Es muy posible que la mayoría de ustedes haya tenido, en alguna ocasión, la sensación de que las cosas no acaban de estar en su sitio, de que no terminan de encajar, de funcionar como debieran, de sucederse como era de esperar. Pero sucede, de pronto, un buen día, que cada cosa termina por precipitarse de tal modo que uno acaba por entenderlo todo. Suele ser de repente, así, de golpe, sin previo aviso. Sucede de pronto que, lo que eran piezas absurdas e inconexas se tornan en un momento perfectos ensamblajes, combinaciones de precisión milimétrica que te hacen comprender no sólo por qué las cosas son así, sino, además, por qué no podrían, llegado en caso, ser de otra manera
Digo esto porque estoy segura de que no soy la única persona que ha sentido, a veces, que la vida tiene una extraña manera de hacer juego con las pequeñas historias personales de cada quien. La existencia es así, no le gusta ir desconjuntada y prefiere, antes bien, que su contratiempo haga juego con el tuyo, que su demora se asemeje a tu tardanza y que su entusiasmo, igual que su desolación, vayan siempre acorde con su alegría y con su pena.
Por eso no creo que sea casualidad que, por razones que ahora no vienen al caso, yo me haya puesto a releer El rey Lear al mismo tiempo en el que la vida me hecho testigo de excepción de ciertos dilemas familiares involuntarios. La historia de El rey Lear, para quien no lo sepa, es una tragedia en cinco actos que Shakespeare escribió en 1605, justo el mismo año en el que el bueno de Miguel de Cervantes escribiese la obra que le llevó a la cumbre, ya saben, su Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Como ven, las casualidades se suceden continuamente y, de hecho, se suceden tan de seguido que cuesta creer que no sean fruto de una especie de novela universal que se va escribiendo en base a nuestras pequeñas aportaciones diarias. Como si fuésemos los artífices de una obra que no ha parado de representarse y no pudiésemos hacer otra cosa que seguir, que continuar su escritura.
Pienso en el Rey Lear, en Cordelia, uno de los personajes con más peso en toda esta historia, y pienso también en todo aquello que, de un modo u otro, cobra peso en las interrelaciones que se establecen fuera de Shakespeare, y es entonces cuando me doy cuenta por qué Shakespeare es Shakespeare y por qué, en general, las grandes obras de la literatura trascienden no sólo más allá de sus propios autores, sino también, y aquí está lo mágico, de sí mismas. Es por eso que la ficción dimensiona la realidad –y no al revés, como pudiera pensarse- la redefine, la dignifica y significa. La hace comprensible, asequible a los ojos humanos. Porque sin ficción, o mejor dicho, sin la posibilidad de comprender la realidad a través de la ficción, el mundo no tiene sentido ninguno y el ser humano apenas una bestia que no puede ni dar cuenta de ella misma.
En realidad, Shakespeare y Lorca pensaban un poco lo mismo cuando escribieron, respectivamente, El Rey Lear y La casa de Bernarda Alba. En realidad, su visión dramatúrgica incide en el hecho de que ambos fueron capaces de nombrar lo que ya se había dicho, hasta la saciedad, pero aún no se había pronunciado. Poner nombre a los síntomas familiares, a las estrategias con las que el dolor ajeno se instrumentaliza como propio y a cómo, en realidad, ciertos núcleos afectivos hacen estremecerse a los afectos. Puedes odiar el poder que tu madre ejerce sobre ti, aborrecer el uso intersado y vil que del afecto hacen tus hijos, pero si Lorca, tu dolor será otro. Si Shakespeare, entonces tendrá sentido. La literatura dignifica lo indigno, concilia lo incompatible, versifica el veneno, lo disuelve. La ficción cobra sentido si se nombra porque eso es la ficción: no decir, sino pronunciarse, no contar, sino relatarse, no entender, sino comprenderse. Saber que, lo que haya de prosaico entre tu desayuno y tu cena está, en realidad, escrito ya en un cuento de Borges o versado en un poema de Rilke.
Todo lo que pueda pasarte, esto es así, ya ha sido contado por otros, ya se ha vuelto mágico miles de veces. Extraordinario. Piensen por un momento que están aquí sentados escribiendo, y que interrumpen la escritura de estas líneas, que apartan la vista del ordenador y, no sin cierta turbación ven, en el suelo de madera flotante de una casa doliente que no es la suya, un pájaro muerto a la una de la madrugada. Pues bien, llegado ese caso –porque, lo podrán creer o no, pero esos casos llegan-, si tienes ficción, tienes alma y también un buen puñado de cuentos de Cortázar capaces de conciliar la pena y el sortilegio. Si no tienes ficción, en cambio, tienes un cubo de basura y un pequeño cadáver descompuesto. Ahí estriba toda la diferencia. Ése es, en realidad, todo el misterio.
Por supuesto que se puede vivir sin ficción, pero a costa siempre de la magia. Sin ficción la pena no se concilia con nada y la pena que no trae consigo un sortilegio acaba siendo solamente una pena, y no hará falta que les diga, a estas alturas del cuento, que la pena mata.
Por eso, ahora que me acuerdo de aquel cuento de Cortázar, La casa tomada, mientras le doy, a base de ficción, un entierro digno al pájaro muerto, sé que el hechizo funciona, que la literatura está echada, y que la ficción no sólo nos salvará la vida, sino que es lo único capaz de hacer de ésta un lugar habitable.

