Nos preguntamos cada vez más alarmados por el valor de la vida de los seres vivos, qué puede valer la vida en el Magreb o en tantos lugares beligerantes del planeta, qué vale la vida hoy en Japón, o sin ir tan lejos qué puede valer la vida de una mujer, o un niño maltratados, o la de un animal. Qué vale la vida de quien malvive en la indigencia al cielo raso de la inmigración más severa. ¿Que vale la vida en un mundo de países intervenidos y mercados financieros sin alma, de estados sin política y políticos sin dignidad rendidos a los inversores?
El valor de la vida, y también deberíamos preguntarnos por el valor de la muerte, pues la muerte mide el valor de la vida. No valoramos en justeza la Muerte. La vejez, la desolación no bastan para destruir la vida, se precisa algo más; un mandato irreprimible, profundo, espeso y oscuro que brota en el interior del ser, la muerte es un simple desenlace, lo relevante es que el morir es un proceso abierto desde el nacer.
No nos preguntamos por el valor de la muerte, olvidamos al muerto en el nicho o en el horno crematorio y concluimos que la vida que se pierde no va a ningún lugar. Para el que no ha nacido no hay lugar, pero no es necesariamente el mismo ´ no lugar ´ que el que pierde la vida. En el primero no existe un lugar para su recuerdo, pero la muerte respeta el lugar de la memoria.
El nacimiento es probabilista, la muerte es inesperada certidumbre. La muerte borra la expresión de los rostros, de hecho los enmascara y a todos los iguala en una imagen imborrable de la perplejidad. La muerte no es ´ un ´ programa de autodestrucción sino ´ el ´ programa de autodestrucción, y es importante porque mide el valor de la vida, que es la programación de la eternidad, segundo a segundo de la muerte.
La sexualidad es vida que muere y muerte que se anima. Vivimos por la sexualidad y ella nos mata, somos materia orgánica evolucionada que ha aprendido a morir.
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