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La voz de todos
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Jaime Rojas | 20-02-2017 | 12:20| 0

Contaba el cura de Olmedo, a la vez pluma de este diario en el municipio vallisoletano, que «esto de ser corresponsal de pueblo es muy complicado». Atribulado, Don César lo espetaba para buscar comprensión, aunque sus interlocutores en aquella ocasión éramos una par de imberbes aprendices de este oficio. Pero de esta forma hacía notar que nos estábamos metiendo en una profesión más difícil que la suya, la de salvar almas.
El paso de los años, como en todo, te hace ver las cosas con perspectiva y aunque me imagino lo complejo que ha de resultar la difusión de la doctrina de la Iglesia en estos tiempos de descreídos, puedo asegurarles con bastante certeza que esto del periodismo de provincias es al menos tan intrincado y muchas veces imposible de llevar. El cura hubiera llegado antes a la canonización por la vía de la corresponsalía que por la de párroco rural, que por muy bravos que sean los feligreses, que los hay, aún más lo son los lectores, críticos acérrimos cuando les tocan las cosas de su pueblo. Tenía razón Don César y motivos suficientes para dejar la corresponsalía como lo hizo un tiempo después, para continuar solo en la parroquia, que la santidad puede alcanzarse sin necesidad de sufrir esos malos ratos.
Espinoso el asunto de contemporizar desde el púlpito que siempre supone trabajar en un medio de comunicación. Así lo es para todos a quienes un día nos enganchó esta profesión y que tenemos la suerte de podernos mantener en ella. Cualquiera que esté en esto sabe que llegar al día siguiente a veces es un milagro y más en los años duros de esta crisis que se va y se va y no se ha ido, que dice el bolero.
Contentar a casi todos es pues una tarea de titanes, una lucha que en la mayoría de las oportunidades pierdes, salvo que seas Alfredo Matesanz, un hombre compendio de todos los adjetivos que sean sinónimos o se relacionen con la prudencia. Cualquiera que en los últimos 45 años haya tenido relación con Segovia sabe quién es, conoce al menos su voz, y, por supuesto, su bigote a lo Groucho. Dos características físicas que le distinguen, pero que son irrelevantes al lado de los rasgos de su personalidad: infinita tolerancia y trato exquisito.
Con esas armas, a Alfredo no se le ha escapado una mala palabra en nueve lustros, los que ha estado al pie del micrófono hasta la jubilación. Se va, pero estoy convencido que todo acto que se precie, como hasta ahora, contará con su presencia. Así se lo decíamos este viernes, su último día de trabajo en una visita a nuestra redacción, en la que mantuvimos una conversación de las que se echan de menos en este mundo rápido de la tecla y en el que todo está medido.
Al cura de Olmedo el periodismo local le pareció la representación del infierno, como opinarían todos los prebostes del oficio que un día se fueron a la capital y que a  menudo miran por encima del hombro a los Alfredos y a quienes tratamos de seguir su estela. Aquí les quería ver yo cuando tuvieran que ser la voz de todos y ser amables sin excepción y no solo con los suyos. Porque quiero compañeros de viaje como Alfredo para recorrer el camino que aún queda. Gracias, amigo.

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La caja de los truenos
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Jaime Rojas | 13-02-2017 | 13:32| 0

Leía a principios de año que por primera vez en España unos banqueros entraban en prisión. No sé si será exacto, pero así lo vendían en la prensa. Eran cinco condenados por apropiarse de lo que no es suyo y por administrar mal lo que tampoco les pertenecía en la extinta fusión de las cajas de ahorro gallegas. Al verlo pensé que la Navidad ya había terminado, que la sucesión de cursilerías llegaba a su término, afortunadamente y, nunca mejor dicho, gracias a Dios. Se acababan así los buenos deseos y empezábamos el año dando a los ricos fuerte y a la cabeza para satisfacción del pueblo soberano.
Al leerlo me acordaba de Segovia y de la que fue su caja, en una asociación de ideas que firmaría un niño. Y al ver la fotografía de esos veteranos de trajes impecables en el banquillo –por cierto, de asientos individuales lo que da menos sensación de grupo organizado– comenzaba a imaginarme la instantánea segoviana si el caso de las prejubilaciones hubiera continuado. Ya veía a los nuestros en el mismo trance, aunque con una indumentaria algo menos perfecta porque los gallegos por lo general cuidan más ese asunto. Fantaseaba con esa equivalencia, pero sin hacerme mucho a la idea porque aquí tenemos el privilegio de ser ciudad casi libre de delitos.
Sin embargo, lo que parecía que solo brotaba de forma pasajera de mi imaginación, se convirtió en una realidad que ha hecho temblar esa prerrogativa de la que hablaba y de la que disfrutamos como lugar prácticamente ajeno a los ilícitos. Habían pasado solo unos pocos días desde que los directivos de las cajas gallegas estaban a buen recaudo cuando este diario desveló la reapertura del caso segoviano con su terremoto correspondiente. No quise pensar que les había echado mal de ojo, algo muy gallego, pero la casualidad y mis pensamientos de extrapolación de aquella situación a la de aquí me hace dar una vuelta a mis dotes para imaginar lo que no debo.
Servido el seísmo, el guion de lo que pueda ocurrir a partir de ahora es imprevisible. Es una ruleta en la que participan los acusados y al final todos los contribuyentes a quienes los abusos y la mala gestión de las cajas de ahorro nos han provocado un agujero en los bolsillos. Imputados e investigados están más de dos centenares de antiguos cargos de esas entidades. Y entre ellos los nuestros –sí, son nuestros paisanos o vecinos, que no solo van a serlo aquellos que consiguen logros, que el paisanaje no se elige–.
Rodada la primera escena con la apertura de nuevo de la caja de los truenos, para la segunda Atilano Soto, su actor más reconocible, aunque no el principal, reclama silencio, tranquilidad y serenidad. La historia ya está escrita y esto es post mortem, parece transmitir quien sabe que los hechos son tozudos y ya no pueden cambiarse. Una calma  que no ha encontrado eco en otros actores de esta película de desenlace sin escribir y que hablan de desasosiego por algo que no tiene fin. Es la condena que supone que un asunto se eternice en los juzgados. Un sufrimiento recurrente para las partes de cualquier proceso.
La tercera y última escena es la que no veo y la más complicada de rodar. Los protagonistas dicen que no se ven en la cárcel por una decisión que consideran legal, la de prejubilar a unos pocos elegidos con cantidades millonarias. Yo tampoco lo percibo en mi imaginación y lo más importante: tampoco quiero que suceda, aunque esto pueda ser caridad mal entendida. No se lo deseo porque ya es bastante la pena social a la que están sometidos desde hace un lustro. Ycon eso me doy por pagado.

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El lado brillante del censo
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Jaime Rojas | 06-02-2017 | 10:42| 0

Repaso y vuelvo a repasar los datos del padrón segoviano con la esperanza de tomar el asunto por el lado positivo. Trato de hallar la botella medio llena, en la España vacía. Pero la tarea es difícil y requiere mucha dosis de alegría para dar la vuelta a esta tortilla del censo sin que se escurra por los lados. Porque si hablamos de habitantes, la provincia se encuentra en evidente decadencia hasta asentarse en la antepenúltima plaza, solo superada por déficit de pobladores por Teruel, que sí existe pero poco, y Soria, que existe aún menos pero que siempre resiste pura y bella.
Segovia se queda sin gente es la primera lectura. Ciudad y provincia. Dos mil menos en el año que ha terminado y casi un descenso de diez mil –la mitad de ellos inmigrantes–en un lustro. Es para que nos rilen las piernas por esta desventura ya intrínseca a los últimos ejercicios. Todos los años por estas fechas nos desayunamos unos datos que se enfrían y caen como una tostada al suelo, siempre por el lado de la mantequilla. No levantamos cabeza y aunque la provincia de Teruel todavía está a quince mil habitantes de los 155.652 segovianos de residencia, por delante se antoja difícil alcanzar a nuestra vecina Ávila, ya a siete mil de distancia en el cuarto puesto por la cola de la lista.
Esa es la primera impresión. Sin embargo, como les digo, si se vuelven a leer las cifras y con lenguaje diplomático podemos embelesar algo a los pesimistas y como en la divertida vida de Brian miremos el lado brillante de la vida, silbemos y cantemos mientras la realidad de la despoblación nos crucifica. Veamos pues las cosas buenas como que Cuéllar es de nuevo el municipio con más habitantes después de la capital hasta llegar a 9.501. Ha recuperado el aliento y tras años de caída asoma la nariz con ánimo ante la llegada de sus Edades del Hombre, cuyas consecuencias económicas puede que fijen esa tendencia al alza. En la otra orilla, El Espinar que se ve superado al bajar tres puntos y cuenta ya con 300 empadronados menos que la villa cuellarana.
El regocijo va por barrios y en el alfoz de Segovia lleva instalado un buen puñado de años para complacencia de quienes un día decidieron dejar la ciudad y los municipios más alejados para asentar sus posaderas en los aledaños de la capital, donde el ladrillo es más barato y aún puede percibirse la sensación algo engañosa de vivir en un pueblo. Palazuelos, La Lastrilla y San Cristóbal continúan en cabeza en las preferencias de la mixtura de los rurales-urbanos o, al revés, que cada uno siente lo que considera. En el otro lado, el de los clásicos, otrora ilustres cabeceras de comarca, el censo brilla cada vez menos y le hace falta más de un empujón hacia arriba. El Real Sitio, Cantalejo, Nava de la Asunción y Carbonero caen poco, pero caen, como lo hacen las localidades históricas de Coca, Ayllón, Sepúlveda, Turégano o Santa María la Real de Nieva.
El asunto no pinta bien en este padrón lacónico que componen los 209 municipios segovianos, incluida la capital, de los que 75 poseen menos de un centenar de habitantes. Eso es defenderse y aguantar, pero también pasear por el filo de esa navaja que puede desplegar un futuro gobierno que apueste por agruparlos. El día de esa renovada división administrativa llegará, aunque mientras eso ocurre nadie arrebata el entusiasmo a quienes siguen aferrados a su tierra a la espera de un milagro. Esto es porque ahora es invierno, me dicen en el despoblado nordeste. Pero ya vendrá el verano y entonces pasarán a estar en el lado brillante del censo.

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La fauna revolucionaria
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Jaime Rojas | 30-01-2017 | 12:41| 0

Hasta esta semana nunca había puesto los pies en Madrid Fusión, la reunión de alta gastronomía que da calor a enero desde hace tres lustros. Y después de perder mi virginidad respecto a este magno acontecimiento no sé si es bueno o malo, si he hecho bien o regular en lanzarme a contemplar un mundo del que entiendo entre poco y nada. Sin embargo, mi duda se disipa cuando me pregunto si le he sacado gusto a la experiencia, a lo que me contesto con un sí rotundo. De lo contrario, es evidente que no estaría escribiendo sobre el asunto.
Resuelto el dilema, me siento satisfecho de haber estado en el ajo, aunque la expresión no es muy acertada porque es un producto que no se estila en esta cosa tan fina de la fusión. Aquí se llevan otros productos como plancton o carne de llama por citar ejemplos corrientes. Pero que no se desespere el ajo y sus productores del muy segoviano pueblo de Vallelado porque así deshidratado, desestructurado, liofilizado, hidrogenado o con otros sencillos métodos de cocinar puede que el humilde ajo, al que siempre ha olido este país, alcance el estrellato.
Contento de estar allí y también por mi comportamiento, sin preguntas del tipo ‘y eso qué es’ y respuestas como ‘vaya tomadura de pelo’. No, de eso nada, me porté sin pecar de provinciano y con disimulo no se me notó la torre de la iglesia en la cabeza ante tanta y tan aparente modernidad. Nada me delataba al pasear entre la crema de la intelectualidad culinaria o entre sus proveedores más exclusivos. Nadie pudo deducir que era un intruso desarmado en una selva con una fauna revolucionaria.
Porque eso es lo que son estos tipos y tipas de chaquetillas y mandiles: unos hombres y mujeres en continua revolución, unos Pancho Villa de la cocina, que terminan una rebelión contra la tradición y empiezan otra, en un bucle de nunca acabar. Es la historia interminable de la innovación a la que se han entregado sin que los pobres parezcan ver la luz definitiva al final del túnel. Ser chef mediático es la esclavitud que tiene:que has de ser revolucionario te gusten o no los sombreros mexicanos.
Y después de quince años de continua búsqueda de la revolución perfecta en la cocina se agotan los calificativos y hasta lo de fusión ya resulta anticuado. Pero eso solo lo parece porque de nuevo encuentran la expresión adecuada para que todo esto acabe preso de la displicencia. El espectáculo debe continuar y esta vez hablan de cocina gamberra. Al menos el que está de moda, Dabiz Muñoz, –observen también la revolución en el nombre, que cuando uno es revolucionario lo es hasta en el DNI– define de esta manera lo que hace entre fogones. Un gamberrismo al que contribuye de forma decisiva los ingredientes que utiliza en sus platos, porque estarán de acuerdo conmigo en que no es lo mismo una guarnición con patatas y una salsa tradicional que otra con unas flores y un polvo de gamba deshidratada como el joven revoltoso cocinó durante el evento.
Además de los líderes de esta algarada permanente en el mismo recinto convivieron durante tres días la mayoría silenciosa, en este caso los municipios de Saborea España. Y entre ellos, Segovia, que se sumó a la revolución con una tapa original; eso sí, con cochinillo, que una cosa es participar de los tiempos y otra es echarse en brazos del primero que pasa y apartar lo de siempre a un lado. Gustó la propuesta, porque estaba muy lograda, aunque quizá la fauna variopinta hubiera preferido que al cochinillo lo sometieran a perrerías diversas y desestructurarlo. Pero todo se andará.

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Consenso contracorriente
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Jaime Rojas | 23-01-2017 | 11:22| 0

Percibo en el aire –frío, claro– un aroma de consenso que me hace concebir esperanzas de que esto mejore. Dirán que dónde respiro ese aire al tiempo que se preguntarán si es cerca de un garito en el que se fuma algo que no se vende en los estancos. Pues no, miren, es aquí en la Segovia de siempre, en la muy pequeña y leal capital de provincia en la que nieva en invierno y calienta el sol en verano, para sorpresa de los telediarios. Al revés resultaría noticia, lo que descolocaría a los intrépidos informadores que igual la pasaban por alto.
Les digo que sí, que huelo un ambiente conciliador, aunque no me crean. Ni se acerca a la sacrosanta Transición, pero es un indicio de que algo va bien y que no todo es ruina. Y mi percepción es cierta a pesar de los malos augurios que desata el advenimiento de Trump o el inesperado ‘brexit’ de los británicos, que traducido es un mutis por el foro o un portazo en la cara. También pese a tipos poco amantes de la democracia, por decirlo sin exabrupto, y escasamente de fiar como Putin, Erdogan o Maduro, por no hablar de los casos clásicos de tiranos. Populistas todos, que dirían en las nunca bien ponderadas tertulias de televisión.
«¡No hay derecho!», decimos en España, aunque no sabemos con exactitud a qué. ¿Al triunfo en las urnas del magnate estadounidense del pelo imposible? ¿A que los rusos crean menos en la democracia aún que los comunistas de salón que hay en España? ¿O, como si fuera novedad, a que los ingleses miren a los demás con desprecio desde su isla? A lo que no hay derecho es a las obsesiones respecto a los demás que nos acompañan a los españolitos desde que perdimos la Armada Invencible, las colonias americanas y hasta el oro de Moscú.
Pero insisto y pese a esos prejuicios históricos que llevamos bien metidos en la cabeza y nuestro natural pesimismo, a mí, contracorriente, me parece que hay esperanza de consenso. Al menos en España y en su política, aunque de una forma muy suya: se llevan mejor entre los partidos que estos de manera interna. Los discursos integradores se dirigen a los adversarios y no a los compañeros de formación, en unas guerras civiles en las que desgraciadamente tenemos experiencia. El espectáculo está servido en los próximos meses en los que se juegan las habichuelas, en unos congresos que prometen sangre.
Pedradas pues a los amigos y cariño a los enemigos. Hasta ocurre en Segovia, lugar del que si recuerdan les contaba que –sorpresas te da la vida–  es noticiable que haga frío siberiano ahora en invierno y calor en verano con el maldito viento sahariano. Lo de los mamporros en los partidos se lo dejo a su imaginación, aunque algunos son notorios y evidentes. Pero existen tanto como los amores con los rivales, estos sin entrega total que una es decente y ha de dejarse algo para el matrimonio que dicen los pocos castizos que todavía quedan.
Porque consenso es lo que buscan Ayuntamiento y Diputación o lo que es lo mismo, PSOE y PP, para cohabitar en el Centro de Recepción de Visitantes que recibe a los turistas junto al Acueducto. Peleados desde hace tiempo, ahora quizá al olor de ese aroma de consenso entre partidos del que les hablaba, quieren viajar juntos en ese mundo del turismo que tantos días de gloria da a esta tierra. Pónganse de acuerdo como lo haríamos todos para ir a coger dinero, a atrapar algo de prosperidad. Si dan ese ejemplo, quizá les secunde tanto Trump que anda suelto y que seguro visita Segovia y al volver cuenta que aquí consensuamos, pero sin pasarnos, claro.

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Plata para todo el año
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Jaime Rojas | 16-01-2017 | 11:28| 0

Comienza a cumplirse ya 25 años de casi todo. Y 50 ó 75 e incluso redondos centenarios. En Segovia y por lo que atañe a esta casa, el aniversario es de plata. Cinco lustros como cinco soles, con mala rima pero con buena prosa, esa que ha llenado cientos de páginas del querido papel de periódico. Hacemos 25 años  de la edición segoviana del decano de la prensa española y vamos a celebrarlo.
Pero en este naciente 2017 el antiguo Norte no estará solo en su fiesta. Como siempre le ha ocurrido. Otros se sumarán y otros también conmemorarán que ha pasado el mismo tiempo y ahí están, enraizados e ilusionados. Es el caso del Santana, el bar que nunca se cansa de proponer, y que es nuestro quinto. 25 castañas también le caen, con los hermanos que dejaron el pueblo para establecerse en esta pequeña ciudad de forma temporal y con la vista puesta en otros lugares de más oportunidades y habitantes. Así lo cuenta Kike, mientras se coloca su inseparable visera, para concluir que acertaron al quedarse en Segovia.
En igual tesitura de aniversario plateado está la agrupación musical Ensemble de Segovia, que dirige el cubano Flores Chaviano. O el Centro de Empleo Apadefim 2000, que se adelantó a su tiempo con el nombre y con la inclusión en el mercado laboral de personas con dispacidad. También se aprestan a cumplir idéntica edad, por ejemplo, la corporación Maestranza de Caballería. En la provincia, si se mira al noroeste en la histórica Coca verán que la marca embutidos Eresma celebra que salió al mercado hace dos decenios y medio.Pero si su vista es hacia el nordeste, la asociación Codinse, que tanto pelea con actividades de todo tipo en esa comarca muy castigada por la despoblación, cumple los mismos años.
Sin embargo, no solo acceden a esa maravillosa edad todos estos compañeros de viaje –seguro que la nómina es bastante más amplia–, sino que por supuesto también existen hitos que están de aniversario. El que estoy convencido que recuerdan y que ha marcado la vida en la ciudad es la prohibición de circular vehículos por debajo de los arcos del Acueducto. Sí, ya son 25 años desde que el Ayuntamiento entonces presidido por el alcalde Ramón Escobar aprobara una norma que preservaba el monumento, pero partía en dos el tráfico de la ciudad. Con el paso del tiempo, creo que hoy prácticamente nadie estaría en contra de la medida, aunque entonces levantó un entonado debate seguido de su polémica. Por una vez dejamos eso tan nuestro de esconder el problema y que parezca que no existe y lo afrontamos para resolverlo.
Fue un 21 de diciembre, y cosas del destino, ese día fue el primer número de este diario segoviano. Porque cuando se cierra una puerta se abre otra o así queremos creerlo cuando la vida nos voltea. Y no parece baladí que el aire fresco llegara por dos conductos: los arcos del monumento romano y las páginas de un periódico, en lo que es una coincidencia que siempre he pensado tiene su gracia y, quien sabe, si un fundamento que se nos escapa.
Habrá que celebrarlo, como les decía. Y lo haremos sin dar a elegir entre plomo y plata, frase que ha resucitado en boca de la recreación televisiva de Pablo Escobar, el narco más famoso de la historia de ese sucio negocio. Nosotros solo daremos plata para todos a lo largo del año con el objetivo de animarles a que sigan con nuestra amistad, pese a nuestras cosas. Disfrutemos de la plata, que cuando llegue el oro dentro de otros 25 años quizá seamos un león herbívoro, que decía el general Perón, y no estemos ya para muchas fiestas.

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El año de la reconciliación
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Jaime Rojas | 19-12-2016 | 18:53| 0

En la prensa menos encorsetada y quizá más inocente de hace ya un tiempo era costumbre que una de las noticias de diciembre hablará de las previsiones de los videntes para el año venidero. Tipos y tipas extravagantes, incluso con bolas de cristal, de cuyos nombres alguno seguro recuerdan, vaticinaban lo que iba a ocurrir sin ruborizarse por los fallos cometidos en su pronóstico doce meses antes. Volvían a repetir que moría el Papa Juan Pablo II o Fidel Castro hasta que acertaron a la enésima vez en el primer caso y este año, en el segundo.
Las profecías de Nostradamus, de los mayas o de una vecina reumática del pueblo que siempre acierta cuando va a llover porque le duelen las rodillas formaban parte de la más entrañable tradición navideña. Con el paso del tiempo y con el abrazo generalizado y abrumador a las tecnologías, aquí ya nadie se acuerda de los videntes y supongo que rumiaran por las calles su mala suerte por el cambio de era y de costumbres. Antes eran dioses paganos y ahora carne de burla, si no lo fueron ya en su momento, que creo que también.
Sin embargo, en esta ocasión, en el 2017 que ya divisamos en el horizonte, hubieran jugado sobre seguro con uno de sus presagios: el triunfo de Cuéllar con Las Edades del Hombre. Apuesta segura, auspicio de todos, sin excepción. Los antecedentes así lo indican y lo contrario, que anidara allí el fracaso, resultaría una sorpresa que nadie sería capaz de prever. El vaticinio fácil, nada temerario, es que en la villa y su comarca caiga el gordo de la lotería de la próxima primavera a otoño, de las flores a la hoja caída, con la exposición de arte sacro que tanta riqueza ha generado en la tierra castellana y leonesa.
Las divinas Edades convierte en paraíso terrenal lo que toca y esta vigésimo segunda edición en Cuéllar tendrá la misma consecuencia, salvo catástrofe bastante improbable. Y como si el éxito no estuviera garantizado de por sí con la naturaleza ganadora del acontecimiento, la organización se ha cuidado de asegurarse aún más los buenos resultados al distribuir la muestra en tres sedes. Un trío de templos extraordinarios, que abarcan buena parte de la superficie de la villa histórica, desde el norte y extramuros –la iglesia de San Andrés–, hasta la zona del emblemático castillo donde se ubica San Martín, Centro de Interpretación del Mudéjar, para terminar en el centro, en San Esteban, Monumento Artístico Nacional desde hace 85 años.
Con esta dispersión calculada, casi todo el pueblo verá pasar por delante de su puerta al cuarto de millón de visitantes que esperan pisar durante meses sus calles. Beneficio económico para sus habitantes y también una gran responsabilidad, en palabras de su alcalde. Porque conseguida la designación, en marcha la exposición, dormirse ahora sería un pecado mortal. Y el regidor lo sabe y por eso, junto a su alegría y a la de la diócesis segoviana por la bendición que son Las Edades, alberga una preocupación: que todos acertemos y la muestra sea un éxito para que terminado el intenso año próximo los visitantes deseen volver a la villa.
Entonces, con el trabajo cumplido, ya podrán relajarse, y aprovechar el viento favorable que insufla Las Edades para que Cuéllar abrace el turismo como uno de sus futuros modos de vida. Ahí sí podrán cumplir los versos de la ‘Nana de la Virgen María’ de Claudio Rodríguez que acompañan la felicitación de Navidad de la muestra ‘Reconciliare’: «¿Por qué tienes los ojos / limpios y abiertos?… / Ya más no puedo darte… / Duerme, lucero». Pero eso será más adelante, porque ahora el reto es que 2017 sea el año de la reconciliación, sentimiento que propone Cuéllar con sus Edades, que ojalá acierte y pueda exportar a otros lugares tan necesitados de la mano tendida del cartel de la exposición.

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Dylan y yo somos así
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Jaime Rojas | 12-12-2016 | 20:06| 0

Desde hace unos años nos han arrebatado el mes de noviembre. La globalización ha hecho trizas una de las fortalezas que teníamos: la capacidad de organizar fiestas, de festejar todo, hasta las derrotas. Conmemoramos que estamos vivos o muertos, que poco importa, porque el asunto es celebrar. Empezó Halloween que ya se ha instalado y no hay niño –ni adulto– que se precie que no conozca eso de truco o trato, que es como el susto o muerte del chiste. Y a ese sustituto anglosajón de la jornada de los difuntos se ha unido en el último lustro el black friday, una suerte de rebajas por un día, de aquí te pillo y aquí que compras.
Nos han robado así noviembre, con un par. Sí, con un par de fiestecillas aburridas y tontas nos han colonizado sin pegar un solo tiro, únicamente con la televisión y ahora internet. Siglos siendo los amos del cotarro de las fiestas para terminar de esta manera: cautivos y desarmados por no se sabe bien quién. Largas tradiciones en entredicho o de capa caída y en franca retirada como le ocurre al español también frente al inglés. Son batallas silenciosas que perdemos una detrás de otra y que lo seguiremos haciendo dada la escasa resistencia que ofrecemos, nosotros y nuestros políticos, a todo aquello que suene con acento extranjero.
Pasado el colonizado noviembre, a las Navidades nos acercamos también con otra pica en nuestro Flandes: Papá Noel o Santa, como algunos chavales ya llaman al orondo tipo de rojo, por influencia del cine. Ahí también acabaremos claudicando para desgracia de los Reyes Magos, que parecen con un limitado futuro profesional. Y vendrán más ocurrencias promovidas por las multinacionales del comercio con el fin de arrebatarnos más meses, como el pobre noviembre y el amenazado diciembre.
Sin embargo, ante la invasión nos queda un arma cargada de esperanza: la decisión propia. Tenemos la posibilidad de decir que no, de pasar de los disfraces de zombi o de mandar al carajo al viernes negro y sus apéndices de sábado, domingo y lunes cibernético, que también existe y es aún más novedoso. Y también podemos volver la cara al intruso Papá Noel que se cuela por las chimeneas de nuestras cabezas. Esto es democracia participativa de la buena, pata negra.
Seamos como Bob Dylan y aleguemos que tenemos otros compromisos aunque nos otorguen el Nobel del comercio con esa oferta imposible de rechazar . Yo lo he hecho y me siento bien. Porque Dylan y yo somos así, unos sobrados que vamos repartiendo estopa a los poderes establecidos; unos versos sueltos y unos espíritus libres y libertarios. Ni Halloween, ni Black Friday, ni Papá Noel, ni la madre que los parió. Nada, resistencia.
Ya lo estoy viendo con estos ojos un poco cegatos: rezamos el día de los difuntos, esperamos a las rebajas de enero y adoramos a Sus Majestades de Oriente. Y todo gracias a mí y a Dylan, que me ha inspirado para que me acuerde de mis muertos, de mi tendero de la esquina y de las jugueterías en enero. Gracias Bob por enseñarme a mirar el horizonte. Porque creo que te pasa como a mí: no entiendes el motivo de darte el Nobel y por eso no vas a recogerlo. Y yo no comprendo que nos cambien las fiestas y por esa razón no acudo. Aunque me conviden con insistencia.

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Minnesota, caballo y rey
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Jaime Rojas | 14-11-2016 | 10:49| 0

Con demasiada frecuencia los españolitos nos ponemos estupendos, que diría el gran Valle-Inclán. Nos embutimos en esa mezcla de rancio abolengo y vanguardia y nos tiramos al monte a impartir lecciones. Y una de esas veces que nunca falla y en la que nos liamos la manta de la chulería a la cabeza es cuando hablamos de los americanos, los de los Estados Unidos, porque a los otros, los del centro y el sur, les tratamos como si viajaran en un vagón de tercera sin posibilidad de adquirir un billete preferente.
La última paranoia ha sido, como ya habrán imaginado, las elecciones  presidenciales en el corazón del imperio. Las barras de los bares, las tertulias de las televisiones y emisorias de radio y hasta el cuarto de estar de su casa y la mía se han llenado de catedráticos, sabelotodos y maestros y maestras virginales e incorruptos, como el brazo de Santa Teresa que decían que Franco tenía en su mesilla de noche. Han salido de no se sabe muy bien donde una legión de expertos en procesos electorales y, más en concreto, de comicios en Estados Unidos que ríase usted de aquello que dice que de fútbol y medicina, todo el mundo opina. Aquí más, mucho más, hasta el punto que me ha extrañado que las universidades no hayan aprovechado el tirón para promover máster y cursos postgrado del asunto.
De repente hasta el más zoquete del barrio se ha hecho un especialista y habla de Trump, Clinton –de ella me refiero, que de él, aunque sea una paradoja, ya ni rastro–, Obama, la Casa Blanca y el despacho oval como quien pontifica sobre nuestros marianos, pedros o pablos. Ya entendemos de su sistema electoral como un experto de Harvard e incluso damos claves de lo que ha ocurrido y nos aventuramos a pronosticar lo que vendrá. Y todo sin hacer un examen de conciencia y recordar nuestras palabras para admitir que nos colamos, que metimos la pata hasta dentro y que nuestros vaticinios están en el mismo nivel que los de las encuestas:en el suelo. Error tras error hasta el error final que es que Trump será investido presidente en enero y que Dios bendiga América. Sin embargo, aquí nadie reconoce que se ha equivocado y menos los tertulianos. Eso sí, a las empresas de los sondeos, garrotazo y tentetieso por no acertar, pero nosotros ¡por favor! tenemos bula para fallar.
Y a la falta de reconocimiento de nuestra ignorancia sobre de qué modo piensan los estadounidenses –no tenemos ni idea y a los hechos me remito–, se une el desprecio. Nos empeñamos en decir que no saben donde está España y menos todas las Españas y ni por el forro ubican las ciudades; además desconocen cómo vivimos y creen que vamos al supermercado vestidos de toreros y vestidas de bailaoras. Son unos cazurros y no como nosotros que situamos perfectamente Ohio cocina o Minnesota, caballo y rey, por no decir Wyoming, que es grande.
Faltaría más, nos ponen el mapa delante y no fallamos ni uno del medio centenar de estados, por no hablar de sus ciudades, costumbres e historia que tanto hemos visto en pantalla. Así de estupendos somos. Cuñados y tertulianos se equivocan y que dimitan los de las encuestas. Y si este Trump se confunde o no sabe donde está Murcia, como nosotros sí ubicamos Wisconsin, que se prepare, que nos tendrá enfrente como ha dicho alguna neopolítica. Y él preocupado, seguro.

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La triste historia del autónomo
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Jaime Rojas | 07-11-2016 | 13:00| 0

Nos importa una mierda el futuro y no tememos a los lobos de la madrugada». Así, de frente y sin remilgos, habló Sergio C. Fanjul. Iba a recibir el accésit del premio poético Jaime Gil de Biedma y antes en su discurso de agradecimiento leyó una de las composiciones que le han hecho acreedor al galardón, gracias a su libro ‘Pertinaz freelance’. La obra es un compendio que navega entre vivencias callejeras de hoy y reivindicaciones de quien quiere dar el salto a la madurez, quizá hasta integrarse, y se encuentra con que todo son obstáculos.
No eligió de manera ingenua el texto porque el libro, ya lo indica en el título, pretende hablar de ‘freelance’ y trata de que nos acordemos de ellos. Y sus palabras continuaron resonando en las paredes del salón de actos de la Diputación de Segovia:«Venceremos, si vencemos, por cantidad y no por calidad, no sabemos de heroísmo ni de gloria, formaremos marabuntas rizomáticas de autónomos que, descabezados, como zombis, sembrarán el caos en el mercado laboral, sin orden ni concierto».
Imaginen la cara de sorpresa de los asistentes a un acto en el que se espera poesía con otra temática. YSergio siguió, levantando los ojos de vez en cuando para comprobar el estado del respetable: «No tenemos ni patria, ni dios, ni sindicato. Cientos de miles de autónomos por cada acomodaticio culo indefinido. Lo inundaremos todo como una masa informe, viscosa, translúcida que al menos tiene la suerte de marcar sus propios horarios laborales».
Miradas y medias sonrisas entre el público y agradable sensación de que merecía la pena escuchar lo que Sergio tenía que contarnos de los autónomos. «Somos peligrosos porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Da igual que todo arda (…) con nuestros precios bajos construiremos un mundo nuevo, sin contratos fijos pero sin patrones». Cejas levantadas y arqueadas en la sala para despejar la frente ante la traca final:«No nos vendemos: nos alquilamos por unas migajas de prestigio. Este es nuestro precario orgullo».
Sergio apartó la mirada del libro. Parecía que había pronunciado la última frase de su ‘Manifiesto freelance’, que así se llama ese poema. Pero no, aún restaba esto: «(Por cierto, soy rápido, soy limpio y ando disponible)». Y aquí ya vino la carcajada, como liberación de la tensión de haber asistido a un duro alegato en favor de estos parias del sistema que son los trabajadores autónomos y su régimen especial de la sacrosanta Seguridad Social.
Yo notaba en el asiento mi culo indefinido, que dice el galardonado,  y usted al leer esto y si pertenece a la subespecie de empleados por cuenta ajena, seguro que también. Tenemos nuestras cosas, sí; nuestros problemas e inconvenientes, pero no las irrefrenables ganas de cambiarnos de bando, como les sucede a los autónomos. Y no me extraña, porque aunque la teoría suena a independencia y libertad, en la práctica su vida es dependencia y esclavitud las 24 horas los 365 días del año.
Gil de Biedma, precisamente, decía que «de todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España, porque termina mal». Y algo así le ocurre a los autónomos, cuya triste existencia ha encontrado, contra todo pronóstico, un hueco y visibilidad en un premio de poesía. Cualquier lugar es bueno para defender a los machacados.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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