Au revoir Bruxelles!

Esto suena a despedida. De hecho quien suscribe estas líneas lo hace ya desde un Madrid con 30 grados y calles saturadas de ciudadanos. Dejo atrás la Grand-Place y el tranquilo Petit Sablón. Adiós también los grofres y las cervezas (cosa que mi cintura agradecerá), y vuelta a mis obligaciones anteriores en la madre patria. Decisiones de la Administración…

Toca hacer balance, y la conclusión final es que estos meses en Bruselas han sido realmente enriquecedores. He disfrutado de un país tranquio y acogedor, quizás a primera vista un tanto frio, pero que de cerca gana, y mucho. También he conocido ,desde dentro, los entresijos de la política europea, incluidos sus políticos aunque ,en este último caso, la sensación no ha sido tan positiva…

Siempre está genial volver a tu ciudad, ver a tus familiares y amigos y disfrutar de la comida hogareña, pero tengo el presentimiento de que, seguramente, en unos meses empiece a maquinar una nueva salida.

Pero de momento, lo que toca ahora es “resetear”, y cambiar de “modo Bruselas” a “modo Madrid”, y para ello nada mejor que una búsqueda de piso (la quinta en dos años y medio), el mejor sistema para conocer a fondo una ciudad.

Muchas gracias a todos los que me habéis leído estos meses, aunque mis publicaciones hayan sido de lo más irregulares en esta ocasión. Espero volver pronto a esta sección, o incluso contar alguna anécdota de mi nueva etapa madrileña. Pero de momento, lo primero es lo primero, ¡encontrar un sitio donde vivir!

Hasta pronto.

Semana de protestas

Bruselas es una ciudad tranquila, tan tranquila que a veces uno no tiene mucho que contar (buena excusa para justificar el tiempo que ha pasado desde que escribí por última vez). Sin embargo, esa tranquilidad a veces se ve interrumpida. Ya sea por una reunión de presidentes de Estado que ha cortado el tráfico de media ciudad, ya sea por algún acto cultural -muy seguido en esta ciudad- o, casi tan habitual, por algún tipo de huelga o manifestación. En los cerca de tres meses que llevo viviendo en la capital europea, he presenciado muchas y variadas protestas: de transportes, de bomberos, de los servicios de recogida de basuras, de los carteros… aunque esta semana, Bruselas ha vivido una manifestación con mucho más seguimiento y jaleo de lo habitual.

El pasado jueves, la Federación de Sindicatos Europeos convocó una gran manifestación, secundada por unas 20.000 personas, para decir “no” a los planes de austeridad en toda Europa, que prevén, entre otras medidas, fuertes recortes en pensiones y en derechos laborales. A pocos metros de mi trabajo se produjeron algunos momentos de gran tensión, con enfrentamientos entre unos pocos radicales y la Policía, que acabó con varios heridos y gran parte del pavimento levantado para ser lanzado contra los antidisturbios.

Resulta sorpréndete, o quizás no tanto, observar como los belgas, gente bastante pacífica en su día a día, protesten enardecidamente para defender sus derechos, al igual que hacen estos días muchos países europeos, sin ir más lejos Reino Unido en el día de hoy.

Sin embargo uno tiene la sensación de que ese sentimiento de protesta no acaba de alcanzar a España, un país donde la discusión social no va más allá de la barra del bar, y que parece indolente y adormecido ante los importantes cambios sociales que estamos viviendo en los últimos meses. Es como si los españoles nos hubiéramos rendido, antes incluso de decir ”esta boca es mía”. Cansados del alarmante bajo nivel de nuestros políticos, de tanta corrupción y desfalco público, de los innumerables recortes en los derechos y de tanta precariedad laboral, es como si hubiéramos optado por dejar pasar la cosa, con la idea de que alguien lo solucionará. Pero mientras, nuestras universidades siguen formando jóvenes para que al licenciarse emigren a Alemania, se continúa alimentado la cuenta de empresarios a los que la crisis parece no afectar, y los políticos siguen sin pasar por el supermercado que para eso tienen sus dietas.

Resulta un tanto desolador ojear últimamente los periódicos nacionales y ver que las noticias que más comentarios y críticas levantan no son sobre la guerra en Libia, la crisis política en Portugal o la situación nuclear internacional, sino el parón de la liga de fútbol exigido por varios equipos, cuyos directivos, grandes empresarios en su mayoría, reclaman la desaparición de los partidos en abierto para generar más ingresos. Nuestro país debería salir de este letargo y empezar a exigir verdaderas soluciones y eficiencia a nuestros dirigentes, y si no al menos demostrarles nuestro cansancio ante una situación del todo insostenible. Si en países, donde la situación económico-social es notablemente mejor a la nuestra, la ciudadanía sale a protestar porque ven atacados sus derechos, nosotros deberíamos de hacerlo aún con más motivo, pues poco hay más peligroso que una sociedad dormida que deja todo en manos de sus dirigentes.

Por cierto, y al hilo de todo esto, recomiendo encarecidamente ver el documental de Charles Ferguson, “The job inside”, ganadora de un Óscar este año; un crudo relato sobre la avaricia de los grandes magnates norteamericanos y las chapuzas de los Gobiernos que llevaron a hundir la economía mundial en 2008 (y hasta hoy..).

El dardo en la palabra

El dardo en la palabra es un libro de Lázaro Carreter, por cuyas páginas todo estudiante de periodismo que se precie ha de pasar. Se trata de un compendio de artículos del propio autor que, con humor, pero rigurosidad, explica la importancia de escribir correctamente, y como el buen uso de las palabras es fundamental para todos, y especialmente para los profesionales del periodismo.

Hace ya unos años que leí este libro, creyendo por aquel entonces haber asimilado todos los conceptos necesarios, al menos para pasar el examen de turno, y que el dominio del vocablo castellano ya no guardaba secretos para mí. Gran error. En realidad no tenía ni idea de lo que era dar vueltas y vueltas, hasta encontrar un término escrupulosamente correcto que captase a la perfección la esencia de un mensaje. Habrían de pasar unos años, hasta descubrirlo aquí, en Bruselas, y no precisamente en lengua castellana, ni ejerciendo de plumilla en un periódico, sino más bien como escriba del Alto Imperio egipcio.

Una de las funciones, de altísima responsabilidad, por cierto, que se me encomendó al llegar aquí, fue la de acudir a todas las reuniones que hay en el Consejo sobre materia de cultura y tomar buena nota de ello. Un inciso que no viene al caso: me río yo de los discursos de seis horas de Fidel Castro comparado con estas reuniones, que empiezan a las 9 de la mañana y no suelen terminar antes de las 7 de la tarde, con un breve descanso para comer.

En estos comités se tratan materias culturales de todo tipo, y los representantes de los gobiernos de la Unión redactan la legislación de, por ejemplo, nuevos programas o estrategias sobre cultura, que después aprobará el Parlamento. Y ahí es donde se produce el gran atasco, ya que un programa, cuya normativa generalmente no ocupará más de dos folios, puede llevar aprobarlo en el Consejo más de 6 meses con reuniones semanales de 7 horas cada una, hasta alcanzar la pureza lingüística, la síntesis manifiesta y la concreción divina que requieren.

He sido paciente testigo, lápiz en mano, de discusiones de más de una hora por frases cuya longitud no llegaba a una línea. Uno de los grandes escollos en todo esto es el inglés, idioma oficial y ambiguo donde los haya, especialmente cuando se trata de traducirlo a cada una de las lenguas de la Unión. Luego vienen los términos políticamente correctos, los que aportan un valor añadido, los que dejan algo en el aire, los que manifiestan una competencia que puede, o no, corresponder al Consejo, etc…Después, cada una de las 27 delegaciones, más la Comisión y sus Servicios Jurídicos deben aprobarlo o hacer sus pertinentes observaciones. Llega un momento en que a uno le dan ganas de levantarse y pasar por las mesas, “típex” en mano, para zanjar de una forma rápida, efectiva y sin lugar a discusiones el problema.

Así que ahora sí puedo decir que comprendo, y en su máxima expresión, el significado de “el dardo en la palabra”, aunque a veces la expresión sea más real que metafórica, y no tenga la sensación de que es en la palabra, sino en otra parte, donde se clava dicho dardo.

La basura de un hombre es el tesoro de otro

Si hay algo que une a las civilizaciones de todos los continentes más allá de sus creencias, sus ideologías o sus gustos deportivos (sin incluir el cricket que sólo gusta a los ingleses y sus colonias, se mire por donde se mire) eso es Ikea. Realmente lo que mueve el mundo no es el petroleo, la Bolsa, ni Emilio Botín; sino los muebles y complementos de los suecos, cuya red poco a poco va alcanzando más y más hogares a lo largo de todo el mundo.

Cuando en Londres descubrí que en mi casa tenía la misma tabla para cortar embutidos y los mismos mantelitos que ya formaran mi paupérrimo ajuar durante mi periodo Erasmus en Italia, pensé que aquello era mera coincidencia. Pero luego comencé a sospechar que algo no iba bien cuando en Madrid fui a cenar a casa de un amigo y de nuevo me topé con esos mantelitos de flores y aquella tabla gris, que creía habían salido ya de mi vida. Y ya definitivamente mis dudas, sobre que los suecos tienen realmente un plan de dominación a gran escala mundial, se disiparon cuando llegué a Bruselas y descubrí en mi casa, no podía dar crédito, ¡la misma tabla y el mismo mantelito! (aunque con un estampado diferente y a mi gusto menos acertado, ya que parece más de la colección fantasía de Agatha Ruíz de la Prada).

Sin embargo, aún quedan sitios alejados de la fabricación en serie de las factorías nórdicas. Lugares en los que las vajillas con el mismo diseño impersonal, lanzado sin miramientos por todos los países, no tienen lugar, porque lo difícil es encontrar dos vasos iguales o un mantelito en el que aún se pueda distinguir su diseño original entre las manchas. Me refiero a los mercadillos de segunda mano. Y en Bruselas hay uno que sería la envidia de muchos mercaderes de objetos usados: el de Jeu de Balle (conocido como el de las pulgas), donde se puede encontrar uno de esos pocos sitios con encanto, en los que encontrar literalmente de todo, eso sí, mayormente porquería inservible.

Aquí, menos hojas de reclamación y garantías por dos años, se puede comprar de todo: violines sin cuerdas, estufas oxidadas, fotos del siglo XIX, medallas de la II Guerra Mundial o abrigos de los años 70 descoloridos y zarrapastrosos (que los modernos llamarían vintage pero al que una madre se referiría como “la porquería esa que a ver si tiras de una vez a la basura o te lo acabo tirando yo”).

Pasear entre sus puestos, más bien entre las mantas que acogen los productos -llueva o no llueva- es adentrarse por un mundo peculiar, exótico y a veces peligroso (porque como le pises a algún tipo su manta ya la tienes liada). Sin duda un lugar que merece la pena visitar para darse cuenta de que aquí el dicho “la basura de un hombre es el tesoro de otro” es una verdad como un templo.

Incluyo foto orientativa con gran riesgo de mi propia vida, pues cuando el señor del puesto me vio echarla vino presto a exigirme de forma “muy amigable” que le diera un euro por la misma. Se ve que la manta tenía copyright.

Mercado de Jeu de Balle

Nuestros primos los belgas

La semana pasada se cumplió un mes de mi llegada a esta tierra belga regada de cerveza y chocolate, metafóricamente hablando, por desgracia. Y por añadidura también celebré el primer día en la casa desde la que os escribo.

Recordando experiencias vividas en Londres, en la que visité sitios que algunas protectoras de animales hubieran denunciado, si no fuera porque vivían ahí seres humanos y no osos panda, no quise complicarme en esta ocasión y alquilé una desde España, a través de una agencia que busca alojamiento a trabajadores del Parlamento.

Si tuviera que describir mi piso, he de decir que grande lo que se dice grande no es que lo sea. Quizás, si lo comparásemos con la casa de David el Gnomo entonces sí se podría decir que es de tamaño medio, pero probablemente Rappel guarde sus túnicas de vidente en un armario con más metros cuadrados de los que yo tengo para vivir. He de decir en favor de la agencia que no mentía en su anuncio cuando decía que es un piso con muchos exteriores, lo que pasa es que luego el tema ya de los interiores no lo acabaron de concretar. Sea como fuere, tampoco nos vamos a poner exquisitos, que no pasa nada por dormir abrazado a la televisión. Además, la comodidad que te da freír un huevo sentado en tu cama no se tiene en una casa del Barrio de Salamanca.

Otro pequeño problema que descubrí, a los pocos minutos, fue el frío. No es por exagerar, pero es que lo del calentamiento global a Bélgica se ve que aún no ha llegado. Creo que no es buena señal tener que abrir el frigorífico para entrar en calor porque hace mejor dentro de la nevera que fuera.

No quisiera tampoco dar a entender que vivo en unas condiciones malas, porque la casa tiene calefacción. En concreto cuenta con un sistema de calefacción radiante, esto significa que va por debajo del suelo, lo que en teoría debería servir para calentar todo el espacio, pero que en mi caso sirve para calentar los diez centímetros de diámetro del tubo de la calefacción, lo que me obliga a seguir la ruta que marca esa tubería por la casa. De hecho, hay zonas que aún no conozco porque el radiador no pasa por ellas.

Otro aspecto a tener en cuenta y que ya he denunciado en otras ocasiones es el tema de las persianas…En serio, ¿nadie les va a explicar a los europeos la utilidad de las persianas? Que no es ya sólo por la luz que te quita, sino por el frío que no pasa cuando está bajada. Empiezo a albergar la teoría de que los alemanes han descubierto nuestro secreto y en realidad quieren a los licenciados españoles para que vayan por todo el país llamando a los telefonillos de las casas explicando las virtudes de este invento español, antes de lanzarlo al mercado y dominar el mundo (es que nos sacan años de ventaja).

Pero no todo es malo, también he descubierto cosas muy positivas. De entre todas ellas sin duda mi favorita es el del tema del reciclaje. En Bélgica, los ayuntamientos tienen a bien repartir por las casas bolsas de colores donde se mete el vidrio, el plástico, lo orgánico y el papel respectivamente. Después de proceder a la funciones necesarias con cada bolsa, estas se depositan en un armario comunal donde algún ente misterioso (estoy intrigado con quien será el voluntario, dado que no tenemos portero), las recoge y las distribuye por donde corresponda.

El problema es que este edificio es una especie de sociedad masónica secreta que cuenta con un complejo sistema para los no iniciados, según el cual cada bolsa se ha de dejar un determinado día de la semana. Debido a la inexistecia de instrucciones explicando con flechas, para una mente simple como la mía, que día se correspondiente con que tipo de basura, tuve que pasarme la primera semana de excursión diaria al cuarto para descubrir el funcionamiento. Y digo complejo porque como te equivoques de día y dejes la bolsa equivocada te la encuentras de nuevo en la puerta de casa, que yo me imagino que sabrán que es la mía por las raspillas del queso manchego, que no es de esta zona, porque si no no me lo explico.

Pero aunque no lo parezca, en realidad me voy haciendo poro a poco a la vida belga. Vale que tiene sus cosas raras para un español, pero también cuentan con 2000 tipos de cerveza distintos y oye, eso te reconcilia con cualquier país.

El autónomo, ese gran desconocido

Aunque aún no ha llegado la Semana Santa se ve que algunos hemos pecado en exceso y se nos ha impuesto una penitencia desde los más altos estamentos. Hoy voy a hacer un ejercicio de “escritura-terapia” para compartir con los lectores la desazón interna que me acompaña desde hace semanas, que luego estas cosas te las guardas dentro y se corre el riesgo de acabar como en Egipto.

Mi camino de penitencia comenzó hace ya mes y medio aproximadamente. La Administración, aquejada de exceso de personal laboral, me propuso trasladarme a Bruselas, con la condición de hacerlo como trabajador autónomo. Hasta ahí todo bien.

Con la alegría y el entusiasmo de un pipiolo que se va a estrenar en las lides de trabajar para uno mismo, aunque con jefe -extraña coyuntura- me presenté el 3 de enero en la oficina correspondiente para proceder al alta. Pero en ese momento se debió de producir una superposición de planetas sobre Casiopea que me gafó, pero bien además.

Cuando la amable funcionara que iba a gestionar mi solicitud me preguntó por el primer trabajo que iba a realizar como autónomo yo, haciendo un ejercicio de abierta sinceridad, le conté que trabajar para el Ministerio de Cultura en la consejería que tienen en Bruselas. Maldito momento aquel. Cuando su cabeza comenzó a dar vueltas con los ojos en blanco mientras juraba en lenguas muertas debí suponer que algo iba mal. Una vez hubo recobrado la serenidad, me explicó, con ira en los ojos, que un trabajador autónomo no se puede dar de alta para trabajar en el extranjero. Vaya,, y entonces, ¿qué proceso debo seguir para darme de alta?, pregunté un tanto acongojado. Un inciso aquí. Puede parecer que esta pregunta no parezca una duda trascendental tipo, ¿cuál es el origen del mundo?, ¿existe vida más allá de ésta?, o ¿por qué las ciruelas negras son rojas cuando están verdes?. Pues he de decir que sí, que esta, en apariencia, inocente pregunta, va a pasar a engrosar la lista de grandes dudas que inquietan a la humanidad desde tiempos ancestrales, porque aún hoy, a 6 de febrero, nadie ha conseguido darme respuesta.

Primero me propusieron darme de alta como trabajador desplazado, para descubrir poco después que no era posible, ya que para ello hay que haber cotizado anteriormente en España como autónomo. Vaya, con lo contento que estaba yo. Después me informaron, tras varios intentos infructuosos y largas colas en la oficina y ya a punto ya de trasladarme a Bélgica, que la solución vendría por darme de alta como trabajador emigrante, para lo cual me remitieron a la Embajada española en Bruselas.

Ya en tierras belgas, y bajo un frío que ni en Burgos, me fui a la Consejería de Trabajo de la Embajada, donde me recibieron con la misma perplejidad que si les estuviera pidiendo que me inscribiesen como tercera infanta en la Casa Real. Parece ser que al no residir de forma permanente en el país no es posible ser trabajador emigrante, por lo que procedieron a reenviar mi solicitud a Valladolid, que a su vez se la remitió a Madrid para que ellos tomaran allí una decisión que tardaría unos cuatro días (del calendario inca debía de ser, porque ya han pasado tres semanas).

Y así hemos llegado al día de hoy, en que aún estoy esperando a que me den una respuesta a qué demonios tengo que hacer para darme de alta legalmente como trabajador, pagar mi cuota y mis impuestos al Estado. Y sobre todo poder pasar las facturas para cobrar, que a uno le ha tocado un casero maniático y quiere que le pague todos los primeros de mes.

Creo que de mayor voy a hacerme corrupto, porque es mucho más fácil, más lucrativo y desde luego, tiene mucha menos burocracia.

Bélgica, dos países en uno

Puede que no esté lejos el día en que Bruselas sea sólo la capital de la Unión Europea y no de Bélgica, o al menos tal y como conocemos hoy este país. La pista que nos puede llevar a este desenlace son los 234 días sin formar Gobierno, casi 8 meses, que lleva Bélgica sin un Ejecutivo que permita reconducir una situación que tiene visos de convertirse en un nuevo récord mundial del país que más tiempo ha estado sin gobierno (el 31 de marzo superará a Irak)

Para la mayor parte de los países esta situación es casi impensable, pero en los Países Bajos parece que la situación no es tan atípica, pues recientemente Bélgica ha superado los seis meses que vivió Holanda en la misma situación en 1977.

Las razones de esta coyuntura son varias y diversas, pero seguro que alguno de los problemas que vive Bélgica nos suenan a los españoles. Por una parte está su complejo modelo electoral, basado en un sistema parlamentario tradicional que facilita el acceso de partidos pequeños, lo que obliga a la cámara a acordar un presidente, hecho que ha llevado a las formaciones políticas a negociar sin descanso, durante meses, sin resultados.

Pero este detalle es sólo la punta del iceberg. Los problemas de Bélgica se remontan atrás en el tiempo y nos remiten a diferencias casi insalvables de lengua y cultura entre dos comunidades antagónicas y con poca predisposición histórica a ponerse de acuerdo. Existe una barrera en este país que no aparece en ningún mapa político, pero que es más tangible que ninguna otra: la lingüística. En líneas generales, y sin olvidar a la pequeña comunidad existente de germano parlantes, el país se divide en dos grandes grupos: los flamencos al norte y los francófonos al sur. Para hacernos una idea aproximada de cual es la diferencia entre ambas comunidades, se podría hacer una extrapolación imaginaria en España. Imaginemos que desde la zona cantábrica hasta Toledo se hablara euskera, y de aquí para abajo castellano, quedando entre medias Madrid como capital del país donde se hablaran ambas lenguas. Sería dificil que uno de Sevilla se entendiera con uno de León ¿verdad?, pues ésto es exactamente lo que sucede en Bélgica: un belga del sur es, generalmente, incapaz de comunicarse con un flamenco, que pese a conocer el francés, probablemente se negará a usarlo.

Además de este importante escollo existen otros problemas que vienen de atrás y remiten a tradiciones culturales divergentes entre sí, debido a que Bélgica es un país de creación moderna (1837), permanenciendo hasta entonces ambas regiones en órbitas de influencia diversa: El sur más cercano a los franceses y el norte a los poderosos Habsburgo de Austria.

Por si todos estos problemas no fueran suficientes existe también una gran brecha económica que se ha visto acrecentada aún más por la crisis mundial, que a todos nos toca, aunque está claro que no por igual. Hasta hace unas décadas, el sur de Bélgica, con sus industrias y su minería llevaba el motor económico de la nación, imponiendo, a decir de los flamencos, su idioma y sus leyes a los compatriotas del norte. Sin embargo la situación ha cambiado recientemente, y tras el cierre de la mayor parte de las compañías del sur, debido a su incapacidad para competir con otros países exportadores, que ofrecen precios más bajos, el paro, en ciudades anteriormente boyantes como Lieja, ha alcanzado cotas altísimas, sumándose a ello el grave problema de la inmigración desempleada, que no puede desplazarse al norte por su desconocimiento de la lengua flamenca.

Por su parte Flandes se ha convertido ahora en la economía puntera de Bélgica, mostrando un alto grado de especialización y sobre todo con enormes capacidades de exportación de mercado. La consecuencia de ello, la conocemos bien en España: la región rica sabe que tienen la sartén por el mango, y que formar un gobierno depende de ellos. Pero el coste que piden la Nueva Alianza Flamenca (N-VA), el partido republicano y conservador que ambiciona la independencia de Flandes y que resultó ganador de las últimas elecciones nacionales es alto: transferencia de competencias, cambios en el sistema electoral, cambios en el sistema de tributación…en suma, dejar de “pagar” las deudas del sur. Para algunos analistas tales exigencias no dejan de ser un juego para ver quien tirar nás de la cuerda hasta que esta se rompa, y no haya entonces otra salida que la escisión entre Flandes y la Bélgica francófona, algo que puede ser más pausible de lo que parece y que beneficiaría, como es de esperar, más a la comunidad flamenca.

Mientras tanto, los ciudadanos contemplas la situación con hastío, cada vez más asfixiados por una crisis económica que está golpeando duramente este país, mientras que sus políticos practican el “ombliguismo” en vez de tratar de combatir de forma efectiva problemas más importantes para el futuro del país, o lo que quede de él. Hace dos semanas, unos 35.000 belgas se echaron a las calles de Bruselas bajo un frío glacial para exigir a sus políticos una solución inmediata. De nada sirvió. A los pocos días dimitía el tercer mediador impuesto por el rey de Bélgica ante la incapacidad de sentar siquiera a la mesa a los distintos representantes políticos.

Paradojicamente, el rey de Bélgica, Alberto II, es la única figura respetada en el norte y en el sur, y probablemente su persistencia en poner freno a esta situación haya sido la única razón de que aún siga existiendo la Bélgica que conocemos.

Así que viendo como está el patio por aquí uno casi se alegra de estar como está en su país, aunque como se suele decir “cuando veas las barbas de tu vecino cortar pon las tuyas a remojar”. Nunca se sabe…

Casa no hay más que una

Sólo hace una semana que llegué a Bruselas, pero ya me siento un belga más. Seguramente mi adición al chocolate, los gofres, las galletas y demás alimentos calóricos, que aparecen en la base de toda dieta saludable, hayan facilitado mi integración en este país.

En cualquier caso, Bruselas no es la típica ciudad en la que te sientes expatriado. Una de las cosas que más me ha llamado la atención es la cantidad de españoles que hay, y no sólo los erasmus, políticos y funcionarios que ya tenía en mente encontrar aquí. Es sorprendente el número de emigrantes españoles, de los años 50 y 60 en su mayoría, que han hecho de esta ciudad su residencia permanente. Sin ir más lejos, cerca de mi casa he encontrado una tienda, regentada por un matrimonio gallego, que bajo el esclarecedor nombre de “Alimentación José María”, venden cualquier producto de origen patrio, lo cual parece baladí, pero oye, la alegría que da llevarte a tu casa de Bruselas un bote de Cola-Cao, una fabada Litoral y unos espárragos navarros no es la misma que cuando haces la misma operación en el Mercadona.

En el trabajo también me acompaña esta sensación. Recopilemos ciertos datos para entender esto: trabajo en el complejo administrativo que lleva todos los asuntos de España ante el Parlamento Europeo, y que por tanto tiene carácter de Embajada. Esto supone que al entrar por la puerta dejás de estar en Bélgica y estás en España, algo así como lo que hace un amigo mío extremeño, que vive cerca de la frontera con Portugal y que va allí a cenar bacalao casi todos los viernes, pero la digestión la hace en Badajoz (quizás este no sea el ejemplo más acertado).

Una Embajada es como un complejo de Playmobil: tienes al policía nacional, al cartero de correos, el amable funcionario de Hacienda que te sella los papeles…Además, y ésto es algo que se agradece mucho, se mantienen los hábitos patrios. El otro día, por ejemplo, al hacerme la acreditación necesaria, para acceder al complejo de edificios, conocí a un miembro de la Policía Nacional que, con marcado acento madrileño en la pronunciación de sus eses (el ej que tan famoso del sur de la capital) me atendió “a la española”. Trataré de transcribir nuestra conversación la forma más fidedijna que puedo recordar:

-Policía Nacional: A ver, ¿tú que ej lo que quieres chaval?

-Yo: Buenas, yo venía a hacerme la acreditación para acceder al edificio

-Policía: ¿Ahora? Pufff. Joe ya tengo apagada la máquina, si ej que esto de las acreditaciones nos gusta más hacerlo por las mañanas, lo tengo dicho.

-Yo: Bueno, si prefiere vuelvo mañana, lo único que es un poco lío el tema de los controles de seguridad cada vez que tengo que entrar por las mañanas.

-Policía: Pufff, bueno te lo hago, pero le dices a tu jefe que esto por las mañanas eh, y a ver si nos organizamos un poco, que si no esto es un desmadre y así no se puede.

(Me hace la foto y comienza el proceso de impresión de la tarjeta, cuando de pronto la impresora empieza a hacer un sonido francamente lamentable, como si estuviera tallando una lasca de piedra en vez de grabar sobre un plástico)

-Policía: ¡Joder! Ya he vuelto a meter la tarjeta al revés y se ha atrancado. Mira chaval, te vas a venir mejor mañana que ésto el que lo lleva es mi compañero, y yo con las máquinas estas nuevas que nos han puesto no me llevo.

-Yo: Bueno, pues nada. Hasta mañana entonces.

Después de esta conversación supe que, aunque a 1000 km de mi país seguía como en casa. Y además esa noche me tomé un tortilla con espárragos de la ribera navarra, que por cierto, y está mal que lo diga, me salen de muerte.

Primera toma de contacto (si el tiempo lo permite)

Bruselas, qué ciudad más peculiar. Capital de un país sin gobierno, y apunto de escindirse, pero que cuenta con el mayor número de políticos y funcionarios por metro cuadrado de todo el continente. Una ciudad tranquila, a ratos bonita, a ratos fea, con unas condiciones climáticas similares a Helsinki en temporada de monzones.

Pero seamos correctos. Antes de nada voy a presentarme, aunque quizás algún lector de los blogs del Norte de Castilla aún se acuerde de mí. Me llamo Diego; soy periodista e historiador del arte y hasta hace unos meses pasé cerca de un año contando, desde Londres y a través de estas páginas, mis peripecias y descubrimientos de la fauna británica. Sin embargo, como los caminos del Señor son inescrutables, una llamada sorpresiva, hará ya cuatro meses, me hizo empaquetar apresuradamente los cuatro bártulos que había almacenado hasta entonces y comprar un vuelo a Madrid para incorporarme en el Ministerio de Cultura como gestor cultural, que está la cosa como ‘pa’ decir que no un buen curro. Pero como esto es un no parar, en plenas navidades me ofrecieron la posibilidad de trasladarme a la capital belga para trabajar en la Consejería de Cultura de la Embajada española ante la UE, y a mí que me gusta más eso de viajar que al Valladolid cesar entrenadores, no me lo pensé dos veces.

Pero vayamos a lo interesante: la ciudad y esas primeras impresiones que tanto nos marcan al llegar a un lugar. He de decir que no era la primera vez que estaba en Bruselas; la vida de estudiantes Erasmus te da muchas licencias pero, sin duda, la mejor es la de dedicarte a recorrer Europa por cuatro euros y veinte amigos, así que en un par de ocasiones había recalado por estas bajas tierras. Sin embargo, cuando te trasladas a vivir, la cosa cambia, te fijas más en las cosas, en los edificios, en las gentes que te van a acompañar los siguientes meses de tu vida…Pues bien, en contra de lo que muchos opinan, he de decir que a mí Bruselas me gusta. Vale que no es Brujas o Gante, pero tampoco Madrid es como Granada o Toledo, y tiene su encanto.

No es una capital muy poblada, apenas supera el millón de habitantes contando con su área metropolitana, aunque sí extensa. La parte más pintoresca es su centro, con sus casas medievales entorno a la Grand Place y la place du Grand Sablon, o la escenográfica place Royale y sus alrededores. Mi barrio, Ixelles, también tiene una arquitectura modernista interesante. El resto de la ciudad, pues como en todas partes: mucho constructor de los años 60 y 70 a los que habría que darles un premio al destrozo urbano (e incluso ya bien entrados los 90 en la zona del Parlamento Europeo). En cualquier caso, tiene su tirón, aunque espero conocerla más de cerca en los próximos días.

Bueno, una vez hechas las presentaciones, os tendría que contar como es la vida aquí y lo que hago en mi trabajo, pero eso tendrá que ser otro día, pues son las diez, y en estas latitudes hasta el sonido de las teclas puede despertar a los vecinos a estas horas. Bonne nuit!, o como dirían los flamencos, Goedenacht!, (que aquí hay que practicar el bilingüismo para no ofender sensibilidades).

Aquí os dejo una foto de la Grand Place, que maravilla…(la plaza, no la foto)

Últimas impresiones -Despedida y cierre-

Me voy. Ya no volveré a desayunar con ‘muffins’ ni ‘orange juice’. Ahora serán magdalenas de toda la vida y zumo de naranja. Tampoco dominaré la ciudad desde la planta de arriba del 414, mientras bordeo Hyde Park. Y, por desgracia, se acabó elegir entre siete grifos diferentes de cerveza en los bares.

Después de casi un año de aventuras y desventuras, de algunos momentos difíciles pero muchos más increíbles, ha llegado el momento de decir adiós a la capital de los británicos y por añadidura de los ingleses. A la vieja ciudad, nostálgica de su pasado, pero que nunca deja de mirar al furo. Adiós a Londres.

La razón de ello es un cambio de capital y una llamada de trabajo. El destino Madrid, en concreto el Ministerio de Cultura donde, si todo va bien -y hoy en día, quizás, es mucho decir-, estaré hasta diciembre de 2011 trabajando como gestor cultural. Después, como diría mi abuela ‘Dios proveerá’ -esperemos-.

Quiero aprovechar la ocasión para dar las gracias a todos los que durante este tiempo han seguido mis andanzas por estas tierras, contando unas aventuras que vosotros juzgareis si han sido interesantes o no. Por mi parte la experiencia vivida ha sido de ‘cum lauden’. He podido conocer las dos caras de un país, primero como inmigrante explotado y luego como inmigrante acogido con bastante cariño por quienes quisieron tenerme a su lado. A ellos, aunque no leerán este blog, (pues todo inglés que se precie no entiende otro idioma) también quiero agradecerles su apoyo y el haber cambiado mi concepción de un país que, aunque frio y lluvioso, también es cálido de puertas para adentro.

Y ahora, como se suele decir, la historia continúa y el mundo no deja de girar. No son buenos tiempos para hacer planes a largo plazo, pero quien sabe si el futuro me devolverá a estas tierras o a otras más lejanas. De momento habrá que resetear y comenzar una vez más de cero en otra ciudad -tercera en menos de dos años- donde, al menos, entenderme con el casero será menos arduo. Una experiencia distinta, pero seguro que también interesante y a la que me voy, de nuevo, con ‘billete de ida’.

Un saludo a todos y muchas gracias por haber dedicado vuestro tiempo a este blog y a su autor. Gracias también al Norte de Castilla por darme la oportunidad de estar un poco más cerca de mi tierra y a los de mi tierra un poco más cerca de mí. Hasta pronto, y como dirían los Celtas ¡nos vemos en los bares!

El Norte de Castilla

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