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Autor: Kaim
Pasados inalcanzables y presentes corrosivos
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Jorge Praga | 26-10-2016 | 8:57| 0

La película libanesa ‘Tramontane’, de Vatche Boulghourjian, aborda un problema bastante común en las familias que han adoptado un niño: cuando este llega a la adolescencia siente la necesidad de indagar más en sus orígenes biológicos, en sus raíces. La particularidad que plantea esta película reside en que el niño adoptado descubre que lo es cuando ya tiene 24 años, en el momento en que necesita un pasaporte para viajar al extranjero. Sus documentos han sido falsificados y no aparece inscrito en ningún registro oficial.

La vuelta atrás del protagonista, la necesidad de escarbar en el pasado, cuenta con un marco especial: Líbano, su pasado turbulento de guerras civiles y ejércitos sin ley. La búsqueda lleva al joven de aldea en aldea, unas personas conducen a otras, y por la pantalla desfilan tipos singulares que rememoran con dificultad y horror la guerra que lo confunde y ensucia todo. Los datos no casan, el joven no avanza en su investigación, y quien le puede dar la palabra definitiva, un tío suyo, solo le presta su antiguo poder de señor de la guerra para solucionar sus problemas legales.

La otra elección especial de la película es la ceguera de su protagonista, una ceguera no simulada por el actor. Rodar con un actor ciego determina no pocos cambios en la planificación, en los juegos de miradas en los que se basan tantos parámetros fílmicos. Sorprenden las escenas rodadas en la oscuridad en la que se desenvuelve habitualmente el protagonista. La noche lo es solo para los demás, también para el espectador. La voz es su principal instrumento de manifestación, una voz que exige, pregunta, interroga, quiere saber, y se encuentra con un muro que no logra saltar. Una voz que también canta con hondura la música libanesa, y a esa faceta musical envía su lamento en la larga canción final.

Sugerente película, bañada de luz mediterránea y cultura oriental, de hospitalidad árabe que abre su casa al desconocido y le ofrece té y reposo, de suavidad de higueras y aromas salinos.

 

Encierro fabril

El buen nivel de Punto de Encuentro en esta Seminci, con algunos picos de calidad muy altos, se tambalea un tanto con la película mexicana ‘Maquinaria Panamericana’, del debutante en el largo Joaquín del Paso. Un guion suyo y de la británica Lucy Pawlak nos introduce en una empresa de maquinaria para la construcción desde la primera hasta la última imagen. Una empresa nada eficiente, en la que los obreros se entretienen con cualquier cosa y el jefe cuenta chistes, mientras el propietario enferma silenciosamente en su despacho y muere. A partir de ahí el poco orden laboral que había se subvierte completamente, y el grupo de trabajadores entra en un delirio en defensa de sus puestos de trabajo que les hace pertrecharse en la empresa hasta que encuentren alguna solución, dinero, papeles comprometedores, o sencillamente solidaridad. Al barroquismo de una empresa en descomposición que satura de objetos cada plano, se une la actitud colectiva de poner todo patas arriba a la espera de algo que solo puede llegar de ellos mismos.

¿Metáfora de un capitalismo cruel que enloquece a sus trabajadores? ¿Juego dramático que fuerza a los ocupantes de la fábrica más allá de cualquier racionalidad? Un fondo surrealista planea sobre los desatinos del grupo, dejando guiños a otro encierro célebre, el firmado por Buñuel en ‘El ángel exterminador’. Pero la película de Del Paso carece de su fuerza subterránea. Y tampoco es capaz de trenzar una atmósfera que supere la reivindicación laboral, agotada en pocos minutos y sustituida por chispazos de locura que saltan aquí y allá sin vertebrar la desmayada narración.

(de Punto de Encuentro)

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Mucho Festival
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Jorge Praga | 26-10-2016 | 8:53| 0

Me topo por los pasillos de la Seminci con organizadores de otros festivales de la ciudad que aprovechan el torrente del hermano mayor para tantear componendas futuras. Vienen y van dejando sonrisas la gente de LGTB, que para la primavera volverán con su muestra. La 17, nada menos. Y con el don de la ubicuidad se mueve la directora de La Fila, que ya ha superado la vigésima edición con sus cortos. Ninguna pugna con el hermano mayor, cada uno en su sitio y en su escala. La competencia a la Seminci le llega de fuera, de esos festivales que se han multiplicado como las setas en estos días otoñales de lluvia. Sevilla, Gijón, Málaga, Pamplona, Teruel…, cualquier ciudad monta el suyo y el presupuesto decide y clasifica. Quien mueva más dinero se lleva las películas sabrosas y despliega sobre su alfombra roja las estrellas más cotizadas. Y con ese eco se elabora el top de festivales, dejando la entraña del cine en un asunto menor, lateral.

En esta jungla capitalista la Seminci tiene a su favor al menos dos factores: uno reside en su historial, inalcanzable para esas setas de otoño. Un prestigio heredado que realimenta y protege cada edición, la blinda al menos parcialmente de los mordiscos políticos, y al tiempo marca exigencias artísticas. El otro factor es el público que llena sus salas con fidelidad renovada. Se sorprendía un director de que un domingo por la noche, con la lluvia regando las calles, tuviese tanta gente en las butacas.

Con esas bazas que nadie ostenta, y sin entrar en carreras inútiles de dinero, a la Seminci solo le queda una fórmula para mantenerse y elevarse: hacer las cosas bien. Buscar ciclos originales, escarbar en la filmografía de los Regueiros, buscar proyecciones especiales con y sin orquesta, cultivar su historial depositado en tantos Kiarostami. Y atreverse. Atreverse a programar películas que están marcando caminos futuros, que traen el riesgo y la grandeza del arte pegado a sus imágenes. Los grandes jalones de este festival se asientan en decisiones valientes que en su día trajeron controversias, y hasta escándalos y condenas. Con esa brújula llegamos hasta aquí.

(de Caro Diario)

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Experiencias fuertes, planteamientos atrevidos
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Jorge Praga | 25-10-2016 | 6:49| 0

Adolescente belga de vacaciones con sus padres. Caravana en un camping del Mediterráneo. Aburrimiento, soledad, chicas con las que intercambia miradas.  La cajera del supermercado, de madre flamenca, parece accesible, y es guapa. Merodeos por la discoteca, cervezas solitarias, hasta que por fin… El arranque del guion parece conducir hacia la cadena de experiencias iniciáticas que descubrirá el mundo al adolescente, que le llevará a madurar con alguna cicatriz de brújula. Una historia que puede ser divertida, incluso frívola, o bien…

O bien desatar las precauciones, soltar las amarras de la convención y embarcar al protagonista en una experiencia sin colchón ni freno. Eso es lo que, dosificadamente, va colando el director Kevin Meul en su ‘My First Highway’. El adolescente que juguetea con la chica en la libertad de la noche oculta su debilidad e inexperiencia en la fingida seguridad con que responde a sus desafíos. No cabe comprenderla –extrañeza del otro en la adolescencia- ni razonar sobre sus continuas incitaciones, sino estar a la altura de ellas, sacar pecho, escaparse por la noche, meterse en líos, robar el coche a su padre, seguirla hasta el borde del precipicio. Y no poder frenar a tiempo. El color va virando desde el coqueteo a la fidelidad obsesiva, enfermiza, y las consecuencias serán terribles, y sobre todo irreversibles.

Kevin Meul lleva la narración de ese viaje iniciático con un pulso impecable e implacable. Para no dispersar la atención, adopta una estrategia visual ciertamente comprometida: los mayores van a estar siempre en un segundo plano, fuera de foco; las miradas convergen en la pareja y en sus escasos colegas. Así que todo el peso descansa sobre los protagonistas, especialmente sobre el chico, interpretado por Aäron Roggeman. Su rostro es un perfecto espejo de las heridas que va dejando el desaforado viaje, contrastado por la frialdad inexpugnable de la chica, a cargo de Romy Lauwers. Brillante trabajo de ambos para esta obra calculada y talentosa.

Rareza tailandesa

Un repetido adocenamiento parecía haber alejado en las últimas ediciones a la sección Punto de Encuentro de lo que debía estar en sus genes primordiales: la búsqueda antes que las respuestas, la experimentación más que las convenciones establecidas. La tailandesa ‘Dao Kanong’ (‘Para cuando oscurece’), dirigida por Anocha Suwichakornpong, responde a esa llamada para películas atrevidas, innovadoras, efervescentes. Para los espectadores que abandonaron la proyección, demasiado atrevimiento. O demasiado tiempo sin obras así.

“Es una película sobre la construcción de una película”, declaraba el productor en la proyección. Materiales para una obra que resulta ser su suma, un “work in progress” translúcido. Dentro de su estructura aparece la directora preparando un rodaje, también fragmentos de ese rodaje, junto con otros segmentos narrativos difíciles de encajar con lo anterior: las apariciones de un cantante famoso, la tralla laboral de una camarera, paseos por el bosque. Pero hay una serie de rimas que los recorren como savia misteriosa: el roce de las manos de los caminantes, el susurro del bosque tropical, las setas que permiten incluso una cita explícita al ‘Viaje a la luna’ de Georges Méliès. Hay que hacer el esfuerzo de dejarse llevar por esos planos estáticos llenos de sonoridad que recuerdan a los del maestro del cine tailandés Apichatpong Weerasethakul, hasta llegar a ese final en que la propia imagen se descompone en sus componentes de color, una deconstrucción material de la escritura que, quien lo diría, a mí me recordó la que cierra ‘El barón rampante’ de Italo Calvino.

(de Punto de Encuentro)

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Femenino plural
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Jorge Praga | 25-10-2016 | 6:44| 0

Quiso la casualidad que en dos proyecciones consecutivas del fin de semana la responsabilidad artística de los largometrajes y los cortometrajes recayera en mujeres: la croata Hana Jusic, la israelí Maha Haj, la francesa Victoria Musiedlak y la estadounidense de origen indio Sonejuhi Sinha. Y, por otra concentración casual del talento, con obras muy interesantes, en especial la de la croata, ‘Deja de mirar mi plato’. Ninguna novedad en esta presencia femenina ya abonada en ediciones anteriores, aunque, en fin, algo más tacaña en la cosecha española. El Festival camina libre de ataduras de género.

En contraste con esa naturalidad me ha llamado la atención el empecinamiento de la presentadora de cada sesión en recibirnos una y otra vez con duplicación de sexo y género: “Bienvenidos y bienvenidas a esta sesión…”. Es una elección para la que sus detractores han reiterado hasta la saciedad que el plural habitual de nuestro idioma incluye los dos géneros y su uso nunca es sexista ni machista, sino un mecanismo ágil y unificador. Mejor la vigilancia para otras manifestaciones de machismo, concluyen, sin necesidad de este retorcimiento del lenguaje. A lo que los defensores (y defensoras) de la duplicación replican que con ella se hace presente a una parte de los hablantes que en el plural son excluidos (y excluidas). “Todos y todas”, “ciudadanos y ciudadanas”, han sonado con insistencia en estos meses de proclamas políticas. Y hace unos días dos ilustres y avinagrados académicos se han tirado los trastos literarios a la cabeza tras una polémica originada en dictámenes sobre la duplicación.

Lo importante, creo, es ese acceso sin trabas a la dirección cinematográfica que saboreamos en Punto de Encuentro. Si hay que servirse del lenguaje para mantener la guardia en alto, bien estaría recordar aquella costumbre que se extendió por algunas asambleas del 15-M de tratar siempre el plural en femenino, solo en femenino. Eso sí que lo nota el oído. Y si se quiere duplicar sin retorcer, hay fórmulas antiguas y vigentes: “Señoras y señores”, “Damas y caballeros”, en fin, “Ladies and Gentlemen”.

(de Caro Diario)

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Observatorios de familia
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Jorge Praga | 24-10-2016 | 7:25| 0

¿Por qué la protagonista de ‘Ne gledaj mu i pijat’ (‘Deja de mirar mi plato’) se lanza a aventuras sexuales con desconocidos con los que entabla una breve relación callejera? La pregunta colea sobre la última parte de la proyección, sin que encuentre respuesta explícita ni justificación previa. Tal vez se pueda encontrar un atisbo de causalidad en la vida angustiosa de la chica, sometida a una familia sin afecto y en la que el padre usa la mano de las bofetadas con largueza. El ictus que sepulta al padre en la cama la libera del corsé autoritario, y es ella la que toma el mando de una madre embrutecida y un hermano incapaz de madurar. La nueva libertad abre la noche y con ella los encuentros azarosos y la exploración libre del sexo. Si el papel principal recayera en un hombre, nada habría que justificar en esa conducta. Y sin embargo para ella, mujer, los ojos buscan causas, explicaciones de su participación repentina en situaciones fuertes de sexo.

Por fortuna la directora croata Hana Jusic, debutante en el largometraje, dirige sus esfuerzos a otros niveles de la narración. De la protagonista nunca vamos a saber casi nada de lo que bulle en su interior; pero sí de lo que la rodea, servido por una cámara que en sus encuadres agobiantes dibuja sin palabras una atmósfera familiar incómoda y misérrima, un ambiente de trabajo tenso, una calle áspera. Una vida estrecha y sin afectos que seca el rostro de Marijana. Solo en un plano del final la cámara se detiene largamente en sus rasgos y aguanta el llanto y la desesperación que por fin salen de dentro. Un plano soberbio, émulo de aquel de Cate Blanchett que cerraba ‘Blue Jasmine’ de Woody Allen.

Película excelente, compleja, original, con un gran trabajo de fotografía que vuelve sórdida la luz marina de Croacia. La interpretación convincente de todos los actores se corona con matrícula de honor para Mia Petricevic.

Humor en Nazaret

Maha Haj, la directora de la israelí ‘Omor Shakhsiya’ (‘Asuntos personales’) también centra su atención en el ámbito familiar en su debut. Pero su cámara da un paso atrás y toma la distancia suficiente para observar matices y juegos de los personajes. Estamos ante una especie de ‘Vidas cruzadas’ que atiende a las distintas ramas de una misma familia: la casa de los padres, la vida de los hijos, y los repiques y ecos mutuos. Cada uno va mostrando su personalidad en pequeños detalles domésticos: la atención obsesiva al ordenador del padre, la ausencia distraída de la madre, la soledad del hijo que vive en Suecia, la libertad de la abuela de cabeza volada…, conforman un tapiz en el que predomina la ironía que abre la sonrisa y a veces roza la carcajada.

No olvida la directora el marco bélico que rodea a sus personajes, vecinos de Ramala, de Nazaret, ciudades de las que es muy difícil salir, y en las que un control del ejército puede echar por tierra un viaje o mandar a una mujer que se pone chula a prisión. Aún en esas duras circunstancias Maha Haj sabe buscar el lado irónico de la situación, con esa pareja que ensaya el tango ante la mirada velada de sus interrogadores. O la veta lírica del palestino que sueña con ver el mar, del que le distancian pocos pero insalvables kilómetros.

Tal vez la verosimilitud se resienta por el alto nivel de vida que llevan sus protagonistas y el refinamiento y amplitud de sus casas. Pero el estilo de esta fina película tal vez no case con las urbes asfixiantes y las casas endebles de muchos palestinos. La película necesita para su observación espacio y silencio, y lo encuentra plenamente en la secuencia final en los bosques de Suecia, digna de Aki Kaurismäki.

(de Punto de Encuentro)

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