Puede que no esté lejos el día en que Bruselas sea sólo la capital de la Unión Europea y no de Bélgica, o al menos tal y como conocemos hoy este país. La pista que nos puede llevar a este desenlace son los 234 días sin formar Gobierno, casi 8 meses, que lleva Bélgica sin un Ejecutivo que permita reconducir una situación que tiene visos de convertirse en un nuevo récord mundial del país que más tiempo ha estado sin gobierno (el 31 de marzo superará a Irak)
Para la mayor parte de los países esta situación es casi impensable, pero en los Países Bajos parece que la situación no es tan atípica, pues recientemente Bélgica ha superado los seis meses que vivió Holanda en la misma situación en 1977.
Las razones de esta coyuntura son varias y diversas, pero seguro que alguno de los problemas que vive Bélgica nos suenan a los españoles. Por una parte está su complejo modelo electoral, basado en un sistema parlamentario tradicional que facilita el acceso de partidos pequeños, lo que obliga a la cámara a acordar un presidente, hecho que ha llevado a las formaciones políticas a negociar sin descanso, durante meses, sin resultados.
Pero este detalle es sólo la punta del iceberg. Los problemas de Bélgica se remontan atrás en el tiempo y nos remiten a diferencias casi insalvables de lengua y cultura entre dos comunidades antagónicas y con poca predisposición histórica a ponerse de acuerdo. Existe una barrera en este país que no aparece en ningún mapa político, pero que es más tangible que ninguna otra: la lingüística. En líneas generales, y sin olvidar a la pequeña comunidad existente de germano parlantes, el país se divide en dos grandes grupos: los flamencos al norte y los francófonos al sur. Para hacernos una idea aproximada de cual es la diferencia entre ambas comunidades, se podría hacer una extrapolación imaginaria en España. Imaginemos que desde la zona cantábrica hasta Toledo se hablara euskera, y de aquí para abajo castellano, quedando entre medias Madrid como capital del país donde se hablaran ambas lenguas. Sería dificil que uno de Sevilla se entendiera con uno de León ¿verdad?, pues ésto es exactamente lo que sucede en Bélgica: un belga del sur es, generalmente, incapaz de comunicarse con un flamenco, que pese a conocer el francés, probablemente se negará a usarlo.
Además de este importante escollo existen otros problemas que vienen de atrás y remiten a tradiciones culturales divergentes entre sí, debido a que Bélgica es un país de creación moderna (1837), permanenciendo hasta entonces ambas regiones en órbitas de influencia diversa: El sur más cercano a los franceses y el norte a los poderosos Habsburgo de Austria.
Por si todos estos problemas no fueran suficientes existe también una gran brecha económica que se ha visto acrecentada aún más por la crisis mundial, que a todos nos toca, aunque está claro que no por igual. Hasta hace unas décadas, el sur de Bélgica, con sus industrias y su minería llevaba el motor económico de la nación, imponiendo, a decir de los flamencos, su idioma y sus leyes a los compatriotas del norte. Sin embargo la situación ha cambiado recientemente, y tras el cierre de la mayor parte de las compañías del sur, debido a su incapacidad para competir con otros países exportadores, que ofrecen precios más bajos, el paro, en ciudades anteriormente boyantes como Lieja, ha alcanzado cotas altísimas, sumándose a ello el grave problema de la inmigración desempleada, que no puede desplazarse al norte por su desconocimiento de la lengua flamenca.
Por su parte Flandes se ha convertido ahora en la economía puntera de Bélgica, mostrando un alto grado de especialización y sobre todo con enormes capacidades de exportación de mercado. La consecuencia de ello, la conocemos bien en España: la región rica sabe que tienen la sartén por el mango, y que formar un gobierno depende de ellos. Pero el coste que piden la Nueva Alianza Flamenca (N-VA), el partido republicano y conservador que ambiciona la independencia de Flandes y que resultó ganador de las últimas elecciones nacionales es alto: transferencia de competencias, cambios en el sistema electoral, cambios en el sistema de tributación…en suma, dejar de “pagar” las deudas del sur. Para algunos analistas tales exigencias no dejan de ser un juego para ver quien tirar nás de la cuerda hasta que esta se rompa, y no haya entonces otra salida que la escisión entre Flandes y la Bélgica francófona, algo que puede ser más pausible de lo que parece y que beneficiaría, como es de esperar, más a la comunidad flamenca.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplas la situación con hastío, cada vez más asfixiados por una crisis económica que está golpeando duramente este país, mientras que sus políticos practican el “ombliguismo” en vez de tratar de combatir de forma efectiva problemas más importantes para el futuro del país, o lo que quede de él. Hace dos semanas, unos 35.000 belgas se echaron a las calles de Bruselas bajo un frío glacial para exigir a sus políticos una solución inmediata. De nada sirvió. A los pocos días dimitía el tercer mediador impuesto por el rey de Bélgica ante la incapacidad de sentar siquiera a la mesa a los distintos representantes políticos.
Paradojicamente, el rey de Bélgica, Alberto II, es la única figura respetada en el norte y en el sur, y probablemente su persistencia en poner freno a esta situación haya sido la única razón de que aún siga existiendo la Bélgica que conocemos.
Así que viendo como está el patio por aquí uno casi se alegra de estar como está en su país, aunque como se suele decir “cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar”. Nunca se sabe…
