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Fecha: octubre, 2014
El cabroncete Nicolás
César Pérez Gellida 27-10-2014 | 8:19 | 9

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 27 de octubre de 2014

 

Algunos pensarán que este adolescente con cara de estudiante de primera bancada y atuendo oficial de empresario de éxito es el joven más listo que ha dado nuestro país desde que muriera Antonio Pérez, Secretario del Consejo de Estado con Felipe II. La diferencia radica en que este último además era inteligente, a la par que gran manipulador, asesino inductor y brillante estafador.

Los hechos apuntan a que Francisco Nicolás, inmerso en un procaz delirio megalómano, ha estafado unos cuantos miles de euros a empresarios de los de verdad. Resulta muy difícil de entender que alguien que sea capaz de anudarse una corbata haya creído que este pubescente fuera agente del CNI, o pudiera estar desempeñando un cargo de asesor del Gobierno, que conociera personalmente a Vladimir y Barack, o mejor aún: que fuera testaferro del jefe del Estado español, Felipe VI.

El chaval merece un Goya.

Es para descojonarse vivo o morirse de la risa, lo sé, aunque en esta cantina tememos que los empresarios que presuntamente han sido engañados por este mocete de mirada triste y peinado aznaroso no estarán de acuerdo. El juez que instruye el caso no daba crédito tal y como reconoce en el auto, pero todo parece indicar que, este veinteañero que tiene por modelo declarado a Alejandro Agag –hágase cargo, su señoría, porque podría ser considerado como agravante–, se la ha metido doblada a más de dos.

De los padres biológicos lo único que se sabe es que apoyan incondicionalmente la teoría que sostiene que una mano negra se la ha jugado a su tierno bisoño. Resta por saber qué dice el resto de su «familia», esa que, con su conducta ejemplar, amamantó los idilios de grandeza del pequeño Nicolás para convertirlo en un pequeño cabroncete; esos que aseguraban que España iba bien y omitían el resto de la frase: «…pero solo para mis amigos»; esos que posaban tan alegremente en los collage de Nicolás.

Porque de otra forma, esta y otras historias no se entienden, ni se entenderían, porque son como los unicornios: de fantasía.

 

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Kobani
César Pérez Gellida 20-10-2014 | 8:08 | 9

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 20 de octubre de 2014

 

Amanecía. Amin Fajar escrutó el exterior antes de atreverse a poner una sandalia en la calle. Se cumplía el noveno día sin poder salir de su casa, atrapados en el sector enemigo en su propia ciudad. Él podría aguantar un par de días más, pero su esposa, Ashti, le había rogado que consiguiera alimentos para los niños, porque los tres pequeños ya no tenían energía ni para llorar; la mayor, Chuwan, no había salido de su cuarto desde que se escucharan los primeros estallidos de la artillería del Estado Islámico.

Hacía unas horas que habían dejado de oírse las ráfagas de las armas ligeras y por la radio había escuchado que los suyos –las Unidades de Protección Popular– habían rechazado los ataques de los yihadistas durante la madrugada. Amin tenía que llegar hasta la tienda del señor Shahin, a solo cuatro calles de distancia. Lo consideraba un hombre piadoso y sabía que solía guardar algunas conservas en el sótano.

Era el momento.

Cogió aire y corrió todo lo que pudo sin mirar atrás. Se sabía el camino de memoria, tan solo tenía que esquivar los cascotes desprendidos de los edificios y los boquetes provocados por las granadas de mortero. No levantó la vista del suelo hasta que se dio de bruces con la puerta de la tienda; cerrada. Maldijo en su kurdo materno mientras pensaba en una alternativa, pero el instinto le advirtió de que le estaban observando. Y entonces sí, alzó la mirada.

Decenas de ojos, todos inertes; cabezas cortadas y clavadas en picas, algunas con la boca abierta y la lengua arrancada, otras con las cuencas de los ojos vacías. Ancianos, mujeres y niños. Muchos rostros anónimos y algunos conocidos, como el del señor Shahin y su esposa.

Paralizado, aturdido, ni siquiera se percató de la bala que le subrayó el último pensamiento: «Tengo que volver con mi familia».

Esto no es el principio de una novela de mi cliente el escritor.

Esto es Kobani, en el norte de Siria, y sucedió antes de ayer.

 

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Harry Hole
César Pérez Gellida 13-10-2014 | 8:01 | 5

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 13 de octubre de 2014

 

Venía tan emocionado que se pagó una ronda.

Ya les he hablado alguna vez de mi cliente el escritor. Según me contó, en la próxima edición de Getafe Negro –que tendrá lugar entre el 16 y el 26 de octubre en la citada localidad madrileña– una de las personalidades destacadas será un noruego llamado Jo Nesbo y que, tal y como me confesó, se trata de uno de sus autores de cabecera y un espejo en el que poder mirarse.

Así me lo narraba mientras disfrutaba de un crianza en condiciones:

«Nesbo es un referente mundial en novela negra gracias a la serie protagonizada por Harry Hole, un atípico investigador perteneciente al grupo de delitos violentos de Oslo. En nuestro país se acaba de publicar –con cinco años de retraso– la octava entrega: El leopardo, pero cuenta con otras dos novelas más que  completan la decena de serie y otras tantas independientes. Harry Hole mide 1.95 cm, es de complexión atlética, rubio, con el pelo cortado a cepillo, orejas y nariz desproporcionadas y labios finos, casi femeninos. Sin embargo, son los ojos el rasgo físico que más destaca, siempre poblados por esa red de finas venas enrojecidas características de los alcohólicos, como lo es él. Pero Harry Hole tiene otro problema más grave, relacionado con el corazón, haciendo que en ocasiones se muestre endeble, incluso torpe, como si se tratara de una persona. Profesionalmente huye de la intuición y se basa en su propio método, plagado de normas que él mismo se encarga de romper cada vez que se enfrenta con uno de esos enrevesados casos, tan imposibles que suenan a pura realidad».

Cuando terminó con la descripción le pedí que, si tenía ocasión, consultara al tal Nesbo sobre lo que haría su Harry Hole si trabajara como investigador en España, en la fiscalía anticorrupción, por ejemplo.

Mi cliente se marchó cabizbajo, jodido, y ya en la puerta me dijo sin girarse:

–Seguramente se hubiera enrolado en un ballenero hace ya mucho tiempo y estaría arponeando cetáceos junto a Elpidio José Silva.

 

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El Aguante
César Pérez Gellida 06-10-2014 | 8:02 | 6

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla 6 de octubre de 2012

 

Seguramente haya oído hablar de ellos y es más que probable que conozca algunas de sus canciones. Son dos hermanastros de Puerto Rico –René Pérez y Eduardo Cabra, y hacen música urbana, rap fusión mezclada con mil corrientes y estilos, aderezada por ritmos propios del folclore latino con otros tan dispares como el rock o el ska. Música imposible de clasificar. Sin embargo, para muchos lo que más destaca de este grupo son las letras de sus canciones, reivindicativas, ácidas, hirientes, tintadas de denuncia social y protesta callejera.

Les hablo de Calle 13. Sus cinco LP´s han sido galardonados con multitud de premios de la Industria Musical y se han ganado el reconocimiento de millones de seguidores en todo el mundo.

Aquí en La Cantina suena mucho, sobre todo después del telediario.

Uno de sus temas, El Aguante, podría ser la esencia lírica y vergonzante del papel que desempeña el ciudadano de hoy en ambos hemisferios, en cualquier latitud y longitud de este planeta que tan mal poblamos. Porque a pesar de que nos pueda parecer que lo que nos escandaliza dentro de nuestras fronteras no es muy distinto a lo que ocurre en otros territorios, todo, absolutamente, obedece a un sistema que se sostiene en un único pilar: unos pocos mandan y el resto aguantan; aguantamos.

Aguantamos lo que nos echen y damos las gracias por el plato, aguantamos la mentira disfrazada de verdad y digerimos del dato. Aguantamos al político que roba y conspira, aguantamos porque el que habla mucho poco respira. Aguantamos la doctrina impuesta y la tragamos celebrando el gol de Iniesta. Aguantamos estoicamente, de forma mezquina, aguantamos lo que esconden en sus vitrinas. Aguantamos al que nos controla y domina, al que nos tira la comida, aguantamos al banquero que nos lleva a la ruina.

Aguantamos, coño, aguantamos hasta el vino de esta cantina.

Y como suena en la canción: «¡Que aguanten la revancha, venimos al desquite, hoy nuestro hígado aguanta lo que la barra invite!».

 

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Sobre el autor César Pérez Gellida
Observaciones muy de cantina bajo los efectos de los taninos.

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