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Fecha: mayo, 2014
Sesenta kilos
César Pérez Gellida 26-05-2014 | 5:45 | 4

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 26 de mayo de 2014

El otro día se pasó por esta cantina el escritor del que ya le he hablado anteriormente. Portaba una novela que me llamó poderosamente la atención por tener la cubierta tintada de un amarillo un tanto premonitorio. No resistí la curiosidad y le pregunté.

Casi me arrepiento.

Se trataba de Sesenta kilos, escrita por Ramón Palomar, un periodista francófilo pero de costumbres muy peninsulares. La definió como «novela negra cañí» pero no había connotaciones negativas en el epíteto, más bien lo contrario:

«Una novela negra, negrísima –empezó diciéndome– en cuyas páginas no aparecen policías ni detectives, ni investigadores de ninguna clase; ni falta que le hace. Un argumento que no se parece a nada, al margen de todo, porque marginados son los que la protagonizan: Charli, un perdedor de poca monta de esos que más pronto que tarde la terminan montando; el Nene, un inadaptado con esquela maquetada en espera de publicación; Frigorías, el pez gordo que siempre gana, menos cuando pierde; el Tiburón –su preferido–, un matón mordedor, muerto en vida por amor; y finalmente, un aderezo casi inédito en nuestra cocina literaria, ese que aporta el clan gitano compuesto con el Marqués, Yeyo y Arturito».

Ninguno de ellos sería bienvenido en esta cantina, puede usted estar tranquilo.

«Con ese cartel –continuó enfervorizado–, Palomar teje una trama convulsa, perfectamente hilvanada con los hilos de la traición al más puro estilo patrio, donde predominan el rojo sangre y el amarillo vergonzante».

En ese punto me comprometí a comprar la novela según pusiera los pies en la calle, pero no debí de ser muy convincente porque mi cliente, el escritor, añadió:

«Algún día me gustaría manejar el léxico con la soltura que lo hace Palomar, disparando palabras hasta apiolar al lector, asfixiándolo en cada página, masacrándolo en memorables capítulos en los que el mejor chaleco antibalas no es sino cartón pluma. Y es calvo, como el que regenta este establecimiento –remató».

Lo empecé ayer y ayer lo terminé.

 

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Pajarito de morado plumaje
César Pérez Gellida 19-05-2014 | 8:24 | 14

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 19 de mayo de 2014

 

El macabro asesinato de la presidenta de la Diputación y del PP en León, Isabel Carrasco, ha iluminado los peores perfiles de los que se cobijan en las tinieblas de las redes sociales. El caso de Twitter ha sido francamente bochornoso. Bien es cierto que la mayoría de los tuits publicados contenían palabras de condolencia y condena, sin embargo, no han sido pocos los que han exprimido su ingeniosa cobardía para hacer alarde de un humor negro que ni es humor ni es negro: es impune necedad; necia impunidad. Pero peores que estos han sido los firmados por algunos personajes públicos –prestidigitadores en posesión de la verdad absoluta– que, haciendo uso de su volumen de seguidores, se han apresurado a emitir su veredicto cuando aún se podía escuchar el eco de los disparos. Porque en Twitter el que primero aprieta el gatillo mata dos veces.

Todo por un retuit.

He de reconocer que he escarbado en la red social en busca de los comentarios más dolosos e hirientes, sin embargo, apenas he tenido que ensuciarme las uñas porque son precisamente esos los que más éxito tienen y por tanto, los que antes afloran a la superficie; como la mierda –disculpe el exabrupto–. Citaría algunos casos con nombre y apellidos, pero no querría alimentar su ya de por sí empachado ego.

Todo por un seguidor más.

No soy partidario de censurar las redes sociales, censuro a quienes las deshumanizan, a los frívolos, a los aspirantes a bufón cibernético, esos juglares de saldo. Porque no es la primera vez que ocurre. Es la ofensa gratuita disfrazada de libertad de expresión, y si a esto añadimos que se puede agredir a quien uno quiera parapetado en la trinchera del anonimato, pronto será una moda.

Todo por un favorito.

Como pajarito azul no controle su pico corre el riesgo de ver como su plumaje de libertarias alas azules se tiñe de un vergonzante morado. Morado, sí, como el color del vino que bebo y no pago.

 

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Peligro: nuevo orden mundial
César Pérez Gellida 13-05-2014 | 6:40 | 10

Articulo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 11 de mayo de 2014

 

Las investigaciones sobre este material les valió el Premio Nobel de Física a Andréy Gueim y a Konstantín Novosiólov en el año 2010. Quizá haya oído hablar de ello. Se trata de una sustancia formada por carbono puro que en su día bautizaron con el nombre de grafeno. Lo que quizá no sepa es que el descubrimiento de sus casi infinitas propiedades hace que sea considerado un hallazgo científico a la altura de la rueda o del fuego en cuanto al salto tecnológico que proporcionará a nuestra especie.

Le sirvo un roble. Acomódese.

Es cien veces más duro que el acero, ligero, flexible, elástico y transparente. Las primeras aplicaciones llegarán al mundo de la electrónica y la informática gracias a la mejora sustancial de los procesadores. La nueva generación de teléfonos móviles llegará pronto de la mano del grafeno. También veremos importantes avances en la aeronáutica y en la medicina, o en industrias como la del automóvil, la alimentaria, o la armamentística, entre otras. Sin embargo, la gran revolución afectará al entorno energético y de los combustibles y, antes de lo que muchos gobiernos desearían, provocará profundas modificaciones en la balanza geopolítica del planeta.

Me lo ha asegurado un cliente que está muy puesto en el tema, créame.

Mantiene que los hidrocarburos tienen los años contados y que será la energía solar fotovoltaica la que dominará nuestro futuro inmediato. El grafeno hará que se multiplique la capacidad de recolección de las células solares hasta extremos todavía no cuantificados. Y mejor aún, la facilidad para producirlo en serie hará que los distintos países alcancen la posibilidad real de ser energéticamente autosuficientes.

Ahora bien, ante esta proyección tan poco halagüeña para sus intereses, no parece que los países árabes que encabezan la producción mundial de petróleo se vayan a quedar de brazos cruzados, pero resulta que tampoco beneficia en absoluto a otras potencias como EEUU, China o Rusia.

Solo queda por saber si en la lucha por dominar el nuevo orden mundial nos mataremos más y mejor que ahora.

 

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De santos y diablos
César Pérez Gellida 06-05-2014 | 9:01 | 14

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 5 de mayo de 2014

 

Se llevan matando desde la noche de los tiempos, y no es una frase hecha. Desde 1955 hasta hoy, en Sudan del Sur solo han disfrutado de diecinueve años de paz. Las cifras son escalofriantes: en un país con escasos diez millones de habitantes, han perdido la vida al menos dos millones y medio de seres humanos –la mayoría civiles–, y se cuentan casi el doble de desplazados. Estos números no son torturados –tergiversados, entiéndase– por nadie porque a nadie interesan, y porque aquí no se torturan datos, cifras ni números, se torturan personas.

Diecinueve años de paz dan para muy poco, y efectivamente muy poco tienen que perder los sudaneses del sur, sumidos en una miserable economía de subsistencia, sin apenas infraestructuras ni recursos que explotar, sin posibilidad de alfabetización ni futuro. Casi nada ha cambiado desde mediados del siglo pasado. Es verdad que antes se mataban a machetazos con sus vecinos musulmanes del norte y ahora lo hacen a disparos y entre ellos, cristianos, sumidos en una encarnizada lucha por el poder disfrazada de guerra étnica. Se cumple el guión de otras guerras negras: dos facciones enfrentadas que se disputan un pírrico botín a costa del pueblo, que buscan y encuentran adeptos para la causa apelando a los vínculos de consanguinidad, tirando de los lazos culturales, hurgando en primitivas costumbres raciales. En Sudán del Sur, Kiir, el presidente, pertenece a la etnia Dinka; Machar, su oponente y antiguo vicepresidente, es Nuer. Ambos, como malnacidos y genocidas que son, han decidido beberse la sangre de los suyos porque están convencidos de que les pertenece; y nadie les dice lo contrario.

Y mientras todo esto sucede, hay fiesta celestial en el Vaticano. Celebran que dos muertos ya ocupan su altar en los cielos cuando millones de vivos no encuentran su sitio en el infierno.

¿Pero qué nos importan los pobres diablos si tenemos dos nuevos santos? Además, los diablos no obran milagros.

Termine el vino, que cerramos.

 

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Sobre el autor César Pérez Gellida
Observaciones muy de cantina bajo los efectos de los taninos.

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