Cerdos comen pueblos

Fui yo una niña rural convertida en urbana a muy temprana edad, aunque las vacaciones de verano, hasta los 18, las pasé en mi Moraña natal. Tendría unos 9 años de flequillo y coletas largas cuando, contemplando a los cerdos una mañana de julio desde el ventanucho de la pocilga, se me antojó que su comida era demasiado seca; ese pienso compuesto gris con pinta de hormigón desmigado necesitaba una salsa que yo ideé con los huevos frescos de las gallinas. El gallinero estaba al lado, así que fue fácil: coger los huevos de los nidos, cascarlos y echarlos en los comederos de los cerdos mezclándolos bien con sus viandas. Jamás vi a éstos tan felices y tan agradecidos y, por aclamación popular, me nombraron ese verano reina de la pocilga.

No sé quién me pilló en una de mis incursiones gastronómicas porcinas, el caso es que hubo una bronca tremenda y me castigaron sin salir una semana, enclaustrada en el patio, debajo del colgadizo, donde únicamente podía preparar comiditas con agua y tierra para una muñeca negra con un solo ojo y un futbolista de plástico sin articulaciones.

Me levantaron el castigo para ir a confesarme ante el cura de mi terrible pecado, porque así me lo exigieron los viejos del lugar. Ese verano estaba con don Faustino, el cura gordo que vivió en mi pueblo unos dos mil años, un sacerdote jovencito que tomaba confesión a niños y adolescentes en un banco mientras el viejo dormitaba en el confesionario oyendo los chismorreos de las abuelas. Aún oigo reír al joven cuando le conté mis pecados: He desobedecido a mis padres, me he pegado con mi hermano, le he puesto una lombriz a mi hermana en la cabeza y he cogido huevos del gallinero para mezclarlos con la comida de los marranos, que parecía muy seca, y no vea usted cómo se han puesto los abuelos y los tíos.

Y mientras él reía con ternura, a mí me dieron ganas de llorar. Pura vergüenza. Juré no volver a hablar a nadie del pueblo esos meses salvo a cerdos y gallinas. Fue también mi última confesión en una iglesia.

Varios años después, cuando mi historia había corrido de pocilga a cochiquera y de un pueblo a otro de esta vasta región, los cerdos decidieron rebelarse por mi honor – en un acto que se conoce ya como la revolución de octubre de los fogones- y comerse a los habitantes de las villas, que murieron insultándome. Ninguna otra es la causa verdadera de la despoblación rural.

Como se ha cubierto el cupo de reuniones y foros donde han analizado las raíces de los procesos que han llevado a la despoblación y para nada ha servido, decido con este escrito confesar mi culpa. Y ahora que ya sabemos las causas (por si esto era la razón de la pasividad), metamos mano en serio a nuestro gran centro de la tercera edad antes de que se convierta en cementerio, donde los muertos se llevan todos los días a sus tumbas la incapacidad de quienes les mintieron con un mundo mejor: un mundo rural, por supuesto.

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El Norte de Castilla

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