Autónomo, del PP y del Atleti

Autónomo, del PP y del Atlético de Madrid, por lo que nunca gano nada». La broma –con un componente de certeza que le confieren las cifras– es de un amigo que, desesperado, se remite a las estadísticas para defender su postulado. La crisis se empeña en seguir dándole la razón en el primero de sus amores, aunque a los otros dos parece que les ha cambiado la suerte en estos últimos meses. Los populares triunfan –con lunares típicos de vestido de sevillana– y los colchoneros se hartan de llevarse finales europeas, ante su propio asombro.
Tener pues esas tres cosas en la vida nunca había dado ni salud, ni dinero, ni amor. Me temo que todo lo contrario. Pero miren por donde que nada es eterno, que todo es mutable, que lo que hoy es un peso en el cuerpo, en el bolsillo y en los sentimientos puede convertirse en algo que otorgue alegrías, razonables y mesuradas, pero al fin y al cabo alegrías.
A mi lo de autónomo me recuerda a mi padre y a sus quejas por la suerte de los trabajadores por cuenta ajena, en especial de los públicos. Sin acritud, pero sin mover ni un ápice sus argumentos, aún hoy continúa con su recomendación de que lo mejor es tener un sueldo a final de mes y dejarse de pamplinas de triunfar en el mundo de la empresa. Parece mentira, aunque visto el desgaste de tantos años de defensa de la pyme –como ironiza otro amigo cada vez que le preguntas cómo le va su negocio– es humano que sus teorías vayan contra sus propios actos, esto es, contra su vida de empresario.
Y lo del PP ¿a qué me recuerda? Pues a tantos amigos, conocidos, con el estigma de la derrota durante años, desde aquel terrible 11 de marzo de 2004. Ahora, cuando llega el triunfo casi total, el caramelo es envenenado por otra fatídica situación: la económica.
¿Y el Atleti qué? Mi recuerdo es convencional, de desgracias muchas y variadas, y de una alineación de carrerilla –sin trampa ni cartón, porque es sin consultar en internet, que eso lo hace cualquiera– compuesta por Reina, Melo, Capón, Adelardo… por ese orden númerico, más Irureta, Luis y Gárate. La memoria ya no es completa porque el equipo es del año 1974, aquel que jugó la final de la Copa de Europa contra el entonces todopoderoso Bayern de Munich. Era niño y es mi primer recuerdo futbolero, con ese gol en el último instante de un alemán que lanzó el balón casi desde su campo y sin apenas posibilidades, en un ejercicio de constancia y fe muy germana. Yo, con mi indumentaria de pantalón de tela azul y camiseta rojiblanca, que los Reyes Magos habían tenido a bien regalarme, me lleve mi primera decepción deportiva ese día y la segunda, dos jornadas después, cuando en el encuentro de desempate los alemanes hicieron de alemanes, fiables y seguros, y arrasaron.
Después de aquello nada fue igual y mi amor por el Atleti se diluyó;ya no me cabreaba que me faltara alguno de ellos en el albúm de cromos, ni que empezara su declive en beneficio de otros, como el Barça de Cruyff, al que abrace como muchos de mi generación. Cambié la raza colchonera por el estilismo culé, a pesar de lo feo que era Asensi, como otros se decantaron por los merengues, también pese a lo poco agraciado que era y es Del Bosque.
Ya ven que ahora parece que el ‘pupas’ ha tornado en ‘pupitas’, y sus problemas son más livianos y hasta salvables. Gana, como lo hacen algunos autónomos y como en general hace el PP, para romperle la teoría a mi amigo. Pero que no se confíen, que nada es irrevocable y uno es un incrédulo, visto como está todo y que torres más altas han caido. Y si no, que se lo pregunten a Bankia y a otras entidades financieras que, mucho me temo, tienen muchas invitaciones para sumarse a esta preocupante fiesta.

Admirados inconscientes

Hace no mucho tiempo, cuando éramos más jóvenes y reivindicativos, la corriente general te llevaba a pensar que un empresario era más o menos igual a un desalmado explotador y que el capital era perverso, maligno e, incluso, inmoral. El abrazo de esta teoría se hacía normal, políticamente correcto, sin distinción de tipo de empresario;pequeño o grande, autónomo o sociedad mercantil, no importaba siempre que el fulano se presentara como empresario o industrial, denominación esta última que también se utilizaba por diferente y como con más empaque porque transformar algo para convertirlo en un producto siempre parece más meritorio que te lo den hecho y tú simplemente te dediques a comercializarlo.
No tenía pues, en general, buena prensa ser empresario. Pero todo cambia y que yo cambie no es extraño, decía Mercedes Sosa, cantante argentina símbolo de la convulsa historia en la segunda mitad del siglo XX de un país que ahora vuelve a entrar en efervescencia revolucionaria, aunque esta vez desde el poder y no por razones ideológicas, sino económicas. Cambia así la percepción y cambia también la semántica de empresario, que ya se ha convertido en emprendedor, un término más suave y con connotación positiva. Lejos queda –salvo para algún nostálgico de un lado y de otro– el concepto de explotación del hombre por el hombre, la imagen del empresario ávido de dinero y romo en responsabilidad social. Ahora todos estamos en el mismo barco y, fatalmente, remando en contra del viento.
Emprendedores, sí; empresarios o industriales, ya solo en la memoria. Emprendedores que no solo son aquellos que se inician en este proceloso mundo de la empresa, sino que abarca a todos, incluso a quienes llevan años y años como trabajadores por cuenta propia. Un ejemplo, sano y admirable, es la visibilidad que se quiere dar a estas personas a través de unos programas de televisión de La 8 de Segovia. Emprende el canal, por tercera ocasión, ‘Segovianos con proyección’, una suerte de reconocimiento a quienes dejaron esta tierra para triunfar más allá de la sierra o de los pinares.
Son siete éxitos de paisanos, de «inconscientes», como asegura uno de ellos, Francisco Escorial, del grupo AR Hoteles, con establecimientosy empresas aquí y, sobre todo, en Almería. Eso es lo que considera que necesita un emprendedor para triunfar: una buena dosis de inconsciencia y de creer mucho en sí mismo. Es una forma de apreciarlo desenvuelta y sin prejuicios, como también lo hace la matriarca de la familia Bermejo Garrido, del restaurante Las Murallas de Ávila, para quién su especialidad culinaria no existe «porque todo me sale bien». Así, sin ambages, sin sutilezas que valgan, que entre los fogones no se hacen prisioneros.
Historias pues ordinarias de personas extraordinarias, que no solo se niegan a tirar la toalla sino que hacen esta cada vez más limpia y mejor. Es el caso de Pedro Moreno de Frutos, en su pueblo pastor de ovejas y ahora, después de un dilatado camino de esfuerzo, con Iberext, una empresa de tecnología formidable dedicada a la protección contra incendios en la localidad madrileña de Arganda del Rey. Pedro mira a los ojos y habla con una naturalidad que parece restar importancia a su obra. Como también lo hacen Carlos González, de Asfaltos Vicálvaro, en Toledo; Javier González, del restaurante El tronco segoviano, en Valencia, o el cocinero del reputado Santceloni de Madrid, Óscar Velasco.
Y para completar estos siete magníficos, Eulogio Gómez, que posee una discoteca llamada Imagine en Punta Cana, en la República Dominicana, un lugar al que me ofrezco a ir de enviado especial–como supongo cualquiera de ustedes– para contarles cómo se vive en la inconsciencia de ser un emprendedor, antes llamado empresario y aún antes, industrial.

Las peripecias del lenguaje

La utilización del lenguaje es una fuente inagotable de curiosidades. Las palabras que pronunciamos nos pueden llegar a perseguir toda la vida; y la interpretación de las mismas por los demás nos suele llevar a una situación de sonrojo o de broma eterna. Casos hay, mediáticos y también cercanos, que seguro que cada uno de ustedes tiene alguno en la cabeza. «No utilices palabras esdrújulas», me recomendaba con ironía mi padre cada vez que de niño daba una patada al diccionario, al tiempo que se reía y perdonaba –como es lógico hacerlo con sangre de tu sangre–  mi impericia lingüística o, si prefieren, mi asnada.
Decía que casos existen y pregunten, que lo más probable que al relatárselos pasen un buen rato, alejados de temas tan apasionantes como la prima de riesgo o la táctica del enojo de Mourinho. Estos, en cambio,  son episodios simpáticos por intrascendentes como el que hace poco al hablar del asunto me contaba un amigo que conocía a una persona que al llegar tarde afirmaba que había perdido ‘la loción del tiempo’; o aquella señora que se empeñaba en decirle a mi madre que la hija de no sé quien había crecido tanto en tan escaso tiempo que estaba muy ‘estirilizada’.
Y otro sucedido, que esta vez viví siendo un chaval un día que acompañaba a mi madre a visitar a una mujer que había trabajado en casa de mis abuelos; fuimos a un barrio de casas molineras a las afueras de Valladolid en su seat 133 –el equivalente al coche más pequeño del mercado, para quienes tengan menos edad– con tanta prudencia que el viaje se me hizo una auténtica excursión. Ya en la vivienda la conversación fue extensa y en un momento de la misma, Calixta, que así se llamaba o se llama la mujer, contó lo que le sucedía a una vecina:
-Habla con su marido que está muerto y a mi me da miedo porque se queda en ‘chasis’, relató.
-En ‘chasis’, dijo mi madre con cara de sorpresa pero seguro que consciente del error.
-Sí, sí, en ‘chasis’, con los ojos como una loca, insistió mientras se persignaba y miraba al techo de la habitación.
Yo no me atreví a mirar a mi madre, que tenía la risa fácil y un amplio sentido del humor. Nos despedimos y durante el largo tiempo de viaje de vuelta –por lo que les contaba de su forma de conducción tan poco arriesgada– no paramos de comentar el asunto, mientras le decía a mi madre que acelerara no fuera que la señora al entrar en ‘chasis’ comenzara a levitar y nos alcanzara. La anécdota está en la intrahistoria de mi familia, como estoy convencido que en cada casa ocurrirá algo parecido.
Y en éxtasis –o en ‘chasis’ que ya a estas alturas del artículo seguro que han asumido como palabra adecuada para estas situaciones– llegaron a estar quienes asistieron a la rueda de prensa que el entrañable Paco del Caño ofreció al día siguiente de los atentados del 11-S. Presentaba el incansable trabajador municipal de la ciudad una de las múltiples actividades en las que se embarca, cuando se vio en la obligación de hablar de la tragedia de las torres gemelas. Abrumado por la situación quiso empezar su alocución con una referencia al asunto y dijo: «Quiero reivindicar los atentados de Nueva York…», ante el estupor primero y la carcajada, después, de quienes asistían a tan trascendental declaración. Pero Paco, con mucho aplomo, continuó para explicar, como es obvio, que lamentaba lo ocurrido. Ya veían todos que de un momento a otro la CIA, el FBI, la Interpol y hasta la Policía Municipal de Algete iban a desembarcar en Segovia y no precisamente a hacer turismo.
Ya ven que el uso del lenguaje, la comunicación entre seres humanos, a veces lleva a peripecias inesperadas que nos pueden conducir a perder la noción del tiempo, mientras vemos pasar a una mujer estilizada para entrar en éxtasis y al final reivindicar que somos Bin Laden con hechuras de segovianos.

Las ambiciones fraccionadas

Fraccionar las ambiciones o, lo que es lo mismo, ir poco a poco para lograr unos objetivos, que han de ser siempre realizables, posibles, ayuda a evitar el fracaso en cualquier orden de la vida. Es una filosofía vital que todos aplicamos alguna vez y que cuando sale es una bendición, pero cuando no lo logramos hace que lo justifiquemos en que quizá el empeño era exagerado, que no valemos para tanto, con la consecuente desmoralización. No todos tenemos los mismos talentos y triunfan quienes sin importarles la trascendencia de lo que hacen se especializan en algo, por muy necio y trivial que sea.
Todo esta reflexión, que puede parecerles inadecuada, viene inducida por las palabras de Josef Ajram, un catalán treintañero, triunfador en la bolsa –o eso dice– y dedicado a algo que ya se convierte en una epidemia: el deporte extremo, eso de correr por desiertos, bajar montañas, nadar como Tarzán o pedalear como si no hubieran inventado vehículos más cómodos, esos que llevan motor. Sus frases, sus vivencias, en la inauguración en el teatro Juan Bravo de un congreso de empresas y finanzas de Caja Rural, dieron un vuelco a lo que uno entiende por una reunión de este tipo; convencionalismos abajo, pensaron los responsables, y vamos a hacer algo diferente, no tan sesudo, con la relación entre economía y deporte, que se parecen porque en los dos ámbitos siempre vence la cultura del esfuerzo.
Economía, sí, la dichosa madre de todas las conversaciones ya hasta la náusea; y deporte, sí, también asunto recurrente como pocos. Pero ambos temas encantados de conocerse y de darnos la matraca. Quien ahora no posee alguna noción de estos asuntos, tiene un déficit o está en fuera de juego social, por emplear términos que les son propios de sus jergas. Como también ocurre con no hablar con solemnidad de vinos, no estar a la última en el devenir de la casa real o en las novedades de las esclavizantes y tontunas redes sociales y sus aparatos con nombres que despedazan el castellano.
Ambiciones fraccionadas y especialización son pues las recetas que todo lo curan, sin necesidad de pagar algo más, como nos va a tocar con las prescripciones médicas. Y, además, responsabilidad social para que a quien le vaya correcto –que levante la mano sin pudor– tenga la grandeza de espíritu de animar a otros a que crean que todo tiene arreglo, que de esta salimos, con buena gestión de los recursos de cada uno y corriendo como locos por eriales, montes o llanuras, que cuanto peor sea el escenario para hacer deporte, mejor, y que ya no vale echar la culpa al empedrado, que el adoquín lo tenemos más en la cabeza que a nuestros pies.
Anhelos fraccionados, como le ha ocurrido a la Gimnástica Segoviana, cuyos objetivos económicos y deportivos han sido empeños abarcables, como mandan los cánones de esta filosofía que les explico, pero al final no resueltos. Uno, los dineros, poco a poco, que aquí el plazo es más flexible y otros, los resultados del juego, más inmediatos, aunque con el amargor de que el objetivo de la permanencia no se ha obtenido. Pero da igual. En un club donde en su historia han ocurrido tantas y tan variadas cosas, esto del descenso al hábitat tradicional de Tercera División es algo baladí. Y sé lo que digo si se tiene en cuenta que cosas más raras se han visto, como que fuera médico del equipo un ginecólogo, el ya desde hace años diputado provincial José Carlos Monsalve. Puedo imaginarme la cara de estupor e incluso de terror de los jugadores al conocer su especialidad. Pero ya se sabe que si se persigue con decisión, el empeño se puede conseguir.
Ya ven que no es tan raro unir economía y deporte, que pueden compartir filosofía y hacerlo todo más grato. Que para ser brillante solo hace falta creer en uno mismo y ponerse unos objetivos razonables, sin necesidad de torturarse como estos deportistas extremos.

Protagonistas para siempre

Qué tienen en común las aventuras extremas de Luis Alonso con el heavy largo y hasta clásico de la banda Lujuria? ¿ O en qué se parecen, que no sea la juventud, el laureado atleta Javier Guerra y el torero de nuevo cuño Víctor Barrio? ¿Y en qué coinciden el actor Luis Callejo con la empresa de pañales y compresas Ontex? En principio en nada, como tampoco el abnegado Banco de Alimentos con el brillante director de cine David Pinillos o con la incansable Ronda Segoviana;o la exitosa y masiva Media Maratón con el entrañable personaje Ángel Román ‘el minutero’. Hasta ahora, en nada de nada, como un huevo a una castaña. Pero, cosas de un certamen, desde este momento estarán ya unidos para siempre.
Les hablo de la vuelta de dos clásicos, fundidos en uno: los premios Protagonistas-Segovianos Bien Vistos que, como les ocurre a los galardonados, por capricho del destino viajan por primera vez en el mismo vagón, en un retorno propiciado por Punto Radio, Óptica Damián y este diario. Un experimento que devuelve a primera línea dos actos sociales unidos en uno y que seguro traen buenos recuerdos a los muchos segovianos que han visto reconocida su labor a través de ambas distinciones. Ahora están juntos, hermanados, con la intención de devolver la sonrisa en unos tiempos que pueden calificarse de todo menos de amables.
Decía que antes de ellos hubo más y en liza con ellos, también. Pueden imaginarse que muchas propuestas estuvieron en la mesa del jurado y no les voy a contar, por obvio y manido, que todas se lo merecían; en cambio, sí puede decirles que todos los candidatos tenían algo en común: un segovianismo que sería la envidia de cualquier terruño, patria o como quieran llamarlo. Esto es así: austeros, serios, pero entregados a lo nuestro.
Hay dos de los premiados que han sido protagonistas en los últimos días y ambos por osados y valientes. Luis Alonso, el intrépido atleta solidario, es un caso extraordinario. Con 30 grados bajo cero corrió un maratón en el Polo Norte; quedó segundo de cuarenta participantes y tardó tres horas menos que las siete que emplearon muchos de ellos. Casi nada y no por ya contado deja de impresionar. En breve participará en una carrera consistente en subir escalones en la Muralla China y continuará con otras cositas de nada, como un ultramaratón en México, en la Patagonia o en Nueva Zelanda. De lado a lado del mundo en una aventura detrás de otra, como proezas de héroes mitológicos. El otro gran arrojado es Víctor Barrio, premiado por torero. Sí, así, por torero. Hacía mucho tiempo que no había un matador de la tierra y la alternativa del sepulvedano devuelve el gusto taurino que se respira en toda la provincia. Excuso explicarles que si lo de Luis Alonso es valor, lo de ponerse delante de un toro, digan lo que digan los detractores del espectáculo, tiene narices y algo más. En eso supongo que estaremos todos de acuerdo.
Y si Luis corre, salta o lo que haga falta, también lo hace Javier Guerra y los miles que se apuntan a la muy social Media Maratón, que lidera Fernando Correa. Y si Víctor es torero, también han de torear con la maldita crisis los del Banco de Alimentos, con Rufo Sanz a la cabeza, o la empresa Ontex, que dirige Miguel Ángel González, que, aunque fabrique pañales, ya es madurita y consolidada en facturación y empleo. Y si a Luis le van a conocer en todo el mundo, el mismo camino llevan el director David Pinillos y el actor Luis Callejo; segovianos que recalcan su condición en cualquier foro hasta saciarnos. Y si sonará la música para Víctor en las plazas, los acordes de la Ronda Segoviana y de Lujuria lo hacen desde tiempo ya casi inmemorial; por todas partes y entre ambos para todo tipo de público, como a los que se dirige desde aún hace más años el apreciado Ángel Román, ‘el minutero’ de la Calle Real.
En mayo compartirán escenario y como dice mi amigo Luis Martín, alma de esto, Segovia necesita una fiesta así. Y más ahora, añado.

Subvencionados, pero menos

Más cine, por favor, cantaba Aute, que añadía que todo en la vida es cine. El cantautor lo decía en unos tiempos, hace casi treinta años, en los que el cine vivía el inicio de lo que sería su gran crisis a finales de los 80, con el cierre de numerosas salas ante el empuje de los nuevos canales privados de televisión y de un nuevo ingenio doméstico: el video. Aute reclamaba más y más, pero los tiempos se empecinaban en menos y menos. El cine se dio así de bruces con lo que más temen los artistas: la indiferencia del público, que dejó de ir a las salas para abrazar la nueva religión del mando a distancia, el sofá de casa y las pizzas a domicilio. El acto social de ir al cine había terminado y con ello un vehículo cultural de masas, unas masas que se inclinaron por otras opciones de ocio.
Luego adaptándose a los tiempos llegaron las multisalas, pero ni aún así el cine volvió a ser lo que era. Los tiempos de los aforos completos no regresaron y paulatinamente el negocio entró en una espiral de decadencia que todavía continúa. Y en todo ese cúmulo de circunstancias adversas, el cine español, que nunca había sido objeto de la preferencia del público ni de los distribuidores y exhibidores de películas, sufría más que cualquier otro. Pero hete aquí que ‘papá Estado’ acudió al rescate y llovieron millones para evitar que el enfermo falleciera. Hubo un generoso reparto de dineros para la ayuda a la producción de películas patrias, ante la protesta de una parte de la sociedad, que identificaba a los ‘peliculeros’ con gentes sobradas, primero de pesetas y luego de euros. Aquello de titiriteros millonarios o subvencionados a la sopa boba llenó los medios de comunicación, en una polémica eterna que tuvo su punto álgido con la participación de actores y actrices en manifestaciones contra el ejecutivo de Aznar por cuestiones nada relacionadas con el cine. Los Bardem y sus huestes pasaron de esta forma al imaginario colectivo como estiletes para tratar de derribar un gobierno.
Las ayudas siguieron hasta que la crisis, esta vez general y no solo de este negocio, ha convertido el cine español en una quimera, una ficción al más puro estilo del arte cinematográfico. El último plano que parece conducir al ‘the end’ es el recorte en los presupuestos de este año de un tercio de las subvenciones públicas, aunque las partidas para los festivales se mantienen. La tendencia es dejar resoplando las producciones caras, a los consagrados, y volver la mirada a los pequeños con la microfinanciación, el micropatronazgo a través de Internet, algo que se extiende, para que quienes carecen de posibilidades económicas suficientes puedan realizar películas.
Mientras y observando el plano local, la ciudad se mantiene como una de las menos dotadas de salas, con dos multisalas privadas y la curiosidad que ninguna en el centro. Un caso que acredita que el negocio está degradado y que es una tragedia. En el otro plano, en el de la comedia, David Pinillos, el joven y triunfador director segoviano, Goya a la mejor dirección novel, confiere una sonrisa a toda esta película de terror financiero.
Todos estos malos tiempos para la lírica del cine contrastan con el camino franco para el deporte. Las subvenciones para su impulso se incrementan en las cuentas públicas, sin duda en un guiño a algo que nos une más que el cine y cualquier otro asunto. Hacer deporte aficionado y que hagan deporte con éxito los profesionales es algo que se abre paso frente a otro tipo de ocio, como la cinematografía y las artes audiovisuales, que así de pomposo es el instituto que gestiona la ayuda a los ‘peliculeros’. Mente sana, en un cuerpo sano, frente a las malignas películas.
Pues bien, allá cada uno con sus gustos. Yo, por evidentes razones sentimentales –mi padre fue empresario de cine hasta su jubilación–, me inclino por la butaca, sobre todo porque es más cómodo.

El cielo de la inocencia

Me gustaría que me permitieran que pase de largo de asuntos que nos preocupan y que hable de otras cosas, de esas del día a día y que a uno le hacen sentirse vivo. No hablaré pues de la huelga general, de su guerra de cifras y de si su impacto ablandará la conciencia del Gobierno o, como mucho me temo, las exigencias de Europa prevalecerán sobre las peticiones de los participantes en el paro. Y bajando a la arena local, tampoco hablaré del ardor de estómago del alcalde de la ciudad, a causa de la canción del grupo del mismo nombre en la que se injuriaba a la Casa Real y sobre la que, según sentencia judicial, debió tener un «mínimo control» para que no se editara en un cedé municipal.
Me perdonarán también, si así lo quieren, que no hable de la deuda del fútbol, otro asunto que ha llenado la actualidad. Más de 720 millones de euros deben los clubes, 78 de los cuales corresponden a los que militan de Segunda División B hacia abajo, prácticamente la misma cifra que mi querido Pucela. Casi nada lo del ojo, y lo llevaba en la mano. Un ‘fregao’ de seis o siete estropajos, vaya. La Gimnástica Segoviana está en ese mundillo de morosos, aunque sus cifras son una porción diminuta de lo que acontece en otras casas futboleras.
No hablaré de nada de eso,  aunque supongo que habrán notado que ya lo he hecho, claro, que uno tiene sus trucos para decir sin decir. Y todo porque quiero relatarles la historia de un conejo. Sí, de un conejo, o mejor, de una coneja. Verídica y vivida esta semana en mi casa. Teníamos –bueno, mis hijas, que esto es cosa suya– dos conejos, de raza francesa, que son, para que ustedes no acudan a internet a buscarlo, como un peluche, con patas muy cortas y un crecimiento mínimo. Eran macho y hembra, Pepo y Lola de nombre de cuna, aunque con sucesivos debates y posteriores cambios. En fin, cada una le llamaba como quería y yo, para desmarcarme de esta tiranía infantil, me dirigía a ellos como bichos.
En su jaula, con su bebedero, armaban bastante barullo, ya que, rumbosos ellos, se dedicaban a perseguirse en tan poco espacio. Los adultos llegamos a la conclusión que, en breve, los animales pasarían de niños a adultos con el consiguiente peligro de procreación en masa, dada la bien ganada fama en este sentido de los conejos. Y decidimos regalar uno de ellos, en una forma sutil de arreglar nuestra inquietud y trasladar el pequeño problema a otro domicilio.
Las niñas eligieron a quien consideraban la hembra, que viajó a un pueblo de la provincia a una casa con jardín, algo más adecuado para un bicho. Pero el infortunio se cebó con el animalito y el ataque de una culebra acabó con su vida. El disgusto de las nenas fue considerable, aunque al final lo consideraron ley natural que un animal termine con otro. Ese mismo día descubrimos que quien estaba con nosotros era una hembra, al tener una cría que nació muerta. «Vaya mala suerte que tiene Pepo, bueno Pepa –al final le cambiaron el nombre–; se ha quedado sin novio y sin hijo», aseguró Candelita con su lógica de nueve años.
Y un par de meses después, sí llegó la gran tragedia. Pepa estaba rara; como tirada en su jaula y comiendo poco. No resistió, creemos, cierto olor a gasoil procedente de la calefacción y que para los humanos era leve, pero quizá para ella fue mortal. La encontraron muerta a primera hora de la mañana y las nenas fueron al colegio envueltas en lágrimas. A mediodía me lo contaron con los ojos aún hinchados.
-«Se ha muerto Pepa», me anunció la mayor, Carolina.
-«Qué pena, pobrecita –respondí en un intento de mostrar aplomo– Si queréis podemos ir a la tienda a por otra, que seguro que allí tiene familia».
-«No, porque a Pepa no le gustaría si lo ve desde el cielo de los conejos o dónde allá ido», razonó Olivia también con sus nueve años, siempre tan ponderada, al tiempo que su melliza zanjaba: «Claro papá, no es un juguete».
Después de la lección que me dieron, del castigo a mi materialista propuesta, se levantaron y miraron la jaula en la terraza, quizá con la esperanza de haber visto algo moverse. Seguro que fue Pepa desde su cielo, que ni es una juguetería, ni un lugar con huelgas, insultos o deudas. Es el cielo de la inocencia, esa que no recuperaremos.

Mucho arte en pocos metros

Revisar es revivir, resucitar, y evitar que olvidemos, aunque sea eventualmente, a quienes han sido grandes. Dos exposiciones en Segovia así lo acreditan: por un lado, Esteban Vicente –ese segoviano con acento americano o al revés, que tanto monta– y, a unos metros en la delicada plaza de San Martín, Pablo Picasso. Dos personajes universales, con una diferente carga mediática, pero al fin y al cabo compatriotas que moraron fuera de nuestras fronteras pero que nos recuerdan que no solo somos españolitos ya que a veces nacen españolazos.
Los dos reunidos en Segovia, a unos metros de distancia, decía, para alegrarnos esta perra vida. Los colores de Esteban, sus deliciosos ‘toys’ y, en conjunto, su coqueto museo iluminan una ciudad que siempre ha presumido –y con pruebas irrefutables– de poseer una luz envidiable, de ser, en definitiva, la luz de Castilla. Su pintura, sus juguetes y su obra gráfica demuestran el carácter versátil de este hijo pródigo, que hizo las Américas para volver en forma de museo a la tierra que le vió nacer.
En la exposición, que pude ver con los Amigos del Museo y con el lujo de contar como guía con la directora, Ana Martínez de Aguilar, me llamó la atención, por novedoso para mi, las ilustraciones de Esteban Vicente en curiosas publicaciones y el libro del pintor ‘A mis soledades voy, de mis soledades vengo’, en el que junto al poema de Lope de Vega que le da título conviven otros autores de la literatura española del Siglo de Oro. Las palabras de Garcilaso, Cervantes, Calderón o Góngora dan fuerza a las serigrafías, en una edición especial que provoca una sacudida a quien la contempla. Es algo exquisito que, si tienen la oportunidad de ver, les recomiendo vivamente.
Y vista esta revisión de Esteban en la casa que lleva su nombre, muy cerca, en el Torreón de Lozoya habita hasta finales de mayo, Picasso, con la colección de la última serie de grabados que realizó, en los albores de los setenta. Son obras de la vejez del artista malagueño, cuando se apagaba ya su estrella en la tierra para dar el paso de acceso al cielo de los mitos. La muestra es una película erótica, con 156 planos de figuras retorcidas, cada cual más provocador, con burdeles, prostitutas y sexo, mucho sexo descarnado y explícito. No apto para quien considere soez los desnudos o para quien el pudor le impida disfrutar de la singularidad del genio. Son aguafuertes con más de la última parte de la palabra que de la primera.
Dos propuestas, pues, diferentes, pero conectadas. De las soledades que toma Esteban Vicente de Lope, a los tumultos de las escenas de prostíbulos de Picasso. De la soledad del verso con el que continúa el título de la obra de Esteban Vicente –«porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos», dice Lope–, al sexo como arma artística del malagueño. Todo, ya les digo, en unos metros.
Como muy cerca también, en el mismo recinto, están obras de Picasso y Vicente. Es en el palacio de la Moncloa, a cuya pinacoteca extraordinaria se ha unido por decisión de su nuevo inquilino, Mariano Rajoy, un lienzo del pintor de Turégano. Si a Felipe González le gustaba el malagueño, al actual presidente del Gobierno los colores de Esteban Vicente parecen darle sosiego para afrontar el complicado mandato que le espera.
Vecinos circunstanciales en Segovia y ahora permanentes en Madrid, Esteban Vicente y Picasso bien merecen la atención de los miles de corredores que participan hoy en la masiva Media Maratón. Si están más de veinte kilómetros corriendo, ¿qué es para ellos ‘hacerse unas salas’ en estos museos, que además están casi contigüos? Supongo que físicamente nada, aunque espiritualmente allá cada uno con sus gustos. Que no solo de comer y de correr vive el hombre y no hay que ser entendido para disfrutar de lo bello.

Los niños del pretil

El gusto por revivir el pasado se extiende a la misma velocidad que el miedo por el presente.La crisis tiene estas cosas y ante la situación desesperada y de desmoralización que viven millones de personas, a uno le queda el consuelo de acordarse de aquellos tiempos, al go mitificados, en los que éramos más jóvenes y, al parecer, más felices y con más dinero en la cartera. Es el reiterado cualquier tiempo pasado fue mejor o, para nostálgicos ideológicos, eso de la pintada que decía: ‘conFranco viviamos mejor’ y a la que se añadió un irónico pero contundente ‘algunos’.
El pasado está de moda, sea obligados por las circunstancias o por devoción a lo añejo, que también  hay ciertos amantes de lo que fue y que difícilmente volverá. Entre estos, un ejemplo esta semana en Segovia, con una exposición de fotografías del barrio de San Lorenzo, cuyos autores, Carlos Álvaro y Javier Segovia, moran en esta casa. La propuesta es sencilla: instantánea antigua y al lado, tomada desde el mismo ángulo, una nueva, en un ejercicio de cómo era y cómo es. Todos al verlas juegan a encontrar las diferencias, a recordar –si tienen edad suficiente y adecuada– o a evocar ese arrabal con olor a la molienda harinera y a las huertas, aderezado con el rumor del río, tal y como se encargó de rememorar con su pulcra y especial prosa Atilano Soto, presidente de Caja Segovia y amigo de hablar con cariño y encomio de todo lo que huela o sepa a segoviano.
Las imágenes atestiguan el contraste del tiempo, como se titula la muestra. Ese tiempo que no regresará para los niños que en 1906 posaban en el pretil del atrio de la iglesia, en una fotografía de uno de los grandes maestros del ramo, el austriaco Alois Beer, que recorrió España deslumbrado por lo peculiares que somos y seguimos siendo. Captó la instantánea y supongo que los críos mirarían con la misma cara de estupor que ponen mis hijas cuando saco a pasear mi vieja cámara de carrete; unos por la novedad y otras porque les parece asombroso que no se vean al instante y que haya que esperar a llevarlas a una tienda y no sé por qué demonio de sistema se conviertan en papel. Cada uno en su pretil, en pretiles diferentes, pero con el común de que continúa siendo un lugar mágico para jugar. Todos hemos poseido un pretil de un atrio de una iglesia como territorio conquistado y, subidos en él, nos hemos hecho grandes y soberbios. Volver a ese pretil de la infancia le vendría bien a más de uno para que aprenda a vestirse por los pies y recuerde que creció en una sociedad con unos valores diametralmente opuestos a los que ahora –si es que los hay, que lo dudo bastante– tratan de que sean naturales. Casos conozco y sufro de faltar a la palabra y me llevan los demonios pensar que al confiado y de buena fe se le califique de tonto y al torcido y avieso de listo. En fin, no sé qué narices divisarían algunos al subirse al pretil de la infancia.
Pasado, sí, que regresa, como lo hicieron unos ancianos con demencia senil y a quienes unos médicos suizos se empeñaron en hacer volver a los años 50, recreando el ambiente de entonces para que se sintieran jóvenes, con energía; ya que no recuerdan lo reciente, que se acuerden de cuando eran felices, de ese paraíso perdido y ahora hallado. Desconozco si el experimento funcionó, pero seguro que algún día lo hará.
Pasado pues, que vuelve, por amor a lo pretérito o por prescripción facultativa, pero en todo caso regresa como lo hará la primavera esta semana. Sí, una primavera más y una primavera menos –un año más, un año menos, bromeábamos en casa de mis padres cada Nochevieja– aunque con el ánimo algo tocado, pero no hundido, que ya te lo levanta ver más gente en la calle, con mejor cara y enseñando más cuerpo. Que eso no ha cambiado y desde el pretil continuamos imaginando como pasaban las chicas sin mirarnos. Y ahora, menos.

Soy uno más

De sobra es conocida la afición de muchos deportistas profesionales –sobre todo, los futbolistas– a los lugares comunes. Que ‘si el fútbol es así’ o ‘asín’, que de todo hay, o ‘un partido lo gana quien mete más goles’, por mencionar algunos de esos tópicos que se reproducen cada fin de semana sin solución de continuidad. Entre todos ellos a mi el que me gusta es ese de ‘soy uno más’ cuando le pregutan a un jugador de un deporte colectivo después de haber realizado algo extraordinario en una competición. Uno más, sí, faltaría más, y una persona física o ciudadano, que también vale. El día que alguno diga ‘soy una persona física más’ seguro que la frase triunfa en el batiburrillo de redes sociales que nos agobian y deja anonadados a sus hinchas y rivales, por no decir a entrenadores que suelen ser adalides de la jerga deportiva, como lo son los periodistas del ramo. Sin ir más lejos en el tiempo, el jueves durante la retransmisión por televisión del partido de Caja Segovia contra el Barcelona en la Copa un locutor –o eso creo, que no sé muy bien si era profesional o un ex jugador metido a esas funciones de la narración y el comentario– contó que al salir el balón fuera un «ciudadadano» lo había devuelto de cabeza al campo de juego. Lo repitió porque le parecía reseñable, por curioso. Ya ven que queda tan solo un suspiro para empezar a utilizar el término persona física.
Todos estos indicios me llevan a pensar que la raza mejora y que se ha recorrido un buen camino del analfabeto al ilustrado, pero todavía cuesta darle la vuelta a las estadísticas. Los deportistas de élite se dedican con tanta exclusividad a la pelota que les toque dar que es complicado que arrebaten tiempo a su noble oficio para formarse, aunque solo sea con un curso de bandurria por correspondencia. Comprensible, claro, que los emolumentos de una actividad a otra son muy diferentes.
Es curioso en este asunto que habitualmente conforme desciendes en la jerarquía profesional, más formación tienen los deportistas. Ejemplos hay muchos y, aquí, en casa, están los jugadores de la Segoviana, entre los que hay un profesor universitario, Agustín, y había un responsable del deporte municipal, Ramsés. Igual que Sergio Ramos, vaya, por poner un ejemplo sin ánimo de ofender a los madridistas, que esto del fútbol levanta un exceso de pasiones incluso en este inocente baremo del que hablo. Y convendrán conmigo que luego puede notarse en la competición, porque dicen que la mitad del éxito de un deportista es cuestión mental y si no lo creen , miren a Nadal. Que se gana con la aptitud, pero se conquista con la actitud y la buena cabeza.
A pesar de este singular mundillo profesional, con su variedad de la lengua, lo que no cabe duda es que hacer deporte está de moda. En Segovia es palmario, por la sucesión de carreras que se organizan, una de ellas la media maratón, masiva y a la vuelta de la esquina. Y aún más notorio si pasean cualquier día, como hacía Machado, por la deliciosa Alameda del Parral, donde triunfa el chándal y las deportivas. También gana adeptos en otros rincones de la ciudad, en detrimento del coche, al que se denosta en beneficio de la vida sana. Así no me extraña que Henry Ford, quien popularizó el automóvil a principios del siglo XX, no sintiera devoción alguna por el deporte. Ya veía venir que iba a ser el adversario de su invento y decía que «el ejercicio físico es una bobada; si estás bien no lo necesitas y si estás mal no puedes hacerlo».
No hagan caso, que este señor era parte interesada y hagan deporte, que su corazón y su bolsillo seguro que lo agradecerán. Yo mientras, hoy –un día más, vaya–, lo perdonaré y me sacrificaré para ver como otros se mueven, los aguerridos jugadores de la Segoviana, para quienes el ejercicio no es tontería. Ya saben: soy uno más… a mirar, claro.

El Norte de Castilla

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