja del rey don Pedro. Más lejana, y sin embargo grabada con impresión imborrable, la voz de Fernando Fernán-Gómez en los versos de Bertolt Brecht, ¿con canciones interpretadas por Massiel? Cuando se enciende en la memoria un rincón que ha permanecido oscuro durante muchos años, la sorpresa puede ser tan grande que se tiñe de inmediato de desconfianza. El apuro de la sospecha me obliga a apartar al admirado Natanek o al añorado Agustín en pos de esos versos de Brecht lanzados en pleno franquismo por el dúo improbable de Massiel y Fernán-Gómez.

Y solo lo creo y pacto para estas líneas cuando, tras empeñada búsqueda, surge de una carpeta el programa de mano: 1 de julio de 1971, dos sesiones, a las 7.45 y 11 noche. “¡Unico día!”, clama la portada sobre una fotografía en blanco y negro de los dos protagonistas, las manos entrelazadas, el rostro serio y concentrado. Qué menos ante ese título solemne: “A los hombres futuros yo, Bertolt Brecht”. Ya, confiado a la memoria, veo otra vez el escenario austero del viejo teatro con su acústica de cristal. Un pianista y un par de banquetas son testigos de la entrada de Fernán-Gómez, cabello largo y pelirrojo sobre su suéter negro: “Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos”. Es el primer verso de Bertolt Brecht pero nadie en el atiborrado Calderón piensa en la Alemania nazi que expulsó al escritor. Es 1971, y hay urgencia y necesidad de que alguien nos redima, aunque sea por unas horas, de las estrecheces, de la grisura, cuando no de la ignominia. Sigue la voz cortando el silencio: “¡Qué tiempos estos en que/ hablar sobre los árboles es casi un crimen/ porque supone callar sobre tantas alevosías!”. La noche está encendida, comulgada, ganada con esas palabras de sonido imparable. ¿Se puede olvidar la voz de Fernando?, honda en la palabra comprometida, chispeante en la onomatopeya, irónica cuando recuerda al General que “el hombre tiene un defecto/ puede pensar”.

Y de repente el pianista abandona su papel marginal y lanza una melodía. Está entrando Massiel, traje negro y melena negra, y pone en su boca la ciudad de Mahagonny de la partitura de Kurt Weill. Hace tres años que la cantante ganó el festival de Eurovisión tras ocupar el sitio de Joan Manuel Serrat, vetado por pretender cantar la canción en catalán, y ese triunfo voceado por el Régimen está a punto de enturbiar la noche. Allá por Paraíso alguien ha llevado una flauta con la que toca el estribillo de “La, la, la” en cuanto Massiel abre la boca. Risas, zozobra, y por fin la sed de espectáculo seca esa isla de rencor y deja al piano y a la voz desnudos frente a su arte. Fernando se alterna con Massiel, recitan, cantan, cimbrean el cuerpo, los aplausos ensordecen el final de cada poema, y acaba Fernando Fernán Gómez mirando a lo lejos, prometiendo el futuro, “cuando lleguen los tiempos/ en que el hombre sea amigo del hombre”. Tardaron unos años en llegar esos tiempos, pero esa noche del Calderón quedó custodiada entre sus muros para honra del arte y de los artistas que persiguen estas líneas.

(publicado en La sombra del ciprés, número especial dedicado al 150 aniversario del teatro Calderón de Valladolid. 27 de septiembre de 2014)

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