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Fecha: marzo, 2017
Menús ilustrados
Jaime Rojas 27-03-2017 | 12:14 | 0

Andan los hosteleros de restaurantes, para más gloria de esta tierra, en tiempo de plusmarcas. Van de récord en récord como si no hubiera un mañana en el que atender a los miles de comensales que han hecho suyo el lema a comer a Segovia. A los tradicionales puentes que llenan las mesas sobre todo con esos simpáticos amigos del otro lado de la sierra, se unen momentos eventuales de llenazos que estremecen hasta al más avezado veterano de la profesión.
El último ha sido el fin de semana de San José. Un 19 de marzo que por mor de ser domingo se convirtió en unas minivacaciones escolares de ese Madrid de adiós que te quedas sin gente. Y vaya si se quedó y aquí vinieron todos, atascaron la ciudad y los emblemáticos pueblos de la costa del cordero, en el camino a Soria. Vehículos dando vueltas en busca de aparcamiento, niños alborotados y  los incansables ‘pumas’ –algún día les contaré que significa el acrónimo– surgiendo de cada esquina como los norvietnamitas en las películas americanas. Un maremagnum de turistas, una riada de viajeros que, de verdad, después de haberlo visto muchas veces sorprendió, al menos a mí.
Un restaurante que usted y yo sabemos dio la friolera de 1.200 comidas ese domingo excelso, en el que los padres ocupamos las mesas para recibir esos emotivos regalos en forma de calcetines –en mi caso, acompañados de una mariconera para cuando pise, si procede, la arena de la playa el próximo verano–, corbatas, calzoncillos o pijamas, esas prendas que siempre están en el top ten de los presentes en el día en el que a papá tanto quieren sus nenes o nenas.
El pleno turístico del domingo glorioso tuvo continuación al día siguiente, fecha en la que se puso en marcha la Semana de Cocina Segoviana que, cosas del destino, cumple sus bodas de plata como este diario en nuestra Segovia. Flor de calabacín de Mozoncillo; panceta con reducción de judiones en soja;secreto al vermú Garciani; alcachofas con jamón de Venta Tabanera; la trufa negra de Segovia con huevo ecológico y patata;bolita de morcilla de Cantimpalos o crocanti de solomillo de Garcinuño son algunas de las propuestas con vitola segoviana, amén del cochinillo y del lechazo en el que están pensando.
Y como si todos los planetas se hubieran confabulado para hacer de estos días un enorme momento hostelero segoviano, un restaurante segoviano cruzó los límites provinciales para tratar de hacerse un hueco en territorio de otros. Es en la bodega Pago de Carraovejas, de alma de aquí, pero en tierra extraña.
Para que no falte de nada y como no solo de comer vive el segoviano, una exposición en la librería Torreón de Rueda nos recuerda que los caminos del arte en la gastronomía son inescrutables e incontables. A César, el librero de viejo de la calle de La Potenda, se le ha ocurrido mostrar unos menús ilustrados para que veamos que existió un germen, un embrión en su día que ha desembocado en esta locura de cifras y plusmarcas. Documentos hermosos para volver la vista atrás y justificar el comer en Segovia, si te dejan un sitio los bienaventurados amigos de la vertiente sur de la sierra.

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El Acueducto disparado
Jaime Rojas 20-03-2017 | 1:07 | 0

Decir Acueducto en Segovia es convertir la palabra en mayúscula. Hablar del monumento romano es asegurarse una noticia y que todos los segovianos, aquí o en la diáspora, vuelvan sus ojos a las piedras más famosas de esta tierra. Decir Acueducto es marca Segovia, lo más universal de lo segoviano y de los segovianos. Y decir Acueducto es rentabilidad, son dineros que han dejado y dejan en la ciudad los miles de viajeros que vienen a verlo.
El último –o penúltimo, que nunca se sabe– que ha tenido a bien decir Acueducto lo ha hecho desde una perspectiva original: el coste de su construcción. Aquí recogemos los frutos dos milenios después, pero nunca nos habíamos parado a pensar que a los antepasados romanos la gran mole les costó un dineral. Un estudio se atreve a poner una cifra con un incremento importante del presupuesto inicial. Iba a costar 25 millones de sestercios y se disparó a 200 o, lo que traducido a hoy, de 40 a 320 millones de euros. Ocho veces más.
Y miren que me suena todo esto. Ya estoy viendo a los magos de las comisiones rondando a gobernadores corruptos para que el precio terminará cogiendo esa gran altura. No cuesta mucho imaginárselo en este tiempo en el que la modificación de obras en la contratación pública –así se llama el estudio que firma Jesús Antonio Rodríguez Morilla– no es una sorpresa. Entonces, con los romanos, dicen que también eran habituales. Nada nuevo bajo el sol en un mundo el de la picaresca en el que todo está inventado. En sestercios o en euros, con piedras para formar un canal por el que discurre el agua o con tuberías de pvc, en la Hispania romana supongo había más pillos por metro cuadrado que en todo el imperio.
Me encantaría conocer la biografía del que manejaba la caja para poder contarles una bonita historia de corrupción, de esas que nos dejan pasmados. Y un juicio posterior con una sentencia de las que también nos producen estupor. Pero no sería correcto que inventara en un asunto serio como este. Mi indignación con los romanos iría creciendo hasta el punto de que insultaría al sacrosanto Acueducto y no lo voy a hacer. Aunque sí les cuento un detalle: las piedras son de mala calidad, según otro estudio del que ya hablé en su día.
Ya ven, el coste multiplicado por ocho y con materiales de baja estofa. Ni el Acueducto respetan estos canallas. Y además no podemos pedir que devuelvan el dinero porque no sabemos quienes eran y quienes son sus deudos. Eso duele todavía más en las Españas donde es tradición linchar y pedir que le corten la cabeza al que sea, que ya nos pasamos la presunción de inocencia por los arcos del Acueducto. Muy nuestro, tanto como esta historia de aumentar el precio final de una obra y sisar en los materiales.
El asunto este del Acueducto disparado ya no tiene remedio. Alguna vez me había parado a pensar en cuánta gente moriría en su construcción, pero ahora ya tendré que reflexionar sobre el coste económico. Porque los romanos no estaban locos, simplemente eran unos adelantados a su tiempo y en esto como en tantas cosas también nos enseñaron el camino.

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Mi generación preferida
Jaime Rojas 13-03-2017 | 12:10 | 0

Siempre he sentido especial predilección por la generación que nació y se crió en los años de la guerra y su terrible posguerra. Un cariño especial alimentado porque es la anterior a la mía, la de mis padres que, como todos, padecieron de niños una época que fue una continua tragedia y en la que los tiros dieron paso a una oscuridad muchas veces aún más dolorosa que las batallas.
Eran tiempos severos, de los que cuesta hablar porque va en la naturaleza humana recordar la infancia como una patria alegre, de momentos felices y alejados del espanto de la realidad. Los niños convierten las dificultades en un campo de juego y en esa época de tisis, hambre y silencio todavía más. A Félix Sandoval, mi peluquero, también le ocurrió y una inocente tarde de juegos cambió su vida. Corría el año 1949 y el final de la década siniestra de las cartillas de racionamiento y el aceite de ricino llegaba a su fin. Félix con 11 años –había nacido un 20 de noviembre de 1937– jugaba al clavo, una diversión de calle en la que se marcaba y conquistaba terreno como si de una guerra se tratara. De repente, el lanzamiento del clavo fue tan poderoso y con tan mala fortuna que impactó en un cristal para hacerlo añicos. La luna era del escaparate de una sastrería al inicio de la Calle Real, en el chaflán que divide la vía y en el que ahora hay un bar, curiosamente con unas grandes cristaleras.
Félix vivía a unos metros, en la misma calle, prácticamente enfrente de donde aún hoy tiene la peluquería. Su madre oye el estruendo, sale y rompe a llorar al pensar en el coste de la travesura. Pero ya saben que las situaciones y Dios aprietan pero no ahogan y por allí pasaba un peluquero apodado Trucha, porque habla más que escucha. Y al observar el suceso y de tanto charlar, de su boca salió una oferta: chaval, vente conmigo de aprendiz. Así Félix –sí con 11 años– empezó a trabajar con una peseta de sueldo más las propinas.
Su vida siguió por el mismo camino del oficio de barbero y peluquero, reconvertido solo a esto último a mediados de los cincuenta cuando se inventaron las maquinillas y llegaron a los hogares. Félix estuvo muchos años en el Casino y atendió a los artistas de Hollywood que entonces poblaban Segovia para participar en ‘Orgullo y pasión’ o ‘La batalla de las Ardenas’ por nombrar las películas que han arraigado más en la memoria. Dos años después de rodarse esta última, en 1967, hace medio siglo, montó su negocio y hasta hoy que, a punto de ser octogenario corta el pelo y conversa como en el viejo oficio. 70 años de peluquero y 50 en el mismo local.
Como esta historia, a esa generación de niños le sucedieron muchas otras. Y ahora que desaparecen, como ha ocurrido con mi padre hace unos días, viajo a esos años para reafirmarme en mi cariño por ellos y por sus aventuras, por los cristales que rompieron y por la huella que dejaron. A mi padre le quitaron el abrigo en el año 40 por dejarlo como poste jugando al fútbol en el colegio. Él lo contaba como algo que le marcó, pero nunca con rencor.Pensaba que era un hurto de necesidad y que ante eso quejarte es algo injusto. Por eso y mucho más es mi generación preferida, de verdad, papá.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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