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La voz de todos

Contaba el cura de Olmedo, a la vez pluma de este diario en el municipio vallisoletano, que «esto de ser corresponsal de pueblo es muy complicado». Atribulado, Don César lo espetaba para buscar comprensión, aunque sus interlocutores en aquella ocasión éramos una par de imberbes aprendices de este oficio. Pero de esta forma hacía notar que nos estábamos metiendo en una profesión más difícil que la suya, la de salvar almas.
El paso de los años, como en todo, te hace ver las cosas con perspectiva y aunque me imagino lo complejo que ha de resultar la difusión de la doctrina de la Iglesia en estos tiempos de descreídos, puedo asegurarles con bastante certeza que esto del periodismo de provincias es al menos tan intrincado y muchas veces imposible de llevar. El cura hubiera llegado antes a la canonización por la vía de la corresponsalía que por la de párroco rural, que por muy bravos que sean los feligreses, que los hay, aún más lo son los lectores, críticos acérrimos cuando les tocan las cosas de su pueblo. Tenía razón Don César y motivos suficientes para dejar la corresponsalía como lo hizo un tiempo después, para continuar solo en la parroquia, que la santidad puede alcanzarse sin necesidad de sufrir esos malos ratos.
Espinoso el asunto de contemporizar desde el púlpito que siempre supone trabajar en un medio de comunicación. Así lo es para todos a quienes un día nos enganchó esta profesión y que tenemos la suerte de podernos mantener en ella. Cualquiera que esté en esto sabe que llegar al día siguiente a veces es un milagro y más en los años duros de esta crisis que se va y se va y no se ha ido, que dice el bolero.
Contentar a casi todos es pues una tarea de titanes, una lucha que en la mayoría de las oportunidades pierdes, salvo que seas Alfredo Matesanz, un hombre compendio de todos los adjetivos que sean sinónimos o se relacionen con la prudencia. Cualquiera que en los últimos 45 años haya tenido relación con Segovia sabe quién es, conoce al menos su voz, y, por supuesto, su bigote a lo Groucho. Dos características físicas que le distinguen, pero que son irrelevantes al lado de los rasgos de su personalidad: infinita tolerancia y trato exquisito.
Con esas armas, a Alfredo no se le ha escapado una mala palabra en nueve lustros, los que ha estado al pie del micrófono hasta la jubilación. Se va, pero estoy convencido que todo acto que se precie, como hasta ahora, contará con su presencia. Así se lo decíamos este viernes, su último día de trabajo en una visita a nuestra redacción, en la que mantuvimos una conversación de las que se echan de menos en este mundo rápido de la tecla y en el que todo está medido.
Al cura de Olmedo el periodismo local le pareció la representación del infierno, como opinarían todos los prebostes del oficio que un día se fueron a la capital y que a  menudo miran por encima del hombro a los Alfredos y a quienes tratamos de seguir su estela. Aquí les quería ver yo cuando tuvieran que ser la voz de todos y ser amables sin excepción y no solo con los suyos. Porque quiero compañeros de viaje como Alfredo para recorrer el camino que aún queda. Gracias, amigo.

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La caja de los truenos

Leía a principios de año que por primera vez en España unos banqueros entraban en prisión. No sé si será exacto, pero así lo vendían en la prensa. Eran cinco condenados por apropiarse de lo que no es suyo y por administrar mal lo que tampoco les pertenecía en la extinta fusión de las cajas de ahorro gallegas. Al verlo pensé que la Navidad ya había terminado, que la sucesión de cursilerías llegaba a su término, afortunadamente y, nunca mejor dicho, gracias a Dios. Se acababan así los buenos deseos y empezábamos el año dando a los ricos fuerte y a la cabeza para satisfacción del pueblo soberano.
Al leerlo me acordaba de Segovia y de la que fue su caja, en una asociación de ideas que firmaría un niño. Y al ver la fotografía de esos veteranos de trajes impecables en el banquillo –por cierto, de asientos individuales lo que da menos sensación de grupo organizado– comenzaba a imaginarme la instantánea segoviana si el caso de las prejubilaciones hubiera continuado. Ya veía a los nuestros en el mismo trance, aunque con una indumentaria algo menos perfecta porque los gallegos por lo general cuidan más ese asunto. Fantaseaba con esa equivalencia, pero sin hacerme mucho a la idea porque aquí tenemos el privilegio de ser ciudad casi libre de delitos.
Sin embargo, lo que parecía que solo brotaba de forma pasajera de mi imaginación, se convirtió en una realidad que ha hecho temblar esa prerrogativa de la que hablaba y de la que disfrutamos como lugar prácticamente ajeno a los ilícitos. Habían pasado solo unos pocos días desde que los directivos de las cajas gallegas estaban a buen recaudo cuando este diario desveló la reapertura del caso segoviano con su terremoto correspondiente. No quise pensar que les había echado mal de ojo, algo muy gallego, pero la casualidad y mis pensamientos de extrapolación de aquella situación a la de aquí me hace dar una vuelta a mis dotes para imaginar lo que no debo.
Servido el seísmo, el guion de lo que pueda ocurrir a partir de ahora es imprevisible. Es una ruleta en la que participan los acusados y al final todos los contribuyentes a quienes los abusos y la mala gestión de las cajas de ahorro nos han provocado un agujero en los bolsillos. Imputados e investigados están más de dos centenares de antiguos cargos de esas entidades. Y entre ellos los nuestros –sí, son nuestros paisanos o vecinos, que no solo van a serlo aquellos que consiguen logros, que el paisanaje no se elige–.
Rodada la primera escena con la apertura de nuevo de la caja de los truenos, para la segunda Atilano Soto, su actor más reconocible, aunque no el principal, reclama silencio, tranquilidad y serenidad. La historia ya está escrita y esto es post mortem, parece transmitir quien sabe que los hechos son tozudos y ya no pueden cambiarse. Una calma  que no ha encontrado eco en otros actores de esta película de desenlace sin escribir y que hablan de desasosiego por algo que no tiene fin. Es la condena que supone que un asunto se eternice en los juzgados. Un sufrimiento recurrente para las partes de cualquier proceso.
La tercera y última escena es la que no veo y la más complicada de rodar. Los protagonistas dicen que no se ven en la cárcel por una decisión que consideran legal, la de prejubilar a unos pocos elegidos con cantidades millonarias. Yo tampoco lo percibo en mi imaginación y lo más importante: tampoco quiero que suceda, aunque esto pueda ser caridad mal entendida. No se lo deseo porque ya es bastante la pena social a la que están sometidos desde hace un lustro. Ycon eso me doy por pagado.

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El lado brillante del censo

Repaso y vuelvo a repasar los datos del padrón segoviano con la esperanza de tomar el asunto por el lado positivo. Trato de hallar la botella medio llena, en la España vacía. Pero la tarea es difícil y requiere mucha dosis de alegría para dar la vuelta a esta tortilla del censo sin que se escurra por los lados. Porque si hablamos de habitantes, la provincia se encuentra en evidente decadencia hasta asentarse en la antepenúltima plaza, solo superada por déficit de pobladores por Teruel, que sí existe pero poco, y Soria, que existe aún menos pero que siempre resiste pura y bella.
Segovia se queda sin gente es la primera lectura. Ciudad y provincia. Dos mil menos en el año que ha terminado y casi un descenso de diez mil –la mitad de ellos inmigrantes–en un lustro. Es para que nos rilen las piernas por esta desventura ya intrínseca a los últimos ejercicios. Todos los años por estas fechas nos desayunamos unos datos que se enfrían y caen como una tostada al suelo, siempre por el lado de la mantequilla. No levantamos cabeza y aunque la provincia de Teruel todavía está a quince mil habitantes de los 155.652 segovianos de residencia, por delante se antoja difícil alcanzar a nuestra vecina Ávila, ya a siete mil de distancia en el cuarto puesto por la cola de la lista.
Esa es la primera impresión. Sin embargo, como les digo, si se vuelven a leer las cifras y con lenguaje diplomático podemos embelesar algo a los pesimistas y como en la divertida vida de Brian miremos el lado brillante de la vida, silbemos y cantemos mientras la realidad de la despoblación nos crucifica. Veamos pues las cosas buenas como que Cuéllar es de nuevo el municipio con más habitantes después de la capital hasta llegar a 9.501. Ha recuperado el aliento y tras años de caída asoma la nariz con ánimo ante la llegada de sus Edades del Hombre, cuyas consecuencias económicas puede que fijen esa tendencia al alza. En la otra orilla, El Espinar que se ve superado al bajar tres puntos y cuenta ya con 300 empadronados menos que la villa cuellarana.
El regocijo va por barrios y en el alfoz de Segovia lleva instalado un buen puñado de años para complacencia de quienes un día decidieron dejar la ciudad y los municipios más alejados para asentar sus posaderas en los aledaños de la capital, donde el ladrillo es más barato y aún puede percibirse la sensación algo engañosa de vivir en un pueblo. Palazuelos, La Lastrilla y San Cristóbal continúan en cabeza en las preferencias de la mixtura de los rurales-urbanos o, al revés, que cada uno siente lo que considera. En el otro lado, el de los clásicos, otrora ilustres cabeceras de comarca, el censo brilla cada vez menos y le hace falta más de un empujón hacia arriba. El Real Sitio, Cantalejo, Nava de la Asunción y Carbonero caen poco, pero caen, como lo hacen las localidades históricas de Coca, Ayllón, Sepúlveda, Turégano o Santa María la Real de Nieva.
El asunto no pinta bien en este padrón lacónico que componen los 209 municipios segovianos, incluida la capital, de los que 75 poseen menos de un centenar de habitantes. Eso es defenderse y aguantar, pero también pasear por el filo de esa navaja que puede desplegar un futuro gobierno que apueste por agruparlos. El día de esa renovada división administrativa llegará, aunque mientras eso ocurre nadie arrebata el entusiasmo a quienes siguen aferrados a su tierra a la espera de un milagro. Esto es porque ahora es invierno, me dicen en el despoblado nordeste. Pero ya vendrá el verano y entonces pasarán a estar en el lado brillante del censo.

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La fauna revolucionaria

Hasta esta semana nunca había puesto los pies en Madrid Fusión, la reunión de alta gastronomía que da calor a enero desde hace tres lustros. Y después de perder mi virginidad respecto a este magno acontecimiento no sé si es bueno o malo, si he hecho bien o regular en lanzarme a contemplar un mundo del que entiendo entre poco y nada. Sin embargo, mi duda se disipa cuando me pregunto si le he sacado gusto a la experiencia, a lo que me contesto con un sí rotundo. De lo contrario, es evidente que no estaría escribiendo sobre el asunto.
Resuelto el dilema, me siento satisfecho de haber estado en el ajo, aunque la expresión no es muy acertada porque es un producto que no se estila en esta cosa tan fina de la fusión. Aquí se llevan otros productos como plancton o carne de llama por citar ejemplos corrientes. Pero que no se desespere el ajo y sus productores del muy segoviano pueblo de Vallelado porque así deshidratado, desestructurado, liofilizado, hidrogenado o con otros sencillos métodos de cocinar puede que el humilde ajo, al que siempre ha olido este país, alcance el estrellato.
Contento de estar allí y también por mi comportamiento, sin preguntas del tipo ‘y eso qué es’ y respuestas como ‘vaya tomadura de pelo’. No, de eso nada, me porté sin pecar de provinciano y con disimulo no se me notó la torre de la iglesia en la cabeza ante tanta y tan aparente modernidad. Nada me delataba al pasear entre la crema de la intelectualidad culinaria o entre sus proveedores más exclusivos. Nadie pudo deducir que era un intruso desarmado en una selva con una fauna revolucionaria.
Porque eso es lo que son estos tipos y tipas de chaquetillas y mandiles: unos hombres y mujeres en continua revolución, unos Pancho Villa de la cocina, que terminan una rebelión contra la tradición y empiezan otra, en un bucle de nunca acabar. Es la historia interminable de la innovación a la que se han entregado sin que los pobres parezcan ver la luz definitiva al final del túnel. Ser chef mediático es la esclavitud que tiene:que has de ser revolucionario te gusten o no los sombreros mexicanos.
Y después de quince años de continua búsqueda de la revolución perfecta en la cocina se agotan los calificativos y hasta lo de fusión ya resulta anticuado. Pero eso solo lo parece porque de nuevo encuentran la expresión adecuada para que todo esto acabe preso de la displicencia. El espectáculo debe continuar y esta vez hablan de cocina gamberra. Al menos el que está de moda, Dabiz Muñoz, –observen también la revolución en el nombre, que cuando uno es revolucionario lo es hasta en el DNI– define de esta manera lo que hace entre fogones. Un gamberrismo al que contribuye de forma decisiva los ingredientes que utiliza en sus platos, porque estarán de acuerdo conmigo en que no es lo mismo una guarnición con patatas y una salsa tradicional que otra con unas flores y un polvo de gamba deshidratada como el joven revoltoso cocinó durante el evento.
Además de los líderes de esta algarada permanente en el mismo recinto convivieron durante tres días la mayoría silenciosa, en este caso los municipios de Saborea España. Y entre ellos, Segovia, que se sumó a la revolución con una tapa original; eso sí, con cochinillo, que una cosa es participar de los tiempos y otra es echarse en brazos del primero que pasa y apartar lo de siempre a un lado. Gustó la propuesta, porque estaba muy lograda, aunque quizá la fauna variopinta hubiera preferido que al cochinillo lo sometieran a perrerías diversas y desestructurarlo. Pero todo se andará.

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Consenso contracorriente

Percibo en el aire –frío, claro– un aroma de consenso que me hace concebir esperanzas de que esto mejore. Dirán que dónde respiro ese aire al tiempo que se preguntarán si es cerca de un garito en el que se fuma algo que no se vende en los estancos. Pues no, miren, es aquí en la Segovia de siempre, en la muy pequeña y leal capital de provincia en la que nieva en invierno y calienta el sol en verano, para sorpresa de los telediarios. Al revés resultaría noticia, lo que descolocaría a los intrépidos informadores que igual la pasaban por alto.
Les digo que sí, que huelo un ambiente conciliador, aunque no me crean. Ni se acerca a la sacrosanta Transición, pero es un indicio de que algo va bien y que no todo es ruina. Y mi percepción es cierta a pesar de los malos augurios que desata el advenimiento de Trump o el inesperado ‘brexit’ de los británicos, que traducido es un mutis por el foro o un portazo en la cara. También pese a tipos poco amantes de la democracia, por decirlo sin exabrupto, y escasamente de fiar como Putin, Erdogan o Maduro, por no hablar de los casos clásicos de tiranos. Populistas todos, que dirían en las nunca bien ponderadas tertulias de televisión.
«¡No hay derecho!», decimos en España, aunque no sabemos con exactitud a qué. ¿Al triunfo en las urnas del magnate estadounidense del pelo imposible? ¿A que los rusos crean menos en la democracia aún que los comunistas de salón que hay en España? ¿O, como si fuera novedad, a que los ingleses miren a los demás con desprecio desde su isla? A lo que no hay derecho es a las obsesiones respecto a los demás que nos acompañan a los españolitos desde que perdimos la Armada Invencible, las colonias americanas y hasta el oro de Moscú.
Pero insisto y pese a esos prejuicios históricos que llevamos bien metidos en la cabeza y nuestro natural pesimismo, a mí, contracorriente, me parece que hay esperanza de consenso. Al menos en España y en su política, aunque de una forma muy suya: se llevan mejor entre los partidos que estos de manera interna. Los discursos integradores se dirigen a los adversarios y no a los compañeros de formación, en unas guerras civiles en las que desgraciadamente tenemos experiencia. El espectáculo está servido en los próximos meses en los que se juegan las habichuelas, en unos congresos que prometen sangre.
Pedradas pues a los amigos y cariño a los enemigos. Hasta ocurre en Segovia, lugar del que si recuerdan les contaba que –sorpresas te da la vida–  es noticiable que haga frío siberiano ahora en invierno y calor en verano con el maldito viento sahariano. Lo de los mamporros en los partidos se lo dejo a su imaginación, aunque algunos son notorios y evidentes. Pero existen tanto como los amores con los rivales, estos sin entrega total que una es decente y ha de dejarse algo para el matrimonio que dicen los pocos castizos que todavía quedan.
Porque consenso es lo que buscan Ayuntamiento y Diputación o lo que es lo mismo, PSOE y PP, para cohabitar en el Centro de Recepción de Visitantes que recibe a los turistas junto al Acueducto. Peleados desde hace tiempo, ahora quizá al olor de ese aroma de consenso entre partidos del que les hablaba, quieren viajar juntos en ese mundo del turismo que tantos días de gloria da a esta tierra. Pónganse de acuerdo como lo haríamos todos para ir a coger dinero, a atrapar algo de prosperidad. Si dan ese ejemplo, quizá les secunde tanto Trump que anda suelto y que seguro visita Segovia y al volver cuenta que aquí consensuamos, pero sin pasarnos, claro.

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Plata para todo el año

Comienza a cumplirse ya 25 años de casi todo. Y 50 ó 75 e incluso redondos centenarios. En Segovia y por lo que atañe a esta casa, el aniversario es de plata. Cinco lustros como cinco soles, con mala rima pero con buena prosa, esa que ha llenado cientos de páginas del querido papel de periódico. Hacemos 25 años  de la edición segoviana del decano de la prensa española y vamos a celebrarlo.
Pero en este naciente 2017 el antiguo Norte no estará solo en su fiesta. Como siempre le ha ocurrido. Otros se sumarán y otros también conmemorarán que ha pasado el mismo tiempo y ahí están, enraizados e ilusionados. Es el caso del Santana, el bar que nunca se cansa de proponer, y que es nuestro quinto. 25 castañas también le caen, con los hermanos que dejaron el pueblo para establecerse en esta pequeña ciudad de forma temporal y con la vista puesta en otros lugares de más oportunidades y habitantes. Así lo cuenta Kike, mientras se coloca su inseparable visera, para concluir que acertaron al quedarse en Segovia.
En igual tesitura de aniversario plateado está la agrupación musical Ensemble de Segovia, que dirige el cubano Flores Chaviano. O el Centro de Empleo Apadefim 2000, que se adelantó a su tiempo con el nombre y con la inclusión en el mercado laboral de personas con dispacidad. También se aprestan a cumplir idéntica edad, por ejemplo, la corporación Maestranza de Caballería. En la provincia, si se mira al noroeste en la histórica Coca verán que la marca embutidos Eresma celebra que salió al mercado hace dos decenios y medio.Pero si su vista es hacia el nordeste, la asociación Codinse, que tanto pelea con actividades de todo tipo en esa comarca muy castigada por la despoblación, cumple los mismos años.
Sin embargo, no solo acceden a esa maravillosa edad todos estos compañeros de viaje –seguro que la nómina es bastante más amplia–, sino que por supuesto también existen hitos que están de aniversario. El que estoy convencido que recuerdan y que ha marcado la vida en la ciudad es la prohibición de circular vehículos por debajo de los arcos del Acueducto. Sí, ya son 25 años desde que el Ayuntamiento entonces presidido por el alcalde Ramón Escobar aprobara una norma que preservaba el monumento, pero partía en dos el tráfico de la ciudad. Con el paso del tiempo, creo que hoy prácticamente nadie estaría en contra de la medida, aunque entonces levantó un entonado debate seguido de su polémica. Por una vez dejamos eso tan nuestro de esconder el problema y que parezca que no existe y lo afrontamos para resolverlo.
Fue un 21 de diciembre, y cosas del destino, ese día fue el primer número de este diario segoviano. Porque cuando se cierra una puerta se abre otra o así queremos creerlo cuando la vida nos voltea. Y no parece baladí que el aire fresco llegara por dos conductos: los arcos del monumento romano y las páginas de un periódico, en lo que es una coincidencia que siempre he pensado tiene su gracia y, quien sabe, si un fundamento que se nos escapa.
Habrá que celebrarlo, como les decía. Y lo haremos sin dar a elegir entre plomo y plata, frase que ha resucitado en boca de la recreación televisiva de Pablo Escobar, el narco más famoso de la historia de ese sucio negocio. Nosotros solo daremos plata para todos a lo largo del año con el objetivo de animarles a que sigan con nuestra amistad, pese a nuestras cosas. Disfrutemos de la plata, que cuando llegue el oro dentro de otros 25 años quizá seamos un león herbívoro, que decía el general Perón, y no estemos ya para muchas fiestas.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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