AL HILO DE LA INJUSTICIA

Siempre me pareció una injusticia en el mundo de la función pública la nula intervención de las personas que por su nivel y puesto de trabajo no ejercían la totalidad de sus funciones.

Así trabajadores de todas las categorías abusaban del tiempo, del relax y del cumplimiento del horario. En cualquier caso como nadie les llamaba la atención seguían haciendo uso de ese privilegio. Nadie iba a poner el cascabel al gato, ni siquiera el político de turno que al fin y al cabo solo estaría cuatro años.

Al resto de los trabajadores les daba mucho dolor tanta injusticia y por supuesto no se dejaba llevar por el ejemplo, aunque sin duda la idea se pasaba por sus mentes. Cargar el trabajo en los hombros de otro o directamente dejarle encima de la mesa era lo habitual.  El “vuelva usted mañana” se llevaba aunque con hechos más que con palabras. La gente cumplidora deseaba que aquellos que tenían la responsabilidad llamasen la atención por agravio comparativo y de forma bastante directa por los ciudadanos o usuarios.

Muy al contrario de llamarles la atención se les solía apartar a veces físicamente y a veces de sus funciones para que no dieran guerra ni bocearan. Con lo cual construían su feudo a consta de los otros compañeros y de la desidia de los dirigente.

Nunca, ningún partido político, ideas diferentes, jefes diferentes cada uno hijo de su madre con caracteres distintos tenía la más mínima intención de arreglar esta anormalidad intolerable

Hace años

Hace años nadie quería ser funcionario, era casi una casta rara, mal pagada y muy minoritaria.

Se ganaba menos, estaba mejor mirado la empresa privada o la cuenta ajena.

Años más tarde al instalarse un medio de acceder mediante oposición, con la exigencia de la titulación correspondiente, aumentó el interés. Quién elegía opositar estudiaba y practicaba las pruebas y pasaba una oposición.

Inherente al cargo era la permanencia en el mismo sin ser objeto de despido, aunque si de expedientes disciplinario y de sanciones por la comisión de diversas faltas.

Uno accede a un puesto con unas condiciones que acepta o no voluntariamente.

Cuando los puestos de trabajo fueron escaseando, muchos titulados universitarios opositaban, aunque el puesto de trabajo no coincidiera demasiado con sus estudios y a veces eran totalmente dispares.

Al ser un colectivo que depende directamente de las arcas públicas está sometido al Estado como patrón, mandando subidas o bajadas o congelaciones salariales, así como cualquier medida a adoptar. En muchos organismo se firmaron convenios colectivos, al igual que en las empresas, con el fin de mejorar ciertos aspectos o incrementar alguna ayuda.

Este colectivo empezó a ser mal mirado, quizá derivado de una antigua idea del funcionario mayor, desalentado y con un “vuelva usted mañana” como coletilla. Indudablemente no eran todos, pero ahí todo el mundo fue juzgado como un “fresco y un privilegiado”. Injusticia como tantas.

En los tiempos de bonanza económica, negocios, autónomos, boom de la construcción, nada repercutió favorablemente a estos trabajadores. Es más llegado el momento de alarma económica se opto por la congelación salarial, con la consiguiente perdida de la que nadie se hizo eco.

La injusticia estaba servida…

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