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Chaleco antitodo
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César Pérez Gellida | 22-04-2014 | 06:23| 16

Artículo de César Pérez Gellida publicado el 14 de abril del 2014 en El Norte de Castilla.

 

Cuando me enteré de que la fecha de las elecciones europeas era el 25 de mayo no pude por menos que resoplar con hastío. Quedaban siete semanas completas, con todos sus días, sus horas, sus minutos y segundos siendo bombardeados con propaganda política de destrucción masiva; acribillados en el clásico cruce de falsas acusaciones; ametrallados sin piedad contra el paredón de los medios de comunicación para, inmediatamente después, ser rematados con el clásico tiro de gracia participativo, ese que nos atraviesa el cerebro con proyectil del calibre «vote».

Pero en esta ocasión, con este cantinero, han pinchado en hueso.

Si tiene tiempo le sirvo un poco más de ese joven y se lo cuento.

Resulta que he adquirido un chaleco «antitodo». Es infalible, ya nada me afecta. Como lo oye. Ahora, cuando leo un titular relacionado con aquellos que nos metieron o estos que nos van a sacar, paso página como si tal cosa; en el momento en que escucho en la radio una palabra del listado tabú, cambio de emisora y, en cuanto reconozco en la TV un futuro candidato o un presente ya electo, mi dedo pulgar no para hasta encontrar la salida. Lo probé el día que Esperanza Aguirre salió a dar explicaciones ante los medios por su acto cargado de soberbia y velada impunidad. Me lo puse nada más ver esa estudiada cara de anciana a la que se le ha escapado el gatito no sabe cómo, se le ha subido al árbol del vecino.

Ni me enteré de lo que arguyó.

Además, la prenda en cuestión no cuesta nada y, aunque no está fabricado en kevlar ni en grafeno, viene totalmente acolchado de indiferencia. Es ligero, auto ajustable, unisexy talla única.

Así, cuando llegue la fecha señalada pueden ocurrir dos cosas: que salga el sol o que no, pero este cantinero ya ha decidido que no pasa por las urnas. Y que gane el que le toque, que al día siguiente va a seguir siendo lunes y aquí abrimos.

 

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Transhumanismo
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César Pérez Gellida | 08-04-2014 | 07:13| 8

Artículo de César Perez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 7 de abril de 2014

 

El término no es nuevo. Recoge una forma de pensar que nació en los años cincuenta y que aboga por exprimir al máximo los avances de la ciencia con el fin de minimizar los defectos inherentes al ser humano. Dicho de otra forma, explorar los caminos que nos lleven a la perfección como especie.

Ahí es nada.

Y lo cierto es que, sin darnos apenas cuenta, ya hemos recorrido buena parte de ese trayecto. La descodificación completa del genoma humano y la reciente clonación de células madre embrionarias han acelerado vertiginosamente los progresos de la ingeniería genética y bioingeniería. Se prevé que en los próximos años se produzca un salto muy importante en el ámbito de la medicina en general y en el de la medicina regenerativa en particular.

A partir de aquí todo suena a ciencia ficción. Le pongo otro vino y se lo cuento.

Ya es posible reparar y remplazar –parcial o totalmente– tejidos humanos. El siguiente paso consistirá en cultivar órganos a demanda gracias a una bioimpresora 3D, cuyos cartuchos están cargados con células de todo tipo y condición. Si necesita un corazón, vaya ahorrando.

Sepa usted que en septiembre del 2013 científicos austríacos han logrado crear tejido cerebral y se estima que en menos treinta años los humanos estaremos en disposición fabricar un cerebro completo.

Algunos necesitarán dos, pero eso ya es otro discurso.

Será cuestión de tiempo que alguna mente preclara de esas que ya están trabajando en ello logre codificar los datos contenidos en la materia gris para su trasvase posterior a un dispositivo de almacenamiento externo o bien…, en otro cerebro cultivado con las células madre embrionarias del mismo sujeto al que se la ha practicado esa transferencia cerebral.

La inmortalidad al alcance la mano del hombre. Perdón, quería decir la inmortalidad al alcance de quien se la pueda pagar. Y quiera.

Le sirvo el penúltimo, que cerramos.

 

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El hombre que casi conoció a Nacho Vegas
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César Pérez Gellida | 01-04-2014 | 06:15| 4

Artículo de César Pérez Gellida, publicado en El Norte de Castilla el 31 de marzo de 2014

 

Se aproxima una fecha importante: el 8 de abril Nacho Vegas publica su último trabajo, Resituación.

Soy poco mitómano, o eso creo, pero si tengo que reconocer alguna excepción, estas se concentran en el universo de la música. Me vienen a la cabeza Brian Molko, David Gaham, Bunbury y este asturiano de mirada tan incierta como cargada de pesadumbre. A Nacho Vegas le rodea un halo arcano que funciona como un anticipo de las letras de sus canciones, porque en su música todo es lo que parece y nada es verdad. Quizá por eso me genera tanta admiración, porque me lo creo como persona.

Vale, es posible que hoy me haya tomado un par de crianzas de más, pero como le decía al principio, el acontecimiento lo justifica.

Ahora permítame que aproveche la calentura para hablarle de esos dos impostores –como definía Kipling– que son el éxito y el fracaso. Me ha hecho pensar en ello la reciente pérdida de Leopoldo María Panero, el poeta del que tanto se ha hablado últimamente, ese que, como otros antes que él, ha pasado de loco a genio en el mismo momento en el que su corazón ha dejado de latir. Porque con esos que destacan y nos cuesta entender los motivos preferimos esperar a que estén bien muertos para otorgarles el reconocimiento que merecen. Y porque los mortales tendemos a elevar a la categoría de dioses a los que vivieron más cerca del infierno que del cielo, dejando su legado en un segundo plano. Legado como el que nos dejó Panero, o como el que nos está regalando Nacho Vegas.

Con un vino más empezaré a creer que todo esto se debe a que, en realidad, nos gusta mucho más el olor del azufre que el de las nubes, que no huelen.

Personalmente, y como él dice en su canción sobre Michi Panero, me encantaría poder contar que casi conocí en una ocasión a Nacho Vegas.

 

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El día que comprendí el rugby
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César Pérez Gellida | 24-03-2014 | 18:48| 8

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 24 de marzo de 2014.

Llevaba tiempo subiendo a los campos de rugby de Pepe Rojo atraído, –por qué esconderlo–, más por el tercer tiempo que por los dos primeros. He de reconocer que no entendía mucho de lo que sucedía en el campo, pero intensidad con la que se vivían los partidos desde la grada era un incentivo más que suficiente. Los neófitos aseguran que es un deporte complejo, sobre todo en nuestro país, donde es más probable que a una suegra la inviten a la noche de bodas de su hija, que emitan un partido de rugby en televisión en abierto.

Le lleno la copa.

Han pasado muchos años, pero recuerdo que aquel día hacía sol y tocaba jugar contra el Universidad de Sevilla. Sin saber muy bien por qué, decidí olvidarme del partido y centrarme únicamente en un jugador; uno del que todo el mundo hablaba pero que, para mis ojos profanos, pasaba totalmente desapercibido; uno que tenía cara de «teplaco» y siempre lucía casqueta. Hablo de Asís García Mazariegos.

Siguiéndole en cada lance del juego comprendí que no brillaba porque, precisamente, su tarea principal era ensuciar el juego del contrario, ahora bien, arriesgando la jeta en cada contacto, cada placaje y cada abierta.

Y no es baladí. Asís tiene más puntos en la cara que un cuadro de Seurat.

Comprendí entonces que en el rugby la colectividad prevalece sobre el individuo; que un fallo en el placaje cuesta un ensayo; que una abierta no disputada y un metro perdido en la melé pueden significar la derrota; pero sobre todo, comprendí lo que significa el sacrificio y la honestidad en el deporte. No recuerdo si aquel día ganamos o perdimos, pero no tengo ninguna duda de que, aquel día, comprendí el rugby. Y quizá algo más.

Hace poco hacía sol y tocaba jugar contra Hernani. Faltaban quince minutos cuando Asís García Mazariegos saltaba al césped con su cara de «teplaco» y su casqueta.

No recuerdo si ganamos o perdimos.

 

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Caraduras de memoria endeble
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César Pérez Gellida | 17-03-2014 | 14:06| 12

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 17 de marzo de 1014.

 

Cleptocracia: dícese de la forma de gobierno que se fundamenta en la sustracción de bienes ajenos. Ahora bien, no se vaya usted a pensar que se trata de un término que acuñaran en la Antigua Grecia; es, digámoslo así, de reciente creación. Ergo, responde a una necesidad de definir algo que antes no existía.

No obstante, la corrupción entendida como el uso del poder como vía de enriquecimiento existe desde la noche de los tiempos: malversación de fondos públicos, blanqueo de capitales, cohecho, fraude, apropiación indebida o el tráfico de influencias podrían encabezar el ranking de delitos que aliñan una cleptocracia.

Una como la nuestra.

Así, alumbrando el asunto desde dentro de nuestras fronteras, vemos que los casos se multiplican desde 1933, –cuando se ejerció el derecho al voto por primera vez durante la Segunda República–. El franquismo también dejó los suyos, pero tristemente, los casi mil setecientos casos que tiene registrados el Consejo General del Poder Judicial se concentran desde el año 1982 hasta ayer.

Mil setecientos, sí. Y le juego un vino a que no me sabe citar más de cinco.

Haga la prueba.

Seguro que le vienen a la cabeza los nombres de Gürtel, Bankia, Nóos, Bárcenas, el de los ERE´s falsos, y puede incluso que el Malaya, por la bochornosa sentencia. Pero difícilmente recordará otros «asuntos menores» –nótese la sorna– como el de la CAM, Campeón, Pokemon o Emperador, o aquellos más alejados en el tiempo como Gescartera, Filesa, Rumasa, GAL, Naseiro, Banesto, Roldán o Guerra, por citar algunos. En su momento llenaron portadas de periódicos y abrieron los noticiarios de la época; hoy no son más que capítulos olvidados de nuestra vergonzante historia política.

Ahora le juego otro vino a que sí recuerda cuántas Eurocopas tiene la roja, en qué año conseguimos el mundial, dónde, y hasta quién nos dio el gol de la victoria.

Porque conviene esnifar el polvo blanco del triunfo que meter la nariz en nuestro propio retrete.

Y porque somos caraduras de memoria endeble.

 

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Lo que era, no es
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César Pérez Gellida | 10-03-2014 | 15:13| 12

Artículo de Cesar Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 10 de marzo de 2014

 

Recientemente he leído que la ingesta de zumos de frutas no es nada saludable. Los de la bata blanca justifican tal afirmación basándose en lo pernicioso que supone para la salud la excesiva concentración de azúcar que estos contienen, equiparándolo al nivel los tan demonizados refrescos y demás bebidas carbonatadas. Al mismo tiempo, están apareciendo otras voces que alertan sobre el daño que está suscitando esa moda de beber agua cuando no se tiene sed. Se ha demostrado que la sobrehidratación, al margen de ser perjudicial para el sistema renal, produce una alteración en el equilibrio hidroelectrolítico que ocasiona un aumento considerable del tamaño de las células y, consecuentemente, del volumen del cerebro.

No se me descojone usted que le pongo de patitas en la calle.

Como le decía, la elevada presión intercraneal dificulta el flujo sanguíneo y provoca disfunciones severas en el sistema nervioso central que pueden originar estados comatosos o incluso la muerte. No en vano, un estudio médico realizado a los atletas que corrieron la última maratón de Boston reveló que el 13% de los participantes habían puesto en riesgo sus vidas por beber demasiada agua.

Paralelamente, cada vez son más los estudios científicos que sostienen que, el consumo de alcohol –moderado, debo subrayar–, resulta beneficioso para la salud. Anote: mejora el funcionamiento cardiovascular, reduce el riesgo de sufrir depresiones o ataques de ansiedad, retrasa el envejecimiento celular, aumenta la capacidad creativa e incluso reduce el absentismo laboral, entre otras muchas de naturaleza menos empírica.

Así pues, lo que era, no es.

Porque si la Universidad Católica de Campobasso certifica que consumir un máximo de cuatro bebidas alcohólicas al día reduce la probabilidad de morir por cualquier causa en un 18%…, ¿quiénes somos nosotros para pensar lo contrario?

Ahora la cuestión está en dilucidar si en el almuerzo de nuestros hijos debemos incluir un zumo de piña o una lata de cerveza.

 

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Tunguska
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César Pérez Gellida | 03-03-2014 | 16:57| 16

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 3 de marzo de 2014

Cuando estalla la gran bola de fuego las primeras luces del día todavía rasgaban un cielo tintado de un naranja amenazador, casi premonitorio. El planeta no ha conocido una explosión tan violenta en toda su historia. Un poder destructivo superior a treinta megatones causa la devastación de más de dos mil kilómetros cuadrados de superficie terrestre, cualquier forma de vida animal desaparece y la detonación queda registrada en buena parte de las estaciones sismográficas del mundo.

Los testigos hablan de un enorme hongo que se ha elevado varios kilómetros desprendiendo el calor de mil soles. Las primeras investigaciones apuntan a la colisión de un meteorito de proporciones desproporcionadas, pero algo no encaja: no se ha producido cráter alguno. Con tan escasas prendas, la comunidad científica no tarda en tejer diversas hipótesis: un prematuro experimento termonuclear; la aparición de agujeros negros; una explosión de antimateria; una tormenta magnética; o incluso el fallido intento de aterrizaje de una gran nave extraterrestre.

El suceso, que bien podría corresponder al argumento de una novela o película de ciencia ficción, sucedió en Tunguska, en el corazón de Siberia, a las 7:17 de la mañana del 30 de junio de 1908.

Transcurridos más de cien años, la explicación más defendida señala hacia un cuerpo celeste compuesto fundamentalmente de hielo y polvo cósmico que se desintegró al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, provocando los terribles efectos anteriormente descritos. La teoría que nunca ha podido ser demostrada científicamente.

Del fenómeno no se habló mucho entonces ni se estudia en la actualidad, y tampoco parece que se vaya a esclarecer en el futuro. Las arenas del tiempo todo lo tapan, y a pesar de ello, a nadie se le escapa que si aquello hubiera acontecido cerca de cualquier núcleo poblado del planeta, hoy no existiría; ya fuera París, Nueva York o Castrillo de la Guareña, Zamora.

Pero resulta que el desconocimiento no causa dolor.

¿Otro vino?

 

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Verdades a medias, mentiras completas
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César Pérez Gellida | 25-02-2014 | 18:41| 12

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 24 de febrero de 2014.

Sabemos lo que nos cuentan.

Las terribles imágenes que nos están sirviendo los informativos estos últimos días desde Kiev, nos invitan –a la fuerza– a colocarnos del lado del débil.  Y en Ucrania no hay duda de que ese papel lo interpretan quienes llevan meses acampados en la calle, a la intemperie, luchando por despojar a Yanukóvich de la presidencia del país. Motivos tienen, porque ha dado la espalda a Europa, porque ha aprobado medidas dirigidas a perpetuarse en el cargo, porque la corrupción ha aumentado considerablemente y porque la mala situación económica del país dura demasiado, entre otros problemas de diversa consideración pero en absoluto menores. Insisto, razones no les faltan a los opositores.

Sin embargo, si en vez de estar en esta cantina, usted estuviera en una del barrio moscovita de Kitaj Gorod, no pensaría igual. No podría, porque habría visto otras escenas bien distintas: policías heridos o muertos, actos vandálicos protagonizados por una muchedumbre descontrolada, grupos armados luciendo símbolos ultraderechistas, banderas rusas ardiendo y paramilitares europeístas enarbolando banderas alemanas. Entonces, con un vodka en la mano, se estaría preguntando si los ucranianos ya han olvidado que los Sonderkommandos alemanes de la SS masacraron 100.000 civiles en Kiev y le costaría mucho entender que Yanukóvich aún no hubiera sacado el ejército a la calle.

Verdades a medias, mentiras completas. Así es, así fue y así será.

Si está esperando que yo le cuente cual es la realidad, mejor que se tome otro vino, porque yo me declaro ignorante en la materia. Lo único que podría hacer –con mayor o menor fortuna–, es repetir lo que he escuchado opinar a otros sobre el asunto.

Y sin embargo, son muy reales los muertos, muy reales las lágrimas de sus madres y la incomprensión de sus huérfanos. Tanto como que, en esta «Paz Fría», ni Putin, ni Merkel, ni Obama han dormido mal esta noche. Me juego su pensión.

Y…, ¿en Siria?

Buen tiempo.

 

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Cirujanos de cantina
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eloypisa | 25-02-2014 | 18:40| 6

Artículo de César Pérez Gellida pulicado en El Norte de Castilla el 10 de febrero de 2014.

De verdad que no es cierto que, a estas alturas, volando tan raso como nos dejan, el ciudadano no diga lo que piense aunque no piense lo que diga. Las recientes victorias de Gamonal y de la marea blanca son claros ejemplos. Sin embargo, me gusta pensar que no se ha perdido esa costumbre tan española de susurrar las verdades a gritos tras la barra de un bar.

Para tomarnos la primera no necesitamos preoperatorio, que siempre habrá un paciente esperando a entrar en quirófano, y sin anestesia: la sanidad, la educación, la clase política al completo, el paro por exceso o la Monarquía por defecto; y si nos fallan los citados, los imputamos –si el fiscal nos lo permite, claro–. Con los siguientes tragos desaparecen los temblores de las manos, entonces, agarramos el bisturí con pulso firme y, antes de que llegue la penúltima habremos extirpado el tumor o lo que tuviere el enfermo, que, ante la duda, más vale que no sobre. Y de sobres sabemos. El caso es operar. Y que lo suture el siguiente, que se me hace tarde.

Mañana me paso y te pago, en diferido.

Lo sé, no estoy siendo justo con muchos; presuntamente. Pero resulta que en esta cantina que hoy se inaugura tengo mayoría absoluta, que la gané en buena lid, con prevaricación y alevosía. Aun así, prometo generar buen ambiente, y consenso, que no siempre que se dice la verdad no se miente. Confabulemos, que es gratis; el vino sí se cobra. Ahora bien, es tinto de la tierra, del que afila las lenguas y aguza el oído, vino del que se mastica y paladea, del que hace soltar verdades con diente de sierra.

Porque en el vino está la verdad, decía Plinio, y llegó a viejo.

Abrimos solo los lunes, se fía el resto de días.

Sin límites de aforo ni horarios.

Reservado derecho de dimisión.

¡Sean todos bienvenidos!

 

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Incluso para mentir
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eloypisa | 25-02-2014 | 18:41| 6

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 17 de febrero de 2014.

 

Dicen que detrás de un buen narrador hay un gran mentiroso. Me pregunto si la cita también se cumple formulada a la inversa, porque de ser así, en este país hay unos cuántos que se han equivocado de profesión. La buena noticia es que todo parece indicar que la capacidad del ser humano para inventar historias –independientemente del propósito–, es limitada. Porque es un hecho que todas las narraciones, tramas, novelas, relatos, cuentos y fábulas se ajustan a argumentos que se remontan a la cultura clásica, mitológica o popular. Desde entonces, lo único que hemos hecho, con mayor o menor pericia, ha sido contar lo mismo de mil formas diferentes. Únicamente cambia el escenario, los protagonistas y el horizonte temporal.

Si me invita a un vino le enseño la receta. Gracias.

Cóctel ‘El viaje del héroe’: vierta un protagonista con marcados valores y añada un objetivo imposible de alcanzar en un mundo lleno de peligros. Escancie unas gotas de mentor poderoso y la misma cantidad de malvado antagonista. Agítese y sírvase un ‘Star Wars’ si lo suyo son las galaxias muy lejanas, o un ‘El Señor de los Anillos’ si lo que busca es un mundo mitológico, o un ‘Harry Potter’ si prefiere el universo de la magia. Todas ellas no son sino versiones de las leyendas artúricas. Gandalf, Obi Wan y Dumbledore son imitadores del mago Merlín; Sauron, Darth Vader y Voldemort, descendientes de la bruja Morgana. Excalibur tiene su prolongación en la espada láser de los Jedi o en la varita mágica de Potter; y el anillo único es el Santo Grial de la Tierra Media.

Ya nos los contó Homero en el siglo VIII a. C. ¿Recuerdan la ‘Ilíada’ y la ‘Odisea’?

Podríamos continuar con otros temas, como los sueños imposibles, el amor prohibido, la venganza, los celos, la eterna búsqueda…, y así hasta una veintena de argumentos universales.

La creatividad tiene límites, incluso para mentir.

Brindemos por ello.

 

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Sobre el autor César Pérez Gellida
Observaciones muy de cantina bajo los efectos de los taninos.

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