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El Acueducto disparado

Decir Acueducto en Segovia es convertir la palabra en mayúscula. Hablar del monumento romano es asegurarse una noticia y que todos los segovianos, aquí o en la diáspora, vuelvan sus ojos a las piedras más famosas de esta tierra. Decir Acueducto es marca Segovia, lo más universal de lo segoviano y de los segovianos. Y decir Acueducto es rentabilidad, son dineros que han dejado y dejan en la ciudad los miles de viajeros que vienen a verlo.
El último –o penúltimo, que nunca se sabe– que ha tenido a bien decir Acueducto lo ha hecho desde una perspectiva original: el coste de su construcción. Aquí recogemos los frutos dos milenios después, pero nunca nos habíamos parado a pensar que a los antepasados romanos la gran mole les costó un dineral. Un estudio se atreve a poner una cifra con un incremento importante del presupuesto inicial. Iba a costar 25 millones de sestercios y se disparó a 200 o, lo que traducido a hoy, de 40 a 320 millones de euros. Ocho veces más.
Y miren que me suena todo esto. Ya estoy viendo a los magos de las comisiones rondando a gobernadores corruptos para que el precio terminará cogiendo esa gran altura. No cuesta mucho imaginárselo en este tiempo en el que la modificación de obras en la contratación pública –así se llama el estudio que firma Jesús Antonio Rodríguez Morilla– no es una sorpresa. Entonces, con los romanos, dicen que también eran habituales. Nada nuevo bajo el sol en un mundo el de la picaresca en el que todo está inventado. En sestercios o en euros, con piedras para formar un canal por el que discurre el agua o con tuberías de pvc, en la Hispania romana supongo había más pillos por metro cuadrado que en todo el imperio.
Me encantaría conocer la biografía del que manejaba la caja para poder contarles una bonita historia de corrupción, de esas que nos dejan pasmados. Y un juicio posterior con una sentencia de las que también nos producen estupor. Pero no sería correcto que inventara en un asunto serio como este. Mi indignación con los romanos iría creciendo hasta el punto de que insultaría al sacrosanto Acueducto y no lo voy a hacer. Aunque sí les cuento un detalle: las piedras son de mala calidad, según otro estudio del que ya hablé en su día.
Ya ven, el coste multiplicado por ocho y con materiales de baja estofa. Ni el Acueducto respetan estos canallas. Y además no podemos pedir que devuelvan el dinero porque no sabemos quienes eran y quienes son sus deudos. Eso duele todavía más en las Españas donde es tradición linchar y pedir que le corten la cabeza al que sea, que ya nos pasamos la presunción de inocencia por los arcos del Acueducto. Muy nuestro, tanto como esta historia de aumentar el precio final de una obra y sisar en los materiales.
El asunto este del Acueducto disparado ya no tiene remedio. Alguna vez me había parado a pensar en cuánta gente moriría en su construcción, pero ahora ya tendré que reflexionar sobre el coste económico. Porque los romanos no estaban locos, simplemente eran unos adelantados a su tiempo y en esto como en tantas cosas también nos enseñaron el camino.

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Mi generación preferida

Siempre he sentido especial predilección por la generación que nació y se crió en los años de la guerra y su terrible posguerra. Un cariño especial alimentado porque es la anterior a la mía, la de mis padres que, como todos, padecieron de niños una época que fue una continua tragedia y en la que los tiros dieron paso a una oscuridad muchas veces aún más dolorosa que las batallas.
Eran tiempos severos, de los que cuesta hablar porque va en la naturaleza humana recordar la infancia como una patria alegre, de momentos felices y alejados del espanto de la realidad. Los niños convierten las dificultades en un campo de juego y en esa época de tisis, hambre y silencio todavía más. A Félix Sandoval, mi peluquero, también le ocurrió y una inocente tarde de juegos cambió su vida. Corría el año 1949 y el final de la década siniestra de las cartillas de racionamiento y el aceite de ricino llegaba a su fin. Félix con 11 años –había nacido un 20 de noviembre de 1937– jugaba al clavo, una diversión de calle en la que se marcaba y conquistaba terreno como si de una guerra se tratara. De repente, el lanzamiento del clavo fue tan poderoso y con tan mala fortuna que impactó en un cristal para hacerlo añicos. La luna era del escaparate de una sastrería al inicio de la Calle Real, en el chaflán que divide la vía y en el que ahora hay un bar, curiosamente con unas grandes cristaleras.
Félix vivía a unos metros, en la misma calle, prácticamente enfrente de donde aún hoy tiene la peluquería. Su madre oye el estruendo, sale y rompe a llorar al pensar en el coste de la travesura. Pero ya saben que las situaciones y Dios aprietan pero no ahogan y por allí pasaba un peluquero apodado Trucha, porque habla más que escucha. Y al observar el suceso y de tanto charlar, de su boca salió una oferta: chaval, vente conmigo de aprendiz. Así Félix –sí con 11 años– empezó a trabajar con una peseta de sueldo más las propinas.
Su vida siguió por el mismo camino del oficio de barbero y peluquero, reconvertido solo a esto último a mediados de los cincuenta cuando se inventaron las maquinillas y llegaron a los hogares. Félix estuvo muchos años en el Casino y atendió a los artistas de Hollywood que entonces poblaban Segovia para participar en ‘Orgullo y pasión’ o ‘La batalla de las Ardenas’ por nombrar las películas que han arraigado más en la memoria. Dos años después de rodarse esta última, en 1967, hace medio siglo, montó su negocio y hasta hoy que, a punto de ser octogenario corta el pelo y conversa como en el viejo oficio. 70 años de peluquero y 50 en el mismo local.
Como esta historia, a esa generación de niños le sucedieron muchas otras. Y ahora que desaparecen, como ha ocurrido con mi padre hace unos días, viajo a esos años para reafirmarme en mi cariño por ellos y por sus aventuras, por los cristales que rompieron y por la huella que dejaron. A mi padre le quitaron el abrigo en el año 40 por dejarlo como poste jugando al fútbol en el colegio. Él lo contaba como algo que le marcó, pero nunca con rencor.Pensaba que era un hurto de necesidad y que ante eso quejarte es algo injusto. Por eso y mucho más es mi generación preferida, de verdad, papá.

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La voz de todos

Contaba el cura de Olmedo, a la vez pluma de este diario en el municipio vallisoletano, que «esto de ser corresponsal de pueblo es muy complicado». Atribulado, Don César lo espetaba para buscar comprensión, aunque sus interlocutores en aquella ocasión éramos una par de imberbes aprendices de este oficio. Pero de esta forma hacía notar que nos estábamos metiendo en una profesión más difícil que la suya, la de salvar almas.
El paso de los años, como en todo, te hace ver las cosas con perspectiva y aunque me imagino lo complejo que ha de resultar la difusión de la doctrina de la Iglesia en estos tiempos de descreídos, puedo asegurarles con bastante certeza que esto del periodismo de provincias es al menos tan intrincado y muchas veces imposible de llevar. El cura hubiera llegado antes a la canonización por la vía de la corresponsalía que por la de párroco rural, que por muy bravos que sean los feligreses, que los hay, aún más lo son los lectores, críticos acérrimos cuando les tocan las cosas de su pueblo. Tenía razón Don César y motivos suficientes para dejar la corresponsalía como lo hizo un tiempo después, para continuar solo en la parroquia, que la santidad puede alcanzarse sin necesidad de sufrir esos malos ratos.
Espinoso el asunto de contemporizar desde el púlpito que siempre supone trabajar en un medio de comunicación. Así lo es para todos a quienes un día nos enganchó esta profesión y que tenemos la suerte de podernos mantener en ella. Cualquiera que esté en esto sabe que llegar al día siguiente a veces es un milagro y más en los años duros de esta crisis que se va y se va y no se ha ido, que dice el bolero.
Contentar a casi todos es pues una tarea de titanes, una lucha que en la mayoría de las oportunidades pierdes, salvo que seas Alfredo Matesanz, un hombre compendio de todos los adjetivos que sean sinónimos o se relacionen con la prudencia. Cualquiera que en los últimos 45 años haya tenido relación con Segovia sabe quién es, conoce al menos su voz, y, por supuesto, su bigote a lo Groucho. Dos características físicas que le distinguen, pero que son irrelevantes al lado de los rasgos de su personalidad: infinita tolerancia y trato exquisito.
Con esas armas, a Alfredo no se le ha escapado una mala palabra en nueve lustros, los que ha estado al pie del micrófono hasta la jubilación. Se va, pero estoy convencido que todo acto que se precie, como hasta ahora, contará con su presencia. Así se lo decíamos este viernes, su último día de trabajo en una visita a nuestra redacción, en la que mantuvimos una conversación de las que se echan de menos en este mundo rápido de la tecla y en el que todo está medido.
Al cura de Olmedo el periodismo local le pareció la representación del infierno, como opinarían todos los prebostes del oficio que un día se fueron a la capital y que a  menudo miran por encima del hombro a los Alfredos y a quienes tratamos de seguir su estela. Aquí les quería ver yo cuando tuvieran que ser la voz de todos y ser amables sin excepción y no solo con los suyos. Porque quiero compañeros de viaje como Alfredo para recorrer el camino que aún queda. Gracias, amigo.

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La caja de los truenos

Leía a principios de año que por primera vez en España unos banqueros entraban en prisión. No sé si será exacto, pero así lo vendían en la prensa. Eran cinco condenados por apropiarse de lo que no es suyo y por administrar mal lo que tampoco les pertenecía en la extinta fusión de las cajas de ahorro gallegas. Al verlo pensé que la Navidad ya había terminado, que la sucesión de cursilerías llegaba a su término, afortunadamente y, nunca mejor dicho, gracias a Dios. Se acababan así los buenos deseos y empezábamos el año dando a los ricos fuerte y a la cabeza para satisfacción del pueblo soberano.
Al leerlo me acordaba de Segovia y de la que fue su caja, en una asociación de ideas que firmaría un niño. Y al ver la fotografía de esos veteranos de trajes impecables en el banquillo –por cierto, de asientos individuales lo que da menos sensación de grupo organizado– comenzaba a imaginarme la instantánea segoviana si el caso de las prejubilaciones hubiera continuado. Ya veía a los nuestros en el mismo trance, aunque con una indumentaria algo menos perfecta porque los gallegos por lo general cuidan más ese asunto. Fantaseaba con esa equivalencia, pero sin hacerme mucho a la idea porque aquí tenemos el privilegio de ser ciudad casi libre de delitos.
Sin embargo, lo que parecía que solo brotaba de forma pasajera de mi imaginación, se convirtió en una realidad que ha hecho temblar esa prerrogativa de la que hablaba y de la que disfrutamos como lugar prácticamente ajeno a los ilícitos. Habían pasado solo unos pocos días desde que los directivos de las cajas gallegas estaban a buen recaudo cuando este diario desveló la reapertura del caso segoviano con su terremoto correspondiente. No quise pensar que les había echado mal de ojo, algo muy gallego, pero la casualidad y mis pensamientos de extrapolación de aquella situación a la de aquí me hace dar una vuelta a mis dotes para imaginar lo que no debo.
Servido el seísmo, el guion de lo que pueda ocurrir a partir de ahora es imprevisible. Es una ruleta en la que participan los acusados y al final todos los contribuyentes a quienes los abusos y la mala gestión de las cajas de ahorro nos han provocado un agujero en los bolsillos. Imputados e investigados están más de dos centenares de antiguos cargos de esas entidades. Y entre ellos los nuestros –sí, son nuestros paisanos o vecinos, que no solo van a serlo aquellos que consiguen logros, que el paisanaje no se elige–.
Rodada la primera escena con la apertura de nuevo de la caja de los truenos, para la segunda Atilano Soto, su actor más reconocible, aunque no el principal, reclama silencio, tranquilidad y serenidad. La historia ya está escrita y esto es post mortem, parece transmitir quien sabe que los hechos son tozudos y ya no pueden cambiarse. Una calma  que no ha encontrado eco en otros actores de esta película de desenlace sin escribir y que hablan de desasosiego por algo que no tiene fin. Es la condena que supone que un asunto se eternice en los juzgados. Un sufrimiento recurrente para las partes de cualquier proceso.
La tercera y última escena es la que no veo y la más complicada de rodar. Los protagonistas dicen que no se ven en la cárcel por una decisión que consideran legal, la de prejubilar a unos pocos elegidos con cantidades millonarias. Yo tampoco lo percibo en mi imaginación y lo más importante: tampoco quiero que suceda, aunque esto pueda ser caridad mal entendida. No se lo deseo porque ya es bastante la pena social a la que están sometidos desde hace un lustro. Ycon eso me doy por pagado.

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El lado brillante del censo

Repaso y vuelvo a repasar los datos del padrón segoviano con la esperanza de tomar el asunto por el lado positivo. Trato de hallar la botella medio llena, en la España vacía. Pero la tarea es difícil y requiere mucha dosis de alegría para dar la vuelta a esta tortilla del censo sin que se escurra por los lados. Porque si hablamos de habitantes, la provincia se encuentra en evidente decadencia hasta asentarse en la antepenúltima plaza, solo superada por déficit de pobladores por Teruel, que sí existe pero poco, y Soria, que existe aún menos pero que siempre resiste pura y bella.
Segovia se queda sin gente es la primera lectura. Ciudad y provincia. Dos mil menos en el año que ha terminado y casi un descenso de diez mil –la mitad de ellos inmigrantes–en un lustro. Es para que nos rilen las piernas por esta desventura ya intrínseca a los últimos ejercicios. Todos los años por estas fechas nos desayunamos unos datos que se enfrían y caen como una tostada al suelo, siempre por el lado de la mantequilla. No levantamos cabeza y aunque la provincia de Teruel todavía está a quince mil habitantes de los 155.652 segovianos de residencia, por delante se antoja difícil alcanzar a nuestra vecina Ávila, ya a siete mil de distancia en el cuarto puesto por la cola de la lista.
Esa es la primera impresión. Sin embargo, como les digo, si se vuelven a leer las cifras y con lenguaje diplomático podemos embelesar algo a los pesimistas y como en la divertida vida de Brian miremos el lado brillante de la vida, silbemos y cantemos mientras la realidad de la despoblación nos crucifica. Veamos pues las cosas buenas como que Cuéllar es de nuevo el municipio con más habitantes después de la capital hasta llegar a 9.501. Ha recuperado el aliento y tras años de caída asoma la nariz con ánimo ante la llegada de sus Edades del Hombre, cuyas consecuencias económicas puede que fijen esa tendencia al alza. En la otra orilla, El Espinar que se ve superado al bajar tres puntos y cuenta ya con 300 empadronados menos que la villa cuellarana.
El regocijo va por barrios y en el alfoz de Segovia lleva instalado un buen puñado de años para complacencia de quienes un día decidieron dejar la ciudad y los municipios más alejados para asentar sus posaderas en los aledaños de la capital, donde el ladrillo es más barato y aún puede percibirse la sensación algo engañosa de vivir en un pueblo. Palazuelos, La Lastrilla y San Cristóbal continúan en cabeza en las preferencias de la mixtura de los rurales-urbanos o, al revés, que cada uno siente lo que considera. En el otro lado, el de los clásicos, otrora ilustres cabeceras de comarca, el censo brilla cada vez menos y le hace falta más de un empujón hacia arriba. El Real Sitio, Cantalejo, Nava de la Asunción y Carbonero caen poco, pero caen, como lo hacen las localidades históricas de Coca, Ayllón, Sepúlveda, Turégano o Santa María la Real de Nieva.
El asunto no pinta bien en este padrón lacónico que componen los 209 municipios segovianos, incluida la capital, de los que 75 poseen menos de un centenar de habitantes. Eso es defenderse y aguantar, pero también pasear por el filo de esa navaja que puede desplegar un futuro gobierno que apueste por agruparlos. El día de esa renovada división administrativa llegará, aunque mientras eso ocurre nadie arrebata el entusiasmo a quienes siguen aferrados a su tierra a la espera de un milagro. Esto es porque ahora es invierno, me dicen en el despoblado nordeste. Pero ya vendrá el verano y entonces pasarán a estar en el lado brillante del censo.

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La fauna revolucionaria

Hasta esta semana nunca había puesto los pies en Madrid Fusión, la reunión de alta gastronomía que da calor a enero desde hace tres lustros. Y después de perder mi virginidad respecto a este magno acontecimiento no sé si es bueno o malo, si he hecho bien o regular en lanzarme a contemplar un mundo del que entiendo entre poco y nada. Sin embargo, mi duda se disipa cuando me pregunto si le he sacado gusto a la experiencia, a lo que me contesto con un sí rotundo. De lo contrario, es evidente que no estaría escribiendo sobre el asunto.
Resuelto el dilema, me siento satisfecho de haber estado en el ajo, aunque la expresión no es muy acertada porque es un producto que no se estila en esta cosa tan fina de la fusión. Aquí se llevan otros productos como plancton o carne de llama por citar ejemplos corrientes. Pero que no se desespere el ajo y sus productores del muy segoviano pueblo de Vallelado porque así deshidratado, desestructurado, liofilizado, hidrogenado o con otros sencillos métodos de cocinar puede que el humilde ajo, al que siempre ha olido este país, alcance el estrellato.
Contento de estar allí y también por mi comportamiento, sin preguntas del tipo ‘y eso qué es’ y respuestas como ‘vaya tomadura de pelo’. No, de eso nada, me porté sin pecar de provinciano y con disimulo no se me notó la torre de la iglesia en la cabeza ante tanta y tan aparente modernidad. Nada me delataba al pasear entre la crema de la intelectualidad culinaria o entre sus proveedores más exclusivos. Nadie pudo deducir que era un intruso desarmado en una selva con una fauna revolucionaria.
Porque eso es lo que son estos tipos y tipas de chaquetillas y mandiles: unos hombres y mujeres en continua revolución, unos Pancho Villa de la cocina, que terminan una rebelión contra la tradición y empiezan otra, en un bucle de nunca acabar. Es la historia interminable de la innovación a la que se han entregado sin que los pobres parezcan ver la luz definitiva al final del túnel. Ser chef mediático es la esclavitud que tiene:que has de ser revolucionario te gusten o no los sombreros mexicanos.
Y después de quince años de continua búsqueda de la revolución perfecta en la cocina se agotan los calificativos y hasta lo de fusión ya resulta anticuado. Pero eso solo lo parece porque de nuevo encuentran la expresión adecuada para que todo esto acabe preso de la displicencia. El espectáculo debe continuar y esta vez hablan de cocina gamberra. Al menos el que está de moda, Dabiz Muñoz, –observen también la revolución en el nombre, que cuando uno es revolucionario lo es hasta en el DNI– define de esta manera lo que hace entre fogones. Un gamberrismo al que contribuye de forma decisiva los ingredientes que utiliza en sus platos, porque estarán de acuerdo conmigo en que no es lo mismo una guarnición con patatas y una salsa tradicional que otra con unas flores y un polvo de gamba deshidratada como el joven revoltoso cocinó durante el evento.
Además de los líderes de esta algarada permanente en el mismo recinto convivieron durante tres días la mayoría silenciosa, en este caso los municipios de Saborea España. Y entre ellos, Segovia, que se sumó a la revolución con una tapa original; eso sí, con cochinillo, que una cosa es participar de los tiempos y otra es echarse en brazos del primero que pasa y apartar lo de siempre a un lado. Gustó la propuesta, porque estaba muy lograda, aunque quizá la fauna variopinta hubiera preferido que al cochinillo lo sometieran a perrerías diversas y desestructurarlo. Pero todo se andará.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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