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Fecha: octubre, 2017
Que venga la bruja
Jaime Rojas 31-10-2017 | 1:03 | 0

L102. SORT (LLEIDA), 22/12/07.- Xavier Gabriel, dueño de la popular administración de lotería La Bruixa d'Or de Sort (Lleida), la que más vende de toda España, celebra hoy a bordo de un Biscuter haber repartido el primer premio del Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad, igual que en 2003 y 2004. EFE/Laurent Dominique

Entre la tristeza y el desánimo caminamos los españolitos, que con nuestros impuestos pagamos la fiesta catalana. Y sin poder participar en el sarao, lo que aumenta la sensación de ser unos pagafantas de manual. Aún es peor en el caso de esta tierra, donde a la delirante y disparatada revolución que nos ocupa casi nada aportamos que no sea nuestro dinero y nada, absolutamente nada, llega de la fuga de euros en forma de salida de empresas que a chorro moja este seco comienzo del otoño.
Y este ninguneo, esta posición de cuarto sobrero cabrea más que a un niño quedarse sin cumpleaños. Nadie se acuerda de nosotros, ni para mal, y nuestro protagonismo se reduce a ser un número más, en este caso de los sorprendidos y enfadados ante tanta memez. Por eso siempre buscamos formar parte de una fotografía de la que nos quitan, como borraba Stalin a sus enemigos. Así, contaban, en broma aunque buena parte en serio, que un medio de comunicación local con ganas de situarnos en el mapa y reivindicarnos aseguraba que no había segoviano alguno entre los más de tres mil muertos en los atentados de las torres gemelas. La tragedia era en Nueva York, pero nunca se sabe donde hay un segoviano, con su rebequita en el brazo y su ‘buenomajo’ a punto de salir por su boca.
Sin embargo, si uno se esmera el vacío puede llenarse. Y aquí puestos a buscar algo segoviano en esta locura de mentiras políticas y de necedades de tertulianos, he encontrado algo que nos vincula con el asunto: el ¡a por ellos! La expresión de la jota cuellarana, santo y seña de la villa, de sus fiestas y de sus antiguos encierros, ha estado en boca de los dos bandos, unos para animar a las fuerzas policiales y otros para descartarla y cambiarla. Puigdemont dijo que frente al ‘a por ellos’ prefieren el ‘con ellos’, en un capítulo más del pseudopacifismo que se ha cargado, paradójicamente, el celebrado seny catalán. Cosas que pasan cuando el camino es enrevesado y el relato una patraña.
Ya tienen ahí nuestra contribución. Pequeña pero cierta, aunque me temo que desapercibida para la inmensa mayoría, que desconocen su sello segoviano. Si Puigdemont tuviera una tía nacida en Pinarnegrillo o la peluquera de Anna Gabriel procediera de Mozoncillo, quizá nos hubieran identificado más con el procés y la madre que lo parió.
Pero lo que más nos hubiera gustado, al menos a mí, es que alguna de las cientos de empresas en fuga de Cataluña –casi 1.700– se hubieran fijado en la tierra del olvido. Se lo cambiaría por el ¡a por ellos! sin mirar. No pido un banco, ni una compañía de seguros de gran cartera de clientes; tampoco una farmacéutica de rompe y rasga, ni Seat, porque donde íbamos a meter a sus 15.000 trabajadores y familias.
Solo algo modesto, lo que sea, una empresa que no contamine ni rompa nuestra proverbial tranquilidad. Por ejemplo, la administración de lotería de La Bruja de la localidad de Sort, que también se ha ido de Cataluña. Es para dar otra buena noticia como la de las torres gemelas y en lugar de decir que no hay segovianos afectados, asegurar que, como en el ya lejano año 2000, somos protagonistas y miles de paisanos han sido agraciados. Pero que esta vez me toque, claro.

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Identidad gastronómica
Jaime Rojas 23-10-2017 | 12:04 | 0

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En este tiempo en el que encadenamos acontecimientos históricos como el fumador compulsivo cigarrillos, supone una alegría haber vivido lo que para la humilde intrahistoria de esta capital de provincias es un hito, la reunión de los tres establecimientos más reconocibles de la hostelería segoviana: Cándido, Duque y José María. Inédito y aún con más valor si al encuentro logramos que se sumaran los políticos locales también más visibles: la alcaldesa de la ciudad y el presidente de la Diputación Provincial.
Testigo del hecho y partícipe de la conversación que mantuvieron durante casi dos horas sobre el sector que con más fuerza tira de esta tierra tanto tiempo olvidada, sorteamos a los agoreros y conseguimos que pasaran un buen rato cinco personas –personajes, si les cuadra más– que se conocen pero que creo nunca habían tenido oportunidad de acercarse tanto. Y si sus negocios, unos, y negociados, otros, no fueran tan intensos y no necesitaran de su atención, seguro que la charla se hubiera alargado hasta alcanzar otros asuntos menos pegados a la gastronomía, que era el objeto del encuentro.
Anécdotas se pueden imaginar que no faltaron. Primero en la sesión de fotos en el Acueducto y, luego, en la visita a un local que no fuera alguno de los suyos, en territorio neutral para que en la previsible batalla dialéctica nadie partiera con ventaja. Los políticos también jugaban en terreno sin adscripción, aunque a estas alturas del partido y vista su dilatada trayectoria poco les importa.
-«Se os ha puesto cara de chinos», bromeamos cuando todos posaban con los ojos semicerrados por el fuerte sol de mediodía que atravesaba los arcos del monumento romano.
-«No me extraña ¡tanto tratar con ellos!» respondían divertidos.
Las bromas dieron pie a hablar de lo que realmente importa, del momento dulce que vive la hostelería y el turismo en la ciudad y en la provincia. Y también para conversar sobre el cochinillo, la estrella en los tres restaurantes e identidad gastronómica de Segovia. De esto algo saben quienes regentan unos establecimientos que suman casi dos siglos abiertos al público con la bandera del lechón. Aún así y no conformes con dejarse llevar por la ola de éxito, los tres hablaron de innovación y de cómo darle la vuelta a un producto que, lejos de agotarse, parece no tener ni pausa ni límite ni ganas de ponérselo, como si quisieran tomarse el término restaurador en la acepción de renovador. Y porque torres más altas han caído, que diría el pesimista.
Segovia tiene, como les decía, esa personalidad gastronómica que le otorga el cochinillo, una ventaja competitiva de la que otros carecen. Dices que eres de Segovia y ya antes que el patrimonio, tu interlocutor nombra el cochinillo. Luego ya se acuerdan del Acueducto o del Alcázar pero, a fuerza de ser sincero, ya está más instalado en la memoria colectiva el sabor del lechón que las piedras que heredamos.
Marisa, Cándido y José María no aflojan y el PIB y el empleo segoviano se lo agradecen. Como Clara y Paco desde sus responsabilidades. Y, por supuesto, el equipo del periódico que tuvimos el gusto, nunca mejor dicho, de asistir a una charla sabrosa. E histórica, no lo olviden.

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Bienvenido Juan Bravo
Jaime Rojas 16-10-2017 | 12:39 | 0

 

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Tarde de expectación, tarde de decepción. Es lo que vivimos con la surrealista actuación –porque era una actuación– de Puigdemont, el mago de la palabra, el nuevo Ozores que habla sin que se le entienda o el Cantinflas del siglo XXI, que parla mucho para no decir nada. Expectación defraudada como en históricas tardes taurinas y los españolitos sin salir de nuestro asombro ante el incalificable sainete al que nos someten y que parece no tener fin.
Creo que ahora que se reabre el teatro Juan Bravo deberían incluir a esta compañía especializada en tragicomedias, con el argumento de la dolorosa fractura social que han provocado en Cataluña con un sentido del humor ininteligible y negro como el tizón. Podía ser el estreno el último día de noviembre, fecha prevista para que la bombonera segoviana reabra sus puertas en la Plaza Mayor después de un año de obras. Sería un éxito, aunque veo al president lánguido y desesperado por quedar bien con todos y aplicando aquello de para que vamos a quedar mal pudiendo quedar bien, lo que ocurre que al revés. Me tendrían de espectador, aunque conviviría con el temor de que se suspendiera la función al poco de comenzar, que Puigdemont es muy de marcha atrás.
Por fortuna al Juan Bravo vendrán espectáculos más consolidados y no tan endebles como el de los independentistas catalanes, con actores de medio pelo y actrices de pelo cortado a tazón. Y así el teatro segoviano volverá a dar vida al casco histórico de la anciana Segovia y a su Plaza Mayor, triste desde que el recinto cerrará para lavar, cortar y peinar. La fachada ya está con su color pastel y sus balaustradas relucientes y Don Antonio Machado espera, regordete él, a la puerta para ver llegar a los segovianos que tanto echan de menos su teatro.
La expectación es grande y la decepción espero que inexistente. Dicen que la obra servirá para el aislamiento acústico del edificio y para mejorar los camerinos, esas entrañas del teatro que ni usted ni yo vemos, pero que podemos imaginarnos algo decrépitas y con sabor a los viejos teatros en los que los artistas preferían venir cambiados desde el hotel. Y además, lo que es una buena noticia, la sala tendrá una minisala en la planta superior, antes dedicada a exposiciones. Cumplirá la función de hermana pequeña para que las pequeñas cosas también puedan verse en el gran teatro de los segovianos.
Ya estoy visualizando el patio de butacas, ese que por arte de birlibirloque y de la tecnología se transforma en un salón diáfano, con los asientos bajo la tarima. Y lo veo lleno, con gente en la calle con ganas de entrar pero sin sitio. Hemos estado un año de esta manera, sin una voz, ejerciendo de esa mayoría silenciosa que tanto desprecian los Puigdemont y sus cadenas de televisión al servicio de la causa. Hemos aguantado para que nuestra bombonera esté aún más dispuesta a depararnos noches de gloria en el corazón de la ciudad.
Solo falta que la programación acompañe y que pasen otros muchos años antes de que el teatro pase de nuevo por el taller. Y que usted y yo, lo veamos, claro. Igual entonces Puigdemont ya se ha decidido. O no, e interpreta a Hamlet en el Juan Bravo.

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Monomanía catalana
Jaime Rojas 11-10-2017 | 5:34 | 0

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Cuenta Juanjo Marín, panadero, taurino y gran conversador, una anécdota que le ocurrió esta semana que concluye y en la que hemos vivido inmersos en la monomanía catalana. Pasaba junto a la sede principal de CaixaBank en Segovia y oyó a una señora, ya con cierta edad, advertir a un señor que se dirigía a la puerta de la oficina bancaria que no entrara. «Ahí no, que son catalanes», soltó con la esperanza de que fuera a cualquier otra en una calle plagada de entidades financieras.

Juanjo me lo contaba entre divertido y sorprendido, al tiempo que vaticinaba que la solución del pollo catalán se antoja complicada. A esa y otras conclusiones había llegado después de despachar durante un buen rato con otros contertulios de media mañana en la barra de La Tropical, reducto segoviano en la invadida y turística Calle Real. Allí se va a tomar un chato y a arreglar el mundo, bueno, el mundo local, que no acumulan tantas ínfulas y aplican aquello de la película ‘Pasión de los fuertes’ en la que el barman sentencia cuando le preguntan por el amor que él siempre ha sido camarero. Cosas del cine, pero también cosas de una realidad que como bien saben muchas veces supera el ingenio de los guionistas.

Pero el asunto no terminó ahí. Dejo a Juanjo camino de su panadería y me encuentro a Marta Rueda, guía turística, dulce sonrisa y siempre con andar apresurado. Me asegura que esta vez su prisa está más que justificada porque ha quedado con unos chinos, que en su gira han descartado Barcelona para venir a la muy española y romana Segovia, ciudad más segura y tan a mano de Madrid. Marta corre y yo también para tratar de huir de la ‘catalanomanía’ que nos asedia. Dos anécdotas en unos minutos que resumen el estado de ánimo.

Después de lo ocurrido con Juanjo y Marta y bien pensado, qué favor nos hace Puigdemont y sus mariachis de barretina, que con sus majaderías anacrónicas nos benefician. Porque los banqueros huyen de allí para que la señora no tenga otros argumentos para odiarles que sus antipáticas comisiones y los chinos pasan del modernismo a las piedras del Acueducto y de los calsots al cochinillo sin ponerse colorados, cosa por otra parte algo difícil.

Pero mi aventura continuó unos metros más allá, cuando oí a unos jóvenes que iban a llamar a la policía porque les habían robado una mochila. Pensé que ya estaban tardando, pero claro están como para atender otra cosa que no sea la unidad de las Españas, hecha jirones. Y además con el cabreo de constatar –ya desde hace muchos años– que dan la cara y se la parten, mientras el parné no les llega ni para el hotel. Cobran menos que cualquier mozo o moza, guardia urbano o urbana y se han organizado en un colectivo llamado Jusapol, para que en esto del salario también se acuerden de ellos. Que los ánimos están muy bien, pero los dineros ayudan.

Ya no sé donde meterme para eludir el monotema cuando me encuentro un amigo futbolero que me habla de la selección, del Barça y otros temas al uso. Y yo, jadeante de tanto lío catalán, me enredo conmigo mismo y en lugar de preguntar cuándo juega España le lanzo: «¿Y cuándo son los pitos a Piqué?». Qué horror, estoy abducido.

 

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La hora de los estigmatizados
Jaime Rojas 02-10-2017 | 11:46 | 0

People hold an 'Estelada' (Catalan pro-independence flag) and a placard depecting Spanish Prime Minister Mariano Rajoy man during a protest in Barcelona on September 20, 2017.  Thousands took to the streets of Barcelona as Spanish police detained 13 Catalan government officials in a crackdown ahead of an independence referendum which Madrid says is illegal. With tensions mounting, separatist organisations called for more people to protest as leaders in the northeastern region pressed ahead with preparations for the October 1 vote despite Madrid's ban and a court ruling deeming it unconstitutional. / AFP PHOTO / LLUIS GENE

Cuando lean esto, Cataluña será un hervidero en el que cualquier cosa puede ocurrir. Igual ni se paran aquí porque están pendientes de lo que suceda, como me pasará a mí. En el momento en el que escribo esto es complicado vaticinar qué derroteros tomará el camino al que nos han llevado a los españolitos de la mayoría silenciosa, como usted y yo. Pero de lo que sí estoy seguro es que será una senda cerrada, un callejón del que difícilmente podremos salir sin herirnos al saltar el muro que lo clausura.
Porque, pase lo que pase, incluida la eventual violencia que ojalá no se produzca, aquí perdemos todos. La fractura social que marcará esta jornada, que probablemente se instalará en nuestra memoria, es irreversible y, por desgracia, una deshonra para la convivencia política que tanto costó alcanzar. Hoy se abre el tiempo de los reproches, de falsear lo ocurrido, eso que tanto nos gusta, y de los estigmatizados. Crearemos –ya hemos creado– villanos en un lado y en otro y los colocaremos en la caseta de la feria para ejercer el noble deporte del tiramonos, una afición que nos encanta a todos.
El primero que me temo que será señalado por el dedo acusador es el cantante Serrat, en otro tiempo musa e inspiración de los nacionalistas y hoy en el punto de mira inquisitorial al posicionarse en contra de la chapucera consulta. Ya le pasó a su paisano Boadella, primero azote de los puros y ahora odiado por los catalanistas, que no entienden sus chanzas sobre el hecho diferencial o sobre la sangre libre de mácula española. Ya imagino desde mañana la quema de discos de Serrat en la plaza de Cataluña, junto a los de Sabina, Miguel Ríos, Ana Belén y Víctor Manuel. Y Llach echando gasolina para quitarse a la competencia de encima.
Y el siguiente será Nadal, el tenista, al que predigo silbarán en el próximo torneo Conde de Godó. Allí no serán las mismas turbas o rufianes que abucheen a Serrat, sino que la tantas veces novelada burguesía catalana se calará la barretina para convertir el exclusivo barrio de Pedralbes en un polideportivo poligonero. El tipo ha cometido el error de posicionarse y, además, es hincha del Real Madrid, por lo que miel sobre hojuelas para los inquisidores independentistas.
La nómina de estigmatizados se extenderá, ya les digo, aunque todo empezó con el futbolista Piqué, como a él le gusta asegurar de un rapero. A este lo asarán en la hoguera, aunque ya está curtido y con la piel dorada como un cochinillo segoviano. Marcado a fuego por la prensa deportiva más recalcitrante, ni la sonrisa de Shakira le salvará de quemarse en una pira en la que pueden acompañarle otros que se dejen ver hoy en los improvisados colegios electorales.
Mancillados en su orgullo, los inquisidores de ambos lados pelearán para que esta afrenta no se olvide. Y así llegará la hora de los estigmatizados, aunque en algunos casos se ha anticipado. Como en un pueblo de Toledo que han prohibido que suenen en fiestas ciertas canciones, como las de Loquillo que, por cierto, es catalán y está en contra de la independencia. Ni aquí, ni allí. Yo como hago en estos casos de incertidumbre, me voy a escuchar un disco de él, por si los queman todos.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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