img
Fecha: julio, 2017
La maleta de Barcelona
Jaime Rojas 31-07-2017 | 12:04 | 0

Barcelona 25-7-02-. Cobi, la mascota de Barcelona ´92, pasea por el estadio Olímpico de Montjuich durante la ceremonia de conmemoración del X aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona. EFE/TONI GARRIGA/MK.

Conservo un Cobi de considerable tamaño en un lugar visible de casa. Ha viajado conmigo un cuarto de siglo, de vivienda en vivienda que uno es de posaderas inquietas. Me lo regalaron en la primavera de ese año 92, en el que los españolitos nos hicimos mayores de edad y nos colocamos en el mapa. Mi mascota de esos inolvidables Juegos de Barcelona lleva puesto el traje oficial, azul veraniego, con una cobarta. Les puede parecer una tontería pero a mí me gusta, aunque solo sea porque el roce hace el cariño y son muchos años ya de convivencia.
El muñeco, con sus tres pelos y la sonrisa dibujada a un lado de la cara, llegó a mis manos como regalo por una visita como periodista de deportes –mundillo en el que entonces me batía en esta casa– a las obras de lo que meses después iba a ser el éxito de un país tan necesitado de que algo salga bien. Desde el pequeñito aeropuerto vallisoletano de Villanubla con cara de ser más de provincias que Paco Martínez Soria, nos embarcamos un grupo de plumillas de la región rumbo a la modernidad. Allí estuvimos admirados y bien tratados, en la ciudad en la que nació mi madre en plena guerra, en el año en el que los barceloneses vivían mirando al cielo a la espera de los aviones italianos, inmisericordes con la población civil.
Sobre aquellos tiempos, obviamente, no pregunté pero sí conté a la guía que era hijo de barcelonesa y con raíces familiares allí. Eso me valió su atención y que me considerara algo más que un periodista de no sé dónde y de no sé qué medio. De la visita guardo un buen recuerdo y como soy propenso a conservar en la memoria anécdotas triviales, me quedé con una al llegar de vuelta al aeropuerto mesetario. Allí un colega, que excuso decir de qué ciudad era para no herir susceptibilidades, bajó de la escalerilla del avión y se detuvo a pie de pista. Todos nos fuimos a la minúscula terminal y al volver la vista atrás, retrocedí para preguntar si tenía agún problema. El tipo me contestó que esperaba que abrieran el avión para coger su maleta, como en el coche de línea. Le saqué de su error y fui con él a la cinta de equipajes. Me lo agredeció aunque no entendió por qué narices hacían eso con lo fácil que es abrir la tripa del aparato y que cada uno coja lo suyo. Supongo que era su primera vez, pensé condescendiente.
En el periódico conté y canté –como se decía entonces en el periodismo deportivo– las excelencias de Barcelona y el cambiazo que había dado. Creo que los compañeros pensaron que exageraba, que era parte interesada y que carecía de imparcialidad, ese bien tan preciado en esto. Luego vinieron los Juegos, a los que llegué tocado por la muerte dos semanas antes de mi madre. Aún así los viví en la redacción con amigos con los que todavía hoy comparto oficio y casa.
En el 92 aprendimos a ser modernos y los Juegos nos desvirgaron hasta el punto de que después de aquello ya nos fuimos los mismos. Yo por razones obvias y el de la maleta porque descubrió que hay algo más que la torre de la iglesia de su pueblo. Exactamente el camino inverso que han emprendido algunos catalanes: regresar a lo más profundo y empeñarse en que les hemos quitado el equipaje del coche de línea.

Ver Post >
El velo de las redes
Jaime Rojas 24-07-2017 | 1:02 | 0

Uno ha procurado en este oficio actuar con la máxima prudencia y con la prudencia como máxima. Exigido por el guion en atenerse a las normas de la profesión y, por supuesto, a las leyes generales que nos rigen en cada momento. Seguro que a usted también le ha pasado y en su trabajo ha abrazado y aún abraza la bandera de la moderación entre otros argumentos por sentido común y para que no le echen del mercado laboral. Si usted ha tenido o tiene un bar es muy probable que no se le haya ocurrido servir un vino a un niño de diez años. La prudencia así se lo ha aconsejado, claro.
Sin embargo, lo que en mi oficio ha sido cordura –o autocensura, como prefieran– ahora con las redes sociales y demás habitantes del mundo internet se ha sustituido por el vómito. A los del viejo papel se nos exige y a los que tratan de liquidarnos se les confiere inmunidad e impunidad para destrozar la vida a usted y a mí si les apetece. Seamos claros: yo mañana cuento aquí que un carnicero vende productos caducados y al día siguiente tengo una bonita querella y un futuro que me llevará al banquillo. Si cualquiera en la red además de asegurar que el carnicero intoxica a los clientes añade unos insultos es muy probable que tenga un destino diferente al mío y se vaya de rositas e, incluso, jaleado por sus congéneres tuiteros.
Estamos así en desigualdad de condiciones con eso que llaman periodismo ciudadano. La evidente falta de responsabilidad de las redes desmoraliza a quienes tratamos de evitar que este oficio se convierta en un recuerdo. Y no solo nos quita la ilusión, sino que nos entierra. Insulte, calumnie en el maravilloso mundo virtual y se encontrará que es trending topic, viral o la madre que lo parió. Mientras, los demás tranquilitos y sin pasarnos no vaya a ser que te digan que como oficio de dinosaurios que es el suyo te enseño el camino de la fiscalía, tan rancia institución como en la que usted trabaja, plumilla de las narices.
Pero no pierdo la esperanza de que para ellos se tornen las cañas en lanzas –no sé qué entenderán los del mundillo virtual con esta frase, porque igual me denuncian por desear que no les dejen beber– y el caminito al juzgado sea al revés y lo recorran algunos no por vía telemática, sino presencial y muy presencial. Lo espero en el caso de los insultos a Víctor Barrio y su entorno, y en otros que no conozco pero seguro que son de repugnancia parecida. Deseo verlo, oirles balbucear sus explicaciones y sudar la gota gorda al darse cuenta que se ha levantado el velo y su coraza de la red de redes ya no funciona.
En ese momento, además de la satisfacción por esa familia, también me alegraré por mi oficio y por el suyo, ya sea usted carnicero, hostelero, electricista o de la Renfe, que son profesiones con unas normas y, sobre todo, que se ejercen con prudencia, aunque sea solo por lo que te pueda pasar si incumples. Que decenios de mesura los han tirado por la alcantarilla los asquerosos del click, sabedores de que aquí no pasa nada si ellos se acuerdan de mis muertos y si yo lo hago en este arrugado papel no me libra ni la providencia. Espero sentencias para que los impunes dejen de serlo y a mi oficio le den un respiro con tanto calor.

Ver Post >
Las encuestas ciudadanas
Jaime Rojas 17-07-2017 | 11:07 | 0

13-06-14 Segovia. Ambiente durante el partido España - Holanda del Mundial Brasil 2014.

Es un recurso periodístico más viejo que la orilla del río. Las televisiones lo utilizan de forma machacona para resaltar que salen a la calle y que no todo son ruedas de prensa y labor de rata de redacción. Son las encuestas ciudadanas, esas en las que colocan un micrófono en la boca de un paisano o paisana y le preguntan por un asunto trivial pero del que todos hablamos. Las cuestiones meteorológicas son las más socorridas y en las que lucen respuestas como «¿hace calor?, pues es lo que toca ahora en verano» o «para este frío lo mejor es abrigarse o huy, huy, huy, no salir de casa».
Grandes documentos periodísticos que nos acompañan en los informativos casi todos los días. Sin embargo entre tanta obviedad, a veces encuentras cosas algo extraordinarias, contestaciones que redimen a los esforzados reporteros que abordan alcachofa en mano a los viandantes. Ocurrió hace unos días a propósito de una noticia en la que contaban que el poderoso whatsapp iba a cortar la aplicación a usuarios con un aparato de telefóno anticuado, tipo blackberry o no sé qué modelo de Sony. El argumento ofrecido era difuso, claro, pero el real, evidente: que no sean tan cutres se rasquen el bolsillo y se compren otro móvil de última o de penúltima generación.
El sondeo en la calle arrojó respuestas de libro, políticamente correctas, no vaya a ser que se enfade el gigante tecnológico o que el entrevistador ponga cara de grifo. Pero hubo uno, veinteañero, con gafitas y cara regordeta, el que dio una explicación coherente: «tendré que cambiar de móvil, porque sin whatsapp a ver cómo quedo con los amigos en el bar». Podía habérsele ocurrido otra cosa, del tipo de no puedo estar desconectado por si me llaman del trabajo, mi novia o mi primo que trabaja en un restaurante en Londres y, oiga, necesita oir hablar castellano entre plato y plato que friega. Pues no, con un par.
Eso es un español de orden, decente, término que utilizaba mi abuela y del que ahora se ha apropiado la ‘cursizquierda’ que soportamos. Eso es un parroquiano de los que acodan barra, a pesar de su edad, y que ha seguido el ejemplo de sus mayores. Merecería ir a cualquier bar de Segovia, que cada uno tiene el suyo y donde hay mucho entre lo que escoger. Como en Cándido, muy cerca de esta casa, en la que tarde sí y tarde también encuentras a Fernando, Don Pedro o Polo, todos guiados como anfitrión por Nacho.
A todos ellos se han unido últimamente Panchita y Currito, dos gurriatos así bautizados y que franquean la puerta y picotean lo que pueden del suelo. Se integran tanto que ya son de la familia de parroquianos que toman el viejo mesón a eso de media tarde. Todo sin whastapp, que el día que lo tengan–que igual lo establecen en sus derechos como pobres criaturas que son– invaden el lugar y hasta piden pincho con la bebida. Y yo estaré reconfortado al oir que la aplicación que controla nuestras vidas, también servirá para que los gorriones vengan a vernos al bar y todos disfrutemos en un mundo feliz. Solo una pega: en Cándido no hay televisión y no podremos gozar con las maravillosas encuestas ciudadanas. No se puede tener todo en la vida.

Ver Post >
La fiesta es aquí
Jaime Rojas 10-07-2017 | 5:29 | 0

DOCU_NORTECASTILLA

Quiero hoy mudar a periodista de viajes, un oficio que he ejercido de forma esporádica en este periódico y, por qué no decirlo, con disfrute. No es la solemnidad del plumilla parlamentario ni la emoción del reportero de guerra a lo Reverte, pero tiene su aquel y, sobre todo, es algo amable donde te tratan muy bien a la espera de que correspondas con un reportaje que ponga los dientes largos al lector y le entren unas ganas irrefrenables de viajar a ese lugar. Una satisfacción este periodismo blanco.
Y en el reencuentro con ese oficio eventual es mi intención no salir de la provincia. Para qué voy a hacerlo si ya saben que como en casa en ningún sitio. Además, Segovia ofrece tantas posibilidades para pasar un verano de cita en cita, de ‘boite’ en ‘boite’, que decía un amigo de mi abuelo, que me lo pone fácil. La lista es amplia por lo que no les recomiendo que vayan a todo. Bueno, o sí, siempre que tengan fuerza y ganas y no cambien esta tierra por tostarse al sol en algún arenal lleno de niños gritando, carnes al aire y chiringuito de cabecera.
La ruta ya ha empezado y de forma potente. Estos primeros días de julio es tiempo para las velas de Pedraza, que este año han sido frías de temperatura y asistencia, con la tercera parte de público respecto a otros años por la decisión de limitar el acceso a la villa medieval. La seguridad prima y no respeta ni la belleza. También acompaña a estas primeras bocanadas del verano, el festival Huercasa Country, en la fresquita Riaza donde hay veraneantes clásicos, de chalet y estancia prolongada, que hasta ahora seguro poca o ninguna atención prestaban a la música americana de raíz, seguro que como usted y yo. La reciente irrupción de este acontecimiento único ha puesto lo segoviano en el mapa de muchos.
Y también con la sierra de telón, La Granja es cita obligada. Esta vez y como si el verano se quedara pequeño, sus Noches Mágicas han comenzado ya para prolongarse hasta mediados de agosto. Allí hemos quedado el 15 de ese mes, el día de la fiesta de todas las fiestas, para ver a Los Secretos, con el riesgo de cortarnos las venas que diría un compañero muy musical de esta casa. Si lo que quieren es otra cosa menos tranquila, media provincia celebra sus fiestas y hay donde elegir.
Pero antes de que llegue ese día, es recomendable darse una vuelta de derecha o de revés por el torneo internacional de tenis de El Espinar o tirarse al monte con la subida a Malangosto. O a los libros en la celebración del Sinodal de Aguilafuente. Y todo ello aderezado este año con Las Edades del Hombre en Cuéllar, villa que a finales de agosto rinde culto al toro con sus veteranos encierros, sin que baje ni un ápice el interés por la fiesta a pesar de los pesares y de las andanadas de los amantes de prohibirlo todo.
Y como en los discursos en los que te empeñas en realizar agradecimientos, seguro que a alguien dejas en el olvido. El papel es un bien escaso, cada vez más, y aquí no caben todos los que se empeñan en organizar actos para que los demás disfrutemos. Aprovechemos, que el verano es corto y Segovia bien merece que tire la toalla, la de la playa, claro, y viva la fiesta aquí.

Ver Post >
Como hace cuarenta años
Jaime Rojas 03-07-2017 | 11:43 | 0

Estamos igual que hace cuarenta años. Dicho así parece una buena noticia, de las que alegran el desayuno. Seguimos radiantes, sin arrugas en la cara y con el pelo enterito y sin blanquear. Pero esta felicidad no es tal porque hablo del padrón, esa lista que cada cierto tiempo conocemos como mengua en Segovia en una caída libre que no parece tener fin y, lo más preocupante, quien se lo ponga.
Hemos vuelto a los niveles de hace cuatro decenios, de 1977, ese año en el que el país se despertaba precisamente de cuarenta años, pero de dictadura. Fue el tiempo de las primeras elecciones generales de la joven democracia, en una época de televisión en blanco y negro y en la que nos desayunábamos con otro tipo de noticias, inquietantes y amargas unas e ilusionantes, otras, por la sucesión y el vértigo de los cambios. Tomábamos colacao y galletas, donde ahora vemos cereales y extraños kiwis, y nos enfundábamos pantalones de campana, mudados en este tiempo a pitillo. Y el censo, que quiere que les diga, nos importaba más bien poco. Boyante como estaba de jóvenes por el efecto del baby boom de los sesenta y principios de los setenta, a nadie se le ocurría pensar en qué algún día iba a convertirse en uno de los problemas más importantes, sino el que más, en esta tierra.
Entonces éramos 36 millones de españolitos –hoy diez y medio más– y crecíamos a un ritmo importante. Y en Segovia 155.231, ahora solo 29 más. Sí, 29, han leído de forma correcta. Un dato ridículo y que es el mismo número de chinos que nacen al minuto o indios cada 45 segundos. Imagínense que lo que nos ha costado cuarenta años, con sus 480 meses y 14.600 días más una decena de regalo por bisiestos, nuestros amigos orientales lo solventan en menos de lo que usted tarda en leer esto. Para multiplicarse son eficientes y nosotros perezosos, por emplear un término suave.
Con ser unos datos tremendos para el futuro de esta tierra que se desangra, duele aún más la sensación de soledad en este descenso al abismo del censo. Ya no nos acampaña casi nadie en la bajada al infierno de la despoblación, salvo algunas provincias de la región y otras de comunidades que se manejan como aquí, entre el envejecimiento y la migración a lugares con más y mejores oportunidades.
Soluciones simples y mágicas a un problema tan complejo es evidente que no existen. Sin embargo, sí hay respuestas o debería haberlas a cómo vivimos los pocos que vamos quedando por aquí, entre muchas piedras centenarias y escaso empleo que llevarse a los brazos. Porque caminamos para contribuir algún día a ese descenso endemoniado del padrón y por la senda no hallamos el remedio, ni tan siquiera atisbamos alguno que atenúe la tremenda sangría.
Estamos pues igual –unos más iguales que otros, claro– que hace cuatro decenios en el censo y mucho me temo que también en otras cosas. Que tanta tecnología y democracia no ha servido para que continuemos huyendo de aquí como alma que lleva el diablo, para volver ahora en verano sin síntoma alguno de arrepentimiento. Somos así, como hace cuarenta años.DOCU_NORTECASTILLA

Ver Post >
Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

Últimos Comentarios

ptorre10_2097 04-05-2017 | 08:40 en:
Una terrible injusticia
olaole2012_9913 17-04-2017 | 14:23 en:
La fiesta estudiantil
jaimerojas 14-12-2015 | 13:22 en:
Cari 24-11-2015 | 10:32 en:
El pañuelo de las mamás