Cuando Andrea duerma

Ya no os sonríe. Le miráis a la cara chiquita y os atraviesan sus ojos de dolor oscuro; os sabe a hiel su mueca. Lloráis hacia el interior cuando os observa y hacia todos los puntos cardinales cuando se duerme. Todo un mar adentro que se desparrama en sal. Cuando se duerme. Cuando duerme Andrea. Duerme, Andrea.

Doce años de sentimientos y presentimientos, y luchas sin descanso, y dulzuras (tan vagas) y amarguras (tan claras), y milagros que no existen, ni dioses que merezcan, ni hadas, ni brujas buenas, ni brujos compasivos, ni hombres justos.

Doce años sujetando la esperanza con un hilo de hilvanar, y la sonrisa prendida con alfileres de caramelo. ¿Es tan diabólico pedir la paz para su cuerpo roto? Duerme, Andrea.

Hay decisiones que duelen más que la muerte y son puñaladas en el alma de quien las toma. Eternas heridas que sangrarán para siempre. Un océano hemofílico que sacude las costas y sepulta las islas. Todo un mar de sangre que se desparrama en llanto. Cuando duerma Andrea. Duerme, Andrea.

Pero el dolor se empeña en despertar a Andrea. Y el dolor no cesa. Y el dolor se contagia, y crece, y se multiplica, y se enquista. Y se hace mar maldito, adentro, en los adentros, en los extremos, y tensa los débiles hilos que sujetan vuestra sonrisa, su fuerza, vuestra esperanza, su sueño, vuestros sueños, su vida, vuestra vida chiquita de doce años.

Y aquí, unos cuantos, decidiendo sobre el dolor ajeno.

El dolor que también sacude a Brian y, como el de Andrea, en espera. En este caso el muchacho, de 15 años y con parálisis cerebral, requiere una operación de cadera. Los dolores le  impiden, desde hace un año, utilizar su silla de ruedas y poder acudir a clase. ¿Quién demora su vida?

Los gemidos que despiertan a los padres de ambos niños resuenan en un mundo injusto en el que, además, 127.000 personas dependientes han fallecido en lo que va de año esperando que la administración valorara su dependencia. Cada cuatro minutos hemos dejado morir a uno de esos pacientes en el desamparo. Además, curiosamente, algunos de los que aún no han muerto y estaban calificados como ‘grandes dependientes’ han experimentado una milagrosa mejoría en los papeles, abandonando en algunos casos la gran o la severa dependencia para entrar en el increíble mundo de la independencia y la autonomía mientras sus cuidadores, atónitos, asisten a la degradación del paciente y al olvido de quienes le arropan. Es una auténtica gestión del desprecio.

Nadie quiere ya mirar a los ojos del dolor y, quien lo hace, se expone a sufrir las iras de las hordas que protegen la moral entre algodones o que la abandonan en los ficheros de cualquier despacho. Y despachan a los que reclaman atención con un “vuelva usted cuando haya muerto o mejor espere un permiso para morir”.

Andrea duerme y Brian puede sentarse de nuevo en su silla de ruedas. ¿Será un sueño para olvidar injusticias?

Ni reina de las fiestas

Estimado Felipe, no creo que sea merecedora de ostentar el título de duquesa, ni de Palma ni de Matapozuelos, más ahora cuando el antiguo régimen está tocado y asistimos, casi incrédulos pero felices, a su inevitable y más que esperada caída. No podría yo, en estas circunstancias, volver al tocino rancio.

Quienes me conocen saben que los títulos me producen más alergia que los banqueros. Sé que es debido a un trauma de juventud provocado cuando, año tras año en mi mocedad, veía pasar por delante de mis narices el título de reina de las fiestas y siempre era para otras, que incluso cuando no hubo mozas en el pueblo porque todas emigraron o ya no eran mozas y ya me veía ese verano coronada y enflorada, prefirieron dárselo a Quique el de la Patro, porque lucía mejor que yo en tacones; aún lo hace. Y no hubo ni damas de honor aquel agosto.

Fíjese que desde entonces comencé una cruzada contra los títulos y, salvo en los de crédito, no creo en ninguno; ni siquiera recogí el de maestra de primera enseñanza, que en gloria esté (no mi título, la enseñanza pública).

De mi lucha dialéctica contra los grandes habrá tenido noticias todos estos años, lucha que culminó en los sesenta con la creación del Comando Durruti y que, con la llegada de la crisis, dejó a un lado sus ataques contra la nobleza latifundista para emprender caminos junto a los olvidados. Porque para nosotros ya era conmovedor hace años lo que significaba la ciudadanía y ahora mi amiga Manuela, la de Madrid, lo ha soltado a los cuatro vientos: ¡Qué bien ha sonado en primavera!

Comprenderá que, con estos nuevos tiempos y con mi trayectoria sociovital, me niegue a aceptar el Ducado, aunque sigo fumando negro. No quiero que este rechazo se convierta en una afrenta a la ciudadanía de Palma, ni siquiera a la de Matapozuelos, cuando ambos lugares representan para mi perra Canela y para mí una referencia de fuertes e importantes recuerdos, a pesar de que a la primera la conozca más que nada en postales de mi amigo Jordi. Pero aun así, que no se vea como un desdén mi gesto, que también. Que a estas alturas de la vida,  ya rozando los setenta, lo más cómodo sería aceptar la distinción sin reparos y pasar a firmar mis cartas como tía Enriqueta, duquesa de los desarrapados. Pero hace tiempo que dejé de enviar manuscritos, justo cuando el Jordi me enganchó a los mensajes de telefonía móvil. Y ahí no rubrico.

Comprenderá que liderar el comando del frío o la pandilla famélica me ha reportado muchas más satisfacciones que las que me podría suponer cualquier etiqueta nobiliaria que, permítame la sugerencia, debería no volver a irrumpir en estos tiempos.

PD: No sé si con el título vacante había pensado en mi persona para ‘ocuparlo’, pero antes de que regresen las mozas al pueblo este verano, me atrevo a rechazarlo.

Firmado: Enriqueta, la hija del cabrero, moza a perpetuidad. (No tengo sello)

De Trajano al Triunfo

La raza degenera. Era la conclusión a la que llegaba Pepe Isbert en El Verdugo cuando recordaba con nostalgia a aquel educado reo que, una vez sentado, esperando el garrote, le regaló un reloj al que iba a ser su ejecutor y le dijo: “Perdone que le moleste a estas horas”.

No le contó más a su yerno Manfredi acerca del condenado. No supimos cuál había sido su delito pero a todos nos conmovió esa elegancia ante lo irremediable y su consideración ante quien iba a cumplir el mandato judicial.

Se dice incluso que María Antonieta, cuando se aproximaba a la guillotina, condenada a ser decapitada por traición, tropezó accidentalmente con el pie del verdugo. Pardonnez-moi, Monsieur”, se disculpó en un dulce francés.

Al sacerdote Joan Alsina la muerte le rondaba por trabajar a favor de los obreros en Chile. El golpe de estado de 1973 también quiso tirar por tierra su labor. El ejecutor, un soldado medio imberbe, iba a taparle los ojos antes de comenzar a disparar. “No me pongas venda y mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón”. Años después, el soldado Nelson se suicidaría apesadumbrado por los remordimientos y seguramente sin dejar de leer cada noche la carta que los padres del sacerdote le enviaron perdonándole por el crimen. Hay penas que pesan más que la vida.

Pues sí, la raza degenera y los condenados de ahora (no a muerte, porque eso significaría que la sociedad entera también degenera) lejos de mostrarse arrepentidos, humillados, resignados y comedidos, pasándose por el arco de TrajAno las conductas ejemplarizantes ante los ciudadanos (sí, ciudadanos, no clientes), se esmeran en añadir soberbias y pataletas a sus alegatos. Con una condena por desobediencia grave que le inhabilita, el de Valladolid ha dicho que no piensa levantarse del sillón hasta el día señalado.

Hasta en esto ha perdido las formas aun sin excesos verbales. Pudiendo alegar que demora el cumplimiento de la sentencia a favor de un traspaso tranquilo de poderes, se atrinchera en su arrogancia. Ante semejante actitud no es de extrañar que a muchos se les quiten las ganas de dar un repaso a las cosas buenas que por la ciudad ha hecho (para eso estaba, principalmente) y que conviertan un acto de despedida en un consuelo absoluto tras el desasosiego.

Y así, en breve, su arco de TrajAno será sustituido por el arco del TrIUnfo y por otras ‘construcciones’ ciudadanas que, por el momento, están levantándose más cerca de nuestras zapatillas que de un ático con vistas al Campo Grande.

A muchos de nosotros también nos ha apetecido algunas mañanas, demasiadas, subvertir todos los valores, pero la paciencia ha tenido compensación.

Qué gran gobernante perdéis, diría Nerón. Y no sabemos aún si el que desembarca es el adecuado. Pero al menos habrá un puente que lleva hacia la serenidad y la elegancia. Con todo, y sin rencores, le damos las gracias por dejar de molestarnos.

Comicios con ajo

A la tía Enriqueta le han restado varios lustros en el deneí tras su tratamiento rejuvenecedor a base de ajos sanjuaneros macerados con baba de lagartija. Fue un descubrimiento casual de Canela, una galga huidiza que el único esfuerzo que hizo en su vida perra fue tratar de espantar al reptil escamoso cuando le vio encaramado oteando la despensa desde el punto más alto de la ristra. No se sabe cómo, pero entre los zarpazos desganados del can y los escupitajos de la bestezuela reptante, los ajos produjeron tal efecto en Canela que, de tener la pila de años, acabó convertida en un cachorrito de apenas seis semanas y Enriqueta tuvo que darle el biberón.

A consecuencia de los hechos, anuló su cita con el cirujano estético que le había prometido juventud eterna a cambio de su pensión de un año, y se embadurnó con las ruinas del desastre de los ajos y cuya mezcla con los líquidos exudados y expelidos denominó L’ail détruit.

Y si Canela se había convertido en Canelita, Enriqueta se despertó con fragancia de moza florida y sin molestias punzantes en el lomo bajo. En el espejo del baño se encontró con Queti y todos asumieron su milagrosa migración a la mocedad.

No esperaba, a estas alturas, que le llegara una notificación para formar parte de la mesa electoral. Ella, debido a  la edad del resto de los vecinos (el más joven acababa de cumplir 120), había sido designada como presidenta, vocal doble y suplente de todos ellos.

Reunidos los cincuenta habitantes y medio, decidieron no celebrar elecciones ya que, dos años atrás, arrojaron al pilón al alcalde al pillarle metiendo mano en el cajón y habían nombrado alcaldesa a la marrana del molinero, que imitaba a la perfección la firma –y las formas- del edil desterrado, pero no sabía abrir cajones.

Alegaron, además, que nadie del lugar se presentaba como candidato. Cuestión zanjada. Continuaron con su convocatoria de la gran final del campeonato de julepe para el domingo 24.

Durante los cuartos de final, a las 18 horas y seis minutos de la tarde amarillenta, se inundó el pueblo de música de altavoces y ante las calles desoladas se presentó el candidato. Saludó con fingida mueca de cariño a tres moscas y a Canela y lanzó al aire cincuenta panfletos y medio manchados de sonrisa.

Si al principio creyeron que se había desubicado –Viva Honduras- averiguaron que estaba empadronado en el 12 del callejón de la Amargura, antiguo pajar donde los gatos alivian su celo.

Ante tal panorama se decide continuar con el campeonato de julepe. A punto de llevarse el premio, Enriqueta es detenida por insumisa de mesa. Ingresa en prisión al tener antecedentes por extraperlo y Canela le lleva un tarro de L’ail détruit para que no se aje en su celda. Le cuenta que el alcalde ha prohibido el julepe los domingos y que mantiene un apasionado romance con la edil destronada. Enriqueta se come el ungüento y prefiere no nacer.

Vermú con gata madre

Fue el domingo. Andaba yo trajinando en silencio para no interrumpir el sueño de mis hijos: me gusta cuando duermen porque están como ausentes. Ese rato de sosiego matutino es impagable. También el de las once de la luna. Pues bien, recibí un guas de mi amigo Xavi desde Barcelona, donde también era domingo, qué cosas. Me adjuntaba una imagen de un campo repleto de flores silvestres y un comentario: “Para la mejor madre del mundo”. Sabe que me encanta la anarquía floral y otras anarquías y que si me hubiera enviado un perfecto ramo con lazo incluido, se lo habría devuelto. Y aun así le pregunté con socarronería (el guas admite modo irónico): “¿A quién se lo paso?”

Ya no tuve paz dominical en todo el día. No paré de darle vueltas a mi papel de madre, libremente elegido después de muchos años sin ningún instinto maternal, sin ninguna necesidad biológica de procrear, pero soy así: a veces sufro ataques de inconsciencia y me embarco rumbo a Venus a recoger niños perdidos, quizá algún gato.

Y no paraba de rondarme en la cabeza y en la boca del estómago eso de ‘la mejor madre del mundo’. ¿Hago mal por no aspirar a ese título ñoño? Y todo este soliloquio convertido en un runrún continuo y con el volumen al mínimo, para no despertarlos.

Me acordé de mi gatita gris. Llegó a mi casa ya preñada y le habilité en el patio un cajón amplio y con trapos suaves. El día del parto me estaba esperando a que llegara del trabajo. Cada vez que expulsaba un gatín-renacuajo, lo lavaba con mimo a lengüetazos y lo llevaba del cajón a mi regazo. Se lo devolvía con enorme cuidado para no romperlo. Por la noche, metí el cajón con la camada en el salón, para que no pasaran frío en pleno mes de julio y me quedé horas mirándolos recostada en el sofá, hasta el sueño.

Al día siguiente, con la espalda molida, soporté como pude ocho horas de ordenador en el curro y volví a casa deseando la cama. Gatita pasó esa  noche subiendo hasta mi cuarto a sus crías. Una a una, dos pisos. Sobre mi cama. Oí sus maullidos como alfileres y las devolví al cajón. Dos o tres veces. Me venció el sueño y por la mañana allí estaban todos los renacuajos hechos un ovillo en mi colcha. Quizá la gata pensara que yo era la mejor madre del mundo, aunque no ella no recordara que había enviado a mis hijos de campamento quince días para no estar agobiada todo el verano.

A media mañana del pasado domingo, antes de que los niños invadieran la cocina de olor a cacao con cereales, tuve una conversación con Gatita sobre ser madres. Ni ella me aclaró mucho ni yo supe explicar contradicciones. Al rato, cuando el temblor del suelo nos indicó que bajaban a desayunar sus hijos y los míos, todos los nuestros, respiramos profundamente y ella me preparó un vermú largo con aceituna. Mientras, yo abría el ordenador y rellenaba el formulario para formar parte del llamado club de malas madres. Estamos admitidas.

Que pregunten a Pamela

Lo primero que hay que hacer es desmitificar conductas. Cierto es que existe un asqueroso mercado de trata de mujeres donde éstas son obligadas a prostituirse y cuyos mercaderes y usuarios violan los derechos humanos de lunes a domingo y fiestas de guardar. Pero no hay que olvidar un amplio colectivo que ejerce labores sexuales de manera voluntaria, bien porque la situación económica haya reconvertido a filólogas en prostitutas y a ingenieros de caminos en gigolós, o bien porque a unas y otros les da la real gana.

Son muchas las feministas que desmienten esta opción libre alegando que la liberación definitiva de la mujer sólo será posible en el momento en que deje de ser objeto sexual. Ja, como que esto sólo se diera en burdeles, lupanares o calles estrechas donde se congelan los deseos.

Luchan por acabar con la prostitución y que las mujeres opten por formas más dignas de vivir. Justo ahora ese discurso se desparrama entre las cifras del paro, los contratos basura y unos salarios con los que difícil es sobrevivir: la dignidad es otra cosa y hay muchas formas de perderla, no sólo vendiendo media hora de sexo, ¿verdad, señor Rato?

Otros grupos feministas en los que se da cabida en sus filas a trabajadoras del sexo, recurren a la libertad de la mujer para disponer de su cuerpo libremente y luchan por ser ciudadanas no estigmatizadas, ciudadanas con sus derechos y sus obligaciones, con su fuente de ingresos y su actividad reconocida en una lista que engloba desde funcionarios a sacerdotes, deportistas, actores, albañiles, empleados de hogar, ministros, prostitutas y sacerdotes, entre otras miles actividades. Y luego que miren a ver si hay que excluir alguna de éstas por deshonrosa.

Menos mal que muchos han dejado de plantearse la cuestión en términos de moralidad y entran ya sólo en el debate sobre si la prostitución es una forma de explotación que debe ser erradicada (y en el caso de la trata lo es) o ser considerada una profesión que es necesario reglamentar. Lo que es fundamental ya sea si se legaliza, se regulariza o se convierte en punto del día de algún programa electoral para mostrarla como objeto de asistencia, es que hagan de la prostituta el sujeto de la conquista de sus propios derechos.

Ya no se esconden, salen en programas contando sus experiencias de vida, hablando de sus luchas diarias, toman la calle también de día para ser visibles y hacernos saber que tienen voz. Por lo tanto están ahí y el más mínimo deseo legítimo de cualquiera de ellas es más válido que todo un debate parlamentario en el que imperará, sesión tras sesión, el pensamiento circular. Ya se sabe: dar mil vueltas al tema y rumiarlo se acaba convirtiendo en el auténtico problema. Y ahí se enquista. Alguno requerirá esa noche los servicios de la rubia Pamela para que le alivie el estrés de sus imperfecciones. Ella, en diez minutos, resuelve el tema.

La tragedia repetida

“Sentados en el suelo, los mineros se hacen cruces y reniegan de dios. Quién diría les pillara de sorpresa la tragedia repetida”. Una historia narrada en canción por Víctor Manuel hace casi tres décadas se nos asoma de vez en cuando en tardes amarillas tirando a negras, cuando la mina mata, en la planta 14, asomada al infierno.

Primavera berciana en Santa Cruz de Montes a las cuatro de la tarde: sepultura de carbón para José Pereira y dos compañeros rozando la muerte. “La tragedia repetida”.

“A las 10 la luna clara se refleja en las sortijas del patrón recién llegado”. En el Pozo Salgueiro también se han adentrado vagones repletos de políticas de desastre. Ahora que el presidente Juan Vicente Herrera ha arrancado hace unos días a Mariano Rajoy la promesa de una solución inmediata para salvar el carbón, sobre la mesa de negociación se refleja el rostro negro de Pereira, quizá como un ‘trágico incentivo’ a las eléctricas para que compren el polvo que cubre su piel.

Gobiernos de uno y otro color han demostrado durante las últimas décadas que no saben qué hacer con las cuencas mineras. Y tampoco con los mineros, salvo enterrarlos. De las más de doscientas empresas del sector existentes en 1990, quedan menos de treinta en todo el territorio nacional. 180.000 puestos de trabajo han sido destruidos por las políticas fallidas y por patrones codiciosos que gastaron en sortijas millones de euros procedentes de fondos públicos mientras los mineros protagonizaban marchas negras y sufrían recortes salariales e impagos de nóminas, e impagos de pan, temiendo un futuro más oscuro que el pozo de la planta 14. ¿Dijeron alguna vez los patrones qué hicieron con las ayudas? ¿Quién puede crear imperios a costa de costaleros?

“A veces el más bravo se queda mirando fijamente al patrón con dientes apretados. Y el patrón, con sombrero, tiene dos policías a su lado: no hay cuidado”.

Y mientras los castigados del carbón siguen de cara al suelo, parece ser que hay una serie de intrusos que, ejerciendo cargos de directivos, oficinistas y labores varias que jamás se han asomado al abismo, figuran como mineros o barrenistas a fin de optar a una prejubilación antes de cumplir los 50, con cargo a nuestro bolsillo y al de los padres de Pereira. Quién diría que nos pilla por sorpresa el fraude repetido.

“Hay sirenas, lamentos, acompasados ayes a la boca del pozo, las mujeres de luto anhelando los cuerpos y una madre que rumia su agonía en silencio”.

Y después de la sangre, al borde del dolor de la planta 14, la indignación, la seguridad tocada, la seguridad hundida, la vida barrenada. “Si hemos que trabajar más de ocho horas en la mina por menos de 900 euros, nos queda poco tiempo para pensar si la rampa está bien posteada. ¿Tenemos que seguir jugándonos la vida por la puta mierda que nos pagan?”

“Y uno de ellos, el más fiero, por no irse al patrón, llora en el suelo”.

Encalar en primavera

Bien entrada la primavera era costumbre hacer limpieza general y la lana era devuelta a los altillos. Salían de entre las sombras las camisas ligeras y los vestidos de flores. Se aprovechaba el cambio de vestuario para retirar muebles y blanquear techos (allá donde me llega la infancia chiquita recuerdo a las mujeres enjalbegando fachadas) y así recibir el buen tiempo con olores renovados y con colores de luz.

El final de la primavera me recordaba siempre a Picasso porque adivinaba el verano en el fondo de sus cuadros, que no eran más, entonces, que simples estampas de arte incompleto en un libro inconcluso de arte mermado. Los gestores de la educación habían hecho limpieza general en un invierno eterno de tinieblas y santos.

El electricista de Picasso, que hizo la luz en su residencia de Mougins, ha guardado durante 37 años en su garaje 271 obras del malagueño y ahora es condenado porque los descendientes del pintor aseguran que son producto de un robo. Esto nos invita a pensar que Pierre Le Guennec es un señor de ésos de cronotipo lento y genotipo lelo, capaz de pasar penurias durmiendo al lado de 60 millones, cifra en la que está valorado el lote que guardaba en una caja, junto a las mantas de invierno y a los vestidos de primavera.

Aquí, al sur de la bella Francia, también tenemos un electricista, Fernández Castiñeiras, con querencia por obras de arte y su depósito en cochera. Éste afanó el Códice Calixtino -y así gran parte de los mortales supimos de su existencia-, pero como su genotipo era de los espabilados, lo acompañó de dos millones que manaban de la Catedral de Santiago para su subsistencia y la de su familia.

En mi pueblo, mientras las mujeres encalaban casas, el tío Electricista (llamado así en un alarde de originalidad semántica) cayó de un poste tras recibir una descarga de quién sabe cuántos voltios dejando un brazo en el camino y una pierna en el cielo. También conocido como ´tío Chispa’, como era del genotipo honrado, se conformó con una pensión de invalidez y con poder pasear a trancas y barrancas por las calles de la villa.

Los electricistas de la hornada d.c. (desde la crisis) lo más que hacen es evitar emitir alguna factura a fin de que los impuestos aniden, se reproduzcan y engorden en sus diarias pesadillas de autónomos castigados por ser autónomos. Son éstos del genotipo ‘dios que no llego a fin de mes’.

Por todo el país pasean seres repugnantes del cronotipo rápido y del genotipo ‘me lo llevo todo’, que un día visitan la cárcel y al siguiente el casino. Ni crisis ni descargas eléctricas han hecho mella en sus gustos de marqueses.

Bien entradita esta primavera se procederá a una limpieza general con la intención de meter toda esta basura en bolsas y quemarla en el Hoyo de las Brujas. Después se enjalbegarán todas las casas porque el humo procedente del genotipo rata es más negro que el alma de sus tarjetas.

Los labios de Courbet

Cuando Gustave Courbet pintó ‘El origen del mundo’ no se imaginaba que le iban a censurar en Facebook. Su gran vanidad le hubiera dado pie a colapsar las redes sociales con sus desaires y a ser trending topic en un viaje imaginario desde el siglo XIX hasta la era de la tecnología.

Medio mundo se escandaliza con su explícita imagen del sexo femenino; otro tanto, con la publicidad de un programa dedicado al sexo anal, rasgándose las vestiduras alegando que se promocionó en horario infantil.

En horario infantil, juvenil y senil se enteran muchas familias de lo que cobran los diputados (ya saben, no menos de 4.000 al mes, más las dietitas, el pisito pagado y los viajes en primera) mientras casi cinco millones de parados estiran una patata hasta convertirla en ocho y multiplican los panes y las sardinas por cualquier múltiplo de dos. En horario infantil, también, Celia juega a agrupar frutitas por 7.565 euros al mes en 14 pagas y Andrea Fabra se mofa de los desempleados con un “que se jodan”, y ya lo creo que se joden, porque a veces solamente disponen de un cero para multiplicar sus ingresos y de un millón para multiplicar su desesperación.

En horario infantil, igualmente, y a todas horas, sale una chica rubia que contesta a su entrevistador moviendo las tetas y es noticia en todos los periódicos del país. Otro puñetazo al feminismo.

En horario infantil se producen los desahucios, los suicidios, la violencia en el ámbito familiar, los ajustes de cuentas, los fraudes fiscales, las muertes por hambre, la pobreza energética, los hurtos famélicos: la vida en negro.

Si de proteger la sensibilidad de los menores se trata, algo no me cuadra. Si es tan malo para un menor saber que existe el sexo anal, ¿no lo es más saber que sus padres sufren constantes ataques de avaricia y son capaces incluso de, aun disponiendo de una asignación diaria de cuatro cifras, apropiarse de fondos destinados a niños discapacitados? ¿Son juzgados esos progenitores por atentar contra los sentimientos de sus hijos, contra su educación y su sentido de la ética?

Está claro que la ética ha sufrido tantos puñetazos como el feminismo, tantos como la accesibilidad a un trabajo digno, a una vivienda, a una educación igualitaria, a la sanidad… Los derechos sociales están siendo pisoteados vilmente y sólo se nos ocurre pasar la goma de borrar por los labios mayores de Courbet o tachar de las ondas una publicidad sobre información sexual. Y cuando el puritanismo resurge salen de las cloacas todas las ratas que en las sombras desahogan sus sociopatías.

No pasa nada. Si mis hijos me preguntan algo sobre sexo anal y la ola de represión me invade momentáneamente, ya les diré que es el amor que nos profesan muchos políticos, empresarios con ínfulas de amos y personajes salidos de un cuento de princesas. ¿Qué hago si se dan cuenta de que lo que nos hacen es más bien dar por el culo?

Y Vania dejó su fusil

Aquí están. Tengo dos: mi remolón Vania y mi pulguilla Andrey. Kanalosh y Ladishenko. Hijos antes de Elena e Iván, de Victoria y Anatoly. Hijos todavía de ellos y también míos, sin que esto suponga ningún sentido de la propiedad; es más cuestión del alma, si es que hay.

Aquí están, sí, en plena adolescencia, haciéndome deambular entre desasosiegos y miedos varios. He pasado de ser su madre cuidadora, contadora de cuentos y portadora de meriendas, a ser una especie de agente de la Stasi con maneras de Anacleto. De ser receptora de preguntas sobre el mundo que les abría a ser recipiente de reproches  sobre el mundo que les cierro; o eso creen a ciertas edades de hormonas efervescentes.  Tal vez tengan razón.

Aquí estoy, tratando de desmontar lo que yo hace años montaba ante mis padres: tema de libertades, ya sabéis. Ellos también fueron miembros de la Stasi controlando a tres subversivos con greñas.

Aquí estamos: dos ucranianos y una española librando batallas por territorios comunes y distintos, liderando ejércitos de razones y pasiones. Los gatos apátridas y eternamente niños ponen la paz.

Aquí están, sí, con 15 y 13. Son ucranianos. Hasta los 18. Después podrán tener doble nacionalidad, o una sola: ojalá no tuvieran necesidad de ninguna, como mis niños eternos de bigotes de abanico.

Ya han llamado a otros chicos para morir en la guerra. A los 16. Con una amplia experiencia en matar marcianitos a balazos virtuales o monstruos biónicos a golpe de play. Debe pensar la milicia cosaca que son grandes guerreros, tiradores profesionales, aptos para arrastrarse por las nieves duras y dormir envueltos en sacos de sangre. Y sin WhatsApp. Muchos sólo conocen de Ucrania sus fotos de infancia, su lugar en el mapa, sus cuervos gordos, su olor a eneldo, su histórico vaivén del trigo, sus demonios recientes.

Era impensable, pera ya es real; es irracional para nuestra razón calmada; es obsceno, indecente y grosero engrosar las filas con soldaditos púberes. No son más que niños aprendiendo a ser hombres, no a ser muertos tempranos en un país vejado por el oeste y manoseado por el este.

Aquí están, sí, son ucranianos. Todos los años envío un completo informe a su embajada: escolarización, vacunaciones, exámenes médicos, fotografías… a fin de que estén tranquilos los servicios sociales asegurándose de que aún no me los he comido, ni vendido sus órganos, ni esclavizado su infancia.

No se dará el caso de que sean llamados a filas porque rompería todos los preceptos de los derechos humanos (ya están siendo destrozados los de muchos adolescentes ucranianos en acogida), pero si se diera, que no cuenten con ellos. Si atravesé hace años media Europa para traer sus sonrisas, me niego a ir a buscar sus muertes o a recibir a quien haya atravesado el corazón de cualquier hombre o cualquier muchacho, tal vez de algún hermano olvidado.

El Norte de Castilla

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