El Norte de Castilla
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Fecha: diciembre, 2017
Los días intensos
Jaime Rojas 18-12-2017 | 1:19 | 0

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Oteo en el horizonte una semana fantástica, que nada tiene que ver con el centro comercial que está usted pensando. La fantasía de esta semana no se refiere a los precios, sino a la sucesión de acontecimientos en los que vamos a estar de alguna manera todos implicados. Nadie será ajeno, por mucho que haga el avestruz y aunque se niegue en redondo a participar de la letanía de intensidad que se avecina.
Por orden cronológico para mí esta semana de interés comienza el miércoles, en el que la edición segoviana de este diario cumple 25 años. Será nuestra fiesta y la de todos ustedes, amigos lectores, en el aún hoy más coqueto y remozado teatro Juan Bravo. Ese día a los quioscos llegará un suplemento especial, elaborado con todo el mimo y en el que participan cientos de segovianos, entre ellos un buen número que viven fuera de su tierra. Tengo un nudo en el estómago que confío en que en el acto no se traslade a la garganta.
Con la correspondiente resaquita –de emociones, no piensen otra cosa– volveremos al tajo al día siguiente para contarles, aunque nos pille lejos, las insólitas elecciones catalanas. Pasaremos de hablar de lo segoviano y de los segovianos, para adentrarnos en las procelosas aguas de los Puigdemont y compañía. Confieso que da mucha pereza, pero también que son de los comicios más interesantes e hilarantes de nuestra ya cuarentona democracia. Nunca tan pocos políticos habían despertado tanta expectación en tan enorme número de personas. La noche será intensa, aunque me temo que todo quedará igual y el culebrón seguirá vigente.
Pero alégrense porque lo que viene luego es para ello: la lotería de Navidad. Han pasado 17 años desde aquel ya venerado 22 de diciembre del 2000, en el que Segovia se hizo millonaria, tal y como titulamos en portada del diario. Y desde luego no nos importaría copiarlo para contarles que se ha repetido la suerte, que aquí es asamblearia y con gran participación. Volvemos a jugar mucho y eso es síntoma de que pensamos que la fortuna siempre llama dos veces.
Y con dinero o sin dinero, la jornada siguiente será de vermú futbolero. Llega el que llaman clásico, el Madrid-Barça, que todos los años es el partido del siglo y este no va a ser menos. La novedad es el horario matinal, lo que nos puede perjudicar si seguimos de fiesta lotera. Pero seguro que nos sobrepondremos y cumpliremos con el otro gran juego, además de la lotería navideña, que apasiona a los españolitos: el fútbol.
Y aterrizan a continuación otros dos clásicos anuales, Nochebuena y Navidad, para completar estos días desenfrenados. La suegra, el cuñado y los sobrinos esperan impacientes la cita, como lo hacen todos los tópicos, entre los que se ha colado en los últimos años la cantinela de asegurar que odias la Navidad. Cada uno tendrá sus motivos, pero no creo que sea para tanto aparcar el móvil, la tablet y la madre que los parió y pasar un ratito con la familia. Igual hasta son buena gente.
A disfrutar de este curso intensivo que se aproxima, que el año es largo y monótono. Y si no les apetece, esperen a la bendita rutina que ya verán como llega en un abrir y cerrar de ojos resacosos.

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Gatos con zapatos
Jaime Rojas 11-12-2017 | 11:33 | 0

 

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Decía mi abuela cuando alguien reclamaba por encima de sus posibilidades o merecimientos que «aquí todos los gatos quieren zapatos». La frase te dejaba sin respuesta, como todas sus afirmaciones, en una persona única, con un humor fino y una vida de alegría, quizá en contraste a la circunstancia de casarse un 18 de julio de 1936, en la más que convulsa Barcelona, aún ajena a lo que se avecinaba. Las nupcias fueron por la mañana y por la tarde ya ardía el templo.
Pero esa es una historia que, con tiempo y ganas, algún día les detallaré. Porque yo iba a hablar de gatos, sin zapatos, por callejeros. Son los 2.500 –gato arriba, gato abajo– que miran y se cruzan en las calles y plazas de Segovia. Son casi más que habitantes posee el casco histórico de la ciudad que, en este macropuente más que nunca, es un gran parque temático. Los mininos campan a sus anchas, mientras que solidarios vecinos los alimentan para que nadie pueda decir aquello de que aquí solo vivimos cuatro gatos por culpa de la pertinaz despoblación.
Para ordenar esta corriente de colaboración con el mundo animal en general y el gatuno, en particular, al Ayuntamiento de la vieja Segovia se le ha ocurrido la idea de fijar un protocolo –palabra siempre al uso en estos casos de propuestas novedosas en cualquier municipio que se precie– que ayude en esa simbiosis entre vecinos y gatos, o gatos y vecinos, que tanto monta. La propuesta consiste en expedir un carné que acredite que puedes alimentar a los felinos sin riesgo de que te llamen la atención. Unos treinta serán los elegidos para lucir el título de voluntario cuidador de gatos.
Un orgullo, sí, para el que le gusten los gatos y conozcan cómo tratarlos, siempre dentro de las normas de bienestar animal, sagradas leyes con vitola europea. Los cuidadores no solo harán de camareros sino que su función será también policial. Constituirán un servicio de información para que se capture a los animalitos y se les esterilice, a 60 euros cada operación vía dinero público. Luego, por supuesto, volverán a la calle y al cuidado de los voluntarios, que igualmente vigilarán que no vengan nuevos felinos a la colonia. Los gatos se convertirán de esta manera en unos protegidos, con sus siete vidas, pero ordenadas y lejos de la desvergüenza. Con zapatos.
Y si la idea de apoyarse en voluntarios para esta acción es eficaz –como lo es en Titirimundi, Muces o la Media Maratón, por señalar ejemplos masivos– podría extenderse a otros ámbitos. Se me ocurre un cuerpo de colaboradores en defensa del patrimonio, ciudadanos que ayuden a vigilar la alargada lista de monumentos, con lo que se evitarían agresiones y el reguero y olor a orina en muchas piedras de la ciudad. Tipo o tipa, que cada vez son más, que sorprendieran descargando, aviso a la policía y sanción al bolsillo, porque lo de esterilizar es desproporcionado y además cuesta dinero.
Así pondríamos zapatos no solo a los gatos, sino también a los monumentos, que sufren más que los felinos el voluminoso turismo ávido de dejar su huella en la ciudad. Pero me temo que al Acueducto, a las iglesias que jalonan la ciudad y a mí mismo nos contesten que no tienen zapatos para tantos gatos. Y mucho menos, botas.

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Tres veces menos que nada
Jaime Rojas 04-12-2017 | 2:34 | 0

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Enumeraba Don Alberto, heredero del mesonero Cándido, con la gracia de quien tiene más tablas que un aserradero, la prolija actividad de Pablo Martín, ya Don Pablo por gracia de la edad y de la sabiduría. Y lo hacía esta semana en la fiesta del sexagésimo cumpleaños del que, para que ustedes sepan quien es, lleva más de cuatro decenios como metre, sumiller y alma del viejo mesón a los pies del Acueducto. Ah y también famoso por su inconfundible bigote.
Parodiaba el mesonero, al más puro estilo Gila, la extensa relación de cargos de Pablo –dicen que más que Atilano Soto en su época dorada– con un espectáculo antes de trinchar los cochinillos que íbamos a meternos entre pecho y espalda en la fiesta. Y como si hubiera llamado a una gran empresa de esas en las que hablas con una máquina, interpretaba:
–Para hablar con Pablo Martín marque 1 si es como metre de Cándido; 2, si es como presidente nacional de sumilleres; 3, si es como concejal en Turégano; 4, si es como presidente de la asociación de camareros… y si no responde, marque 7 para que se ponga su secretario, Pali.
La carcajada por la descripción tan certera inundó los salones del Pórtico, en los que Pablo invitó a centenar y medio de personas para que les constara que entra en la respetable decena de los sesenta, esa que se identifica con la jubilación y con los nietos, si tienen a bien sus hijos Dani y Pablito. Y Pablo, ruborizado, y no por el vino, y emocionado movió su bigote para asentir que nada mejor para definir a un multiservicio e hiperactivo como él. A su lado, Mariángeles, a la que Job y su paciencia profesan una gran envidia porque es muy probable que les quite el sitio.
Que quieren que les diga: si estuvieron me comprenderán y si no fue así –probablemente porque a Pablo se le pasó invitarles, como reconoció– he de decirles que aquello se convirtió en un compendio de gentes afiliadas al ‘bigotismo’, una corriente de lealtad que ya quisieran empresas que tratan de fidelizar clientes o políticos en busca de votos cautivos. La pluralidad de los convidados al entrañable sarao se diluía para convertirse en un aprecio unánime.
Y dicho todo esto no apto para diabéticos, como es mi caso, a mí me emocionó estar codo con codo con los de Turégano; con colegas de los medios de comunicación; con sus sumilleres y camareros; con sus compañeros del Mesón de Cándido o de la política o con sus amigos de la peñas gastronómicas doce más uno o la del chupito de hierbas, que tan solo duró una convocatoria pero que aún recordamos. O con gentes más allá de nuestros modestos límites provinciales, como el seleccionador de fútbol sala o el presidente del torneo de tenis de El Espinar, deportes sin secretos para Pablo y que quizá en otra vida llegue a practicar e incluso presidir, como es su costumbre.
Tenía ganas de hablar de Pablo y su multitudinario cumpleaños me ha regalado esta opción, que no quiero desaprovechar para proclamar mi predilección por este tipo que si tuviera vocación sacerdotal sería Papa y si no hubiese tanto clasismo en la política de provincias sería ministro. Pero aún hay tiempo, amigo, y como en el bolero si veinte años no es nada, sesenta años es tres veces menos que nada.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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