Esposa de insurrecto

Dice mi marido que ya está bien, que después de los últimos acontecimientos va a sacarse el master de insurrecto para ponerlo en su tarjeta de visita en vez de perito en lunas. Que los cien primeros temas de insurgencia se los ha aprendido sin ni siquiera leerlos. Que le llegaban a la mente en forma de ciencia infusa dosificada en cada arcada. Que esos conatos de vómito se le han manifestado con más intensidad a la hora del telediario. Que antes sólo le pasaba con las noticias de economía y que últimamente perduran y se acentúan con las de tribunales.

Pronto vomitaremos en el tiempo. Al tiempo.

Dice mi marido que en cuanto se saque el pasaporte de apátrida aprovechará las noches para ir a desplumar gaviotas, a deshojar rosas para echar los pétalos en los urinarios de los bancos porque apestan y a dejar los mástiles huérfanos de telas de colores. Que con las banderas quiere coser colchas para quienes duermen en el vacío de nuestras conciencias, tejer alfombras para extender sobre el barro de los campos de refugiados y hacer sacos de dormir para quienes tuvieron que dejar sus colchones en las casas que les arrebató la codicia. En ellos pernoctan ahora los gérmenes de la indolencia.

Y conseguirá el título de sobran banderas y faltan mantas. A manta.

Dice mi marido que, más que sedicioso –que le suena a rey sediento y vicioso- prefiere apellidarse subversivo de primero y ¿de segundo? Que no hacen falta apellidos, a veces ni nombre. Que, de sobrar, sobran, sobre todo, los gentilicios, los títulos y los tratamientos protocolarios. Que los canallas ya no tienen derecho a ser ísimos, salvo cuando rozan el joputismo.

Y son tantos los que se arriman. Arribistas.

Mientras se doctora en rebeldía ha comenzado a pintar graffitis en la fachada de la casa. Le ha dado por plagiar a Basquiat porque procede. SAMO, me ha escrito con letras rojas debajo de la ventana de la cocina. Ya sabes, Same Old Shit, “la misma mierda de siempre”, acompañado de la diosa de la justicia sin venda, sin ojos, sin brazos y sin balanza. Sin nada, vamos, una mancha de vacío. En la tapia que protege el lilo se ha atrevido con Banksy y ahí mismo ha plantado, en azul magenta y verde que te quiero verde, la frase que inició el proceso de su persecución: “Si repites una mentira con la suficiente frecuencia, se convierte en política”. La historia se complicó para él cuando el vecindario al completo comenzó a escribir su indignación en los muros de la calle, calzadas, aceras y papeleras. Twitter es demasiado pequeño para gritos tan grandes.

Está en prisión a la espera de juicio. Le acusan de insurrección, injurias, desacato y exhibicionismo (salía a pintar en pijama). Han venido a detenerme, pero he alegado que soy la esposa. Me han pedido disculpas y me han sugerido amablemente que friegue la fachada, a lo que me he negado. A ver qué hacen cuando se den cuenta de que me inventé un marido.

Cerdos comen pueblos

Fui yo una niña rural convertida en urbana a muy temprana edad, aunque las vacaciones de verano, hasta los 18, las pasé en mi Moraña natal. Tendría unos 9 años de flequillo y coletas largas cuando, contemplando a los cerdos una mañana de julio desde el ventanucho de la pocilga, se me antojó que su comida era demasiado seca; ese pienso compuesto gris con pinta de hormigón desmigado necesitaba una salsa que yo ideé con los huevos frescos de las gallinas. El gallinero estaba al lado, así que fue fácil: coger los huevos de los nidos, cascarlos y echarlos en los comederos de los cerdos mezclándolos bien con sus viandas. Jamás vi a éstos tan felices y tan agradecidos y, por aclamación popular, me nombraron ese verano reina de la pocilga.

No sé quién me pilló en una de mis incursiones gastronómicas porcinas, el caso es que hubo una bronca tremenda y me castigaron sin salir una semana, enclaustrada en el patio, debajo del colgadizo, donde únicamente podía preparar comiditas con agua y tierra para una muñeca negra con un solo ojo y un futbolista de plástico sin articulaciones.

Me levantaron el castigo para ir a confesarme ante el cura de mi terrible pecado, porque así me lo exigieron los viejos del lugar. Ese verano estaba con don Faustino, el cura gordo que vivió en mi pueblo unos dos mil años, un sacerdote jovencito que tomaba confesión a niños y adolescentes en un banco mientras el viejo dormitaba en el confesionario oyendo los chismorreos de las abuelas. Aún oigo reír al joven cuando le conté mis pecados: He desobedecido a mis padres, me he pegado con mi hermano, le he puesto una lombriz a mi hermana en la cabeza y he cogido huevos del gallinero para mezclarlos con la comida de los marranos, que parecía muy seca, y no vea usted cómo se han puesto los abuelos y los tíos.

Y mientras él reía con ternura, a mí me dieron ganas de llorar. Pura vergüenza. Juré no volver a hablar a nadie del pueblo esos meses salvo a cerdos y gallinas. Fue también mi última confesión en una iglesia.

Varios años después, cuando mi historia había corrido de pocilga a cochiquera y de un pueblo a otro de esta vasta región, los cerdos decidieron rebelarse por mi honor – en un acto que se conoce ya como la revolución de octubre de los fogones- y comerse a los habitantes de las villas, que murieron insultándome. Ninguna otra es la causa verdadera de la despoblación rural.

Como se ha cubierto el cupo de reuniones y foros donde han analizado las raíces de los procesos que han llevado a la despoblación y para nada ha servido, decido con este escrito confesar mi culpa. Y ahora que ya sabemos las causas (por si esto era la razón de la pasividad), metamos mano en serio a nuestro gran centro de la tercera edad antes de que se convierta en cementerio, donde los muertos se llevan todos los días a sus tumbas la incapacidad de quienes les mintieron con un mundo mejor: un mundo rural, por supuesto.

Tú pares, él para

Se han empeñado en hablar por nosotras creyéndonos incapaces. Se han erigido en figuras paternalistas creyéndonos menores mentales. Se han obcecado en dirigir nuestras vidas creyéndose capaces de ser dueños, conductores, pastores, coach de almas y de úteros.

Lo peor es que entre ellos también habitan algunas ellas. Ya no sólo los sectores más rancios de los grupos religiosos, los ultraconservadores de ciertos partidos políticos (los hay en todos y cada uno de ellos) o lobbies cabildeando en pro de la sagrada familia del pajarito, sino también algunos miembros de colectivos feministas que tienen un poco atragantado el tema de las libertades siempre con la excusa de blindar la dignidad de la mujer, sin reconocer que la dignidad, como la verdad, no es ni mucho menos absoluta.

Frases como “atentado contra la maternidad”, “acto ilícito de procreación”, “cosificación y despersonalización del ser engendrado”, son lanzadas contra la práctica de los vientres de alquiler, apoyadas además por una defensa a ultranza de la mujer a fin de que no sea tratada como un contenedor de embriones para repartir a diestra y siniestra, dicho por diestros y siniestros.

¿Ahora se preocupan? ¿Qué ha sido la mujer durante siglos sino un recipiente de criaturas para ofrecer a dios, a la tierra para trabajarla o a los ejércitos para morir por las guerras de los hombres?

Cuando ya hemos logrado la consideración de seres humanos pensantes, libres, iguales, distintas, ahora tratan de manipular nuestra libertad de decidir. Qué pesadez.

Al contrario que en el tema de la prostitución, del que hablé en este mismo espacio en abril de 2015, en éste que nos ocupa aún falta mucho para que el personal deje de plantearse la cuestión en términos de moralidad y entre ya sólo en el debate sobre si la maternidad subrogada es una forma de explotación que no debe ser legalizada o ser considerada una práctica legítima que es necesario reglamentar. Lo que es fundamental ya sea si se legaliza, se regulariza o se convierte en punto del día de algún programa electoral para mostrarla como objeto de asistencia, es que hagan de la madre que alquila su vientre el sujeto de la conquista de sus propios derechos.

Si al eslogan de “nosotras parimos, nosotras decidimos”, que ya es más viejo que el hilo negro, pero no por ello menos cierto y con una vigencia que debería incrustarse de una vez por todas en nuestros genes, añadimos sin atender a consignas que “parimos los hijos de quien nos dé la gana”, ¿qué tienen otros y otras que decir?

La maternidad subrogada está en la agenda del Gobierno para esta legislatura, pero me da en la nariz que va para largo. Espero también que se tenga en cuenta que las mujeres que ofrecen este servicio tienen derecho a una compensación económica y no a un precio de mercado, porque éste lo controlan siempre otros.

Recordemos que la dignidad nos otorga la prerrogativa de ser respetados.

Los viejos moteros…

Cuando en el grupo comenzaron a recordar sus años acudiendo a la cita con el frío en Pingüinos (en torno a 30), creí que me había confundido de barra y que me estaba bebiendo la cerveza de algún viejo conocido de La Rockería. Me quedé.

Alrededor de la campa circundada por bares improvisados, ardían troncos con pasión de invierno y el escenario se poblaba de viejos rockeros. “Fue como un repaso por la historia de las viejas estrellas de los sesenta”. No estaba Miguel Ríos pero su canción bailaba un lento con el humo de las hogueras vestidas de cuero.

Entré en un estado de desfase en el que ya no sabía si llamar a mis viejos a decir que iba a llegar más tarde porque a los demás de mi panda sus padres les dejaban, o llamar a mis hijos a ver si estaban ya en casa y habían comido las pechugas empanadas que les dejé para cenar. Opté por cantar en silencio con los Rock & Roll Circus el estribillo de My Sharona mientras me tiritaban el flequillo y el ducados contemplando al cantante sin camiseta.

El desfase también fue culpa de estas cover bands, bandas de versiones. Culpa de mis amigos de Hook que beben de y con Led Zeppelin, The Police, The Rolling Stones o Deep Purple. Cuando conocí a Benito, el guitarrista de Hook, nos traía por la calle de la amargura hablando de Julia: se había enamorado. Monotema. Una cerveza y Julia; otra ronda y Julia; vamos a otro y Julia. Han pasado casi 30 años y ahí siguen. Ellos también son víctimas de desfases espaciotemporales y del acelerón que da la vida no se sabe en qué momento y aquí están, con cita civil para boda laica dentro de dos meses y con dos hijos que ya están más cerca de los veinte que de los diez.

No me había confundido de barra: estaba con los de cincuentaytantos. Era mi primera cita con Pingüinos pero ellos ya venían rodando desde finales de los ochenta. Por mucho que me quejara del frío (gracias a los chicos de Santoña que me dejaron derretirme en su hoguera), no les convencí para que cambiaran pingüinos por lagartos y enero por junio. Es más (ay qué fácil es una) quedé con todos este fin de semana para Motauros (por todos los dioses, que alcancemos los 20 sobre cero) y mira a ver si no hay alguna concentración donde estuvo Amundsen y me apunte. Ya estoy dándole vueltas a tunear mi bicicleta de cesta con un potente tubo de escape.

Como había ido de paquete, esperé a que César observara las estalactitas que pendían de mis dedos y de mis pestañas. Tuvo piedad, pero no sé cómo subí a la moto sin romperme en cien cristales.

Los Celtas ocupaban el escenario mientras arrancábamos. Los conocí hace nada en el instituto Delicias, cuando empezaban, y coincidíamos en la tienda de Tamayo, cuando arrasaban. Cómo han ‘crecido’.

Déjame en casa, que ya no sé si tengo que estudiar para el examen de latín del lunes o preparar un informe para el curro; lo sabré cuando me mire al espejo para limpiarme los restos del deshielo.

El pacto de la escarola

Nochebuena del año 2016 después de Cristo y enésimo año de la era de los cretinos. Durante el primer sorbo de la copa de cava catalán -porque cada uno compra lo que le da la gana-, y “no me la rellenes que tengo que conducir”, se decide por consenso y en pleno uso de las facultades mentales de los presentes, no celebrar más fiestas navideñas porque nada hay que celebrar salvo la vida y ésta se festeja en cada anochecer tranquilo o en cada amanecer con sabor a café con madrugadas.

Un manifiesto no escrito antisistema, rubricado con la mirada, se salda con cientos de anexos verbales de arrepentimiento a las ya celebradas; reproches al consumismo aun cuando no hay apenas nada que consumir; insatisfacción, al fin y al cabo, por haber caído tantas veces en una felicidad fingida, por dirigida.

Pero no importa en cuántas ocasiones se desparrame uno sobre el suelo, empujado y aplastado por el delirio de estar alegre a las dos y cuarto, o a las once y diez, o el día 3 a las tres, lo importante es levantarse, sacudirse el polvo de la sumisión y comenzar a mirar viendo.

Viendo lo que hay, justo al lado.

Casi 900 millones de personas sufren una dieta insuficiente y pobre mientras un tercio de la población del primer mundo padece obesidad debido a una ingesta excesiva o inadecuada. Del carro de la compra de estas fiestas navideñas, una tercera parte terminará en la basura.

Lo saben ellos, los que dan nombre a la era de los cretinos y nada hacen salvo generar más desperdicios.

Y se los dan al pueblo. Envueltos en papel de regalo. Previo pago. Y con recargo.

Pagar por basura y generar basura. Ser utilizados por los ineptos para engrosar la cifra de solidarios porque la ineptitud, la inoperancia y la inacción ahogan la política social convirtiéndola en asocial, antisocial e incluso sociópata. Una panda de incompetentes conduciendo a su país hacia los desmanes, y éste, harto hasta la extenuación, haciendo revoluciones que duran de lunes a jueves y que paran por vacaciones de Navidad. También en la santa semana sufre una amnesia temporal de insurrección. En verano, las asonadas hacen las maletas y usan protector solar.

Ante tantas tropelías no es de extrañar el pacto del día de Nochebuena de 2016 después de Cristo y en plena era de los cretinos, a las 23 horas y 11 minutos exactamente. Justo dando un sorbo de cava, uno sólo, porque la patrulla antivicio se había atrincherado en el hall de la casa del anfitrión alertada por las autoridades sanitarias tras detectar un intento de sedición entre los langostinos y la escarola.

El pacto dio sus frutos y, de los presentes, todos lograron no celebrar más fiestas que la vida misma. La cuesta de enero les está costando menos y el remordimiento también es más leve que en otras ocasiones. Y eso, sin ni siquiera oler un libro de autoayuda o recurrir a un coach grupal de insurrectos marginados. Era sólo cuestión de proponerlo.

Dame una teja de tu pueblo

Desde hace casi 25 años mis encuentros con Luis Miguel de Dios delante de unos vasos se resuelven y se recrean con conversaciones sobre periodismo -siempre con la distancia y la prudencia de la alumna que sigo siendo ante el maestro que siempre ha sido-, conversaciones también sobre literatura, vinos y pueblo. Sobre este último tema al principio me sorprendió su amor por su tierra: contrastaba bestialmente con mi olvido.

Su amor era justificado, mi olvido también. Él se fue del pueblo con un billete de vuelta, un patio donde acariciar la sombra de la parra, una tierra que sembrar. Mis padres, los padres de muchos de mi generación, salieron del pueblo con dos maletas. Nada más. Como mucho, la posibilidad de una visita en Navidad y unas vacaciones de verano. Yo le quería hacer entender que algunos no compartíamos esa pasión por el pueblo porque no es que abandonáramos el pueblo y fuéramos voluntarios desertores del arado, sino que era el pueblo el que nos había abandonado, desterrado. Para algunos, no había sitio, ni casa, ni tierra, ni sombra.

A la ciudad llegamos vacíos. Y marcamos nuestra ventana de un bloque de barrio con dos geranios para poder tocar la tierra con las manos y ver una flor entre el cemento.

Frente a los afortunados, a nosotros, el mayorazgo que se practicaba en nuestros pueblos, nos dejó menores, bebés, huérfanos. Frente a los afortunados, estamos los desheredados. Fuimos Juan sin tierra y crecimos con la urbe.

Sobre esto dice Julio Llamazares que haber sido expulsado de tu pueblo “te da una gran libertad: la libertad de no ser de ninguna parte”.

Y así nos consolamos.

Desgraciadamente, muchos de los que nacimos en el pueblo no tenemos pueblo. Y más que lamentar no tener un melonar, un majuelo o la sombra de una parra, lo que realmente lamento es no tener historias que contar como las suyas. Ni su talento.

Creí que la literatura rural había alcanzado su máximo esplendor con el vuelo de la milana y poco más se podía hacer. Un coletazo ya en este siglo con una mirada áspera pareció poner punto final exprimiendo líneas postapocalípticas. Jesús Carrasco, con La intemperie, había cerrado el ciclo.

Pero aquí llega, de la mano de la editorial Agilice Digital, El llanto del trigo y nos vuelve a arrastrar a ese mundo de campos, de eras y labores con el acierto de hacer más paisanaje que paisaje, porque en esas gentes, reales o versionadas, están las intrahistorias, la historia y la memoria. Luismi nos ha traído el neorruralismo. Los personajes que habitan el libro son sus vecinos, o los del pueblo de al lado. Existen o murieron hace nada.

Cuando este verano me comenzó a mandar los capítulos sueltos, ya me los sabía. Suele desperdigar relatos sobre el mantel de las cenas. Me leí el libro cuando fue libro y ayer, para escribir estas líneas, lo releí de nuevo. Recordé lo que decían los escritores rusos del XIX: “Dame una teja de tu pueblo y te contaré cómo es el mundo”.

Pues así nos lo ha contado.

Las botas del soldado

Con solamente dos frases se puede definir la película ‘1998. Los últimos de Filipinas’: “Viva España” y “A la mierda España”. Ambas las pronuncia el mismo personaje, el sargento Jimeno al principio y al final de esta experiencia neoépica. A través de este reduccionismo no quiero simplificar el bestial trabajo de todo el equipo, sino admirar una evolución de pensamiento que arrastra y envuelve al espectador, haciéndonos sentir más vergüenza que la que sentimos cuando de pasada estudiábamos la historia del fin del imperio; como siempre, el esplendor copaba los temas gordos y las derrotas se ventilaban en capítulos que cabían en etiquetas de quesitos.

La sensación de olvido y abandono que sintieron aquellos soldados por parte del Estado es comparable a la que vivimos en la actualidad. La ineptitud de los gobernantes es hereditaria y contagiosa; la desolación del pueblo se ha enquistado en su ADN. No hay manera.

Así las cosas, si alguna vez nos da por no sentirnos españoles, o por sentirnos no españoles, no merecemos ser fusilados al alba en twitter, o sí, pero sin sangre, porque siempre sale al viento, al paso y al repaso algún patriota sin más patria que la intolerancia.

He escuchado un par de veces el discurso de Fernando Trueba en 2015 tras ser galardonado con el Premio Nacional de Cinematografía y, haciendo recuento, me habré sentido Trueba unos quinientos segundos al día en los últimos lustros. Tú también. Y más si a tu lado está Íñigo Méndez de Vigo y Montojo (es una sola persona, sí, aunque parezca trino), barón de Claret, actual ministro de Educación, Cultura, Deportes y Repollos, gran aficionado a Cine de Barrio. Y entre esta querencia del también portavoz del Gobierno y que muy poco debe saber de enseñanza pública (los aristócratas viven y van a misa en mundos paralelos a éste), no es de extrañar que a eso de las seis de la tarde nos entren ganas de expatriarnos a París y no volver hasta después de la media noche, o de no volver nunca.

Dos años antes que Trueba, el director de ‘Lo imposible’ recogía su premio y sonrojaba con sus palabras al predecesor del barón. “Mis padres entendieron mejor que nadie que la educación no era un gasto, sino una inversión”, señalaba Juan Antonio Bayona. Wert puso cara de querer ser tragado por la tierra y poco después él se teletransportó a orillas del Sena para vivir de lujo a costa de nuestros costados y de las botas pequeñas que le dieron al soldado artista extremeño para ir a luchar a Filipinas.

Mientras el mundo del cine se rebota, los estudiantes se indignan y los casi cuatro millones de parados se levantan con la angustia de cómo poder llegar a fin de día, ellos, los de arriba, sueñan cómo embarcarnos rumbo a Manila. Han pedido a los reyes magos una gran remesa de fusiles de berjusa y chanclas del todoacién para todos estos siervos de la gleba sin tierra en que nos han convertido. Y luego que nos duele España…

Todos los días son black

Lunes 14: la Luna nos saludó nocturna más grande que nunca, pero tampoco pudimos alcanzarla. Ese día, en Reus, moría Rosa, la del 2ºB. Le habían cortado la luz por falta de pago y se iluminaba con velas. Sólo la Luna asistió a su velatorio mientras los demás se echaban la culpa, y aún seguirán. Detrás de cada vela que encendió Rosa para iluminar su pobreza se escondía un jirón de nuestra existencia.

Martes 15: comenzaba el juicio en Málaga a la presidenta de la protectora Parque Animal de Torremolinos. El fiscal habla de sacrificios masivos sin sedación previa. Los informativos nos muestran imágenes espeluznantes de animales muertos entre excrementos. 2.200 perros sufrieron una lenta y dolorosa agonía tras proporcionarles productos eutanásicos en dosis insuficientes. Con el fin de que no se escucharan sus lamentos más allá de las paredes de ese campo de exterminio, el volumen de la música subía hasta oírse en los infiernos. Para deshacerse de ellos, un pinchazo de Mioflex, un paralizante muscular barato y muy poderoso que provoca en los animales un bloqueo progresivo del aparato respiratorio pero no del corazón, por lo que, después del pinchazo, los ejemplares agonizaban hasta su muerte por ahogamiento en plena consciencia. La Asociación El Refugio denunció los hechos nada menos que hace nueve años y consiguió que la perrera fuera clausurada.

Miércoles 16: El presidente reincidente Rajoy dice que no subirá los impuestos más importantes (por supuesto que no descarta crear otros nuevos). Afirma incluso que el próximo junio se habrá recuperado la riqueza perdida durante la crisis. Si ni siquiera nos emocionó esta noticia es porque ya sabíamos, en la segunda sílaba, que es otra ‘no verdad’.

Jueves 17: Conocimos que uno de nuestros actores secundarios, Carlos Olalla, viaja en la línea 2 del metro (Las Rosas- Cuatro Caminos) pidiendo unos euros a cambio de versos. Le acompaña su madre, de 83 años, la poeta y actriz Cristina Maristany. En casa aún tienen luz, o eso queremos creer.

Siempre se negó a trabajar por debajo del convenio. Olalla decidió que no haría más teatro hasta que no se acabara con el 21% de IVA.

Viernes 18: En la localidad leonesa de Virgen del Camino, otra mujer muerta, esta vez a hachazos. Su ex marido, vigilado por maltrato y con el que había vuelto al saber que estaba enfermo, pendía del techo con una cuerda alrededor del cuello.

Sábado 19: Rajoy se levanta con la sonrisa tirante por las palabras que la Merkel le dedicó el día anterior. “Mariano, en Alemania diríamos que tienes la piel de elefante”. Se le olvidó añadir a la mandataria teutona lo de la cacharrería.

Domingo 20: Nueva matanza en Alepo. Durante la celebración del Día Mundial de la Infancia mueren casi 170 personas, entre ellas, varios niños. A esto se une el descarrilamiento de un tren en India con más de un centenar de muertos.

¿De verdad que queda sitio para el black Friday?

 

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Al agua libre

Han pasado casi seis años y descansa disperso y extendido, mecido por las aguas lentas del río entre pinares. Su memoria es transparente y en ella habitan peces dulces que lamieron la sal de los besos del último día.

Dejó recuerdos de hombre bueno en los rincones de la piel de sus hijos y un vacío de barranco en la planicie. Se fue sin acordarse de volver ni de saber que había venido.

Porque siempre quiso regresar a los pinos y a las eras, viajó reducido a cenizas hasta el cauce de su luna.

Otra despedida y esta vez sin iglesias ni sermones. Un adiós con un vaso de clarete. Un trago bastó para borrar las huellas devotas de la viuda, que siguió insistiendo, año tras año, en cumplir la gazmoña tradición de un in memoriam pagado sobre alguien que prefirió los campos a los santos.

Más allá de la muerte llevando la contraria y ahora, con la publicación de la instrucción Ad resurgendum cum Christo, el Vaticano le da a ella alas para recuperar el timón de su fe chamuscada. La Iglesia católica obliga a mantener las cenizas en un lugar sagrado (¿no lo es el río entre pinares?) ya sea un cementerio o el columbario de una parroquia (sin palomas libres) y prohíbe de forma taxativa su dispersión por tierra, agua o aire para evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.

Lo de él, hace casi seis años, no fue ningún malentendido; estaba completamente claro. Cuando clara era su mente y el vino claro, cuando antes de olvidar recordó su pueblo, cuando antes de morir quiso volver, cuando volvió en polvo al polvo del camino que lleva al río, al río que le lleva, que le mece, que le arropa.

Ella, a fin de ganarse el cielo y de revolver las aguas, publica la instrucción Defuncti quaerere, algo así como ‘en busca del difunto’, reúne a su familia para que se cumpla el mandato papal y organiza una expedición al río entre pinares para recuperar los restos y llevarlos al columbario de las palomas presas. Su poder de convocatoria se queda en agua de borrajas y los hijos llenan sus vasos bajo el recuerdo del deseo paterno.

Con un sentimiento de culpa que pesa más que sus cansados huesos, decide desheredar a la prole y gastar el dinero en salvar su alma. Contrata a un titulado en recuperación fluvial y éste inicia la búsqueda previo pago de honorarios, dietas e imprevistos. Equipado con un colador de café y un cedazo, se instala en el mismo punto desde donde él se fundió con el río. Al cabo de unas semanas le entrega a la viuda una pequeña urna a cambio de otro cheque. Un folio manuscrito por el titulado certifica el contenido. Ella, como mujer de fe, recoge la urna sin abrir y la deposita en lugar sagrado. Su conciencia por fin está más limpia que el contenido real del tarro funerario: diez pequeños guijarros, cáscaras de piñones, la anilla de una lata de cerveza y un trozo del vidrio verde de una botella de clarete.

Los peces se carcajean y son excomulgados.

 

 

Las edades de Lina

Me reconcilio momentáneamente con Sánchez Dragó y reproduzco unas palabras suyas sobre la forma de vivir y de encarar la existencia: “Nacer y ser joven es una vocación; se nace joven y se muere joven o se nace viejo y se muere viejo”.

Aunque no contempla el escritor que uno puede nacer joven o viejo y aprender a ser totalmente lo contrario, o dejarse llevar, o alternar periodos de juventud y senectud según las circunstancias y los asientos ocupados que haya durante el trayecto en autobús.

A Lina, los datos de su partida de nacimiento no le han impedido parir a su hija a los 62 años después de un tratamiento de fecundación in vitro. Ya pasó por otro a los 52, con lo cual podemos comprobar que es reincidente y queda claro que también es libre.

Porque libres somos para abortar, para ser madres, para no serlo, para arrepentirnos, para elegir el momento, el método y la forma en que nazca o se origine la prole.

Atacan a Lina por ser una madre añosa, por ser “una egoísta que sólo piensa en su felicidad” y no en el “futuro de su nueva criatura” que “pocos años podrá estar a su cuidado”. Quién sabe si quizá los mismos o más que los hijos de las mujeres asesinadas en España a manos de sus parejas, nada menos que 650 desde 2007. ¿Contabilizamos el número de hijos que quedan huérfanos de madre (por muerta) y de padre (por asesino), desprotegidos y con el gran trauma de haber vivido, incluso como espectadores de  primera fila, la muerte de sus madres y la destrucción de la familia?

Y cuando muchos aluden a la sexagenaria Lina ¿se olvidan de Carmen Cervera, la baronesa que adoptó dos niñas procedentes de un vientre de alquiler cuando ella tenía 64? ¿Tita puede y Lina no?

¿Lina tiene energía suficiente para trabajar como médico en un servicio de urgencias y carece de ella para criar a su nena? Es más, tiene ya otros dos hijos, uno de 27 y otro de 10; el mayor, con parálisis cerebral. ¿Nos cuestionamos que no pueda atenderlos por sus años acumulados? ¿En qué momento se pasa de una edad correcta para educar y atender a un hijo a otra de inutilidad? ¿Quién señala en el calendario ese espantoso y denigrante límite? ¿Se les marca también a los hombres?

Lo único que se le puede reprochar a Lina Álvarez es que hable de su reciente maternidad como un milagro y haya incluso expresado que la naturaleza es sabia. Ni prodigios celestiales ni naturaleza erudita: la ciencia al servicio de la humanidad, tan sólo eso.

El único milagro constatado en los  últimos tiempos es la insólita capacidad de estiramiento de los panes y los peces (más bien los pollos) en muchos hogares. Recordemos que la tasa de riesgo de pobreza infantil es del 34,4% para los niños en España y escala hasta el 60,3% cuando esos niños son hijos de migrantes.

Es este panorama ante el que deberíamos revolvernos e indignarnos y no protestar porque Lina madre no pueda saltar a la comba con Lina hija dentro de diez años.

 

 

 

El Norte de Castilla

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