Descendientes de brujas

Sobre el plan b para construir Europa (porque sí, está destrozada) dice Varufakis que asistimos a una versión posmoderna de los años 30.  Demasiado amable se presenta el ex ministro con esta definición; a mí me parece, más bien, una versión en tejanos de la más oscura Edad Media y uno de sus engendros: la Santa Inquisición. No es posible pensar en otra cosa cuando las mazmorras se preparan para albergar a los herejes que han hecho suya la libertad de expresión.

Raúl García y Alfonso Lázaro, titiriteros de profesión, y la concejala Rita Maestre sufren la rabia de una sociedad que hierve a fuego lento un caldo con sus huesos rancios. Los primeros fueron detenidos en plena actuación -unos padres escandalizados alertaron a las fuerzas de seguridad­-­ encerrados­ e investigados por enaltecimiento de terrorismo. La policía se incautó de su material peligroso, sin olvidar, supongo, la albóndiga-bomba que estará programada para explotar y desperdigar en un área de nanobaldosa 30 gramos de carne picada, miga de pan bañada en leche y un poquito de perejil. Y enharinada en vergüenza.

La concejala se sienta en el banquillo por una protesta de hace un lustro contra el poder de la Iglesia católica y su ocupación de espacios públicos en un estado aconfesional, donde se siguen construyendo hospitales con capilla y nacen periódicos ¿imparciales? bendecidos por un cura con hisopo que esparce caldo rancio en vez de agua bendita.

Lo de Rita, que ya ha pedido disculpas (buen gesto, pero te las deben a ti) es un acto de humillación contra todas las mujeres y, por supuesto, contra todos los hombres libres. La base de la acusación es el ataque a los sentimientos religiosos.  Mientras, aguantamos ofensivas, agresiones y embestidas insistentes de algunos oficiantes contra nuestros sentimientos éticos y no te digo ya de homosexuales, transexuales y todo lo que no tenga que ver con casar manzanas con manzanas.

Ahora le tocará el turno a Dolors Miquel por su poema-versión libre del Padrenuestro:  “… Santificado sea tu coño, la epidural, la comadrona… No permitas que los hijos de puta aborten el amor y hagan la guerra.”

Lo escribió en 2006, pero ya puede andarse con cuidado la escritora catalana, que soplan vientos de caza de brujas.

Recuerdo hace años –lo mismo más de 20- un bar situado por la Rúa Oscura, en Valladolid. A pocos metros de la entrada colgaba un gran poster con Jesús crucificado y María Magdalena terminando de hacerle una obra caritativa de sexo oral. No he vuelto a saber nada del local ni de sus dueños. Me temo, según está el panorama, que estén enterrados en alguna cuneta. He buscado en Google, con permiso de la Santa Inquisición, a ver si encontraba rastro de aquel cartel: nada de nada. A ver si me acuerdo luego de borrar el historial de navegación, porque de ésta me lapidan al alba.

Y sí, yo también soy descendiente de aquellas brujas a las que no pudisteis quemar.

¿Amanece o es otoño?

“En la Edad Media, el hombre entendía el mecanismo de todo lo que hacía. Ahora no sabemos cómo funciona nada y todos dependemos de unos inútiles que no sabemos quiénes son y nosotros no entendemos una mierda de nada. Nadie entiende nada”.

Así se expresa José María Pou en esa cinta de justicia macarra y poética de Isaki Lacuesta que es Murieron por encima de sus posibilidades. Y razón tiene: no entendemos una mierda.

A esta larga agonía postelectoral que nos sume en sumas y cábalas, en más incertidumbres de las que todavía arrastramos, en pensamientos impuros sobre posibles coitos de gobernabilidad, le añadimos el desasosiego social por el futuro que es mañana mismo y le agregamos la inseguridad de que llegue la primavera después del otoño y tenga tardes cortas y malditas de diciembre y que febrero sea septiembre y marzo octubre, y que no sepamos si este verano tendremos vacaciones porque no las hay sin trabajo previo y si se nos congelarán las calas y las caras y las lilas en un abril sin aguas y con vacíos, y si se nos quemará más el alma de vergüenza al ver deambular por las estaciones del año sin trenes a los refugiados sin refugio mientras cacarean sin poner huevos políticos e integrantes de organismos sin órganos vitales.

Por estos expulsados, nómadas obligados, gracias a Antonio de la Torre en la gala de los Goya: “Una sola vida es más valiosa que cualquier frontera, nación o bandera”. Si tardas un minuto más en decirlo les da tiempo a arrancarte la lengua.

Seguimos sin entender una mierda. Mientras los lobos despellejan corderos y terneros de ganaderos abulenses, las cabras del islote de Es Vedrà se comen las sabinas y otras plantas autóctonas de Ibiza. Cuando los ganaderos de Ávila sugieren que los lobos sean trasladados a lugares donde no entorpezcan la práctica de la ganadería extensiva, los señores del Gobierno regional se escudan en que es un animal protegido por las políticas europeas, que se han quedado en el lobo y en la lagartija y no han llegado al hombre.

No proponen los ganaderos soluciones cruentas y estarían a favor de una reserva para los cánidos, que se reproducen y campan a sus anchas sabedores de que al sur del Duero está prohibida su caza. Quizá no haya tantos, pero hambre tienen.

Escopetas de percusión con mirilla del calibre 22 para matar a las cabras de Es Vedrà, unas 40. Los francotiradores de la Unidad de Control de Fauna están venga a disparar en el islote porque las chivas suponen “una amenaza botánica nacional” (acabo de esconder mis geranios). A esto, el Gobierno balear ha sugerido que nadie se acerque no sea que se lleve un tiro.

Algunos ganaderos de las Islas se habían ofrecido a adoptar las cabras y Medio Ambiente se negó porque no habían pasado control sanitario alguno, así que preparados, apunten, fuego.

Ni entendemos una mierda ni ya hay quien aguante este sindiós. Lo mismo cualquier día amanece por el sur de Ávila.

Y desapareció el mago

Si no está claro, aunque a mí me lo parezca, que aquel dicho de “más vale lo malo conocido que lo malo por conocer” fue una invención de Franco, lo que sí está comprobado es que lo de “bébete ya el zumo que se le van las vitaminas” es una mentirijilla de las madres de épocas pasadas y que se ha transmitido de generación en generación, justo hasta hace unos días, cuando el cocinero Alberto Chicote desveló y comprobó científicamente que no era más que un mito.

El televisivo chef es ahora el centro de atención de las críticas de progenitores de cualquier sexo o de ninguno que, aun conociendo perfectamente que las vitaminas no aprovechan la soledad del vaso en la cocina para escapar e ir a ver mundo, engañan a sus vástagos con el fin de apresurar su desayuno y no dejar recipientes desperdigados por el submundo del orden caótico de la mañana.

A Chicote le deberemos a partir de ahora la imagen del zumo abandonado en un rincón en espera de la sed futura así como nuestros miedos nocturnos de arder en los infiernos por tratar de perpetuar trolas de fogones.

Pero nada que ver nuestros pecados en zapatillas con la trapatiesta que tiene montada la Consejería de Sanidad.

Después del perverso ‘plantón’ a 20.000 opositores y la pérdida de 15.000 pruebas radiológicas, se cierra ante la propuesta de una unidad de radioterapia en Ávila. Los enfermos de cáncer deberán seguir trasladándose a otras provincias para recibir tratamiento. A las ocho de la mañana son recogidos, llevados al centro hospitalario que les dé su ‘dosis’ de 15 minutos y devueltos a casa a eso de las cinco. Nueve horas entre recogidas, traslados y esperas. Nueve horas de incómodos pensamientos, de paisajes lentos. Nueve horas de choques del alma contra partículas extrañas.

La Diputación abulense insiste en cofinanciar con la Junta la unidad de radioterapia y el consejero presume de razones de calidad y seguridad, y no económicas (ya vendrán más tarde) que frenan el proyecto, además, por supuesto, de que el número de tratados no llega al mínimo establecido por esas condiciones, tan subjetivas éstas (por mucho que hable de informes de la comunidad científica y del mismísimo Ministerio, que ya ves a estas alturas su grado de credibilidad) como objetivas las nueve horas de infinita paciencia de cada paciente. Y la historia se repite en Segovia. La misma justificación: nada si no hay 450, cifra  que recomienda la Sociedad Europea de Oncología.

Hablan de políticas contra la despoblación y crean comités de expertos cuando son ellos mismos quienes alientan el abandono: a unos los dejan morir de pena (o de asco) y a otros los empujan al destierro. Hay quien augura que acabarán cortándoles el agua para que sólo beban cianuro.

Ya lo dijo Woody Allen: “El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro y desapareció la injusticia, con otro se acabó la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago”.

La blue década

El día 18 será el día más triste de 2016. Todos los años tienen su jornada más deprimente y siempre es el tercer lunes de enero. Conocido en el mundo anglosajón como ‘blue Monday’ (el azul para este ámbito es sinónimo de tristeza), viene determinado por razones climatológicas, la deudas navideñas, el tiempo que ha pasado ya desde que nos fijamos nuestros propósitos para el año nuevo, los bajos niveles de motivación y la necesidad imperiosa y angustiosa de tomar medidas.

Si bien su creador lo plasmó incluso mediante una fórmula matemática donde aparecían todas esas variables, lo cierto es que las unidades de medida no están definidas. ¿Cómo se puede medir el desasosiego, el fracaso, la angustia que provoca el ruido del vendaval chocando contra la lluvia que empapa sin clemencia tu cara?

Sea farsa, pseudociencia o simplemente una curiosidad, lo cierto es que existe el blue Monday, pero también el blue Thursday, no digamos el blue miércoles, el jueves torcido, el viernes que antes amaba, el sábado penoso en otro tiempo glorioso y  hasta el domingo azul oscuro tirando al más profundo negro.

Y no una semana: casi cinco en este enero tan largo y tan sombrío como un lento tren agónico avanzando melancólico por las estepas rusas.

Antes, cuando el inglés no había inundado nuestras vidas, hablábamos de la cuesta de enero. Porque enero cuesta un mundo entero relleno de almendras amargas, facturas del gas, frío en los pies, quilos de descuido, toneladas de manchas de soledad, la tumba de una madre muerta a manos de su hijo, refugiados sin refugio, cadáveres mecidos por las olas… Enero cuesta, y costó diciembre, el del 15, el anterior… Todo esto va camino de ser una blue década donde es necesario más que nunca inventar el futuro.

Pero el tiempo no acompaña y las campañas de pactos tampoco. No sabemos el color de nuestro gobierno y permanecemos en espera. Hoy es miércoles de stand by. Como ayer. Y para entretenernos nos alimentamos de polémicas imbéciles sobre el color de las cabalgatas o sobre el contorno de pecho de los reyes magos. Heterodoxias en platos de ortodoxos que piden a la Conferencia Episcopal supervisión de los desfiles del 5 de enero. Ok, pues que se los lleven a dar vueltas por los templos.

Los obispos se niegan. Bastante tienen con escribir textos contra la evolución vaciando sus páginas de libertades. Escritos anacrónicos que han convertido en dogmas y que llenan de pasajeros homófobos, de matricidas, de hombres que odian a las mujeres… ese tren largo y melancólico que viaja por la estepa una noche de nieve negra.

Para inventar un futuro sería necesario prescindir de tanta cosas…

Mientras se recoloca nuestro entorno podríamos poner en práctica lo que Almudena Grandes nos sugiere: romper el binomio felicidad-dinero. Pero imagino que es inmensamente difícil sonreír yendo al mercado a comprar pan y tres quilos de patatas con un solo euro en el bolsillo.

No me traigas perlas

Lo peor de todo es que nos toman por imbéciles. No contentos con amargarnos este lustro y medio infernal con un empecinado agarre  al culo de la macroeconomía –cuando era ya la microeconomía la que hacía saltar desesperados por las ventanas y lágrimas de puro hambre-, nos van soltando lindezas tales como que los jóvenes que emigran son viajeros en busca de aventura, o que se jodan los parados. Insultos propios de personajes obscenos que sólo han conseguido multiplicar por cien nuestro umbral del dolor. Y el del aguante.

Mientras el ministro de Interior condecora a las vírgenes (evidentemente a mí no), la de Trabajo ha demostrado sus más altas dotes de eficacia e incluso de eficiencia reclamando ayuda a la del Rocío. No contenta con dejar su trabajo en manos celestiales –aunque el sueldo se lo lleva ella- ha permitido la elaboración de un manual para la Escuela de Inspección de Trabajo en el que se recomienda el uso de determinadas prendas, complementos, perfumes y hasta la altura del tacón que, aunque sea plano, será mucho más alto que su capacidad para gestionar el salón de té de berjusa, no digamos ya el trabajo y la seguridad social de todo un país. ¿De verdad se cree que es necesario invertir tiempo académico (y dinero de todos) en consejos ñoños, superficiales y ridículos? ¿Con qué se han de vestir los millones de trabajadores afectados por su destripamiento del empleo? Nos aconseja no ponernos perlas, ¿algún diamantito quizá? Y el domingo, ¿una mantilla de encaje para ir a misa a dar gracias al divino por esta divina lumbrera?

La ya ministra en disfunciones nos regala para estas fiestas una subida del salario mínimo. ¡Aleluya! 6 eurazos con 48 céntimos al mes. ¡Aleluya otra vez! Con esto y tres avemarías seremos capaces de compartir su optimismo ante el desastre de esa crisis que ella ya veía acabarse cuando más se cebaba en el pueblo. Ella es así; como bien dice Wyoming, “Fátima ve la botella medio llena porque la otra media se la ha bebido”.

De la  subida de pensiones mejor no hablar para no caer en el agujero negro de la desesperación, y de los asuntos migratorios –que también están en su cartera-, ha sacado en claro que desaparecen con un paracetamol durante el desayuno. Y así vive, feliz, iluminada, indolente ante los humillados, los arruinados, los despreciados, los sans-culottes.

Pero sus divinidades han querido también ilustrar estas fechas con una pastoral del obispo de Córdoba, por si no habíamos oído bastantes paridas. Según Demetrio Fernández y su alzacuellos, cualquier tipo de fecundación que no sea la que provoca follar (él lo llama abrazo amoroso entre un hombre y una mujer porque no sabe este sinónimo que ocupa menos espacio y porque a este tipo de predicadores les gusta ser pesadotes con la palabra) es un “aquelarre”. Vade retro, Satana. Mejor: va de retro, sotana.

Más demonios que han salido de coitos bendecidos por la Iglesia…

Llevándose su piel

Estás aprendiendo geografía y nociones de toponimia marcando con chinchetas en un mapa los lugares donde han muerto las mujeres. Y no te atreves a calcular los metros cúbicos de sangre que arrastra por la cuenca de tus ojos el río rojo.

No eres capaz de verbalizar el número por si en ese mismo instante se le va la vida a otra entre las garras de su asesino. Estás aprendiendo sumas en una libreta cuyas páginas tienden a infinito. Las restas son para otro curso, o para otro mundo. Hay división de opiniones, multiplicación de soluciones (por cero), niños fraccionados, abuelos quebrados, números clausus en la hora de respeto.

La clase de filosofía se mezcló con la de cinegética y zoología. El hombre de Hobbes –que era un lobo para el hombre- se convirtió en que algunos hombres son lobos para el lobo y en que unos cuantos son bestias para las mujeres que en otro tiempo estuvieron en sus besos y para el resto, que tuvo la suerte de no cruzar su territorio marcado de orines.

Lección de anatomía. Cadáver en un escorzo imposible a 30 metros bajo los geranios de su balcón. Yugular seccionada, subclavia derecha dañada, desgarro vaginal de segundo grado, hematomas recientes en la región occipital y otros antiguos bajo un manto espeso de maquillaje, surcos de rímel perpetuos en ambos nasogenianos, traumatismo renal, alma hecha pedazos en la cavidad torácica (faltan varios trozos). Hora de la muerte: aún es.

Ejercicios adicionales: busca en el diccionario el significado de uxoricida y en el cubo de la basura los apuntes de la clase de tolerancia.

Aprendiste literatura con Susan Sontag. “Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose tu piel”. Y aquel desgarro de amor que debe masticarse y salivarse para convertirse en herida cerrada y en serena cicatriz del gesto, algunos lo llevaron a la práctica literal matando a Susan, la poesía y a la madre de los hijos del asesino que no entendía de versos.

Te enfrascas en un trabajo que supondrá cinco puntos en una ceja y siete en el labio para el examen parcial de primeros auxilios. Hombres diletantes, en un aula al final del pasillo, susurran insultos contra los asesinos mientras cosen los harapos de piel de las mujeres muertas. Tras quitarse los guantes manchados de betadine y cruzar miradas con mujeres aún vivas, hablan de la superioridad femenina. Y tú, que ya no sabes si estás en física cuántica, en conocimiento del miedo o en crónica de sucesos, les quieres preguntar a gritos que si también quieren controlar la narrativa, pero les hablas de iguales, tiras de apuntes de respeto e interpretas los versos como besos.

Preparado. Preparada. Iniciamos el curso de cómo evitar que nuestro hijo sea el último parpadeo de los ojos de otra mujer asesinada. El de nuestra generación lo hemos suspendido con el más alto grado de vergüenza.

Fosa 2, patio 4

Ascensión Mendieta Ibarra ha cumplido ya los 90. En Guadalajara están enterrados los restos de su padre. En una fosa común del cementerio municipal, la número 2 del patio 4, junto a los huesos de una veintena de compañeros fusilados a finales de 1939.

Ella ha participado en la llamada Querella Argentina, una causa impulsada por jueces españoles y argentinos y cursada contra los responsables de crímenes durante la dictadura franquista. Pues sí, la verdad es que es todo un sinsentido que la primera demanda admitida contra esos hechos haya sido en un país extranjero.

El año pasado, Ascensión se trasladó a Buenos Aires para hablar ante la jueza María Servini sobre la muerte de su padre y de tantos otros, y pedir, en un país que no es el suyo, ayuda para recuperarle y poder “morir con un hueso suyo”. Durante dos horas removió los recuerdos de su alma y contó cómo se lo llevaron y cómo fue la vida de su familia a partir de entonces: una viuda, María Ibarra, con siete hijos y una mula. Y el dolor.

La magistrada, mediante un exhorto, pidió la exhumación de los restos de Timoteo. El bloqueo institucional ha alargado durante año y medio la resolución pero, por fin, y por primera vez, un juzgado español ha dado permiso para que se realice dentro de un proceso penal.

A finales de 2007, Carmen Botrán, la hija de otro fusilado, me contaba cómo detuvieron a su padre cuando repartía periódicos en la Casa del Pueblo, donde los llevaba desde su quiosco de la Plaza Mayor de Valladolid. Dos meses y 18 días estuvo Gerardo encarcelado y a la prisión acudían la mujer y sus cinco hijos para darle algo de comida y ropa limpia. La última vez que lo vieron llevaban un poco de cocido: “Comedlo vosotros, no me hace falta: me van a fusilar”. Lo mataron dos días después y lo arrojaron a una fosa colectiva. Para que sus huesos tuvieran refugio, la esposa quiso comprar una caja. Necesitó empeñar sus pendientes para pagarla. La hija recuerda un gesto recurrente de la madre a partir de entonces: “De vez en cuando se tocaba sus orejas desnudas, como echando algo en falta”.

No hay más que escarbar en la memoria de la tierra y de la historia para saber que en España hay más de 40.000 cuerpos no identificados que permanecen aún en fosas comunes de cunetas, barrancos, pozos y cementerios guardando un silencio obligado sobre los crímenes de la dictadura franquista.

Ante lo que algunos aún denominan venganza en esa reparación que exigen los descendientes de los represaliados, remitámonos al hispanista Ian Gibson, quien aún hoy reclama a los partidos que incluyan en su programa electoral la memoria histórica y que ya dijo hace tiempo con respecto al tema: “Yo no veo sed de venganza, sino sed de justicia de restitución y derechos. Es una cuestión de decencia”.

 

Al final, el objetivo es que se cierren heridas y sólo así la sociedad podrá cerrar sus cuentas con el destino.

 

Interbellum con petate

El mundo de entreguerras, el período conocido como Interbellum, era hace años un epígrafe más en los apuntes de historia, cuando las guerras de la historia se estudiaban en carpetas de folios subrayados y no se sufrían en los costados del alma; se digerían en diferido y como en una gran pantalla de cine, con un olor de fondo a palomitas rancias y a actores muertos, o a palomas muertas y a actores rancios.

Escribo estas líneas con la banda sonora ensangrentada de la masacre de París bombardeando nuestros miedos y engordando nuestras lágrimas, con el eco de las palabras de Anguita despertando nuestra realidad de cada día (“hemos perdido la guerra”), con la cifra creciente de mujeres muertas y con la compañía en la tele de Malditos bastardos, para reconciliarme con el cine bélico. Sí, Tarantino, en el infierno hay una gran sala destinada a quienes desperdician el güisqui y un urinario hediondo para albergar las pesadillas de los que desprecian la vida, la de los otros, porque la suya no es más que un engendro de su razón.

“Estamos en guerra”, lo ha dicho Francia y ha resonado como un lamento de animal herido en los rincones de nuestras azotadas vidas. Y esto, por si no teníamos bastante con las batallas cotidianas por la subsistencia, donde esquivamos disparos y escupitajos, cuando no indiferencia, de aquellos a quienes mantenemos en poltronas doradas mientras sudamos sangre, digerimos desprecios y olvidamos olvidos. La inacción política, el silencio sindical, más de cuatro millones de desempleados, reducción de salarios, ampliación de horarios… Sí, hemos perdido esta guerra sin haber librado ninguna batalla. Somos los vencidos porque sólo estábamos armados de incredulidad y miedos: pequeños soldaditos con espadas del todo a cien frente a los tanques blindados de los mercaderes. Nos han cosido a hostias pero con hilo de hilvanar, para que nos rompamos de vez en cuando y seamos combatientes tocados y hundidos.

Occidente nos sodomiza sin nuestro consentimiento porque somos sus prisioneros de guerra y oriente nos salpica de sangre incluyéndonos en otra guerra a la que nos llevan como una gran infantería lisiada. Y aun así, agradecemos nuestra suerte ante la visión de los desplazados sirios, huyendo del terror a ser un número más en la lista de 230.000 muertos y deambulando por una Europa fría que no sabe cómo reaccionar.

Y entre la guerra cotidiana que hemos perdido y la guerra que nos amenaza desde el otro lado del Mediterráneo, nos vemos deambulando hacia no sabemos dónde, ya sea por el pasillo de nuestra casa,  por el asfalto regado con sangre o sobre el barro pisado por los refugiados sin refugio.

En este período de entreguerras, en este interbellum intermitente, no nos ha dado tiempo a recuperarnos. En nuestro petate no hay más que frustraciones e historias de derrotados. ¿Lo revisaremos en diciembre antes de acercarnos a la urna?

Los primos Benetton

Se encontraron hace unos años, cuando apenas conocían nada de parentescos y relaciones familiares, porque la familia era entonces para ellos solamente una salida a su abandono, a su reclusión infantil en el olvido. ¿Qué sabían ellos de padres, madres o tíos, de cuidados, de atenciones, de un plato caliente y hasta de besos?

Coinciden este curso en el instituto y Manuel se acerca a Andrey: “Somos primos. ¿Te acuerdas de mí?” Negro y blanco. Moreno y rubio. Ojos de café de Colombia y mirada verde de cosaco. Son primos de colores. Ese mismo día se van a comer juntos a casa de Lourdes y José, mi prima y su chico, los padres blancos de Manuel negrito y de Paola, bañada en cacao con avellanas de este a oeste y de norte a sur. Dos horas y media después, Andrey se ha enamorado de ella para siempre, ese para siempre que puede durar un verano, o un fin de semana de otoño, o tres primaveras y media, o siempre; en definitiva, ese amor que es eterno mientras dura.

En unos años, mis dos ucranianos y sus primos de La Barranquilla, se preguntarán cómo es posible que desde Jarkov y Donetsk hasta la tierra de las rosas amarillas de García Márquez, el punto de encuentro de su parentesco se haya instalado justo al lado del Pisuerga, quizá un viento gélido del Este que chocó contra una brisa traviesa extraviada del Caribe… Entre una tierra de nieves tristes y carbones de lágrimas hasta el carnaval colorido hay casi 11.000 kilómetros de distancia y siete horas de diferencia en el reloj. Ni sus flores son iguales, ni el olor de sus cocinas, ni la música de sus bocas.

Ahora, apenas hay preguntas de sus almas. Por el momento, como escribiría Gabo, se hunden en una amable geografía, en un mundo fácil, ideal; un mundo como diseñado por un niño, sin ecuaciones algebraicas, sin despedidas dolorosas y sin fuerzas de gravedad. A veces todos soñamos ese mundo en momentos de vigilia.

Cuando Nietzsche dijo que la madurez del hombre consiste en encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño, no tuvo en cuenta a aquellos huérfanos, hijos de Colombia, China, Etiopía o la Europa del Este, que no hallaron más ocupación que los juegos del hambre. Son ahora, después de unos años, niños de colores que pasan desapercibidos en las aulas con muchachos de aquí y de más allá, pero siempre arrastrarán la ausencia de un trozo de vida o el recuerdo de una mala infancia. Menos mal que, en muchas ocasiones, -tiene razón, señor Tolstoi- la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos y que gracias a ese artificio logran, logramos todos, sobrellevar el pasado.

Cuando crezcan y se  multipliquen hermanos, primos e hijos de colores, las ausencias de trocitos de vida serán solo recuerdos de pequeños agujeros en mochilas vacías, las que aún cuelgan de los trasteros de quienes, por valentía o inconsciencia, atravesamos medio mundo buscando sus ojos, fueran del color que fueran.

Y el cine vino

El cine fue mi motivo de vida cada octubre durante los años que estuve al frente de la sección de cultura en un periódico. Llegaba la Seminci y, con ella, el triple de trabajo, antes, durante y hasta el final del festival. Desde que nos poníamos con el especial previo hasta que se clausuraba el certamen, me dejaba en la redacción unos cinco kilos entre las páginas de cada suplemento diario y decenas de cigarros a medio fumar, porque hubo un tiempo en que las redacciones estaban hechas de humo, y de prisas, y de risas, y de nervios, y de cabreos, y de sangre. En los últimos años, a la vez que el tabaco, se esfumaron los seres vivos y se sentaron las chufas. A poco me hago horchata.

Pues bien, de la coordinación de Seminci, que ‘heredé’ de Vidal, puede que conserve algunos de mis más buenos recuerdos. ¿El equipo? Vergaz, Benito, Óscar, Camino, Tomás, Paco López, Felipe, Laforga, Montse… Lo mejor de lo mejor entre redactores, fotógrafos, colaboradores y algún intelectual de los de prácticas que había alargado su ‘estancia’ estival. ¿Reuniones? Las justas, cuantas menos mejor. Una general para programar el trabajo y alguna esporádica por si se torcían los renglones; al finalizar éstas, sonrisas cuando les regalaba mi frase copiada de una famosa serie policiaca: “Tened cuidado ahí fuera”. ¡Qué pesada! Siempre igual, pero sabía que les gustaba, eso y que por las noches, en pleno cierre, sacara un par de botellas de vino. Se cerraba mejor y nos queríamos más.

Lambrusco el año que ganó Italiano para principiantes; uno de Mendoza por El mismo amor, la misma lluvia; no encontré ninguno japonés para celebrar a Kitano; un tinto bien oscuro para acompañar las Lágrimas negras de Ricardo Franco, y por él; varios franceses para brindar por el buen cine galo y el resto del país -de éste- para suplir carencias.

Entre coordinar, hacer entrevistas, editar, idear la portada de cada suplemento diario con un titular potente y no olvidarme del vino, en todos esos años sólo fui capaz de ver una película en Seminci. Octubre de 1993. Había quedado para entrevistar a Sergio Cabrera una mañana de miércoles a las doce. A las doce y diez ya estaba enamorada para toda la vida. Ese día no fui a comer para ver su Estrategia del caracol. A las once de la noche ya se me había olvidado eso del amor eterno y a falta de cerrar tres páginas abrí una botella. Me sentó mal el primer trago con el estómago vacío. Pérez pasó por allí a terminar de poner acentos a su especial de gastronomía y llevaba una cesta con manzanas y chistes guarros. Nos repartió todo y lanzó las tildes a boleo. Rosa, desde la ‘cárcel’ del cierre dio la voz de alarma a grito pelado: ¡Llaman de rotativa!…

Y así se cerraba otro suplemento. Y así finalizaba otra Seminci. Y así, página a página, ya son 60. Un buen motivo para brindar. Desde este sábado, cuando sintamos a Audiard, hasta que anochezca el próximo con la Binoche.

El Norte de Castilla

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