El modo en que se dicen las cosas es tan importante –o quizá más- como su contenido, pero la realidad es terca como una orden de desahucio, siniestra como una orden de desahucio, muchas veces, y me obliga a recordármelo constantemente. Que no es tanto el qué como el cómo. Se trata de respetar el significado de las palabras de un modo casi escrupuloso, dejando que digan éstas lo que realmente quieren decir, y no forzándolas a que digan otras cosas. Y en eso, según parece, son especialistas los voceros de las políticas neoliberales. Así, el verbo privatizar se convierte en “liberalizar”, regalar dinero público a los bancos pasa a llamarse “rescate” y al abaratamiento del despido se le conoce como “flexibilización”. Así podríamos seguir, llegando incluso a crear un diccionario castellano-neocon, neocon-castellano. Neocon, (acortamiento de “neoconservadurismo”) es el término coloquial con el que se conoce a este tipo de aciagas estrategias políticas que, en campaña, dicen llamar al pan, pan y al vino, vino, pero una vez que han ganado las elecciones se ciscan en el pan, en el vino y en esa misma ciudadanía que les entregó su confianza y empiezan a confundir, más que a propósito, el culo con las témporas. Y todo eso sin despeinarse, oiga.
Huxley, hombre de un profundo saber enciclopédico y autor de Un mundo feliz, decía que cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje. Efectivamente, los planes de quienes nos gobiernan están resultando tan siniestros como nos indica el ampuloso lenguaje con el que nos los “cuentan” (léase, con el que tratan de ocultárnoslos).
Pero lo peor no es eso, qué va. Lo peor, lo más terrorífico, lo que verdaderamente apabulla, petrifica, turba y acojona es la pasibilidad y profunda pereza con la que la ciudadanía se deja expoliar; ese callado silencio que resuena por las calles, ese veneno invisible que nos deja dormitando, ese abúlico narcótico que nos ha convertido en nadies. Por eso ya no me creo los discursos manidos que circulan por la calle. Los “todos son iguales”, “la culpa la tienen los políticos” o “habrá que aguantarse”. No me lo trago. La culpa no la tienen los políticos, sino nosotros, por decir lo que quieren que digamos y tragarnos toda la porquería que nos van inoculando poco a poco. La responsabilidad es nuestra, por no pedirle cuentas a quienes nos representan. La culpa es nuestra, no de los políticos. Porque asistimos impávidos al saqueo de lo público empezando por sus tres pilares básicos -sanidad, educación y servicios sociales-, mientras vemos cómo clínicas y centros privados (de cuyas directivas forman parte nuestros representantes) se frotan las manos. Es nuestra, la culpa digo, la infamia, la profunda irresponsabilidad, es nuestra, porque estamos incurriendo en una dejadez absoluta de funciones las funciones que tenemos como ciudadanos. Es nuestra. Tuya y mía. Nuestra, al fin y al cabo. Por ser pacatos, ignorantes y serviles. Por anteponer los intereses del partido al que hemos confiado nuestro voto a nuestros propios intereses y a los de nuestros padres, hijas, hermanos y amigas. Somos idiotas, porque no sólo toleramos la infamia sino que llegamos hasta el punto de justificarla. Imbéciles, por entregarle al olvido nuestro pensamiento crítico, nuestra inteligencia creadora y nuestra humanidad. Absolutamente ignorantes, por creernos que es una crisis lo que está resultando un negocio para quienes tienen el poder, que son, precisamente, quienes nos legislan, que son, precisamente, propietarios de los medios que nos (des)informan, que son precisamente, tiene cojones, quienes han de mirar por nosotros.
El panorama es dantesco, pero es el nuestro, y echar balones fuera sólo sirve para poner de manifiesto precisamente eso, que llevamos ya mucho tiempo echando balones fuera. Políticos corruptos que han sido reelegidos y, por tanto, legitimados como gestores; obras de ingeniería multimillonarias, concebidas para enriquecer a quienes las proyectan y hacer propaganda política megalomaníaca propia de tiempos imperiales, a costa de endeudar a la ciudadanía; retroceso de más de treinta años en derechos sociales, civiles y políticos; pérdida incuestionable de derechos de los trabajadores, que se han convertido en poco menos que esclavos al servicio de sus patronos-dueños; casas reales de atrezzo implicadas en casos de corrupción y cuya partida anual asciende a la misma cantidad que se le ha restado a la sanidad y a la educación públicas; cortinas de humo con amantes reales y otros elefantes; obispos violentos que quedan impunes por su incitación al odio y su criminalización a una parte de la ciudadanía por su orientación sexual desde la televisión pública, mientras justifican la pederastia y la violación dentro del matrimonio; invisibilización de los trabajos y cuidados domésticos, a través de la retirada de ayudas públicas; nuevos escollos para conciliar la vida laboral con la familiar, que retrotrae a las mujeres a tiempos en los que sus labores se reducían a engendran como incubadoras y cuidar de la prole; criminalización de las personas paradas, migrantes, desahuciadas, enfermas; en definitiva, pobres. Fomento de la caridad –concebida para hacer alarde del poder y la supremacía que unos ejercen sobre otros- en detrimento de la solidaridad –que parte de la igualdad y se basa en la cooperación y la reciprocidad-.
Este país, lo hemos construido nosotros. Éste en el que a un banquero que ha hecho mal su trabajo se le da una cantidad de dinero equivalente al presupuesto de la NASA, mientras más del 20% de sus paisanos está bajo el umbral de la pobreza. Esto, lo hemos consentido nosotros. Y no, la culpa no la tienen los políticos, ni los mercados, ni la deuda, ni las siete plagas de Dios. No nos hagamos los analfabetos, por favor, y dejemos de mirar para otro lado como si no fuese a nuestro vecino al que han desahuciado, como si no fuese nuestra hija la que no puede decidir, como si no fuese nuestro amigo al que contratan en precario, como si no fuese nuestro compañero al que le niegan el tratamiento médico del que depende su vida. Se nos puede llenar la boca diciendo estupideces sobre la patria, pero la patria, como decía Machado, “está por hacer”. Ayer el 12M-15M nos recordó que somos imprescindibles para cambiar el rumbo. “Comenzamos a despertar y a mirar en torno nuestro. Acaso el golpe recibido nos pondrá en contacto con nuestra conciencia”. Ojalá Machado tenga razón. Ojalá.

