De nuevo muere Ana

Ni siquiera estoy segura de que, durante el tiempo que tarda en llegar esta columna desde mi ordenador al periódico, no haya muerto otra mujer: sería la número 50 de la violencia de género.
Ya comenté en estas páginas en otra ocasión que estamos aprendiendo geografía y nociones de toponimia marcando con chinchetas en un mapa los lugares donde han muerto las mujeres. Y no nos atrevemos a calcular los metros cúbicos de sangre que arrastra por la cuenca de nuestros ojos el río rojo.
Cinco disparos contra Jessica, una puñalada en el centro del mundo a la anterior, un empujón al vacío, un hachazo, una paliza de norte a sur, un arrebato de cuchillos, la tortura de un ejército de demonios… Total, 49 muertas y un país mirando sin saber qué hacer, esperando, tal vez, a que el problema se extinga en alguna glaciación.
Se cumplen ahora 20 años del asesinato de Ana Orantes, la primera mujer que habló públicamente de los malos tratos, vejaciones y abusos de su marido. Ya se había separado de él, pero el fallo judicial autorizaba a su agresor ocupar una de las plantas del chalé familiar, lo que le permitía seguir agrediéndola cuando le venía en gana.
Dos días después de que Ana contara su caso en televisión, el ex marido la arrastró hacia el patio de la casa, la ató sentada en una silla, la roció con gasolina y le prendió fuego. Uno de los hijos llegaba del colegio para presenciar cómo su madre descansaba carbonizada en el jardín.
Pero lo peor de todo es que la muerte de Ana Orantes no fue la última. Lo más terrible es que el asesinato de Jessica no cerrará el ciclo. Lo bochornoso es que seguiremos contando víctimas.
Ana era la número 59 del año 97; Jessica, la 49 de veinte años después. En este tiempo ¿sólo hemos sido capaces de restar 10? Pensemos que entonces no existía todavía una fiscalía especializada ni el sistema judicial contaba con juzgados específicos. El país entero lo pedía a gritos cada vez que marcábamos en el mapa el lugar de los hechos, uno por semana. En 2005 comenzaron a funcionar los Juzgados de Violencia sobre la Mujer. Y ya comenzó a articularse todo un sistema que tenía como punto principal la protección a la víctima: cuerpos de seguridad concretos, departamentos de la administración central y autonómica, puntos de información, teléfonos de ayuda inmediata, penas más duras para los agresores, órdenes de alejamiento…. Todo elogiable, pero ahí están las cifras.
Hay un innegable fallo sistémico y es el momento de reconocerlo y de poner remedio.
Me pregunto si estamos poniendo la atención sólo en la víctima (que se merece toda y más) y dejamos a un lado al agresor. Valga el ejemplo de que en un caso de maltrato se le aleja de la víctima y se le condena a 40 horas de trabajos para la comunidad quitando rastrojos de las cunetas. ¿No es necesario ya ponerse a tratar la enfermedad del agresor? Medicina preventiva antes de transformarse en bestia asesina.

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El Norte de Castilla

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