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Cuéllar descubierta

 

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Hoy es el día que la mayoría de los cuellaranos y vecinos de los pueblos de la comarca no querían que llegara. Pero ya esta aquí. Es la fecha de clausura de Las Edades del Hombre, esa exposición que por donde va triunfa y voltea la zona donde muestra el arte sacro del que presumimos sin rubor, por cantidad y calidad. A nadie se le escapa que esas obras son tan nuestras como la tierra que pisamos, que pertenecen a nuestro corazón. Y que la exposición la sentimos propia.
Cuéllar ingresa ya en esa nómina de ciudades, villas y pueblos ligadas para siempre a un ciclo de éxito. Cuéllar se incorpora a los lugares por los que ha pasado el ciclón Edades, con sus vientos huracanados de riqueza. La villa, cargada de historia, añade un hito más a su pasado de gloria y de importancia en la vieja Castilla. Tierra de descubridores –entre ellos mis antepasados Rojas– ahora ha sido descubierta por miles de personas que han podido comprobar que posee un extenso patrimonio que va más allá de sus afamados encierros taurinos, los más antiguos de España.
Lo contaba un amigo de la villa, al que unos turistas con quienes entabló conversación le definieron Cuéllar como «la gran desconocida», al tiempo que se sorprendían de lo cuidado que estaba el casco urbano. El acondicinamiento de las infraestructuras es quizá la racha más fuerte del ciclón Edades, por encima de la atracción de visitantes durante el periodo expositivo. Es fijar turismo, algo que reclamaba el alcalde del municipio cuando se iniciaba la tormenta perfecta que es la muestra. Lo pedía y ahora tiene la esperanza de que se cumpla su deseo y Cuéllar sea un destino marcado en rojo en los mapas de los cada vez más numerosos adeptos del turismo de interior.
Por ponerle un pero, las cifras han sido más modestas que en municipios similares, como Toro, precedente último de hace un año. En todo esto quizá algo ha influido una denuncia por supuesta financiación irregular y la información de que los datos de visitas estaban hinchados. Pero ni aún así. El público es fiel, una feligresía leal y que no parece cansarse de un producto turístico ya muchas veces repetido.
Y el cuellarano está contento en general, aunque hubiera firmado una prórroga hasta el puente de diciembre, como ha ocurrido en otras oportunidades. Dentro de la satisfacción mayoritaria por lo que ha generado y lo que supondrá en un futuro muy próximo, quienes se han peinado a favor del fuerte y enriquecedor viento de Las Edades han sido los hosteleros y, en menor escala, los comerciantes. Los restaurantes han triunfado y los comercios, gracias a la estructura de la exposición en tres sedes , han ido con el aire a favor porque el visitante se veía obligado a desplazarse a pie y pasar delante de los establecimientos.
Pero todo llega a su fin. Y Cuéllar ahora necesita convencer al viajero que es un destino atractivo. Belleza e historia le sobra y ahora se han sumado infraestructuras y una cuidada gastronomía. Y el turista está ahí y hay que atraparlo. Ojalá Cuéllar sepa aprovechar ese descubrimiento de muchos de una tierra que fue a descubrir hace cinco siglos y ahora se ha convertido en la descubridora descubierta.

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Nuestra fractura

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Cataluña lo monopoliza todo. En eso estamos de acuerdo. Tanta es la intensidad que del resto de los asuntos solo vemos la silueta y, además, en la lejanía. También convendrán conmigo en que respecto al monotema la preocupación principal de cualquier españolito sensato ya no es la locura actual, sino sus consecuencias. Que hubiera una consulta de la Señorita Pepis el 1 de octubre, una declaración de independencia de quita y pon o la situación judicial de los destituidos miembros del Gobierno autonómico, con la tocata y fuga de sainete de su presidente incluido, es baladí al lado de lo que ya está aquí y mucho me temo que va a crecer: la fractura social.
Los independentistas le darán a la cacerola con más fuerza y el resto de catalanes –la otra mitad, barretina arriba, barretina abajo– con el miedo perdido, pero con la precaución de que el vecino de estelada en el balcón no note sus ideas. Y la fractura que aumenta, que se extiende como una roncha sin que remedio alguno pueda sanarla. Enmendar el daño causado es tarea de titanes y no veo que contemos entre los ideólogos de la cosa pública con valientes quijotes que se enfrenten a esos molinos.
La fractura parece inevitable, como ocurre con otros asuntos en todos los territorios de las Españas. No tan avanzada como la catalana, pero sí con una creciente implantación, con ciudadanos de primera y de segunda, con viajeros en business y en turista, por el solo hecho de vivir en una parte o en otra. Sucede entre comunidades y entre provincias; y dentro de estas últimas, entre quienes viven pegados a las capitales o alejados de la urbe, en pueblos perdidos de la mano de Dios.
Es la fractura por los dineros, que también es social. Y así pongamos que hablo de Segovia y si nombro Trescasas, La Lastrilla, Torrecaballeros, San Cristóbal, Espirdo o La Granja deducen que son localidades del alfoz. Allí viven los segovianos con más poder adquisitivo. Lo dice Hacienda al desvelar los datos de renta media que aportamos, seguramente encantados, los contribuyentes que vivimos en municipios de más de un millar de habitantes.
Si hablo de Sepúlveda, Coca, Turégano, Santa María, Ayllón, Navas de Oro y Navalmanzano es mencionar a los pobres, a los últimos de una lista en la que influye de forma poderosa el trecho con la capital. En cuanto te alejas, el parné va disminuyendo y se abre una brecha que se agranda con la digital, sanitaria y otros servicios. Todo por el largo camino a la ciudad y como en el bolero, la distancia es el olvido. Y aunque en el pueblo se vive bien, en el mar de la tranquilidad, sobre todo en verano, nos empeñamos en acercarnos a la capital en busca de una oportunidad que la mayor parte de las veces es peor que la que dejamos atrás.
La fractura está ahí, es la nuestra, y aunque más limpia que la catalana no deja de ser dolorosa. Porque el dinero tiene solución, pero la imbecilidad de algunos es complicada de curar. Y mientras quede un solo descerebrado, siempre habrá peligro de enfrentamiento y de ruptura. Ojalá caiga un gran aguacero que limpie las cabezas y que llene de riqueza los campos de los pueblos. Igual así nos volvemos para el pueblo, que la ciudad y el alfoz no son para mí. Aunque se gane más.

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Que venga la bruja

L102. SORT (LLEIDA), 22/12/07.- Xavier Gabriel, dueño de la popular administración de lotería La Bruixa d'Or de Sort (Lleida), la que más vende de toda España, celebra hoy a bordo de un Biscuter haber repartido el primer premio del Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad, igual que en 2003 y 2004. EFE/Laurent Dominique

Entre la tristeza y el desánimo caminamos los españolitos, que con nuestros impuestos pagamos la fiesta catalana. Y sin poder participar en el sarao, lo que aumenta la sensación de ser unos pagafantas de manual. Aún es peor en el caso de esta tierra, donde a la delirante y disparatada revolución que nos ocupa casi nada aportamos que no sea nuestro dinero y nada, absolutamente nada, llega de la fuga de euros en forma de salida de empresas que a chorro moja este seco comienzo del otoño.
Y este ninguneo, esta posición de cuarto sobrero cabrea más que a un niño quedarse sin cumpleaños. Nadie se acuerda de nosotros, ni para mal, y nuestro protagonismo se reduce a ser un número más, en este caso de los sorprendidos y enfadados ante tanta memez. Por eso siempre buscamos formar parte de una fotografía de la que nos quitan, como borraba Stalin a sus enemigos. Así, contaban, en broma aunque buena parte en serio, que un medio de comunicación local con ganas de situarnos en el mapa y reivindicarnos aseguraba que no había segoviano alguno entre los más de tres mil muertos en los atentados de las torres gemelas. La tragedia era en Nueva York, pero nunca se sabe donde hay un segoviano, con su rebequita en el brazo y su ‘buenomajo’ a punto de salir por su boca.
Sin embargo, si uno se esmera el vacío puede llenarse. Y aquí puestos a buscar algo segoviano en esta locura de mentiras políticas y de necedades de tertulianos, he encontrado algo que nos vincula con el asunto: el ¡a por ellos! La expresión de la jota cuellarana, santo y seña de la villa, de sus fiestas y de sus antiguos encierros, ha estado en boca de los dos bandos, unos para animar a las fuerzas policiales y otros para descartarla y cambiarla. Puigdemont dijo que frente al ‘a por ellos’ prefieren el ‘con ellos’, en un capítulo más del pseudopacifismo que se ha cargado, paradójicamente, el celebrado seny catalán. Cosas que pasan cuando el camino es enrevesado y el relato una patraña.
Ya tienen ahí nuestra contribución. Pequeña pero cierta, aunque me temo que desapercibida para la inmensa mayoría, que desconocen su sello segoviano. Si Puigdemont tuviera una tía nacida en Pinarnegrillo o la peluquera de Anna Gabriel procediera de Mozoncillo, quizá nos hubieran identificado más con el procés y la madre que lo parió.
Pero lo que más nos hubiera gustado, al menos a mí, es que alguna de las cientos de empresas en fuga de Cataluña –casi 1.700– se hubieran fijado en la tierra del olvido. Se lo cambiaría por el ¡a por ellos! sin mirar. No pido un banco, ni una compañía de seguros de gran cartera de clientes; tampoco una farmacéutica de rompe y rasga, ni Seat, porque donde íbamos a meter a sus 15.000 trabajadores y familias.
Solo algo modesto, lo que sea, una empresa que no contamine ni rompa nuestra proverbial tranquilidad. Por ejemplo, la administración de lotería de La Bruja de la localidad de Sort, que también se ha ido de Cataluña. Es para dar otra buena noticia como la de las torres gemelas y en lugar de decir que no hay segovianos afectados, asegurar que, como en el ya lejano año 2000, somos protagonistas y miles de paisanos han sido agraciados. Pero que esta vez me toque, claro.

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Identidad gastronómica

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En este tiempo en el que encadenamos acontecimientos históricos como el fumador compulsivo cigarrillos, supone una alegría haber vivido lo que para la humilde intrahistoria de esta capital de provincias es un hito, la reunión de los tres establecimientos más reconocibles de la hostelería segoviana: Cándido, Duque y José María. Inédito y aún con más valor si al encuentro logramos que se sumaran los políticos locales también más visibles: la alcaldesa de la ciudad y el presidente de la Diputación Provincial.
Testigo del hecho y partícipe de la conversación que mantuvieron durante casi dos horas sobre el sector que con más fuerza tira de esta tierra tanto tiempo olvidada, sorteamos a los agoreros y conseguimos que pasaran un buen rato cinco personas –personajes, si les cuadra más– que se conocen pero que creo nunca habían tenido oportunidad de acercarse tanto. Y si sus negocios, unos, y negociados, otros, no fueran tan intensos y no necesitaran de su atención, seguro que la charla se hubiera alargado hasta alcanzar otros asuntos menos pegados a la gastronomía, que era el objeto del encuentro.
Anécdotas se pueden imaginar que no faltaron. Primero en la sesión de fotos en el Acueducto y, luego, en la visita a un local que no fuera alguno de los suyos, en territorio neutral para que en la previsible batalla dialéctica nadie partiera con ventaja. Los políticos también jugaban en terreno sin adscripción, aunque a estas alturas del partido y vista su dilatada trayectoria poco les importa.
-«Se os ha puesto cara de chinos», bromeamos cuando todos posaban con los ojos semicerrados por el fuerte sol de mediodía que atravesaba los arcos del monumento romano.
-«No me extraña ¡tanto tratar con ellos!» respondían divertidos.
Las bromas dieron pie a hablar de lo que realmente importa, del momento dulce que vive la hostelería y el turismo en la ciudad y en la provincia. Y también para conversar sobre el cochinillo, la estrella en los tres restaurantes e identidad gastronómica de Segovia. De esto algo saben quienes regentan unos establecimientos que suman casi dos siglos abiertos al público con la bandera del lechón. Aún así y no conformes con dejarse llevar por la ola de éxito, los tres hablaron de innovación y de cómo darle la vuelta a un producto que, lejos de agotarse, parece no tener ni pausa ni límite ni ganas de ponérselo, como si quisieran tomarse el término restaurador en la acepción de renovador. Y porque torres más altas han caído, que diría el pesimista.
Segovia tiene, como les decía, esa personalidad gastronómica que le otorga el cochinillo, una ventaja competitiva de la que otros carecen. Dices que eres de Segovia y ya antes que el patrimonio, tu interlocutor nombra el cochinillo. Luego ya se acuerdan del Acueducto o del Alcázar pero, a fuerza de ser sincero, ya está más instalado en la memoria colectiva el sabor del lechón que las piedras que heredamos.
Marisa, Cándido y José María no aflojan y el PIB y el empleo segoviano se lo agradecen. Como Clara y Paco desde sus responsabilidades. Y, por supuesto, el equipo del periódico que tuvimos el gusto, nunca mejor dicho, de asistir a una charla sabrosa. E histórica, no lo olviden.

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Bienvenido Juan Bravo

 

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Tarde de expectación, tarde de decepción. Es lo que vivimos con la surrealista actuación –porque era una actuación– de Puigdemont, el mago de la palabra, el nuevo Ozores que habla sin que se le entienda o el Cantinflas del siglo XXI, que parla mucho para no decir nada. Expectación defraudada como en históricas tardes taurinas y los españolitos sin salir de nuestro asombro ante el incalificable sainete al que nos someten y que parece no tener fin.
Creo que ahora que se reabre el teatro Juan Bravo deberían incluir a esta compañía especializada en tragicomedias, con el argumento de la dolorosa fractura social que han provocado en Cataluña con un sentido del humor ininteligible y negro como el tizón. Podía ser el estreno el último día de noviembre, fecha prevista para que la bombonera segoviana reabra sus puertas en la Plaza Mayor después de un año de obras. Sería un éxito, aunque veo al president lánguido y desesperado por quedar bien con todos y aplicando aquello de para que vamos a quedar mal pudiendo quedar bien, lo que ocurre que al revés. Me tendrían de espectador, aunque conviviría con el temor de que se suspendiera la función al poco de comenzar, que Puigdemont es muy de marcha atrás.
Por fortuna al Juan Bravo vendrán espectáculos más consolidados y no tan endebles como el de los independentistas catalanes, con actores de medio pelo y actrices de pelo cortado a tazón. Y así el teatro segoviano volverá a dar vida al casco histórico de la anciana Segovia y a su Plaza Mayor, triste desde que el recinto cerrará para lavar, cortar y peinar. La fachada ya está con su color pastel y sus balaustradas relucientes y Don Antonio Machado espera, regordete él, a la puerta para ver llegar a los segovianos que tanto echan de menos su teatro.
La expectación es grande y la decepción espero que inexistente. Dicen que la obra servirá para el aislamiento acústico del edificio y para mejorar los camerinos, esas entrañas del teatro que ni usted ni yo vemos, pero que podemos imaginarnos algo decrépitas y con sabor a los viejos teatros en los que los artistas preferían venir cambiados desde el hotel. Y además, lo que es una buena noticia, la sala tendrá una minisala en la planta superior, antes dedicada a exposiciones. Cumplirá la función de hermana pequeña para que las pequeñas cosas también puedan verse en el gran teatro de los segovianos.
Ya estoy visualizando el patio de butacas, ese que por arte de birlibirloque y de la tecnología se transforma en un salón diáfano, con los asientos bajo la tarima. Y lo veo lleno, con gente en la calle con ganas de entrar pero sin sitio. Hemos estado un año de esta manera, sin una voz, ejerciendo de esa mayoría silenciosa que tanto desprecian los Puigdemont y sus cadenas de televisión al servicio de la causa. Hemos aguantado para que nuestra bombonera esté aún más dispuesta a depararnos noches de gloria en el corazón de la ciudad.
Solo falta que la programación acompañe y que pasen otros muchos años antes de que el teatro pase de nuevo por el taller. Y que usted y yo, lo veamos, claro. Igual entonces Puigdemont ya se ha decidido. O no, e interpreta a Hamlet en el Juan Bravo.

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Monomanía catalana

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Cuenta Juanjo Marín, panadero, taurino y gran conversador, una anécdota que le ocurrió esta semana que concluye y en la que hemos vivido inmersos en la monomanía catalana. Pasaba junto a la sede principal de CaixaBank en Segovia y oyó a una señora, ya con cierta edad, advertir a un señor que se dirigía a la puerta de la oficina bancaria que no entrara. «Ahí no, que son catalanes», soltó con la esperanza de que fuera a cualquier otra en una calle plagada de entidades financieras.

Juanjo me lo contaba entre divertido y sorprendido, al tiempo que vaticinaba que la solución del pollo catalán se antoja complicada. A esa y otras conclusiones había llegado después de despachar durante un buen rato con otros contertulios de media mañana en la barra de La Tropical, reducto segoviano en la invadida y turística Calle Real. Allí se va a tomar un chato y a arreglar el mundo, bueno, el mundo local, que no acumulan tantas ínfulas y aplican aquello de la película ‘Pasión de los fuertes’ en la que el barman sentencia cuando le preguntan por el amor que él siempre ha sido camarero. Cosas del cine, pero también cosas de una realidad que como bien saben muchas veces supera el ingenio de los guionistas.

Pero el asunto no terminó ahí. Dejo a Juanjo camino de su panadería y me encuentro a Marta Rueda, guía turística, dulce sonrisa y siempre con andar apresurado. Me asegura que esta vez su prisa está más que justificada porque ha quedado con unos chinos, que en su gira han descartado Barcelona para venir a la muy española y romana Segovia, ciudad más segura y tan a mano de Madrid. Marta corre y yo también para tratar de huir de la ‘catalanomanía’ que nos asedia. Dos anécdotas en unos minutos que resumen el estado de ánimo.

Después de lo ocurrido con Juanjo y Marta y bien pensado, qué favor nos hace Puigdemont y sus mariachis de barretina, que con sus majaderías anacrónicas nos benefician. Porque los banqueros huyen de allí para que la señora no tenga otros argumentos para odiarles que sus antipáticas comisiones y los chinos pasan del modernismo a las piedras del Acueducto y de los calsots al cochinillo sin ponerse colorados, cosa por otra parte algo difícil.

Pero mi aventura continuó unos metros más allá, cuando oí a unos jóvenes que iban a llamar a la policía porque les habían robado una mochila. Pensé que ya estaban tardando, pero claro están como para atender otra cosa que no sea la unidad de las Españas, hecha jirones. Y además con el cabreo de constatar –ya desde hace muchos años– que dan la cara y se la parten, mientras el parné no les llega ni para el hotel. Cobran menos que cualquier mozo o moza, guardia urbano o urbana y se han organizado en un colectivo llamado Jusapol, para que en esto del salario también se acuerden de ellos. Que los ánimos están muy bien, pero los dineros ayudan.

Ya no sé donde meterme para eludir el monotema cuando me encuentro un amigo futbolero que me habla de la selección, del Barça y otros temas al uso. Y yo, jadeante de tanto lío catalán, me enredo conmigo mismo y en lugar de preguntar cuándo juega España le lanzo: «¿Y cuándo son los pitos a Piqué?». Qué horror, estoy abducido.

 

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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