Ineficacias y otros trenes

Me toca las entrañas muy de cerca la muerte en la Moraña. A pocos kilómetros de donde Mónica se desangró está la cama desvencijada donde yo nací. También era otoño. Y también morían mujeres a manos de sus parejas, pero en secreto.

Desde el primer crimen de posesión hasta hoy, sólo hemos conseguido conocer el número de muertas al año (van 33 en España), sus nombres (Mónica es la última, por el momento) y que sus vecinos busquen la cámara del reportero para decir lo guapa que era (como si el físico privilegiado tuviera algún poder en atenuar a las bestias). Nada más se ha conseguido. Hora de revisar los planes contra la violencia, las medidas de prevención y todo un sistema educativo que se guía más por los resultados académicos que por los resultados humanos. Y es que la escuela, al contrario de lo que debería ser, es un lastre para la educación y se ha erigido en un efectivo instrumento de control social, y como tal y para solventarlo, requiere una revisión profunda: la sociedad que ha creado no es la sociedad ideal. Entre su poder y el de las religiones, este mundo nada sabe hacer ya contra las injusticias y la desigualdad. La ineficacia de las instituciones ha triunfado.

Por eso Mónica está muerta. Por eso hay una niña de 8 años ingresada en un hospital de Palma, agredida por doce compañeros de colegio. Por eso otras dos bestias intentaron quemar hace unos días a una indigente en Zaragoza. Por eso fabricamos concertinas que no son para conciertos. Por eso van a regalar billetes interrail a nuestros chicos de 18, a fin de que visiten esa Europa amable lejos de los campamentos de refugiados, lejos del mar de los muertos, de los desahucios, de la incertidumbre, del bochorno político, del recorte de libertades y vayan reafirmando el sentimiento de pertenencia al viejo y apolillado continente. Como diría Fernán Gómez: “A la mierda”.

Algo que surgió como una manifestación espontánea de querer conocer mundo, de alejarse de las vacaciones en familia, de iniciar con los amigos la exploración de otras culturas, quieren institucionalizarlo: los jóvenes ya no inventan, ya no crean, ya no imaginan, ya no deciden. Por si acaso.

Pero como ciertos regalos van siempre envenenados y el coste supondría unos 2.000 millones de euros al año, ya están los eurodiputados buscando fórmulas para abaratar costes y que sólo ‘pillen’ billete los de siempre: lanzar una ‘lotería’ de pasajes gratuitos. Ya nos extrañaba, aunque encubriera el dirigismo, tanta generosidad a favor de la igualdad social. ¿A que no nos toca?

Nos tocará de nuevo este invierno combatir el frío a base de capas de cebolla, aportar en el súper dos kilos y medio de solidaridad para el banco de alimentos y asistir atónitos al desfile de codicias por los pasillos de los juzgados. Por lo pronto, al desfile de hoy, 12 de octubre, que vayan quienes crean que existe algún motivo para festejar algo y que no sean recuerdos.

Adictos al amarillo

“Reza para que me estalle el corazón”. Con estas palabras Najwa Nimri toca la muerte en el último episodio (por ahora) de una de las grandes series televisivas.

Me llamo Lola y soy adicta a Vis a Vis. Esta noche, ante su ausencia y para rendirle culto, me pondré por tercera vez el de la muerte de Leopoldo. Épico el capítulo.

En esta temporada ha pasado lo que esperábamos, lo que no esperábamos y más. Todos los personajes, aun derrochando infiernos, han tocado el cielo.

Trepidante, apasionante. Alrededor de la serie se ha formado lo que ya se conoce como Marea amarilla, con una legión de seguidores que han optado por este color para visualizar el traje de reclusas de las protagonistas más allá de la pantalla, de esa pequeña que han hecho grande, enorme.

Nadie debería perderse los gestos y las miradas de Najwa convertida en una magnética villana. El personaje de Zulema ha hecho historia en la televisión y, según ella, también en su vida. Nadie hubiera permitido permanecer durante toda la serie a una mala mediocre. La actriz asegura que sus momentos favoritos son los perversos, esos instantes que tanto placer le producen y tanta aversión nos despierta para luego querer quererla cuando, sentada en un banco, roza la hierba con su pie descalzo. Y nos gustaría haber sido brizna, y dedo, y playera.

De la actriz navarro-jordana al leonés-vallisoletano Roberto Enríquez, éste, que nos dio memorables imágenes de sus muslos interpretando a Viriato en Hispania, ha ido demostrando tanto en el teatro como en el cine, que no se le resiste ni Shakespeare ni Chéjov, que desde el 89 no ha dejado de aparecer por nuestras vidas y que si nos pide que le besemos, le besaremos. Sobre Vis a vis asegura tener la sensación de haber estado en el mejor sitio posible en el mejor momento posible. Él es Fabio, el guardián de los infiernos. Y él también llega al cielo.

De la inocencia más tierna a la oscuridad total, Maggie Civantos interpreta a Macarena Ferreiro y de su trabajo en esta serie debería haber salido aquello de que la energía  ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Cada cambio que ella experimenta, lo sufre cada espectador. “Creo que me estoy convirtiendo en un animal”, comenta en una escena. Y a todos nos convierte al tiempo.

En muchos de los 1.800 minutos de ficción que hemos disfrutado hasta ahora, Alba Flores, la nieta de Lola, la hija del desdichado Antonio, ha estado expeliendo intuición ancestral. Una tierna bestia actuando.

Cada escena ha sido todo un acto de coherencia, por muy doloroso que resultara, como la muerte de Leopoldo Ferreiro, el gran Carlos Hipólito. Cada latido de Sole, cada maldad de Anabel, cada perversión del doctor, cada beso de Rizos… Añadir además que los insertos documentales nos han regalado escenas memorables y la total certeza de que el mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación.

Hijos con chorreras

Ya me fastidiaron con el nombre porque me pusieron cinco y a cual más cursi delante del apellido. Justificaron diciendo que era su príncipe, pero todos los niños somos príncipes o princesas para nuestros padres, aunque ellos no sean reyes y practiquen el republicanismo inactivo.

En mayo del pasado año me probé ciento doce trajes de almirante de marina y otros tantos de capitán del ejército de tierra. En el probador coincidí con otros vástagos de antimilitaristas luciendo galones.

Los míos, como los tuyos, se declaran no practicantes, en ocasiones ateos y llevan años tramitando el último requisito de la apostasía, pero argumentan que yo quiero comulgar porque los de mi clase comulgan. Con ruedas de molino que colgamos junto a una cruz de oro que chupará polvo hasta su reventa. Con unos zapatos de charol que jamás verán el barro.

Me regalaron la play como pago por mi silencio.

Meses después me sorprendí tarareando  La bien pagá mientras buscaba unos temas de electro house en youtube. Fue entonces cuando comencé a pensar que algo raro me estaba pasando, y no sólo por la pelusilla incipiente que ensombrecía mi cara.

Por la noche, mientras dormía, me cambiaban a David Guetta por unas coplas.

Y la abuela me hizo una camisa de lunares con chorreras.

Y convirtieron con laca mi pelopincho en una guedeja.

Y me vi en la tele cantando bajo un sombrero de chincheta. El público, nadando en babas que mojarán mi adolescencia más que mis poluciones.

Me regalaron un móvil de sexta generación que seguirán pagando cuando me haya ido.

Y con la cercanía de las elecciones, allí estaba yo, vestido de domingo, en un aula insulsa, con otros de la clase y con la chuleta de las preguntas más gilipollas a las respuestas más idiotas del político de turno, en un programa televisivo que debería pasar al canal prohibido, adelantando por goleada impúdica al del porno.

El campamento de ese verano cambió el paisaje de tirolinas por fogones de iniciación y en septiembre compaginaba el conocimiento del medio con el rodaje de masterchef púber, ataviado con delantal y gorro alto.

Tanta actividad, competición y postres con crema de ridículo me llevaron a un trastorno disociativo que, si bien fue un obstáculo para pasar a la semifinal, me permitió desarrollar una capacidad creativa de lo más peculiar en mis platos. Tras el fracaso y durante mi proceso de curación, el psicólogo recomendó a mi familia que degustará día a día mis guisos.  Y así, cantando coplas, con mi chaquetilla de almirante y un mandil de faralaes, ocupaba mi tiempo de recuperación.

Lo del nombre de infante lo superé con trámites en el registro; lo del sacramento, con resignación. Quemé la camisa de lunares en un horno de leña en el que hacía pizzas con la forma de la cara de los candidatos.  La cena de celebración del fin del trastorno les habría encantado a todos mis mayores si no los hubiera utilizado como ingredientes principales.

Normalizar el fracaso

Mientras a los sufridos ciudadanos no se nos había pasado ni por el agujero negro del bolsillo pensar en la posibilidad de una tercera cita electoral, ellos, los que están cobrando por hacer mal su trabajo (aguantamos ésta y no más), se atreven a hablar de ella para garantizar su inexistencia; el sólo hecho de mencionarla debería ser constitutivo de falta grave por obscenidad suprema. Al banquillo, señor Sánchez, que ahora van los otros.

Así que puede ser que llegue agosto y desfilen todos a su destino vacacional sin los deberes hechos mientras los demás reducimos días, distancias, consumo, esperanzas.

Quienes disculpan el fracaso de los pactos (éste se da ya por normalizado) hablan de movimientos tácticos cuando no son más que aprendices bastante avanzados del perro del hortelano y lo cierto es que, al paso que vamos, no pararemos de votar hasta que el resultado no les venga bien a todos y cada uno de los partidos. La cita con las urnas se va a convertir en una rutina como la cena con los amigos los viernes a final de mes. Y no hay cosa que más fastidie que transformar en costumbre lo placentero porque acaba perdiendo la magia, y tendremos que montar nuestra vida (viajes, intervenciones quirúrgicas, domingo de sofá) y que transcurran nuestros actos más cotidianos en torno al paseíllo hasta la mesa electoral. Probablemente acaben poniendo una aplicación en el móvil y podremos ejercer nuestro derecho al voto en pijama y zapatillas, desde una cafetería en Montmartre o en la sala de partos.

Ya lo adelantó Ibsen: “La vida podría ser bastante agradable si no llamasen a la puerta esos acreedores reclamando el cumplimiento de los ideales a pobres hombres como nosotros”. Total, nuestros ideales les importan un pimiento. Sobre las 9.30 de la noche a nosotros también nos empiezan a importar un poco menos nuestros ideales a favor de un gobierno que funcione. Por la mañana es otra cosa la que nos palpita aún en el fondo del estómago, pero la vamos mitigando al ver pasar el día y vamos deduciendo que es inútil tener razón (incluso razones) cuando el gobierno está equivocado. De nada nos vale. Hasta que no saquen todos la pajita más larga no nos dejarán en paz.

Así las cosas, esto no avanza. Los refugiados esperan un lugar en el mundo y el mundo no es capaz de encontrarles un sitio; de nuevo el fracaso se normaliza. Osman agoniza en Idomeni y son Bomberos en Acción los que mueven cielo y tierra para que no muera en el infierno. Decisiones y acciones políticas están en funciones y los voluntarios tiran del carro de la solidaridad mientras las organizaciones rimbombantes con funcionarios de postín redactan informes con graves faltas de humanidad pero con letra bonita de colegio de pago.

España se comprometió a acoger a 15.000 refugiados. No ha llegado aún ni medio centenar porque los otros se han perdido entre papeles. A este paso daremos refugio a sus cadáveres.

Bon appetit, compañeras

Sigo sin pareja estable y me la resbala sobre base de aguacate y arándanos con extra de tengo patas de gallo y qué. Tal vez un Crocante de no me caso porque no me da la gana con taquitos de pavo, o un No pienso tener hijos sin ralladura de ningún tipo.

Son algunos de los platos del menú de un restaurante ficticio creado para la publicidad de una conocida marca de fiambre que, al menos, nos despierta una sonrisa, pero también nos lleva a pensar que la oferta gastronómica debería ser más amplia e incluir, entre otros, platos como Por qué mis dos hijos se han tenido que ir a trabajar a Australia, raciones de Mi compañero cobra más que yo y se toca un buen rato los huevos al vapor, montadito de Qué curioso que los hijos de los políticos tengan buenos puestos en las empresas privadas, cazuelita de He denunciado al vecino por pegar a su mujer y ella me ha retirado la palabra con papas machacadas y, de postre, un vaso de Paso de dar de mamar a mis hijos con reducción de peras. Para beber, una magnum de Vino del mar sin retrogusto de madres castrantes.

Todavía las mujeres hablan de problemas de mujeres, cuando lo cierto es que son injusticias contra ellas, contra nosotras (a veces contra todos en general). En realidad, los problemas específicos de las mujeres se deberían reducir a las molestias que conlleva la expulsión de óvulos involucionados que se inician con la menarquia (la monarquía es problema de otra índole), nos acompañan más años incluso que la hipoteca (tanto monarcas como óvulos desechados) y desembocan en otro, que parece la liberación pero no lo es tanto: la menopausia, ya saben, esa edad dorada de los sofocos, palpitaciones, sudores, vértigos, hinchazón, alteraciones del sueño y dolor durante el coito, en el caso de que haya coitos porque aún no nos hayamos convencido de que el sexo está sobrevalorado.

Podemos poner las notas de humor que queramos y asumir toda esa tanda de atropellos argumentando que el mundo no es justo, así quedaremos atrapadas en una rutina cómoda con sus pequeñas imperfecciones, creando aún más desajuste entre lo que somos y lo que soñamos con ser.

Porque seguiremos soñando con ser iguales marcando nuestras diferencias mientras guardamos en el fondo del bolso esas ganas de pedir disculpas a las madres terribles que aún siguen esperando que sus hijas repitan la historia maldita.

Porque las tradiciones siguen aplastando sueños y nuestra descarga no será total hasta que no se extingan y entren a formar parte de la memoria.

Menú para mañana, que ya es hoy: Prole libre sin complejo de culpa, Cama libre con sábanas de algas sin complejo de culpa, Cuba libre o cerveza sin complejo de culpa, Me importan un bledo las notas al jerez sin complejo de culpa y Que nadie me invite a más bodasbautizoscomuniones porque me importan un pimiento relleno de gallina vieja. Sin postre, pero sí un Licor de sueños de cereza que son actos de libre elección.

Muerte entre las flores

El sol entra por un rasgado de la champa y nos despierta a todos. Hay otro agujero frente a mi colchón, pero lo tengo tapado con un cartel de la película Muerte entre las flores. Está enmarcado y conserva un trozo de cristal; con él me cortaré las venas cuando ya no pueda más. Con el estómago vacío y la cara limpia salimos todos a buscar flores (eso es lo que digo, pero en realidad vamos al basurero central). Somos guajeros, recolectores, componentes de una plantilla de más de mil trabajadores y nuestra ‘oficina’ es el patio número 7. Mamá no viene, se queda limpiando la miseria y luego suplica en los colmados por fruta golpeada. Un día tomamos café.

Somos cinco hermanos, o seis si se une a la cuadrilla un hijo de mi padre que vive  más al norte. Nos dirige el viejo y nos organiza la tarea. Por el olor ya sabe de dónde podemos extraer lo mejor. Yo nací sin olfato y todos los días se lo agradezco a quien haya repartido los sentidos. Como tampoco aquí nacen flores…

Las autoridades han cambiado el nombre de esta inmensa montaña de mierda y la llaman relleno sanitario. Relleno está el hueco que había, pero nadie entiende lo de ‘sanitario’. Nosotros pasaremos de ser llamados ‘muertos de hambre’ a trabajar como técnicos de reciclaje, esto es, con las mismas carencias de todo, pero con una denominación digna de cualquier profesional; lo de los derechos, el salario mínimo, la cobertura de salud y la prevención de riesgos llegarán con el tiempo, cuando haya más muertos que basura.

Me toca plástico. Han llegado, como todos los días, casi 2.000 toneladas de residuos. Es un festín en la zona 3 de Guatemala. Antes esto era un  gran barranco hacia el que miraba el cementerio. Ahora es el lugar sobre el que vuelan los zopilotes. Nos diferenciamos por las alas. Solamente. Mi cuerpo es también negro cuando emerjo entre los desperdicios. Si yo pudiera volar me iría a España. Allá mis primos encuentran de todo en los contenedores: cajas  de leche, embutido, ropa de marca… Un  día comimos cebiche.

Hoy nos vamos antes. Tenemos  que adecentarnos para asistir a la charla. De vez en cuando viene  un educador, o un psicólogo  o algún predicador. Nos hablan de la esperanza unos, de la dignidad otros y casi todos de dios. Y yo, por más que rebusco, no lo encuentro entre la mierda. Dicen que, aunque trabajemos en la basura, no somos basura. Eso ya lo sabemos; basura son los que permiten que no tengamos más remedio.

Ha sonado una alarma. Evacuación. Con las lluvias, las aguas subterráneas crecen y arrastran vertidos. Hay gritos y los zopilotes se pierden entre una nube de gas y polvo. Nos sepulta la mierda y yo muero entre la basura: pues sí, ya soy basura. Hay varios muertos más y todos los noticiarios se hacen eco del suceso, pero solo un ratito. Ya se han olvidado de nosotros cuando mamá mete en mi caja el cartel enrollado de Muerte entre las flores. Porque no hay otras flores.

Íbamos a ver ballenas

“No se garantiza el avistamiento de cetáceos. Según estadísticas del pasado año, ése fue del 68%. Dependiendo de las condiciones marítimas y por seguridad, el baño puede ser permitido o no según criterio del capitán”.

Estábamos encantados todos en el instituto con la nueva excursión en catamarán. Juanma y su grupo preparan ya todos sus aparatos de imagen para captar los saltos de los delfines, y los de audio, para sus cantos.

Son siete euros por dos horas. Les he sacado otros 50 a los viejos hablándoles de una actividad paralela de aprendizaje de nudos marineros. Se la he colado; así tengo para el triquini print al que le he echado el ojo.

“Imprescindible llevar gorra, gafas de sol, crema de protección solar, bañador y toalla. No se facilita salvavidas pero sí hay una plataforma y tubos largos flotantes individuales. Es necesario el acompañamiento de un profesor por cada diez alumnos. El barco cuenta con una capacidad de 70 plazas”.

Por mí, mejor que fueran tres plazas: el capitán, el Ruben y yo. Los dos en  la proa, mirando el mar bajo mi pamela verde palmera y, a lo lejos, quietas las ballenas y las orcas llamando chillonamente a sus crías.

Mañana es el día. Me he comprado también una mochila nueva a juego con mis deportivas y con la de esta tarde son seis las sesiones de uva que me he dado. Las mechas californianas quedan mejor con la piel bronceada. Y gracias a la depilación láser que me regaló mi madrina el verano pasado, si no… a ver qué hacía yo con los shortys tejanos.

Habíamos quedado en ir andando desde el instituto pero me lleva mamá directamente al puerto. Con lo tarde que me he levantado prefiero pasarme bien las planchas por el pelo y esperar hasta el final para que el laxante complete su proceso; con esto y dos días comiendo manzanas, adiós tripilla. Va a fliparlo hasta Bob Esponja.

Ahí está mi grupo. Son las 11.00 y zarpamos ya. Con el primer golpe de viento me ha salpicado agua salada a los ojos. Al frotarme me he arrancado una tira de las pestañas postizas. Consigo disimuladamente hacer desaparecer la otra, por eso del equilibrio, y busco el aseo para compensar su ingrato vacío con máscara superextrem. Un repasito con el eyeliner y gloss de pimienta a borbotones para recrear labios sensuales. Espero en el baño hasta que se pase un poco el picor y procedo a volver espléndida.

Nadie se gira. Todos clavan sus ojos en un mismo punto. Silencio hasta de gaviotas. ¿Duermen ballenas?

Hay un círculo de delfines tristes. Un bote neumático que se mece lentamente. Nos quedamos todos flotando en los ojos negros de sus pasajeros. Ellos respiran cansados y a nosotros se nos resiste el aire. Una mujer recoge del agua mis pestañas y peina con ellas los rizos enmarañados de su nena.

La pena es líquida y achicamos con cubos el agua de cubierta. Mi trocito de mar se hace negro de rímel y al hundirme me convierto en ballena y empujo la patera hacia la costa.

Con H de urinario

Ya hace casi dos décadas un académico, además de Nobel y marqués, consiguió “desacreditar de un solo golpe sus tres títulos y, al mismo tiempo, el concepto de hombre de cultura”. Así hablaba Terenci Moix de Camilo José Cela en su artículo ‘El Nobel, en la letrina’ tras  los ataques del gallego a los homosexuales, a los que reiteradamente llamaba “maricones”.

Después de leer las opiniones que vierte en una entrevista al académico de la RAE Félix de Azúa sobre Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, de quien dice que “debería estar vendiendo en un puesto de pescado”, podemos titular de la siguiente forma: ‘El de la H, en el urinario’. Basándose en sus declaraciones algunos podrían deducir que la Academia vende besugos.

Tras meterse con la edil y con los tenderos, se despachó a sus anchas con millones de votantes sobre los que cree que van (vamos) “borrachos” a las urnas. Y me da por pensar que en la Academia venden merluzas.

Tuvo tiempo también en la entrevista para arremeter contra los dirigentes del partido morado: “Lo que ha salido de la facultad de Política de la Complutense es lo más ignorante del país”. Atiza así a todo el alumnado y, por supuesto, al profesorado. Podríamos suponer que la Academia vende salmonetes de fango.

Ante este panorama, cualquiera que desconozca la función de la Academia podría deducir que es un puesto de pescado del maravilloso Mercado de la Boquería, o mismamente del Campillo, y cuyos artículos más demandados son las múltiples formas de peces que es capaz de adoptar el nuevo académico con solo abrir la boca.

Pero la RAE es otra cosa y bien haría en deshacerse del género en mal estado.

Tiene Azúa un poema titulado ‘El hombre hace por parecerse al hombre’ y algunos de sus versos son: “… Mira a su alrededor y gime y se golpea la boca con los pies (esto lo podría haber escenificado el escritor durante su entrevista) pero el hada (y no fue la Colau sin h) le dice: Tú, miserable, que has visto perecer tu contorno… (etcétera, ya que no puedo seguir por razones de higiene mental). Y mira por dónde que el título se va transformando a mi antojo hasta ser ‘El hombre hace por parecerse al marrajo’.

Volviendo al añorado Terenci, en un sano ejercicio de decencia decidió tirar los libros del marqués de Iria Flavia y sustituirlos por los de Pier Paolo Pasolini.

El detective Pepe Carvalho de madrugada, tras la cena, quemaba libros porque consideraba que la cultura le había separado de la vida, algo así como ‘la cultura me persigue pero yo corro más rápido’, o mejor: con académicos como éstos ¿quién quiere enemigos?

Como hicieron el gran Terenci con los libros del censor y el personaje de Vázquez Montalbán con los mismos y el resto, voy a proceder a quemar las obras de Azúa que tenga por casa. Puf, no he encontrado ninguna suya; creí que estaban en la A, al lado de Australopithecus.

Un poco de silencio, señor Azúa, para que todo esto sea silencio.

El río que nos lleva

Soñé muchas veces con cruzar el río. La otra orilla… Mamá no me dejaba. Me abrazaba bajo el sol de miel y sólo con ella entraba en el agua. Un bañador de anclas azules y un gorrito de peces risueños. Íbamos los domingos de verano, cuando no trabajaban. Mi hermano mayor pescaba con papá y el abuelo, que fumaba a ritmo de Aznavour sentado en una piedra, al lado de las norias.

Soñé muchas veces con cruzar el río. Las tardes de primavera, tras salir de clase, nos acercábamos a la orilla. Al otro lado estaba el centro de la ciudad, donde los mayores no permitían que fuéramos. “Éste es un barrio nuevo y aquí tenéis todo lo que queráis”,  decían. Pero al otro lado estaba la vida, los turistas, los mercados, el ajetreo.

Ahora, años después, estoy cruzando un río aferrándome a una cuerda y el agua arrastra mis fuerzas. Lloro porque creo que me fallan las manos y mis lágrimas no hacen sino aumentar el caudal. Me trago las siguientes hasta que veo a mi padre sangrar por los ojos; apenas puede con el abuelo en brazos y éste le dice que lo suelte ente los peces risueños de mi gorro de niña y mi bañador de anclas azules. Mi hermano lleva a hombros a su hijo mutilado. Le sujeta por la piernecita escuálida hasta incrustársela en el pecho; la otra está perdida entre los escombros de su escuela, con las pinturas de cera y los ojos dulces de su maestra.

Ya hemos cruzado. Unos metros más cada hora nos alejan de la desesperación y nos acercan a la incertidumbre. No hay comida. El abuelo dejó su caña de pescar sujetando las ruinas de nuestra casa en aquel barrio nuevo.

Acampamos en el barro. Improvisamos letrinas, improvisamos colchones. Llega la primavera y en nuestro campo nacen verjas en vez de flores. Nos contienen con alambres y policías y nos abrimos paso a codazos para coger trozos de pan que nos tiran de parte de los buenos hombres. ¿Tan buenos como esos gamberros borrachos que lanzaban monedas a las mendigas entre risas y humillaciones? ¿Mejores?

Europa  nos vomita. No tiene capacidad para esta masa ingente de desterrados forzosos. O eso dicen los señores de gobiernos y organizaciones mundiales de lo que sea, que pierden el tiempo en espérate a ver qué se me ocurre después de las vacaciones, y mientras, devuélvelos al otro lado del mar, o al sureste del universo.

Soñé muchas veces con cruzar el río y mamá no me dejaba. Esta vez yo no quería y ella me empujó. Esperó a que pasáramos todos para vernos triunfadores. Se soltó de la cuerda y se dejó arrastrar entre velos y zapatos que se tragaba el agua.

En este campamento de humillados no quiero soñar con cruzar el río. El abuelo está calentando sus huesos junto a la hoguera. Si mastica algo son recuerdos. Shirley MacLaine le pregunta a Christopher Plummer en la película Elsa y Fred: “Después de 80 años en este mundo, ¿cuánto te ríes ahora?” Y quiero que el abuelo me sonría antes de que se le borre la boca con la pena.

Día de lluvia salada

Ha sonado el despertador. Eso quiere decir que, inevitablemente, son las seis de la mañana. Maldito lunes ¿o es martes? A tientas encuentras las zapatillas y arrastrando sus suelas y tu sueño inacabado, y tus sueños desterrados, llegas a la cafetera. Es el principio del principio y sabe, de nuevo, a café. Y, de nuevo, sin azúcar.

Ducha caliente porque es invierno ¿o ya no? Vaqueros limpios, camiseta planchada, botas y un jersey que podrás llevar de la mano en el caso de que el verano haya llegado tras la segunda taza.

Cierras con dos vueltas de llave el tiempo de tu casa. Las sábanas revueltas, el café sobre el lavabo. Alguien se asoma a la ventana para despedirte. ¿O eres tú?

En el caso de que estés en la calle, echas a andar apresuradamente y apresuradamente también comienza a caer la lluvia. Abres el paraguas aunque no lo llevas ¿o es que sobre ti no llueve?  Y aceleras el paso buscando un autobús que te devuelva a tus sábanas revueltas. Subes. El conductor comprueba tu billete y te arropa mientras deja en tu mesilla la taza del café, con azúcar.

Bajas en la tercera parada, a veinte metros de tu trabajo. Ya no llueve. O sí. Es invierno. O no. Te pones el jersey. Te mueres de calor y te entierran en la maceta del ficus de la impoluta recepción.

El jefe no lo considera fuerza mayor para el absentismo y te incorporas a tu puesto con seis minutos de  retraso, una falta grave por morir in itinere y resucitar en el tiesto y, además, tu nómina resentida.

Regurgitas el café que vuelve más amargo y se mezcla con la sal que lloras por tu vida. Abres el paraguas para no mojarte pero te llueve a mares por dentro.

Superas la primera hora, otras ocho ¿o son trescientas? Cuando salgas ¿seguirá el otoño? ¿O llegaste en primavera?

De vuelta a casa, arrastras tus botas por las  aceras. Hay polvo porque no llueve desde hace décadas y dejas un rastro de sendero limpio con el jersey que arrastras y que lleva prendidas la ausencia de sueños y la lluvia salada.

Desde la ventana alguien te saluda ¿o eres tú? No, `porque sonríe. Cuando abres la puerta llueve dentro y te refugias en el baño con tu gato para hablar de la pobreza de los más desfavorecidos y del índice de miseria del resto. Habláis, mientras sigue lloviendo en el pasillo, de las mujeres que se dedican a hacer de su género el género tonto y acabáis la conversación, porque ya escampa, con poner en marcha la próxima revolución.

Ha sonado el despertador. Eso quiere decir que, inevitablemente, son las seis de la mañana. La radio habla de una gran tragedia en la fábrica Cotton. 146 mujeres calcinadas durante una protesta. Aunque hayan pasado casi 60 años, fue ayer mismo, y es hoy. Siguen ardiendo ante esa pobreza medida que se ceba más en unas que en otros y no hacemos más que dar pasos atrás porque el tiempo que nos toca nos ha hecho esclavos.

Esta noche no hables con el gato para preparar la próxima revolución.

El Norte de Castilla

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