En primero de excusas

Vivimos unos momentos duros, pero no más difíciles que los que soportaron nuestros abuelos o nuestros padres. Comparar lo que sufrimos ahora por tenernos que dar de baja de la televisión de pago o aguantar con el mismo vehículo más de lo deseado para ahorrar unos euros es un insulto a quienes nos precedieron en esta carrera de obstáculos. La situación es complicada para muchos, pero aún se hace más porque en los últimos años hemos convertido la sociedad en bobalicona, en un conjunto de ‘pocovales’, si me permiten la expresión, de flojos que nos ahogamos en un vaso de agua aunque llevemos flotador.
Pasamos malos ratos, que duda cabe, al ver que millones de ciudadanos no tienen empleo ni perspectiva de encontrarlo, entre ellos personas cercanas o nosotros mismos; y padecemos toda suerte de angustias al ver que nuestro nivel de vida se desliza por una pendiente que parece no tener fin y que nuestro bienestar se diluye. Pero aún así, nada comparado con la guerra, postguerra o emigración por poner hitos de sufrimiento de recientes antepasados. Lo nuestro son quejas de niños malcriados, memeces al lado de otros tiempos donde ser pobre significaba morir de hambre y no, como ahora, que es quedarse sin la última novedad tecnológica o sin vacaciones.
Dirán que aquello pasó y lo importante es lo que cada uno vive, el presente. Cierto, pero solo quiero llamar la atención sobre lo necesario que es relativizar las desgracias, los momentos amargos, en una sociedad tan estúpida como la que hemos creado. Debemos restar importancia a los desconsuelos por salud mental y con razones que no levanten suspicacias entre quienes tienen o han tenido –nuestros ascendientes– problemas con seguridad más graves que los que ahora nos agobian. El argumentario ha de ser sólido y no sirve el de primer curso de excusas.
Porque en esto de las justificaciones hay avezados maestros, muchos de ellos concentrados en algunos sectores propensos a las evasivas, como los deportistas profesionales o los benditos políticos. Aquello de que el campo estaba en mal estado o que no se ha adaptado al fútbol español –como si viniera de un lugar en el que se juega con otras reglas o con un balón cuadrado– es de primero de excusas. Y más sangrante es el mundo de los políticos. Aquí los pretextos a veces son de parvulario de disculpas. Que si Bruselas, que si los taimados especuladores financieros que nos tienen manía, argumento este que los estudiantes se empeñan en decir generación tras generación de los profesores cuando reciben un suspenso.
En nuestra bienaventurada Segovia, hay excusas eternas y burdas, de primer día del primer curso. Desde alegar que el tráfico no hay quien lo arregle porque a los romanos se les ocurrió plantar un acueducto en el medio hasta, ya más reciente, aducir que la antigua Caja Segovia abonó millones de euros para prejubilaciones con la razón de «retener el talento» de unos directivos a los que, precisamente, les pagaban para irse, en un pretexto increíble.
Desde que se inventaron las excusas, se acabaron los tontos, repite un amigo cada vez que alguien argumenta de forma pueril. Y en esta sociedad tan majadera que hemos alimentado, ya no hay idiotas porque han aprendido a justificarse. Aunque sea con tontas razones de primero de excusas.

El comercio que sufre

A nadie se le escapa que estamos tocados. Que lo que antes fue la próspera y venturosa España es ahora un campo desolado donde solo florecen minas. Y entre todos los sectores que un día fueron boyantes y hoy ya no lo son de los más castigados es el comercio. El pequeño, pero también el grande que ve como el consumo desciende y oscurece sus grandes cifras de antaño.  El abatimiento general, el desánimo instalado en la sociedad y, por supuesto, el viaje a los infiernos del poder adquisitivo de la numerosa clase media han dejado a los comerciantes en una tenaz depresión.
Sufre el pequeño comercio hasta unos límites insostenibles. Las calles comerciales son un rosario de locales vacíos. Abren y cierran a veces sin que tengan tiempo ni de completar un año fiscal. Un paseo por la Calle Real o José Zorrilla, las arterias con más establecimientos de la ciudad, es una continua sorpresa por el clausura de comercios y la apertura de nuevos que poco después mueren. Eso sí, les hay de toda la vida que aguantan carros y carretas y que lavan su cara con la esperanza de que el enfermo llamado consumo mejore.
La gente pasea y pasea pero no compra por falta de peculio. Este es el argumento preferido por la mayoría de los tenderos. Y aunque esta sea la razón más evidente, la que afecta a casi todos los mortales y en la que convenimos por unanimidad, existen otros motivos de carácter psicológico y no material para que la gente no entre en las tiendas y saque la cartera. El otro día así me lo contaban. La teoría era la siguiente: quien tiene dinero o quien gana al menos lo mismo que antes de comenzar la crisis no consume porque teme llamar la atención y llevarse el reproche social, que le cuelguen el sambenito de insensible con millones de sus conciudadanos que lo pasan realmente mal y que sufren para alcanzar los parámetros básicos de bienestar.
Sí, que pasearse con una bolsa de ciertas marcas es ahora ser un desconsiderado e, incluso, una provocación. Lejos quedan ya los tiempos en los que era más importante el continente que el contenido, en los que llevar en la mano bolsas de una boutique de campanillas era una señal de triunfo. En este lánguido momento de nuestra sacrosanta sociedad de consumo pavonearse por la calle no está bien visto, como ocurría con Hacienda para quien los signos externos eran sinónimo de presunto culpable de tener más de lo que declarabas.
Y si la falta de caudal y este rechazo social del alardeo son dos condiciones que están machacando el comercio tradicional, hay una tercera causa que da la puntilla: la compra por internet. Comodidad, rapidez y precios competitivos es lo que argumentan sus defensores para indicar que tres de cada cuatro internautas españolitos le dan a la compra online, lo que se traduce en unos 15 millones de compatriotas que activan la tecla y evitan el paseo. Y entre ellos el perfil más repetido es el de mujer treintañera, usuaria persistente de este denominado por sus promotores consumo inteligente.
Un drama económico para quien eligió el camino de estar detrás de un mostrador. Siempre le quedara el recurso de reinventarse, de reconvertirse, de hacer algo, aunque solo sea dándole una patada al dichoso ordenador. Así, seguirá consumiéndose por la falta de consumo, pero al menos se quedará a gusto.

Sangre, sudor y barro

Tengo que hacer unos análisis clínicos y estoy preocupado. Dirán que no es para tanto, que todos los días el hecho se repite en decenas de hospitales y centros de salud o ambulatorios, denominación esta última en desuso por obra y gracia del lenguaje de la administración, pero que me gusta mucho más. Es lo que tiene cuando uno convive años con una palabra y de repente te la arrancan de cuajo, sin que sepas el motivo aunque intuyas que es un capricho del político del momento que quiere dejar su impronta en detalles tontos y quien sabe si pasar a la historia con el fantástico bagaje de ser el que cambió un nombre. Son sus cosas, sus heroicidades, su huella en este mundo.
Decía que en breve han de realizarme una extracción de sangre para ver como están esos simpáticos compañeros de viaje que llevamos dentro y que a veces se desmandan. A uno le inquieta el resultado y como en los asuntos de Hacienda siempre tienes la sensación de que te falta un papel –una póliza de veinticinco pesetas, era lo normal hace años cuando había pólizas y pesetas–, casi siempre decisivo para estar en paz con nuestro cuerpo y con la administración. Y eso es lo normal, lo que le ocurre a todo el mundo, de Coruña a Murcia o de Gerona a Cádiz. Uno va a las infraestructuras sanitarias alterado y perturbado ante cualquier acto médico, aunque sea un simple pinchazo. Es la naturaleza humana.
Claro que a nadie le gusta ir a un centro sanitario, pero en Segovia, como en otras cosas, aún menos. Somos así de peculiares; siempre originales pase lo que pase y sea lo que sea. Aquí, en el llamado Complejo Hospitalario ir ya es un agobio aunque vayas a conocer a un recién nacido. Y no es un desasosiego acudir por los profesionales, que hay de todo como en botica, pero que en general superan la media de amabilidad respecto a otras administraciones públicas. No, no es eso. El sofoco se produce nada más llegar, como una bofetada. Es algo tan insignificante comparado con la salud como es aparcar el vehículo.
Les decía que acudiré en unos días allí con preocupación, con sudores fríos. Y no es otra que pensar qué narices hago con el coche. Existe un miniestacionamiento asfaltado, en el que no hay que pagar y en el cual es más difícil encontrar un hueco libre que ver nevar en verano. Luego está la opción de dejarlo tirado en los terrenos anejos al hospital, en cunetas o caminos de tierra. Y mi inquietud va en aumento al pensar que estamos en época de lluvias, a pesar de que parezca que ya lo ha llovido todo en el loco mes de marzo. Me imagino calado, con los zapatos llenos de barro y entrando en la dependencia donde van a pincharme y en la que por evidente lógica debe haber la máxima asepsia.
Apurado trataré de que la enfermera no descubra mi turbación y pueda encontrar la vena sin que tenga que darme más puyazos que a un toro en una plaza de tercera. Y terminada la faena, con mi algodón y esparadrapo en el brazo y más hambre que Carpanta, por eso de tener que ir en ayunas,  volveré a buscar el vehículo mientras procuro pensar que ha sido leve, que no estoy mareado. Alcanzado el objetivo del coche, otra vez calado y con los pies de barro como las empresas de Ruiz Mateos, maldeciré a los dichosos políticos que cambian nombres pero que no tienen sangre para solucionar un simple aparcamiento.

En primera con billete de tercera

Hay destrezas con las que nacemos y que nos acompañan durante la vida, algunas como una bendición y otras como una maldición. Nos ocurre como individuos y también como colectivo, como organización social. Las capacidades nos indican los límites razonables de lo que debemos o no debemos hacer, de lo que podemos o no emprender y abarcar. Decía mi abuela –y dice, que aún vive, camino del centenario– que algunos van en primera con billete de tercera. Y esa filosofía, aplicada a lo ocurrido en esta España de principios de este siglo es el ya manido aserto de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que hemos viajado con todas las comodidades en primera pero como polizones y cuando solo teníamos para ir en tercera clase.
Y de esa incoherencia entre la aptitud y la actitud, de tener unas habilidades y un talante que no coinciden, puede nacer el fracaso individual y también el colectivo. Como personas, allá cada uno con lo que ha conseguido y con lo que se conforma, pero como sociedad hemos pinchado y vamos de mal en peor. Como grupo, a mi generación nos enseñaron unas cosas que ya no sirven y que chirrían con la actitud que ahora nos demandan.
Que, por ejemplo, nos dijeron que el inglés era un idioma para simples y bárbaros y que el castellano era invencible; luego llegaron los tiempos en los que algunos se dieron cuenta de que nuestro imperio había muerto hace siglos a manos de la Pérfida Albión y que su idioma era el presente y el futuro. «Si quieres ser algo en la vida hay que aprender inglés», me dijo mi padre al tiempo que me enviaba siendo adolescente a Manchester muy a mi pesar, porque cambiar el verano de los pinares por el gris británico me parecía un castigo. Sin embargo, al regresar y gracias a alguna conquista amorosa internacional cambié de opinión y considerá acertada la decisión de mis padres. Ahora, ya estamos en una tercera fase en la que es cargante oir tanta expresión anglosajona, como si las palabras castellanas no bastaran para comunicarnos. Pero somos así.
No obstante, resultados de sondeos al uso nos retrotraen a la primera fase y demuestran que mi generación y mi sexo opone resistencia al maldito inglés y quienes peor lo hablan son los de mi casta, los hombres cuarentones, y las mejores, las mujeres treintañeras. La cosa se complica para los grandes defensores de que los españolitos hagamos una inmersión en la lengua de Shakespeare, ya que los menores de 20 años son también unos zoquetes para esto de los idiomas. Bueno, no se preocupen, son solo encuestas, esas que aterrorizan a nuestros políticos tanto como precisamente hablar inglés.
Decía que nos inculcaron cosas que ahora ya no valen, como lo del inglés y como aquello de estudiar para vivir mejor que tus padres. Pues esto ya tampoco sirve. Los jóvenes estudian grados, másteres y demás, pero me temo que no será suficiente para alcanzar el bienestar de sus progenitores. Sostenía una de mis hijas hace unos días para rebatir mi insistencia en que hiciera los deberes, que para ganar dinero tienes que conducir coches o jugar al fútbol y no apretar tanto los codos. En mi papel respondí: «Ya pero no saben tantas cosas como tu sabrás», dije, al tiempo que pensaba que en estos tiempos quizá más vale una habilidad como esas, una aptitud. Y que si se diera el caso, también sería conveniente añadir la actitud pícara de ir en primera con billete de tercera. Aunque sea con un inglés infame.

La caridad bien entendida

Asistimos, con la cara de circunstancias que nos dejan estos tiempos complicados, a un tentáculo más de la crisis que, como un pulpo, extiende sus extremidades a todos los órdenes de la vida económica y social. El último que llega, aunque ya lo anunciaba desde hace meses y no eran habladurías, es el deporte local, representado por el laureado Caja Segovia de fútbol sala y por la histórica Gimnástica Segoviana, que en junio si el tiempo y la autoridad lo permite cumplirá 85 añazos. No eran chismes de ciudad de provincias. No. Era algo cierto y muy cierto que ambos clubes estaban en el filo de una navaja afilada, en un hoyo que ha devenido en abismo que parece imposible abandonar.
Y como la caridad bien entendida empieza por uno mismo, los clubes han ideado una batería de acciones para implicar a los ciudadanos, para que estos sean más proactivos con dos entidades que lucen el nombre de esta tierra fuera de sus límites. Concierto, exposición de pintura, marcha popular y aún más cosas que están por venir. Todo para ayudar a doblegar este cáncer económico que se ha cruzado en su trayectoria. Sí, ya saben que esto se cruza en tu camino y termina sacándote de este valle de lágrimas con los pies por delante. Es el pan de cada día en todos los sectores, el pan que no queremos pero que nos toca comernos. Y aquí ya no sirve la buena voluntad, las buenas obras anteriores o no haber cometido excesos. Da igual haber sido un modelo, un ejemplo, un buen padre de familia o un buen vecino. La vida es así.
Es el cáncer económico que te tambalea sin piedad hasta que consigue derribarte. Ocurre. Es lo mismo que seas moro que cristiano; del Madrid o del Barça; nacionalista o lo contrario; de José Tomás o de todos los demás; del norte o del sur. Y claro, también es indiferente que seas de Caja Segovia o de la Gimnástica Segoviana, de fútbol sala o de fútbol a secas. Vienen a por tí y se quedan con todo.
Y a todo esto, los estamentos deportivos nada ayudan y van a tener razón los excesivos locutores radiofónicos de finales del siglo pasado, esos que denunciaban que el deporte está lleno de chupasangres, de aprovechados y que no son precisamente los deportistas. Solo tienen ojos para los clubes grandes de las grandes ciudades y a los demás que nos parta un mal rayo. Su normativa está pensada para esos y no para los pequeños de las pequeñas ciudades. Pero se terminarán quedando solos y veremos en fútbol como juegan entre ellos Madrid y Barcelona una semana sí y otra también. Y en el fútbol sala, aún es más grave, porque no habrá ni un mal partido, porque se quedará solo el Barcelona para jugar contra sí mismo.
A eso abocan estas cabezas pensantes en las federaciones con la complicidad de la crisis. Si se cargan los clubes –que lo harán– no podrán administrar porque no habrá administrados. Arrasarán los deportes menores y el deporte rey, el fútbol. Y no podremos hacer nada a pesar de la voluntad, de las acciones de ayuda que idean con imaginación quienes sufren un sistema absurdo y pensado para mayor gloria de los grandes. Pero que sepan que sin bases no hay élite, sin clubes como Caja Segovia o Segoviana se acaba el chollo. Y como estos no escucharán, a ustedes les pido que colaboren con estos clubes tan nuestros. Por caridad bien entendida.

Con la corrupción en un puño

Entre tanta porquería, estoy estos días reconfortado porque, a pesar de los pesares, siempre conservamos el sentido del humor. Es una cualidad que a los españolitos no nos roba ni la madre que parió a Bruselas y sobre la que ésta no puede hacer una quita, aunque se empeñe. Es marca España, arraigada y prendida, como el sol y la diversión, y mucho más enraizada que otras virtudes de nuevo cuño que dicen que nos adornan, pero que nos han metido con calzador y no acaban de cuajar, pese a la insistencia de los defensores de lo políticamente correcto. Ejemplos tengo y conozco y seguro están en su mente.
Pero regresemos al sentido del humor, a la guasa esta nuestra que no la derriba ni los amenazantes misiles de Corea del Norte. Les cuento la última broma, que no es tal porque el asunto va en serio. Una tienda online ha lanzado al mercado unos gemelos en los que se reproducen los papeles de Bárcenas; así, en miniatura, no dejan detalle, algo que explica la empresa en estos términos: son en tono amarillo «y escritos con la letra del propio implicado» y «subrayados con fosforito». La publicidad trata de enganchar a los posibles compradores con el argumento de que «puedes usarlo en señal de protesta o solo porque quieres ser el más original de todos». Toda la campaña con el lema: ‘Los papeles de Bárcenas en tu puño’.
El precio, 24 euros, no es muy alto para el caché del protagonista, quien atribuye su fortuna a su habilidad para los negocios y no a maniobras torticeras, información privilegiada y resto de zarandajas que se inventan estos periodistas envidiosos. Seguro que se le ha ocurrido cobrar derechos de autor, pero alguien le habrá hecho notar que niega que sea su letra, por lo que es difícil que reclame copyright, aunque tratándose del rey de los ‘business’ es capaz y muy capaz de sacar leche también de este botijo.
Sin embargo, lo que no se le puede negar a la idea es su originalidad. Con la corrupción en un puño, vaya. Y con la sana costumbre de reirnos de nosotros mismos, de nuestras miserias, algo que siempre es admirable y un deporte en el que somos campeones desde tiempo inmemorial y en el que nuestra destreza enmudece a cualquiera. El imperio del humor que es lo que nos queda, después de siglos en los que hemos dilapidado nuestro crédito político, social y económico, para satisfacción de adversarios y enemigos, que se frotan las manos con la torpeza patria.
Sin embargo, el asunto de los gemelos puede servir, no solo para que esbocemos una sonrisa, sino también para emprendedores que quieran idear y comercializar un producto. En Segovia tendría cabida algo de esta índole. Más allá de poner en el mercado camisetas y demás con cochinillos de todo tipo, acueductos o alcázares, algún creativo con imaginación podía seguir la brillante senda marcada por los tipos estos de los gemelos y engendrar objetos inspirados en las corruptelas locales. Campo hay; osadía no lo sé, pero todo es soltarse.
Me imagino corbatas y complementos varios con motivos de nuestros cercanos caraduras. Eso sí, quien se decida a poner en marcha la empresa que deje al cliente elegir el jeta al que quiere mortificar porque yo tengo algunos que posiblemente no coincidan con los de usted. Aunque les hay comunes, esos en los que está usted pensando.

El tren que agoniza

El lobo ya llega. Y no es una fábula, ya saben aquella del pastor que gastaba la broma de dar la alarma y cuando de verdad el animal más temido de los cuentos se acercó a su rebaño pudo zamparse las ovejas sin oposición de los vecinos, que no le creyeron y no acudieron en su ayuda. Pues el lobo ferroviario parece que ya está muy cerca de Segovia y en esta ocasión tiene todos los visos de ser cierto, de no ser ni una falsa alarma ni una guasa. Y viene para dar un golpe mortal a la agónica línea convencional que nos une con Madrid.
Es una lástima, que duda cabe. Y lo es por motivos sentimentales, ya que precisamente el próximo mes de junio –el día 29, San Pedro, patrón de las fiestas de la ciudad para más curiosidad– se cumplen 125 años desde que comenzó a funcionar la conexión con la capital de España, aunque la línea ya estaba cuatro años antes. A esta melancolía de lo que fue se suma el servicio que presta a los habitantes de los pueblos en el corredor del sur desde la capital segoviana hasta llegar a El Espinar. Pero la nostalgia, la belleza del viaje –que servía de inspiración a Machado en el largo tiempo del traqueteo– no ha de impedirnos ver que el recorrido entre las dos ciudades por esta línea es antieconómico, con escasos viajeros, tan exiguos que a veces su número es cero.
El Gobierno planea suprimir el histórico tren a Madrid, pero mantenerlo hasta Cercedilla y allí si uno quiere seguir, seguro que hay conexiones. Lo que se quiere finiquitar es el puerta a puerta, el enlace directo de Madrid al cielo segoviano o al contrario. Es la consecuencia del Ave, ese invento que nos iba a poner en el mundo mundial y que iba a llenar la ciudad de gentes de todo tipo que poblarían nuestras viviendas y ayudarían a crecer nuestros negocios. Es evidente que nos permite ir y venir con más celeridad que por la vieja línea, ahora venir lo que se dice venir aquí a quedarse entre nosotros no ha venido nadie que yo sepa.
El concepto de este plan es evitar lo ineficiente, lo que no renta y además cuesta. Vista la situación parece razonable acabar con lo que nos resta y no nos da, para que no se cumpla aquello de quita y no pon y se acaba el cajón. Así es en las infraestructuras ferroviarias o en cualquier otro sector. Y a mí se me ocurre aplicar estos planes para liquidar gastos insostenibles a otros ámbitos. Uno cualquiera, sin acritud, claro: el de los políticos intermedios. Piensen ustedes que los de Bruselas son como el Ave y los locales y cercanos son el tren a Cercedilla, con paso por varios pueblos y servicio próximo a los ciudadanos. Pero nos quedan miles en el medio, que son como el tren directo a Madrid por la añeja línea, que no utiliza casi nadie y, lo que es peor, que desconocemos para qué sirven si ya tenemos la alta velocidad europea donde se decide sobre nuestras vidas.
Realizada la comparación, la conclusión es que sobran esos políticos que habitan en el medio, que como en el caso del tren de la sierra no deberían contemplarse como obligación de servicio público. Podemos vivir sin ellos, sin sus sueldos, prebendas y privilegios. Y como con el agónico ferrocarril nos invadirá la añoranza de pensar que un día teníamos posibles para mantener románticos trenes deficitarios y políticos a mansalva. Pero a estos últimos nadie les echaría de menos. Creánme, que ni por melancolía.

El gusto por las apuestas

La renuncia de Benedicto XVI ha marcado nuestra existencia en este último mes. Desde su reubicación en la jerarquía de la Iglesia hasta la elección de su sustituto, todo ha sido un continuo bombardeo de información, de bendita información. Y entre tanto hecho histórico a uno se le quedan cosas que espero almacenar en la memoria para que me pille más instruido en el asunto cuando se produzca otro cambio de pontífice, algo que dada la edad del recién designado es obvio que será más pronto que tarde. Y espero verlo, claro.
Decía que uno retiene detalles cuando algo está llamado a entrar en los libros de Historia, como es el caso. Quién no recuerda dónde estaba el día que murió Franco o en la inquietante jornada del golpe de estado del 23-F; o ya en este siglo el 11-S o el 11-M. Y si me apuran y para demostrar que hay hechos que marcan para toda la vida, nuestros ascendientes que aún pueden contarlo recuerdan dónde estaban el día que terminó la guerra civil en el lejano 1939.
Pues de este asunto –ya noticia del año en este recién estrenado año 13–, espero recordar el sistema de elección. El proceso es curioso y le tachan de anticuado por no utilizar las llamadas nuevas tecnologías, a las que por cierto deberíamos quitar el calificativo porque ya llevamos conviviendo con ellas muchos años y de nuevas tienen poco. Fumata negra, fumata blanca; extra omnes; camarlengo; la capilla paulina y la capilla sixtina. Todo son términos que han estado entre nosotros en estos días que han cambiado la Iglesia.
Y dentro de que este método electoral, con todas sus curiosidades, me llama poderosamente la atención, aún más lo hace el tremendo gusto por las apuestas que tenemos, en un proceso rodeado de tanta solemnidad. Sí, las apuestas por tal o cual cardenal y sus pertinentes explicaciones me han dejado con la boca abierta. Y no lograba cerrarla cuando leía que, por ejemplo, un candidato africano, de Ghana para más señas, tenía en su contra que se había exhibido demasiado y que acumulaba muchas meteduras de pata. Pues vale, por este ya no apuesto. O el arzobispo de Hungría del que decían se le veía muy joven –solo 60 años le contemplan– y con poco carisma.  Por este, tampoco. O un italiano del que aseguraban que los extranjeros, los no italianos,  desconfiaban de él. Y así hasta una docena de papables, con sus argumentos a favor y en contra. Todo muy adecuado y respetuoso para el asunto.
Y miren por donde que entre esos candidatos objeto de apuestas no estaba quien ganó, el ya Papa Francisco, argentino y jesuita, dos condiciones que parece le descartaban. Las casas de apuestas no previeron que todo esto es tan singular que de nada sirven los criterios de otras elecciones o competiciones; que aquí las cosas están en manos de personas que muchas de ellas se guían por señales divinas y no por argumentos terrenales. Y así, claro, ya ven que nadie acertó.
Sin embargo, el gusto por apostar no se detiene porque ahora llegan los pronósticos sobre cuál será el primer país que visite el Papa o si hará una limpia en la curia para quitarse de en medio a quienes no comulgan con él aunque aquí comulgar, comulgan todos. O con qué sobrenombre se le conecerá al pontícife, si ‘El Papa de los pobres’ o ‘El Papa rompe esquemas’ o algo así. Hagan apuestas, que en esto no hay credo ni fe diferente, porque, como a los ojos de Dios, aquí todos somos iguales y tenemos las mismas posibilidades de atinar, que son muy pocas, visto lo ocurrido en el cónclave que nos ha ocupado en este ocaso del invierno.

Los malos ejemplos

Observaba el otro día en San Marcos a unos japoneses o lo que fueran, que en esto de distinguir asiáticos el único que lo logra es mi amigo Pablo ‘bigotes’ –Pablo Martín, el presidente de los sumilleres, el de Cándido para entendernos–. Los tipos miraban de abajo a arriba el Alcázar no sé si esperando que saliera el mismísimo Walt Disney o alguna de sus creaciones, pero el caso es que fijaron su mirada mientras movían los brazos e indicaban la fortaleza como esos políticos que posan a la vieja usanza con el dedo extendido como si les interesara el asunto. El caso es que continuaron un buen rato y como uno en esto de los idiomas es básico, y más en los orientales, no pude entender lo que les inquietaba.
Sin embargo, conseguí deducir que lo que no les cuadraba eran los andamios que desde hace días están instalados en el monumento. Ni a sus ojos ni a las fotografías. Ni a ellos, ni a mí, ni a nadie. El andamiaje, necesario para la obra, algo evidente, se adorna con una pancarta de publicidad que nada aporta y todo afea. En la misma se indica el nombre de la empresa que acomete los trabajos, cosa innecesaria salvo que me cuenten que es un mecenas que paga las obras; pero no lo creo. Si allí se publicitara la última película de Disney o una multinacional con sus euros o dólares, encantado de que pongan lo que haga falta, que no nos sobra el parné y hay que rentabilizar el patrimonio.
Sea como fuere, el asunto es un mal ejemplo. Nos cuentan a usted, a mí y, sobre todo, a los chavales que hemos de ser respetuosos con ese patrimonio que han de heredar nuestros descendientes y que en Segovia todos vivimos de esto, de forma directa o tangencial. Pues, excepto que discutieran por otro asunto que se me escapa, a esos asiáticos no les gustó nada la vista, presumo por sus caras y su tono de voz. Y eso no nos conviene, como tampoco ese edificio en la pradera de San Marcos o, también en ese pintoresco barrio extramuros, la posibilidad de que se construya junto a la singular iglesia de la Vera Cruz.
No nos conviene este mal ejemplo y los que están por venir, porque estamos sobrados de modelos perniciosos. Y en esto el fútbol se lleva la palma. Jóvenes futbolistas millonarios con vehículos cuyo coste alimentaría a decenas de familias durante meses circulan a gran velocidad o sin carnet. Ellos, que son ídolos para muchos de su generación, con su actitud destrozan todo el esfuerzo de padres y profesionales de la educación. Y además no podemos quejarnos porque ya saldrán tertulianos de esto del deporte con menos luces que el barco de Chanquete a defenderlos y a decir que somos unos envidiosos y que en lugar de apretar los codos o aprender un oficio hubiéramos sido habilidosos con la pelota.
Y para remate –nunca mejor dicho en esto del fútbol– Fernando Alonso, este chico de la Formula uno que va en un Ferrari y le pagan por ello, ofrece otro mal ejemplo. Fue antes de un partido esta semana, de esos calificados del siglo como tantos otros, cuando no se le ocurrió nada mejor que decir que hay que ganar aunque sea de penalty, en el último minuto, en fin, como sea. En la televisión pública, para más forofismo estúpido. Y a uno se le revuelve todo, hasta la primera papilla, para recordarle a este joven sobradamente millonario y escasamente atinado, que para muchos es modelo –absurdo, pero así es–, que la cultura del vale todo con tal de vencer nos ha llevado a la situación en la que estamos. Pero mucho me temo que no lo entenderá y que con ese espíritu cuando deje de conducir en circuitos dará malos ejemplos en las carreteras.

Sin cadáver no hay delito

Lo ocurrido y lo que está por ocurrir en la extinta Caja Segovia alimenta teorías y consecuentes soluciones de toda índole. Desde quien reclama que se investigue, que se judicialice cada paso que se dió en los últimos tiempos de la desaparecida entidad y que se emplee mano dura, hasta quien comprende una situación que ha sido y es mal de todos y que las circunstancias generales han abocado a la caja a su muerte, como a todas las entidades de ahorro del país; que aquí no somos diferentes y en la quiebra general del sistema la aportación de nuestra caja ha sido un granito en un desierto lleno de arena.
Entre esos dos extremos, navegan teorías más o menos inclinadas a uno u otro lado. Y una de ellas creo que resume no sé si lo sucedido, pero sí lo que puede suceder: que sin cadáver no hay delito. Lo dice un amigo mío y bautiza el argumento como ‘teoría Marta del Castillo’, esa joven, ya saben, que desapareció y cuyos más que probables autores o cómplices de su muerte se aferran a que si no se halla el cuerpo es difícil probarlo.
Pues en Caja Segovia, es evidente que ha habido un crimen, que alguien o algo sobrenatural –que excusas hay siempre y a veces de lo más absurdas– se ha llevado por delante una entidad con casi siglo y medio de historia y que la víctima, rica y famosa, no es cualquiera y el móvil es irrefutable: el dinero. En la manera de cometerlo ha habido ensañamiento, se ha despedazado el cuerpo en varios trozos en forma de hipoteca y el arma utilizada ha sido abyecta, ganándose la confianza del entorno de la víctima, que no es otro que los miles de segovianos, impositores o no, que consideraban a la difunta como algo suyo y muy suyo.
Ni rastro del cadáver, entonces; y agarrado a eso están los supuestos autores. Nada se puede demostrar. Y sin los restos mortales no hay ser humano que tenga la osadía de acusar a nadie. No hay certeza de que alguien haya perpetrado un delito, porque el cadáver no aparece. Y claro aquí llega la consecuencia fundamental de esta teoría: se han borrado las pruebas para que el crimen nunca se resuelva. ¿Y cómo? Tan fácil o tan complicado como integrarlo en más crímenes, los de las demás cajas, para que nadie se fije en el nuestro y se pierda en la amplitud del genocidio de las entidades de ahorro, esas que han acompañado a generaciones de españoles y que un día quisieron ser princesas de otros principados que no fueran las cartillas y las obras sociales y culturales.
El crimen además es más espeluznante si se tiene en cuenta que no solo no conformes con acabar con la entidad se han empeñado en dejar unas enormes deudas, y nunca mejor dicho, a sus deudos, porque el saqueo fue incompleto. Los herederos tratan de rehacer su vida, pero lo tienen muy complicado porque el pasivo supera a lo que quedó en la caja fuerte que no pudieron abrir el día de autos. Ahora les toca vender lo que no se pudieron llevar, aunque las cargas financieras y las trabas administrativas dificultarán la operación.
No obstante, no hay crimen perfecto y a esa esperanza nos agarramos para que se haga justicia; a esa fe y a ese consuelo nos asimos aunque ya ni nada ni nadie podrá devolvernos a la víctima, ni resarcinos de este daño social y económico irreparable a una tierra que no está muy sobrada de recursos. Al menos trataremos de honrar a la difunta con el recuerdo de los buenos momentos. El cádaver lo han hecho desaparecer y el delito es difícil de acreditar, pero los autores algún día cometerán un error y el crimen se resolverá. Y ojalá lo contemos.

El Norte de Castilla

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.