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Autor: jaimerojas
La fiesta estudiantil
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Jaime Rojas | 17-04-2017 | 12:42| 0

No aguantaban más. Hasta ahora habían sobrellevado el asunto con la resignación de quien sabe que no puede luchar contra los elementos. Pero la última o la penúltima ya fue imposible de sostener. Y cuando vieron salir de la vivienda contigua a una treintena de jóvenes, estudiantes universitarios para más señas, como del camarote de los hermanos Marx y después de haber montado la gran fiesta constataron que la paciencia, por muy sacrificado que sea uno, se agota.
Y decidieron unirse al enemigo al no poder con él. Rodeados de cinco pisos alquilados a estudiantes, tomaron el mismo camino que los otros propietarios del bloque: arrendar también el suyo e irse con la música a otra parte, a un lugar en el que no se participe por obligación en las juergas de otros. Niños y trastos al hombro y a otra casa, lejos del mundanal ruido de nuestras jóvenes promesas de licenciados.
Le ha ocurrido a una f amilia en el casco histórico de Segovia, zona que combate la tocata y fuga de vecinos con el asentamiento de estudiantes, que pagan bien y no exigen tanto. Un chollo para los propietarios y una buena forma de crear riqueza en la ciudad, al aprovechar el considerable poder adquisitivo de muchos de los alumnos de las universidades pública y privada. Son un nuevo dorado que ha multiplicado los ingresos de los propietarios de viviendas, sobre todo si están en el recinto amurallado, lugar al que dirigen sus ojos los chavales y chavalas que han elegido esta ciudad para pasar los que casi siempre suelen ser los mejores años de la vida.
Que duda cabe que es más rentable alquilar tu piso a cuatro estudiantes, como les digo, que a una familia. Es evidente. Como es también obvio que supone más gasto en reparaciones porque los jóvenes son propensos a romper y deteriorar el mobiliario. Será la edad, motivo igualmente que explica que las noches sean más largas, el volumen de voz más alto, la música alejada de los clásicos y que a alguno le dé llorona, gritona o cantarina, que en esto de las fiestas estudiantiles cada uno lleva su penitencia.
Y como en casi todo, para que uno gane es necesario que otro u otros pierdan. Es la consecuencia habitual, a lo que se añaden los daños colaterales, que en este historia están representados por la familia de la que hablaba y de todas las que soportan o se han hartado de aguantar a los hijos de otros, que eso son exactamente los estudiantes cuando te tocan en la vivienda de al lado. Pero intentar poner coto a esto es instalar puertas en el campo y por buena voluntad que le ponga el responsable del grupo –siempre hay alguno que juega ese papel– es complicado que se comporten como ursulinas. Iría contra la naturaleza de quien tiene la edad y las condiciones para colocarse el mundo por montera.
Genera riqueza, da vida al mortecino centro histórico, pero también provoca dolor de cabeza. Es el inconveniente de querer que seamos una ciudad universitaria, con jóvenes sobradamente preparados para divertirse. Y así, entre los precios, la difícil accesibilidad y los fiesteros, en el viejo casco no hay quien viva. Salvo que te sumes a la fiesta, claro.

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La feria que gira
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Jaime Rojas | 10-04-2017 | 10:58| 0

Todos tenemos recuerdos de feria. El sonido, el olor, el sabor o esas frases de tómbola que con fervor repiten esos artistas de la venta. La caseta de tiro con las escopetas de mirilla desviada o la música estridente de los coches de choque están instaladas en la caprichosa memoria, como el algodón de azúcar, las almendras garrapiñadas o los trozos de coco refrescados con agua. Y de presidenta, la noria, cuando la localidad está lo suficientemente poblada como para que a los dueños de tamaño mamotreto les merezca la pena montarlo.
Los caballitos –el tiovivo, por emplear un nombre más cosmopolita– para los pequeños y los bares de pincho moruno y pollo asado o los puestos de vino de Cariñena en la que un muñeco vestido de maño da vueltas sobre un barril simulando que pisa la uva en un atrezzo extraordinario, también poseen un hueco entre esas cosas que nunca se olvidan. O las atracciones extremas, donde te ponen cabeza abajo y en las que cuantas más perrerrías te hagan más éxito tienen y de las que bajas –o bajan, mejor dicho, que a mí ahí no me pillan– con la duda de acordarte de los difuntos del que lo inventó o de volver a montar.
Es la feria, la de los tiramonos y cachivaches que, miren por donde, en Segovia ha estado a punto de dejar de alimentar nuestra memoria. Un pulso entre ayuntamiento y feriantes casi arruina una tradición que, aunque en franca decadencia como dice la alcaldesa, tiene un público leal al que nada le importa que los carruseles cambien de ubicación. Todo sea por conservar algo que relacionamos con la infancia tierna y con la adolescencia alborotada e incluso con la madurez, que a nadie amarga el dulce de una tarde-noche de feria.
Sin embargo, como en casi todo, este idílico concepto se convierte en una llaga para quienes sufren daños colaterales: los vecinos. No quiero imaginar la tortura que puede ser el repertorio musical de los coches de choque o las sirenas que anuncian que termina el viaje en una atracción. O las repetidas bromas de los tomboleros, a veces más pesados y reiterativos que algunos humoristas de televisión. El perrito piloto se lo llevan esta vez quienes viven junto a la ciudad deportiva de La Albuera y la parte trasera del colegio Eresma, lugar del nuevo recinto ferial. Ahí estará la zona cero en el estreno del verano.
Y como los faranduleros no son todos iguales, tampoco es ideal la seguridad. Parece inherente a la feria que haya peleas, cruz de navajas entre el ensordecedor ruido y el olor a churro. Los feriantes dicen que hay tipos que van a buscar la riña como si la gresca fuera un carrusel más de los que da vueltas y del que no puedes bajar en marcha. Lo creo porque lo han visto estos ojos que han de tornarse blancos si montan en un cacharro mareante.
Pero, como en el tren de la bruja, los escobazos suelen ser leves. Y la feria continúa y gira, con sus cosas, y sus nómadas dejarán la ciudad para ir a otras en las que alargar el previsible ocaso de su forma de vida. El día que sean sedentarios terminará la magia y en la pista de los coches de choque sonará un réquiem y el algodón tendrá edulcorante. Son estos tiempos que anegan tradiciones.

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La maldita despoblación
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Jaime Rojas | 06-04-2017 | 1:03| 0

Leo de nuevo que nos adentramos cada vez más en la España vacía. El padrón segoviano se desmorona para continuar en una caída libre que sospecho va a prolongarse. La luz al final de este túnel de la despoblación se antoja difuminada como si alguien quisiera que no encontraramos la salida. El censo de la capital no remonta y en la provincia la mayoría de los pueblos pierden habitantes en un goteo que no cesa.
El problema como bien saben es que no hay forma humana de fijar población porque esta tierra no parece atractiva para los ojos de los demás. Ya ni a los extranjeros les seduce y de los compatriotas ni hablamos: de nada ha servido la extraordinaria mejora en las infraestructuras con un tren veloz y unas carreteras de doble vía que atraviesan prácticamente todos los rincones de la provincia. Ni con esos buenos servicios logramos que alguien dirija su mirada aquí y menos asiente sus reales posaderas para echar raíces. Madrid tan cerca es un rival demasiado potente y contra el que es muy complicado competir.
Sin embargo, no pierdo la esperanza de que la situación gire, sobre todo al observar la voluntad de todos en esa pelea desigual contra la maldita despoblación. Convencidos que el mejor y único sistema para ganar terreno en este combate es la creación de empleo, surgen las propuestas que ayudan a que la gente joven no abandone esta tierra en busca de oportunidades. Ya no es solo que no vengan, una batalla en estos momentos perdida, sino que no se vayan, que se queden y traigan segovianitos al mundo.
Y en esta tormenta global de ideas me ha llamado la atención la impulsada por la Fundación Villa de Pedraza. La entidad, conocida por ser la organizadora de los prestigiosos conciertos de las velas a principios de julio, ha tenido la agudeza de crear un concurso a la mejor idea de emprendimiento innovador en áreas rurales. Ya de por sí es buena idea y merecería ganar su propio certamen. Además es en Pedraza, un digno ejemplo de que ni la belleza de los pueblos puede detener la hemorragia de habitantes.
Los posibles participantes son estudiantes pero si me permiten la sugerencia debería extenderse urbi et orbi y que los jóvenes que ya han terminado y no quieren dejar el pueblo puedan presentarse al concurso, ganarlo y con ese dinero pasar a la realidad y poner en funcionamiento lo que se les haya ocurrido. Seguro que veíamos pequeñas empresas innovadoras que sujeten a esa población que con tanta facilidad hace la maleta, atraviesa la sierra y se planta en el Madrid que todo lo absorbe.
Esta y otras contribuciones, por nimias que parezcan, me hacen soñar con ver que mis hijas no cambian su terruño por el neón de la gran ciudad. Con toda probabilidad ese será su camino por mucho que lleven el Acueducto muy metidito dentro. Pero si hay más personas con ideas como la de Pedraza quizá pueda ver cumplido mi sueño de que me cuiden aquí y no tenga que ir a darles el tostonazo a su casa. Porque ya me veo en el metro rodeado de los mismos ‘pumas’ que nos invaden cada fin de semana. Por cierto, la semana pasada prometí que diría el significado del acrónimo: ‘puñeteros madrileños’, por ser fino.

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Menús ilustrados
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Jaime Rojas | 27-03-2017 | 12:14| 0

Andan los hosteleros de restaurantes, para más gloria de esta tierra, en tiempo de plusmarcas. Van de récord en récord como si no hubiera un mañana en el que atender a los miles de comensales que han hecho suyo el lema a comer a Segovia. A los tradicionales puentes que llenan las mesas sobre todo con esos simpáticos amigos del otro lado de la sierra, se unen momentos eventuales de llenazos que estremecen hasta al más avezado veterano de la profesión.
El último ha sido el fin de semana de San José. Un 19 de marzo que por mor de ser domingo se convirtió en unas minivacaciones escolares de ese Madrid de adiós que te quedas sin gente. Y vaya si se quedó y aquí vinieron todos, atascaron la ciudad y los emblemáticos pueblos de la costa del cordero, en el camino a Soria. Vehículos dando vueltas en busca de aparcamiento, niños alborotados y  los incansables ‘pumas’ –algún día les contaré que significa el acrónimo– surgiendo de cada esquina como los norvietnamitas en las películas americanas. Un maremagnum de turistas, una riada de viajeros que, de verdad, después de haberlo visto muchas veces sorprendió, al menos a mí.
Un restaurante que usted y yo sabemos dio la friolera de 1.200 comidas ese domingo excelso, en el que los padres ocupamos las mesas para recibir esos emotivos regalos en forma de calcetines –en mi caso, acompañados de una mariconera para cuando pise, si procede, la arena de la playa el próximo verano–, corbatas, calzoncillos o pijamas, esas prendas que siempre están en el top ten de los presentes en el día en el que a papá tanto quieren sus nenes o nenas.
El pleno turístico del domingo glorioso tuvo continuación al día siguiente, fecha en la que se puso en marcha la Semana de Cocina Segoviana que, cosas del destino, cumple sus bodas de plata como este diario en nuestra Segovia. Flor de calabacín de Mozoncillo; panceta con reducción de judiones en soja;secreto al vermú Garciani; alcachofas con jamón de Venta Tabanera; la trufa negra de Segovia con huevo ecológico y patata;bolita de morcilla de Cantimpalos o crocanti de solomillo de Garcinuño son algunas de las propuestas con vitola segoviana, amén del cochinillo y del lechazo en el que están pensando.
Y como si todos los planetas se hubieran confabulado para hacer de estos días un enorme momento hostelero segoviano, un restaurante segoviano cruzó los límites provinciales para tratar de hacerse un hueco en territorio de otros. Es en la bodega Pago de Carraovejas, de alma de aquí, pero en tierra extraña.
Para que no falte de nada y como no solo de comer vive el segoviano, una exposición en la librería Torreón de Rueda nos recuerda que los caminos del arte en la gastronomía son inescrutables e incontables. A César, el librero de viejo de la calle de La Potenda, se le ha ocurrido mostrar unos menús ilustrados para que veamos que existió un germen, un embrión en su día que ha desembocado en esta locura de cifras y plusmarcas. Documentos hermosos para volver la vista atrás y justificar el comer en Segovia, si te dejan un sitio los bienaventurados amigos de la vertiente sur de la sierra.

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El Acueducto disparado
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Jaime Rojas | 20-03-2017 | 1:07| 0

Decir Acueducto en Segovia es convertir la palabra en mayúscula. Hablar del monumento romano es asegurarse una noticia y que todos los segovianos, aquí o en la diáspora, vuelvan sus ojos a las piedras más famosas de esta tierra. Decir Acueducto es marca Segovia, lo más universal de lo segoviano y de los segovianos. Y decir Acueducto es rentabilidad, son dineros que han dejado y dejan en la ciudad los miles de viajeros que vienen a verlo.
El último –o penúltimo, que nunca se sabe– que ha tenido a bien decir Acueducto lo ha hecho desde una perspectiva original: el coste de su construcción. Aquí recogemos los frutos dos milenios después, pero nunca nos habíamos parado a pensar que a los antepasados romanos la gran mole les costó un dineral. Un estudio se atreve a poner una cifra con un incremento importante del presupuesto inicial. Iba a costar 25 millones de sestercios y se disparó a 200 o, lo que traducido a hoy, de 40 a 320 millones de euros. Ocho veces más.
Y miren que me suena todo esto. Ya estoy viendo a los magos de las comisiones rondando a gobernadores corruptos para que el precio terminará cogiendo esa gran altura. No cuesta mucho imaginárselo en este tiempo en el que la modificación de obras en la contratación pública –así se llama el estudio que firma Jesús Antonio Rodríguez Morilla– no es una sorpresa. Entonces, con los romanos, dicen que también eran habituales. Nada nuevo bajo el sol en un mundo el de la picaresca en el que todo está inventado. En sestercios o en euros, con piedras para formar un canal por el que discurre el agua o con tuberías de pvc, en la Hispania romana supongo había más pillos por metro cuadrado que en todo el imperio.
Me encantaría conocer la biografía del que manejaba la caja para poder contarles una bonita historia de corrupción, de esas que nos dejan pasmados. Y un juicio posterior con una sentencia de las que también nos producen estupor. Pero no sería correcto que inventara en un asunto serio como este. Mi indignación con los romanos iría creciendo hasta el punto de que insultaría al sacrosanto Acueducto y no lo voy a hacer. Aunque sí les cuento un detalle: las piedras son de mala calidad, según otro estudio del que ya hablé en su día.
Ya ven, el coste multiplicado por ocho y con materiales de baja estofa. Ni el Acueducto respetan estos canallas. Y además no podemos pedir que devuelvan el dinero porque no sabemos quienes eran y quienes son sus deudos. Eso duele todavía más en las Españas donde es tradición linchar y pedir que le corten la cabeza al que sea, que ya nos pasamos la presunción de inocencia por los arcos del Acueducto. Muy nuestro, tanto como esta historia de aumentar el precio final de una obra y sisar en los materiales.
El asunto este del Acueducto disparado ya no tiene remedio. Alguna vez me había parado a pensar en cuánta gente moriría en su construcción, pero ahora ya tendré que reflexionar sobre el coste económico. Porque los romanos no estaban locos, simplemente eran unos adelantados a su tiempo y en esto como en tantas cosas también nos enseñaron el camino.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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