El Norte de Castilla
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Esa extraña nieve

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Más raro fue aquel verano que no paró de nevar, canta Sabina para advertir que por muy extraño que algo te parezca hay situaciones que aún lo son más. Y que nieve en verano lo es, pero todavía más que lo haga en invierno y nos sorprenda. Eso parece que nos ha ocurrido a todos con la gran nevada del día de Reyes, en la que miles de personas quedaron atrapadas en sus vehículos a las puertas de Madrid y otras miles hemos tenido que hacer piruetas y malabarismos para afrontar los días siguientes en Segovia y en los pueblos de la provincia.
Extraño es asimismo que se busquen culpables, que pretenda atribuirse responsabilidades a los de la cosa pública, a los gestores privados de la autopista y a los conductores –entre ellos uno de mis hermanos con su familia–, víctimas de una noche inmensa que jamás olvidarán. Y en la ciudad endosarle la culpa a todo bicho viviente, barrenderos, concejales, policías y a esos negligentes vecinos que, por favor, no tienen una pala en casa por si caen chuzos de punta. Son unos urbanitas que ya no recuerdan las historias que oyeron contar de grandes nevadas, que concluían con la moraleja aquella de ‘con Franco nevaba mucho más’.
Dicen en la barra de mi bar Tropical que esto ha venido bien para el campo y, sobre todo, para cambiar de conversación y pasar del monotema catalán a un asunto más blanco, y nunca mejor dicho. Aquello ha sido toda la semana un hervidero de comentarios y de teorías sobre quién se ha llevado la palma a la torpeza en este episodio. Las administraciones son firmes candidatas, aunque los imprudentes también tienen lo suyo.
Asumida la disparidad de criterios en las democráticas barras de los bares, en el tema ha habido una coincidencia: no es la primera vez que nieva; y, además, en invierno. Algo obvio parece, pero vistas las reacciones no lo es tanto. La unanimidad seguro que dio paso a las anécdotas con la nieve. La mía se la resumo: viajaba hace unos años desde Madrid por la A-6 y en el desvío a la autopista a Segovia –uno de los puntos de la zona cero del sábado de autos– nos pararon porque la nevada arreciaba. Llevábamos cadenas, pero no sabíamos ponerlas. Y entonces surgió un guardia civil entre la nieve, un tipo armario, y lejos de abroncarnos por zoquetes, se tiró al suelo y colocó las cadenas. Nosotros, mi amigo Luis Martín, entonces director de la televisión local, y su hijo Luisito, llevábamos en el maletero unos quesos cántabros que nos habían regalado. Y le dimos uno al agente salvador. Lo rechazó, en principio; miró a su compañero que no se había dignado a bajar y aceptó.
La escena fue rara, como la nieve en verano, ya les digo, pero lo que no es extraño es que no supiéramos poner las cadenas, como estoy convencido les pasaba a muchos de los atrapados en la ratonera de Reyes. Ese es el problema: que nos hemos acostumbrado a que papá Estado nos lo arregle todo y a pronunciar la frase mágica de que para eso sirven mis impuestos. Pues miren los míos valen igual para pagar al guardia que nos ayudó que a los políticos que no reparan en que nieva en invierno.
Y la próxima vez que salgan a la carretera con temporal les recomiendo que añadan al kit que aconseja la DGT un queso. Es muy útil.

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La valiente olvidada

Manolita Chen. V 05.01.14

Desconozco cuántos de ustedes saben quien era Manolita Chen. De mi edad hacia abajo es posible que prácticamente nadie haya sabido de su existencia y de mis cincuenta y algún palos hacia arriba seguro que muchos. O no tantos, porque Manuela Fernández Pérez, que así se llamaba, fue estrella en una época en la que la televisión estaba en pañales.
La vedete representó el atrevimiento en una época oscura, cuando el franquismo gobernaba las instituciones y la moral de la sociedad con puño de hierro. Se casó con un chino lanzador de cuchillos –de ahí su apellido artístico– en la posguerra del hambre y creó con su marido el Teatro Chino que recorrió todos los rincones de España. Su espectáculo pecaminoso, con bailes sexuales que salvaban la censura, despertó la imaginación de unos españolitos abocados a misa de doce y a cine vigilado por la larga sombra de los censores.
Con los nuevos tiempos de la democracia la insinuación cambió por un erotismo explícito y lo que hacía Manolita Chen dejó de interesar a los nuevas y también a las viejas generaciones. La artista cayó en el olvido más absoluto y murió a principios de este año que ahora expira, sola, en una residencia de ancianos. Únicamente siete personas acudieron a su entierro en un ejemplo evidente de que de la fama a la desmemoria se pasa de una manera abrupta. Paradojas de la vida, a Manolita Chen le perjudicó el final de la censura, como le pasó al Gran Wyoming cuando dejó de gobernar Aznar: se quedaron sin argumentos.
Les cuento esta historia porque me subleva la indolencia ante lo que fuimos y la exaltación de lo que somos, como si siempre hubiéramos vivido así, entre comodidades propias de esta época. Practicamos el olvido con quienes una vez fueron pioneros, punta de lanza de los cambios y valientes. Y Manolita Chen, aunque les parezca frívolo, lo fue, arriesgó, como lo hicieron otros artistas durante la dictadura. Ahora es más fácil ser provocador, transgredir, aunque con cuidado porque hay muchos censores a los que no ves venir, en esta sociedad a la que ya tantas veces he calificado desde aquí de bobalicona.
Manolita Chen nos dejó como lo hicieron otros , algo que podrán comprobar en los resúmenes del año que están al caer en todos los medios de comunicación. Siempre me fijo en eso, en el gran obituario anual, y aunque pudiera parecer morbo es más interés por saber la pequeña historia de los que se van. Y en este 2017, por ejemplo, se apagó la luz para Palomo Linares o Ángel Nieto, el torero y el motociclista que triunfaron en el tardofranquismo. O Chiquito de la Calzada, estrella ya en democracia. Pero a ellos les dedicamos un tiempo, un qué lástima, no como a Manolita, la valiente olvidada.
Sus chotis y pasodobles cargados de erotismo levantaron el ánimo de una generación, ya casi desaparecida, y eso merece un respeto y unas líneas sobre alguien de la que nunca imaginé iba a escribir. Pero es Navidad, uno se pone sensiblero, justiciero y melancólico. Y aunque nunca vi un espectáculo de Manolita, me hubiera gustado ser el octavo asistente a su entierro. Para darle las gracias en nombre de nuestros ascendientes que ya no pueden hacerlo.

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Los días intensos

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Oteo en el horizonte una semana fantástica, que nada tiene que ver con el centro comercial que está usted pensando. La fantasía de esta semana no se refiere a los precios, sino a la sucesión de acontecimientos en los que vamos a estar de alguna manera todos implicados. Nadie será ajeno, por mucho que haga el avestruz y aunque se niegue en redondo a participar de la letanía de intensidad que se avecina.
Por orden cronológico para mí esta semana de interés comienza el miércoles, en el que la edición segoviana de este diario cumple 25 años. Será nuestra fiesta y la de todos ustedes, amigos lectores, en el aún hoy más coqueto y remozado teatro Juan Bravo. Ese día a los quioscos llegará un suplemento especial, elaborado con todo el mimo y en el que participan cientos de segovianos, entre ellos un buen número que viven fuera de su tierra. Tengo un nudo en el estómago que confío en que en el acto no se traslade a la garganta.
Con la correspondiente resaquita –de emociones, no piensen otra cosa– volveremos al tajo al día siguiente para contarles, aunque nos pille lejos, las insólitas elecciones catalanas. Pasaremos de hablar de lo segoviano y de los segovianos, para adentrarnos en las procelosas aguas de los Puigdemont y compañía. Confieso que da mucha pereza, pero también que son de los comicios más interesantes e hilarantes de nuestra ya cuarentona democracia. Nunca tan pocos políticos habían despertado tanta expectación en tan enorme número de personas. La noche será intensa, aunque me temo que todo quedará igual y el culebrón seguirá vigente.
Pero alégrense porque lo que viene luego es para ello: la lotería de Navidad. Han pasado 17 años desde aquel ya venerado 22 de diciembre del 2000, en el que Segovia se hizo millonaria, tal y como titulamos en portada del diario. Y desde luego no nos importaría copiarlo para contarles que se ha repetido la suerte, que aquí es asamblearia y con gran participación. Volvemos a jugar mucho y eso es síntoma de que pensamos que la fortuna siempre llama dos veces.
Y con dinero o sin dinero, la jornada siguiente será de vermú futbolero. Llega el que llaman clásico, el Madrid-Barça, que todos los años es el partido del siglo y este no va a ser menos. La novedad es el horario matinal, lo que nos puede perjudicar si seguimos de fiesta lotera. Pero seguro que nos sobrepondremos y cumpliremos con el otro gran juego, además de la lotería navideña, que apasiona a los españolitos: el fútbol.
Y aterrizan a continuación otros dos clásicos anuales, Nochebuena y Navidad, para completar estos días desenfrenados. La suegra, el cuñado y los sobrinos esperan impacientes la cita, como lo hacen todos los tópicos, entre los que se ha colado en los últimos años la cantinela de asegurar que odias la Navidad. Cada uno tendrá sus motivos, pero no creo que sea para tanto aparcar el móvil, la tablet y la madre que los parió y pasar un ratito con la familia. Igual hasta son buena gente.
A disfrutar de este curso intensivo que se aproxima, que el año es largo y monótono. Y si no les apetece, esperen a la bendita rutina que ya verán como llega en un abrir y cerrar de ojos resacosos.

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Gatos con zapatos

 

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Decía mi abuela cuando alguien reclamaba por encima de sus posibilidades o merecimientos que «aquí todos los gatos quieren zapatos». La frase te dejaba sin respuesta, como todas sus afirmaciones, en una persona única, con un humor fino y una vida de alegría, quizá en contraste a la circunstancia de casarse un 18 de julio de 1936, en la más que convulsa Barcelona, aún ajena a lo que se avecinaba. Las nupcias fueron por la mañana y por la tarde ya ardía el templo.
Pero esa es una historia que, con tiempo y ganas, algún día les detallaré. Porque yo iba a hablar de gatos, sin zapatos, por callejeros. Son los 2.500 –gato arriba, gato abajo– que miran y se cruzan en las calles y plazas de Segovia. Son casi más que habitantes posee el casco histórico de la ciudad que, en este macropuente más que nunca, es un gran parque temático. Los mininos campan a sus anchas, mientras que solidarios vecinos los alimentan para que nadie pueda decir aquello de que aquí solo vivimos cuatro gatos por culpa de la pertinaz despoblación.
Para ordenar esta corriente de colaboración con el mundo animal en general y el gatuno, en particular, al Ayuntamiento de la vieja Segovia se le ha ocurrido la idea de fijar un protocolo –palabra siempre al uso en estos casos de propuestas novedosas en cualquier municipio que se precie– que ayude en esa simbiosis entre vecinos y gatos, o gatos y vecinos, que tanto monta. La propuesta consiste en expedir un carné que acredite que puedes alimentar a los felinos sin riesgo de que te llamen la atención. Unos treinta serán los elegidos para lucir el título de voluntario cuidador de gatos.
Un orgullo, sí, para el que le gusten los gatos y conozcan cómo tratarlos, siempre dentro de las normas de bienestar animal, sagradas leyes con vitola europea. Los cuidadores no solo harán de camareros sino que su función será también policial. Constituirán un servicio de información para que se capture a los animalitos y se les esterilice, a 60 euros cada operación vía dinero público. Luego, por supuesto, volverán a la calle y al cuidado de los voluntarios, que igualmente vigilarán que no vengan nuevos felinos a la colonia. Los gatos se convertirán de esta manera en unos protegidos, con sus siete vidas, pero ordenadas y lejos de la desvergüenza. Con zapatos.
Y si la idea de apoyarse en voluntarios para esta acción es eficaz –como lo es en Titirimundi, Muces o la Media Maratón, por señalar ejemplos masivos– podría extenderse a otros ámbitos. Se me ocurre un cuerpo de colaboradores en defensa del patrimonio, ciudadanos que ayuden a vigilar la alargada lista de monumentos, con lo que se evitarían agresiones y el reguero y olor a orina en muchas piedras de la ciudad. Tipo o tipa, que cada vez son más, que sorprendieran descargando, aviso a la policía y sanción al bolsillo, porque lo de esterilizar es desproporcionado y además cuesta dinero.
Así pondríamos zapatos no solo a los gatos, sino también a los monumentos, que sufren más que los felinos el voluminoso turismo ávido de dejar su huella en la ciudad. Pero me temo que al Acueducto, a las iglesias que jalonan la ciudad y a mí mismo nos contesten que no tienen zapatos para tantos gatos. Y mucho menos, botas.

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Tres veces menos que nada

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Enumeraba Don Alberto, heredero del mesonero Cándido, con la gracia de quien tiene más tablas que un aserradero, la prolija actividad de Pablo Martín, ya Don Pablo por gracia de la edad y de la sabiduría. Y lo hacía esta semana en la fiesta del sexagésimo cumpleaños del que, para que ustedes sepan quien es, lleva más de cuatro decenios como metre, sumiller y alma del viejo mesón a los pies del Acueducto. Ah y también famoso por su inconfundible bigote.
Parodiaba el mesonero, al más puro estilo Gila, la extensa relación de cargos de Pablo –dicen que más que Atilano Soto en su época dorada– con un espectáculo antes de trinchar los cochinillos que íbamos a meternos entre pecho y espalda en la fiesta. Y como si hubiera llamado a una gran empresa de esas en las que hablas con una máquina, interpretaba:
–Para hablar con Pablo Martín marque 1 si es como metre de Cándido; 2, si es como presidente nacional de sumilleres; 3, si es como concejal en Turégano; 4, si es como presidente de la asociación de camareros… y si no responde, marque 7 para que se ponga su secretario, Pali.
La carcajada por la descripción tan certera inundó los salones del Pórtico, en los que Pablo invitó a centenar y medio de personas para que les constara que entra en la respetable decena de los sesenta, esa que se identifica con la jubilación y con los nietos, si tienen a bien sus hijos Dani y Pablito. Y Pablo, ruborizado, y no por el vino, y emocionado movió su bigote para asentir que nada mejor para definir a un multiservicio e hiperactivo como él. A su lado, Mariángeles, a la que Job y su paciencia profesan una gran envidia porque es muy probable que les quite el sitio.
Que quieren que les diga: si estuvieron me comprenderán y si no fue así –probablemente porque a Pablo se le pasó invitarles, como reconoció– he de decirles que aquello se convirtió en un compendio de gentes afiliadas al ‘bigotismo’, una corriente de lealtad que ya quisieran empresas que tratan de fidelizar clientes o políticos en busca de votos cautivos. La pluralidad de los convidados al entrañable sarao se diluía para convertirse en un aprecio unánime.
Y dicho todo esto no apto para diabéticos, como es mi caso, a mí me emocionó estar codo con codo con los de Turégano; con colegas de los medios de comunicación; con sus sumilleres y camareros; con sus compañeros del Mesón de Cándido o de la política o con sus amigos de la peñas gastronómicas doce más uno o la del chupito de hierbas, que tan solo duró una convocatoria pero que aún recordamos. O con gentes más allá de nuestros modestos límites provinciales, como el seleccionador de fútbol sala o el presidente del torneo de tenis de El Espinar, deportes sin secretos para Pablo y que quizá en otra vida llegue a practicar e incluso presidir, como es su costumbre.
Tenía ganas de hablar de Pablo y su multitudinario cumpleaños me ha regalado esta opción, que no quiero desaprovechar para proclamar mi predilección por este tipo que si tuviera vocación sacerdotal sería Papa y si no hubiese tanto clasismo en la política de provincias sería ministro. Pero aún hay tiempo, amigo, y como en el bolero si veinte años no es nada, sesenta años es tres veces menos que nada.

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Mitos en diferido

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Uno posee sus mitos, sus fobias y sus filias y, por qué no, sus obsesiones. Actores, músicos, pintores, escritores, futbolistas o ahora los emergentes cocineros y bodegueros. Nadie escapa a esa condición humana de mitificar algo o a alguien, aunque no se lo merezca. Y yo, como usted, tengo los míos, héroes que me he labrado a mi manera en esta cabeza que no para de perder pelo. No sé si son los mejores, pero son los míos.
Hay mitómanos de manual o extravagantes; sinceros o de oídas y activos o simplemente gregarios de modas. Y hay quienes sienten su mito de verdad como algo suyo, lo que le pasaba a mi padre con la película ‘Casablanca’, que cumple 75 años de su estreno. Mucho tiempo, algo que facilita el aumento de la leyenda de una cinta que iba para obra menor y que se convirtió en la más amada de la historia, en palabras del director Billy Wilder. ¿Quién no ha visto Casablanca o al menos tiene referencias? Es difícil encontrar a alguien de cierta edad y formación que no sepa de su existencia.
La forma de fumar de Bogart, la cara dulce de Ingrid Bergman; el cinismo del capitán francés de policía; los entrañables camareros del café de Rick, la firmeza del líder de la resistencia o las duras facciones del oficial alemán forman parte de la memoria de quienes amamos Casablanca, por cierto una ciudad bastante insípida y sin la belleza de otras de Marruecos. Los salvoconductos, el cántico de ‘La Marsellesa’, las notas de ‘El tiempo pasará’ o la niebla en el aeropuerto no se despegan del recuerdo de quienes hemos visto mil y una vez la película. Y las frases, que repetimos y adaptamos, como el ‘siempre nos quedará París’, ‘esto es el comienzo de una gran amistad’, ‘tú ibas de azul y los alemanes de gris’ o la menos reiterada ‘por extrañas circunstancias los dos amamos a la misma mujer’, que mi padre alargaba porque sabía todos los diálogos por su oficio de empresario de salas de cine.
‘Casablanca’ nació en tiempos asesinos, lo que también ayuda a su mitificación. Como lo hizo hace cuarenta años otro de los iconos que anidan en mi memoria: ‘La chica de ayer’. Mientras hacía la mili en Valencia, Antonio Vega esbozó la canción de una generación, de una época también convulsa y que el paso del tiempo y la triste historia de su autor –a quien pude ver en el Juan Bravo en 2008, en uno de sus últimos conciertos– ha engrandecido. Uno se asoma a la ventana y parece ver a la chica que juega con las flores del jardín, mientras la cabeza te da vueltas en su persecución.
La película y la canción son leyenda, están en los altares de nuestro acervo colectivo, pero con un matiz: llegaron a instalarse en la cumbre años más tarde de su creación. Son mitos en diferido. Porque ni ‘Casablanca’ fue un éxito de taquilla, ni ‘La chica de ayer’ era la canción emblema de la movida, ni sonaba de forma generalizada. Fue después, como pasa con todo, cuando acomodamos el recuerdo y convertimos el sapo en un príncipe, al necesitar héroes. Y como el primer beso que suele ser sinónimo del mejor, quizá no nos gustó tanto. Pero son fantasías que no debemos romper, porque la profesión de ir desmontando mitos es tan triste como las caras de Humphrey y Antonio.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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