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Prohibiciones a la carta
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Jaime Rojas | 21-09-2015 | 10:40

Hace unos meses leía una noticia de esas que crees nunca ocurre, que atribuyes más a leyenda que a realidad. Pero sucede. Tres personas eran detenidas por colarse en una finca de la provincia de Toledo y torear varios novillos a la luz de la luna llena. El delito: además de irrumpir en casa ajena dejar a los animales sin opción de ser lidiados en un festejo, con la consecuente pérdida económica para el ganadero. Ya saben, aprenden rápido y no sirven para ser toreados, porque de esta forma son aún más peligrosos de lo que les otorga su propia naturaleza.
Toreros furtivos con la luna de testigo. El colmo del romanticismo, el sueño de cualquiera al que le pique el gusanillo de la tauromaquia y tenga bemoles para ponerse delante de un animal bravo. Una noticia amable, que despierta la sensibilidad de quienes ven la conjunción de toros y toreros como un arte singular, salvo para el dueño de la ganadería que le toca el bolsillo. Sin embargo, una noticia antagónica a la que protagoniza ya desde hace unos cuantos septiembres el Toro de la Vega, exceso suprimible para unos, tradición inamovible para otros. Aquí no hay lirismo como en el furtiveo de la noche toledana, dicen sus detractores, solo barbarie e indignidad impropia de unos tiempos donde de manera sorprendente a veces impresiona más el sufrimiento animal que el humano, sobre todo entre los jóvenes. Y los que defienden su permanencia apelan a que el toro, como todos, tarde o temprano tendrá que morir y en un torneo de este tipo es más honor que en una plaza o en un matadero.
Argumentos, matices, que no parecen zanjar la discusión, por lo que  algunos deciden convertirse en legisladores. Como en un café de Santiago de Compostela, llamado Literarios, situado al final de la escalinata de la plaza de Quintana, a la que da la Catedral. Allí llegué en agosto después de hacer el Camino de Santiago, asunto romántico y lírico como el toreo robado y nocturno. Y me encontré en su interior un cartel que juzguen ustedes. Decía y supongo que seguiré diciendo así: «Queda PROHIBIDA la entrada a este establecimiento a todos los vecinos de Tordesillas DEFENSORES DEL TORO DE LA VEGA».
Así con mayúsculas la prohibición y a quienes afecta. Por decreto, urgente y en interés general y de ley. Con un par. Yo, ni vecino de Tordesillas ni especial defensor del torneo más allá de que entra en la libertad de cada uno, me sentí observado al poner un gesto de extrañeza ante esta interpretación peculiar del derecho de admisión e, incluso, ofendido por este canto a la intolerancia. Una prohibición a la carta que enraiza con la que se produjo en la época de Franco de este acto. Pero aquella fue del gobernador civil y esta es del hostelero que, investido de potestad del pueblo soberano y a sabiendas de que queda bien con su público, redactó y colocó el cartel en su muy democrático café.
La deriva del asunto es lamentable. El alcalde de Tordesillas dijo una vez que lo que subyacía en la polémica era un enfrentamiento entre los mundos rural y urbano, entre la forma de vida de unos y de otros y creo que se quedó corto. Aquí el sustrato son la mala leche permanente de los españolitos, nos gusten los toros o el arroz, y la querencia a lo de prohibir, que nos encanta, siempre que sea en el pueblo del vecino, que en el mío la tradición ni se le ocurra tocarla. Estaría bueno.

Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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