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Dylan y yo somos así
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Jaime Rojas | 12-12-2016 | 20:06

Desde hace unos años nos han arrebatado el mes de noviembre. La globalización ha hecho trizas una de las fortalezas que teníamos: la capacidad de organizar fiestas, de festejar todo, hasta las derrotas. Conmemoramos que estamos vivos o muertos, que poco importa, porque el asunto es celebrar. Empezó Halloween que ya se ha instalado y no hay niño –ni adulto– que se precie que no conozca eso de truco o trato, que es como el susto o muerte del chiste. Y a ese sustituto anglosajón de la jornada de los difuntos se ha unido en el último lustro el black friday, una suerte de rebajas por un día, de aquí te pillo y aquí que compras.
Nos han robado así noviembre, con un par. Sí, con un par de fiestecillas aburridas y tontas nos han colonizado sin pegar un solo tiro, únicamente con la televisión y ahora internet. Siglos siendo los amos del cotarro de las fiestas para terminar de esta manera: cautivos y desarmados por no se sabe bien quién. Largas tradiciones en entredicho o de capa caída y en franca retirada como le ocurre al español también frente al inglés. Son batallas silenciosas que perdemos una detrás de otra y que lo seguiremos haciendo dada la escasa resistencia que ofrecemos, nosotros y nuestros políticos, a todo aquello que suene con acento extranjero.
Pasado el colonizado noviembre, a las Navidades nos acercamos también con otra pica en nuestro Flandes: Papá Noel o Santa, como algunos chavales ya llaman al orondo tipo de rojo, por influencia del cine. Ahí también acabaremos claudicando para desgracia de los Reyes Magos, que parecen con un limitado futuro profesional. Y vendrán más ocurrencias promovidas por las multinacionales del comercio con el fin de arrebatarnos más meses, como el pobre noviembre y el amenazado diciembre.
Sin embargo, ante la invasión nos queda un arma cargada de esperanza: la decisión propia. Tenemos la posibilidad de decir que no, de pasar de los disfraces de zombi o de mandar al carajo al viernes negro y sus apéndices de sábado, domingo y lunes cibernético, que también existe y es aún más novedoso. Y también podemos volver la cara al intruso Papá Noel que se cuela por las chimeneas de nuestras cabezas. Esto es democracia participativa de la buena, pata negra.
Seamos como Bob Dylan y aleguemos que tenemos otros compromisos aunque nos otorguen el Nobel del comercio con esa oferta imposible de rechazar . Yo lo he hecho y me siento bien. Porque Dylan y yo somos así, unos sobrados que vamos repartiendo estopa a los poderes establecidos; unos versos sueltos y unos espíritus libres y libertarios. Ni Halloween, ni Black Friday, ni Papá Noel, ni la madre que los parió. Nada, resistencia.
Ya lo estoy viendo con estos ojos un poco cegatos: rezamos el día de los difuntos, esperamos a las rebajas de enero y adoramos a Sus Majestades de Oriente. Y todo gracias a mí y a Dylan, que me ha inspirado para que me acuerde de mis muertos, de mi tendero de la esquina y de las jugueterías en enero. Gracias Bob por enseñarme a mirar el horizonte. Porque creo que te pasa como a mí: no entiendes el motivo de darte el Nobel y por eso no vas a recogerlo. Y yo no comprendo que nos cambien las fiestas y por esa razón no acudo. Aunque me conviden con insistencia.

Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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