Shakespeare y un pájaro muerto (Bea Gómez González)

Es muy posible que la mayoría de ustedes haya tenido, en alguna ocasión, la sensación de que las cosas no acaban de estar en su sitio, de que no terminan de encajar, de funcionar como debieran, de sucederse como era de esperar. Pero sucede, de pronto, un buen día, que cada cosa termina por precipitarse de tal modo que uno acaba por entenderlo todo. Suele ser de repente, así, de golpe, sin previo aviso. Sucede de pronto que, lo que eran piezas absurdas e inconexas se tornan en un momento perfectos ensamblajes, combinaciones de precisión milimétrica que te hacen comprender no sólo por qué las cosas son así, sino, además, por qué no podrían, llegado en caso, ser de otra manera

Digo esto porque estoy segura de que no soy la única persona que ha sentido, a veces, que la vida tiene una extraña manera de hacer juego con las pequeñas historias personales de cada quien. La existencia es así, no le gusta ir desconjuntada y prefiere, antes bien, que su contratiempo haga juego con el tuyo, que su demora se asemeje a tu tardanza y que su entusiasmo, igual que su desolación, vayan siempre acorde con su alegría y con su pena.

Por eso no creo que sea casualidad que, por razones que ahora no vienen al caso, yo me haya puesto a releer El rey Lear al mismo tiempo en el que la vida me hecho testigo de excepción de ciertos dilemas familiares involuntarios. La historia de El rey Lear, para quien no lo sepa, es una tragedia en cinco actos que Shakespeare escribió en 1605, justo el mismo año en el que el bueno de Miguel de Cervantes escribiese la obra que le llevó a la cumbre, ya saben, su Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Como ven, las casualidades se suceden continuamente y, de hecho, se suceden tan de seguido que cuesta creer que no sean fruto de una especie de novela universal que se va escribiendo en base a nuestras pequeñas aportaciones diarias. Como si fuésemos los artífices de una obra que no ha parado de representarse y no pudiésemos hacer otra cosa que seguir, que continuar su escritura.

Pienso en el Rey Lear, en Cordelia, uno de los personajes con más peso en toda esta historia, y pienso también en todo aquello que, de un modo u otro, cobra peso en las interrelaciones que se establecen fuera de Shakespeare, y es entonces cuando me doy cuenta por qué Shakespeare es Shakespeare y por qué, en general, las grandes obras de la literatura trascienden no sólo más allá de sus propios autores, sino también, y aquí está lo mágico, de sí mismas. Es por eso que la ficción dimensiona la realidad –y no al revés, como pudiera pensarse- la redefine, la dignifica y significa. La hace comprensible, asequible a los ojos humanos. Porque sin ficción, o mejor dicho, sin la posibilidad de comprender la realidad a través de la ficción, el mundo no tiene sentido ninguno y el ser humano apenas una bestia que no puede ni dar cuenta de ella misma.

En realidad, Shakespeare y Lorca pensaban un poco lo mismo cuando escribieron, respectivamente, El Rey Lear y La casa de Bernarda Alba. En realidad, su visión dramatúrgica incide en el hecho de que ambos fueron capaces de nombrar lo que ya se había dicho, hasta la saciedad, pero aún no se había pronunciado. Poner nombre a los síntomas familiares, a las estrategias con las que el dolor ajeno se instrumentaliza como propio y a cómo, en realidad, ciertos núcleos afectivos hacen estremecerse a los afectos. Puedes odiar el poder que tu madre ejerce sobre ti, aborrecer el uso intersado y vil que del afecto hacen tus hijos, pero si Lorca, tu dolor será otro. Si Shakespeare, entonces tendrá sentido. La literatura dignifica lo indigno, concilia lo incompatible, versifica el veneno, lo disuelve. La ficción cobra sentido si se nombra porque eso es la ficción: no decir, sino pronunciarse, no contar, sino relatarse, no entender, sino comprenderse. Saber que, lo que haya de prosaico entre tu desayuno y tu cena está, en realidad, escrito ya en un cuento de Borges o versado en un poema de Rilke.

Todo lo que pueda pasarte, esto es así, ya ha sido contado por otros, ya se ha vuelto mágico miles de veces. Extraordinario. Piensen por un momento que están aquí sentados escribiendo, y que interrumpen la escritura de estas líneas, que apartan la vista del ordenador y, no sin cierta turbación ven, en el suelo de madera flotante de una casa doliente que no es la suya, un pájaro muerto a la una de la madrugada. Pues bien, llegado ese caso –porque, lo podrán creer o no, pero esos casos llegan-, si tienes ficción, tienes alma y también un buen puñado de cuentos de Cortázar capaces de conciliar la pena y el sortilegio. Si no tienes ficción, en cambio, tienes un cubo de basura y un pequeño cadáver descompuesto. Ahí estriba toda la diferencia. Ése es, en realidad, todo el misterio.

Por supuesto que se puede vivir sin ficción, pero a costa siempre de la magia. Sin ficción la pena no se concilia con nada y la pena que no trae consigo un sortilegio acaba siendo solamente una pena, y no hará falta que les diga, a estas alturas del cuento, que la pena mata.

Por eso, ahora que me acuerdo de aquel cuento de Cortázar, La casa tomada, mientras le doy, a base de ficción, un entierro digno al pájaro muerto, sé que el hechizo funciona, que la literatura está echada, y que la ficción no sólo nos salvará la vida, sino que es lo único capaz de hacer de ésta un lugar habitable.

Poemas o pistolas: cosas que hacer con una antigua cárcel (Bea Gómez González)

Los expertos no se ponen de acuerdo, y los críticos tampoco. Unos dicen que pertenece a la Generación del 36 -también llamada Generación de la guerra-, y otros, no sin cierta cursilería y grandilocuencia, hablan de él como el epígono de la Generación del 27; pero lo cierto es que nadie parece ponerse de acuerdo en dónde ubicar o en qué demonios hacer con la obra de Miguel Hernández.

Para quien no sepa qué significa la palabra epígono y no tenga ninguna intención de levantarse del sofá a teclearla en Google, diré que el término procede del griego, y que viene a significar algo así como “nacido después”. Por extensión, evidentemente, la RAE define el término como aquel utilizado para referirse al “hombre que sigue las huellas de otro, especialmente el que sigue una escuela o un estilo de una generación anterior”. Hombre o mujer, claro está; pero dejando a un lado el consabido sexismo institucional –que nos daría para hablar largo y tendido en otro artículo- podemos ver, volviendo al tema que nos ocupa, cómo ciertas personas “nacidas después”, resultan incómodas o, cuando menos, difíciles de ubicar. Y este parece ser el caso del poeta oriolano.

Antes de que lo murieran, como afirmaron muchos intelectuales en relación a su muerte temprana, Miguel Hernández peregrinó como preso político arrastrando una más que injusta condena por muchas prisiones de España, entre las que se encuentra la antigua cárcel de Palencia, en la que ingresó en septiembre de 1940. ¿Su delito? Haber escrito, en 1939, y casi premonitoriamente, El hombre acecha, justo cuando Francisco Franco ordena la destrucción completa de la edición.

“Mi querida Josefina: buen lugar este en el que he venido a parar. Y el viaje no ha sido malo. Unos cuantos kilómetros más distante de ti, pero la distancia aumenta el cariño”. Así comienza la primera carta que el poeta le envió a su amor, Josefina, desde la cárcel de Palencia, el 24 de septiembre de 1940. Y lo imagino escribiendo desde esa celda, apenas a cien o doscientos metros de distancia desde donde yo escribo estas líneas, y quiero que siga estando ahí. Quiero mantener ahí el olor a tinta y papel, y el catre, y la camisa deshilachada, y los ventanucos, y el aire que ahora sopla también por aquí, el mismo aire, y esas manos probablemente sucias, probablemente arañadas, hechas de tierra y de sol, como un rayo que no cesa, como un hombre hecho de muchas mujeres y hombres distintos, un hombre hecho a retales, con los miedos y los dolores de los otros. Por eso quiero que las paredes que vieron crecer versos poderosos como músculos, 2000 m2 de cárcel de las ideas, de prisión de la poesía y el pensamiento, sean de una vez por todas puertas abiertas a la libertad creadora y la cultura, a la que no sólo toda la ciudadanía tenga acceso, sino de la que todas las personas participen.

No puedo evitarlo, pero gustaría que mi ciudad tuviese viejos espacios rehabilitados y reinterpretados como La Cárcel de Segovia, el Hangar de Burgos, Tabacalera y Eskalera Karakola en Madrid, y tantos otros. Verdaderos laboratorios de cultura, innovación, investigación y experimentación artística y sociocultural, que funcionan como catalizadores y generadores de cultura y tejido social integrando, motivando e interconectando a la ciudadanía. Quiero que, sobre las cenizas de la represión y la falta de libertad, se levante en mi ciudad un proyecto cultural abierto, sólido y contemporáneo, a disposición de todo su tejido social, que es más rico y heterogéneo de lo que muchos pudieran pensar, y que se gestione por y para la propia ciudad. No me gustaría que las paredes que fueron símbolo de dolor, tristeza y represión, pasen ahora a manos del Cuerpo Nacional de Policía, fuerzas coercitivas del Estado que no pueden simbolizar más que lo mismo. Las decisiones simbolizan cosas, y los símbolos son poderosos. Hacer de una cárcel un espacio dedicado a la creación, la cultura y  la cohesión social significa cosas; hacer de esa misma cárcel un museo de las fuerzas del orden y la represión, también tiene un significado, y qué quieren que les diga, no es bonito.

Dicen que, cuando murió, nadie fue capaz de cerrarle los ojos. “Tus grandes ojos azules –como escribió su amigo Vicente Aleixandre- abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante”. Por eso me temo que, de algún modo, los ojos intensos del poeta siguen abiertos, centinelas de un espacio en el que estuvo un día y que hoy está a punto de ser ocupado de nuevo por el vacío ignorante, ese que, últimamente, parece llenarlo todo. Pablo Neruda dijo que recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Sin embargo, a veces, la historia se repite, y España no ama demasiado y ayuntamientos como el nuestro no aman demasiado y, de nuevo, tristemente, el hombre acecha.

“La poesía y el teatro son las armas que más brillan en mis manos y con ellas tengo que transformar la vida”, dijo una vez Miguel Hernández. Sólo espero que las armas que hayan de brillar aquí al lado, en el edificio rehabilitado con dinero público de la antigua Cárcel de Palencia, sean esas mismas armas, las regeneradoras, las que están al servicio de la creación y la gente, y no esas otras de muerte con las que, las veces tristes, algunos hombres acechan.

Armas silenciosas para guerras tranquilas (Bea Gómez González)

Hace unos días, un alumno me pidió que leyese una redacción que él mismo había escrito.  El tema del texto era el bulling o acoso escolar; un tema que yo misma le sugerí, por entender que le sería más sencillo escribir una redacción sobre un tema como el acoso en entornos escolares –en los que él, alumno de 4º de la ESO, se desenvuelve cada día- que sobre otros asuntos más generales aunque, quizá, más alejados de su realidad cotidiana.

Sin embargo, el propósito no resultó tan sencillo como parecía, y mi pupilo acabó cayendo en tópicos e ideas estereotipadas que había visto, oído o leído en relación al bulling, a pesar de tener una información sobre este asunto mucho más profunda, diversa y enriquecedora que lo que pudiera aportar cualquier “versión oficial”. Como si creyese que todos esos pequeños matices, apreciaciones e ideas que a él se le podían ir ocurriendo al hilo del desarrollo, tuvieran menos peso que “lo que se dice” del bulling. Mi alumno -como nos pasa muchas veces-, confió más en el discurso hegemónico y dominante que en las aportaciones que él pudiera hacer a un tema que conoce de sobra, sin importarle que éstas fueran o no en la misma línea que el discurso dominante. En otras palabras, decidió poner en standby su capacidad de pensar y se limitó a reproducir el pensamiento oficial. Pero claro, eso no es construir un texto, es reproducirlo. No es crearlo, es calcarlo; no es analizar, sino más bien verter lo conocido. Porque reproducir es lo contrario de pensar, aunque a veces, para pensar, haya que haber re-producido antes. Evidentemente, pensar –como todo lo bueno de esta vida- tiene sus riesgos, y uno de ellos es enfrentarte, en ocasiones, a ese discurso dominante. Porque pensar es problematizar, cuestionarse lo que hasta entonces no había sido puesto en duda.

Por eso, leyendo su texto y compartiendo con él esta sensación de desamparo que se siente frente al poder omnímodo que ejerce el discurso dominante sobre todos nosotros, me acordé de Chomsky y de su libro Armas silenciosas para guerras tranquilas. Un título que te hace amar a Chomsky sobre todas las cosas, y cuyo interior alberga un Decálogo de las Estrategias de Manipulación que los grandes medios ejercen y que después son reproducidas en masa por la propia ciudadanía, que las retroalimenta y, a su vez, reproduce.

El primer punto del decálogo hace referencia a la distracción, ya que para los medios, es fundamental que los ciudadanos estemos entretenidos con cuestiones superficiales (fútbol, prensa rosa) evitando así focalizar la atención en los problemas sociales (precariedad laboral, desempleo, desahucios, etc.). El segundo punto hace alusión a la creación de problemas para, después, ofrecer soluciones desde esos mismos medios de poder; soluciones que, por supuesto, van en detrimento de las libertades individuales y derechos sociales, pero que la ciudadanía percibirá como un “mal menor” (por ejemplo, engordar la burbuja inmobiliaria hasta generar una crisis, y luego ofrecer como “solución”, la privatización de los servicios públicos). Un punto que unido al tercero, el de la gradualidad, esto es, ir “dosificando” poco a poco las medidas, hace que, cucharadita a cucharadita, nos tomemos todo el veneno.

La cuarta estrategia de manipulación mencionada por Chomsky es la de “diferir” (¿les suena lo del “simulado en diferido”?), esto es, plantear para el futuro las medidas más sangrantes para la ciudadanía, ya que la masa es optimista por ignorancia –recuerden lo de la distracción-, y sigue creyendo en eso de que “ya vendrán tiempos mejores”. La quinta estrategia, la de la infantilización que el poder hace de los ciudadanos, refuerza todavía más esa sensación de ignorancia, para dejar que sean “otros” los que se encarguen de los “asuntos importantes”.

Todas las estrategias van reforzándose unas a otras, formando una amalgama sólida y poderosa, destinada a minar el sentido crítico, esto es, el pensamiento racional, en lo que, de hecho, se centra el sexto punto del decálogo, que utiliza los aspectos emocionales y afectivos mucho más que los racionales, interfiriendo así en el pensamiento de la ciudadanía de un modo más irracional e inconsciente, induciendo temores, comportamientos, etc. Por su parte, el punto siete viene a reforzar la ignorancia y la mediocridad. En palabras del propio Chomsky: “la calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar, para las clases inferiores”. Tal vez no sea una casualidad que la educación pública –la única capaz de atender a todas las esferas sociales de igual modo- esté siendo desmantelada en pos de la privada y la concertada, cuya prioridad no es la de “acortar distancias entre clases”. El octavo aspecto al que apunta el Decálogo se basa en estimular al público a ser complaciente con la mediocridad, la ignorancia y la estupidez. El poder aplaude a quien se jacta de ser estúpido pues, de hecho, ser inculto está de moda.

A todo este coctel de venenos que el poder sulfata sutilmente –armas silenciosas- sobre nuestras cabezas, añadámosle el refuerzo de la autoculpablidad de la que habla el punto noveno, para que el ciudadano se sienta un derrotado, asuma que la culpa es suya y en vez de actuar contra el sistema económico luche contra sí mismo y, culpándose, se deprima o se quite de en medio.

El poder detenta, además, un conocimiento mayor del individuo que el individuo mismo – décimo punto del decálogo- fomentado por la celebrada superficialidad y la precariedad educativa, lo que lo convierte en un ser tremendamente vulnerable, que descree de sí mismo hasta el punto de no verse en medio del acoso, de no saberse objetivo de este gran bulling mediático, de esta guerra tranquila.

La radio (Bea Gómez González)

Tengo una radio nueva. Bueno, en realidad no debería decir que es nueva porque lo cierto es que se trata de una radio que he heredado hace unas semanas, tras el fallecimiento de mi abuela. Es una radio fantástica, pero gasta demasiadas pilas. Es una radio espléndida, pero no está en mi cocina por un motivo grato. Lo que sí puedo afirmar con seguridad, sin miedo a equivocarme y, sobre todo, sin miedo a que veáis cómo puedo, de nuevo, caer en algún error, es que se trata de una radio esencialmente contradictoria. Porque no penséis que ahí se acaba toda su paradoja. Qué va. La cosa continúa. Por ejemplo, esta radio ha llegado a darme una buena noticia y una mala en menos de un minuto, sin que le temblara el volumen; me ha traído canciones que necesitaba escuchar en ese mismo instante, y otros ritmos que hubiera deseado no tener que escuchar nunca. Por eso digo que, como poco, se trata de una radio compañera –como todas las radios- de la que, sin embargo, has de guardarte siempre un poco. Puedes confiar en ella, pero mantén los ojos abiertos. Te encantará tenerla en tu casa, pero cogerá el mismo polvo que el resto de las cosas. Será tu radio pero tú, a fin de cuentas, no serás nada de ella.

Como mi nueva radio es antigua, tiene una ruletita con la que puedo buscar el dial que yo quiera, mientras la duenda herciana que vive dentro hace un ruido como de crujir nueces de onda, hasta que instala la agujita en el punto adecuado. A veces la duenda herciana –que no se deja ver, salvo contadísimas ocasiones que requieran su presencia- se descuida un poco, y el volumen se baja de pronto o las nuececitas de onda se ponen a crujir ellas solas sin venir a cuento. En esas veces, si acercas la oreja puedes escuchar, no sin cierta dificultad, claro está, las graves reprimendas que la duenda herciana parece echarles a las nueces de onda y a la ruletita del volumen, a la que yo acaricio suavemente con el pulgar, tratando de consolar lo inconsolable, de arreglar lo que no tiene remedio. El eco, en esas ocasiones, pocas, pero las hay, rebota en las paredes que conforman mi radio, y su oquedad interna se torna en una batalla campal contra el ruido.

No serán ni una ni dos las veces que he intentado razonar con la duenda herciana, tratando de hacerle comprender que no es de recibo defender el mutismo con estruendo; que no parece muy razonable, después de todo, hacer más ruido que el ruido para defender el silencio; pero la duenda herciana que no, que sus cosas, que en sus trece. Después, pasado ya el bullicio de su alegato al sigilo, se calma, y en mi cocina se hace el silencio que preside las tripas plasticosas de las radios cuando éstas suenan bien; ese mutismo sigiloso de la vida cuando, magia, el mundo habla para entenderse con el mundo.

No me parece haber dicho que la duenda herciana vistiera de verde pero, como la mayoría de vosotras habréis imaginado, es precisamente de ese color del que viste. Un traje de chaqueta, en concreto, pantalón y americana, con una corbata a juego, y una camisa estampada en tonos malva. Y ya os rompí los esquemas. Porque, quien se imagina una duenda vestida de verde –herciana aunque sea- lo hace con un modelo, digamos peterpanesco, con sus mayas verduzcas ajustadas al cuerpo, su gorrito afelpado y manejable y esa clase de camisola de duenda engironada por las costuras; pero nunca, desde luego, nunca, nunca, nunca, con un traje de chaqueta. Pero yo no me responsabilizo de vuestra sorpresa, pues recuerdo haberos dicho que mantuviereis los ojos abiertos.

Estamos de acuerdo, eso sí, en que el asombro siempre es de una y en que, cuando se comparte, éste empieza a hacerse más pequeño, como les ocurre, por ejemplo, a las espinacas cuando las hierves. El asombro se va haciendo pequeño, hasta que, compartido una y mil veces, de él apenas queda rastro. La comunicación son los 100 grados Celsius del asombro, siempre que, después, el asombro se cocine a fuego lento, con tiempo, dedicación, mimo y esfuerzo, y tengamos ricos y suculentos nuevos saberes que llevarnos a la boca.

Pero cocinar no es nada fácil, aunque todos sepamos hacerlo. Aunque todos creamos que sabemos hacerlo. La duenda herciana me llama desde el fondo de la radio. Disculpad un momento. A veces las informaciones de última hora no te las da quien está al otro lado de las ondas, sino las ondas mismas, pequeñas nuececitas de onda crujiendo unas con otras. Disculpad, decía. Me dice que preste atención y me da un par de noticias: la buena, la exposición de la fotógrafa Ouka Leele que, estará en nuestra ciudad hasta el 31 de marzo; la mala, ascensores que llegan demasiado tarde, desahucios que llegan demasiado pronto y un millón de cosas tristes. Pero no penséis que las noticias no tienen también sus pequeños y contradictorios recovecos. Por ejemplo, por cada millón de cosas tristes de las que me informa mi nueva radio antigua, hay al menos un millón de seres amables haciendo lo posible porque aquello no se tuerza del todo. Y qué decir de la fotografía de Ouka Leele, poli cromática monocromía de lo que es real y no, de lo que cabe en el seudónimo de ella misma y su contrario. De todo lo contradictorio que cabe en un parentesco cuando, además de artista, se es sobrina del poeta que nos avisó de que la vida iba en serio, y prima de la neoliberal que, años más tarde, vendría, por desgracia, a demostrar que era cierto.

Mi asombro va mermando a fuego lento, y sin embargo, algo pequeño me tira de la manga y un nuevo asombro aparece. Diminutas nueces de onda del tamaño de un cronopio y con idéntica actitud, tan circunspectas, se amotinan muy educadamente en la encimera, como queriendo formar parte de la radio desde fuera, emitiendo insólitos ruiditos y crujiditos extraños. Sin nosotras, multitudes, me dicen, la duenda herciana se hace tan solo eco del silencio. Como puedo, cocino mi saber y me enternezco. Otra vez olvidé cambiar las pilas.

Veloces e imbéciles (Bea Gómez González)

Qué alegría. Qué alegría no haberme cruzado con él, ni un instante si quiera. Qué alegría no haber visto su cara por el espejo retrovisor, ni su perfil en un semáforo, ni su cogote en una glorieta. Qué alegría y qué suerte. Ese fue uno de los primeros pensamientos que tuve cuando me enteré de que un, llamémosle “conductor”, fue detenido el pasado jueves en Carrión por la Guardia Civil tras una persecución de 22 kilómetros digna de cualquier película de acción hollywoodiense, desencadenada por el hecho de que el “presunto” había superado en más de 100 kilómetros el límite de velocidad establecida. Para entendernos: el sujeto circulaba a 156 kilómetros por hora, por una travesía de la localidad palentina de Carrión de los Condes cuya velocidad máxima permitida es de 50 kilómetros hora.

Tras la primera reacción, la de sentirme a salvo, me sobrevino una indignación eufórica, que pasó del consabido “que se pudra en la cárcel” al siempre clásico “hacen falta castigos ejemplares” –que no es más que el “que se pudra en la cárcel” pero codificado en lengua neocon, que siempre viste más, dónde va a parar-.

Después, ya con más calma, cuando llegué a casa y tuve ocasión de leer la noticia de nuevo, y ya no me interesaron tanto las consecuencias de los hechos como sus motivos. ¿Qué llevaría a un joven de 27 años a triplicar el límite de velocidad? ¿Huiría de algo o de alguien? ¿Qué o a quién perseguiría, en caso de ser el perseguidor? ¿Qué cosa exigiría a un conductor tanta premura como para poner más que en riesgo la propia vida y las de los que se fueran cruzando a su paso? ¿Iba a socorrer a alguien con máxima urgencia? ¿Recordó de pronto haberse dejado el gas de casa encendido? ¿Llegaba tarde al cine? Me lo pregunto. 156 kilómetros por hora. Nada menos. A esa velocidad puede uno, si se descuida, hasta huir de sí mismo. Y ni eso si quiera lo justifica.

Ni que decir tiene que lo que le pasaba por la cabeza al sudes –como llaman a los “sujetos desconocidos” en algunas series televisivas- mientras pisaba el acelerador hasta ese punto y veía pasar a toda velocidad por la ventanilla la fragilidad de la vida de los otros en aquella travesía de Carrión, nadie lo sabe. Quizás ni el mismo. Precisamente por eso siempre es mucho más peligrosa la estupidez que la maldad. Porque un tipo que conduce doblando el límite de velocidad permitido es, fundamentalmente, un imbécil. Un imbécil en todas sus acepciones, incluida la latina, en la que imbecillis hace referencia a aquel que carece de báculo y, por tanto, de sensatez, de experiencia y se ve, por tanto, impedido o imposibilitado para poder tomar parte en las hazañas importantes de su pueblo.

Por eso, y reflexionando sobre el asunto, no creo que la solución pase tanto por el castigo ejemplarizante como por la educación ejemplar. Evidentemente hay que castigar este tipo de acciones, pero sobre todo hay que tratar, por todos los medios, de impedir que el nivel de imbecilidad de las personas llegue a cotas tales que les lleven a protagonizar estos hechos, y eso pasa irrenunciablemente por un reajuste educativo y convivencial, que no es más que aprender a vivir en comunidad, en convivencia con los demás.

Y fíjense que, lo curioso del asunto es que resulta más que probable que el sudes pensara que estaba realizando “una hazaña” importante de cara a su comunidad. Una hazaña de las buenas, de las de contar a los amigotes una y otra vez con risotadas huecas en el bar cargadas de fanfarronería ególatra y palmadotas en la espaldaza de amigote. Todo muy lleno de –ones, -azos, -otes, -acos y otros sufijos aumentativos. Todo altivo y excesivo, pretendiendo mostrar –aunque de modo inconsciente- poder y control en los gestos del cuerpo, de la cara y de las manos; marcando esa especie de masculinidad barata, como de fragancia de macho de saldo, en los hábitos alimenticios, de higiene y de conducción y, en general, en todos sus usos y costumbres, despreciando además todo aquello que tiene que ver con los cuidados, con la vida, en definitiva, y desatendiendo o escondiendo en su persona todo aquello que culturalmente se relaciona con lo femenino, como el respeto a la vida y, por tanto, a las normas que velan por ella, malentendiendo ‘respeto’ como ‘sumisión’. Porque eso es lo que hacen los machotes para demostrar lo machotes que son: saltarse las normas y vociferar mucho y mucho rato, y ocupar el máximo espacio posible en el mínimo tiempo potencial. Velocidad, que dice la física.

Aunque creamos que no, los ejemplares de machotes jóvenes –y no tan jóvenes- son más valorados socialmente cuanto más depredadores se muestran, por lo que no resulta extraño que crezcan pensando que todo es suyo: el coche, la calle, la carretera, la grada del estadio, el espacio público, el poder, la razón o las mujeres. Absolutamente todo. En el hombre –no por ser hombre como tal, obviamente, sino por la educación que éste recibe-, la prudencia sigue siendo leída como cobardía, y aunque el miedo no sea delito y atentar contra la seguridad vial sí lo sea, todavía los machotes siguen prefiriendo jugar con la vida de los otros (recordad, todo es suyo, incluidas las vidas de los demás), antes que ser tachados de espantadizos. Resulta curioso pensar que el sudes no reparase en el hecho de que es huir -22 kilómetros de espantada- lo que es de cobardes. Pero la estupidez, como decía Albert Camus, insiste siempre, y lo que es peor, no tiene límites. Por eso, este tipo de comportamientos no serán erradicados de nuestra sociedad hasta que no sean despreciados de manera firme y frontal por todos nosotros. No hará falta decir, a estas alturas, que quienes les ríen las gestas a los imbéciles son los que les ponen, en parte, las pistolas cargadas bajo el pedal del acelerador.

Los Mayas en familia (Bea Gómez González)

El próximo viernes, usted apagará el despertador murmurando entre dientes algo confuso e inofensivo, pero lo suficientemente embarazoso como para no ser reproducido aquí; se aseará, se vestirá, desayunará a toda prisa mientras oye con fastidio el pitido de las señales horarias, se pondrá el abrigo –tenga por cuenta que el 21 de diciembre, aunque se acabe el mundo, hará el suficiente frío como para que no escatime usted en prendas de abrigo y el Apocalipsis no le pille con un gabán de entretiempo- y saldrá por la puerta con la premura de quien lleva el reloj atrasado, además del sueño y las facturas. Sonreirá, eso sí, probablemente no mucho, pero sin duda algo más que el martes, porque los martes son siempre días tristes regidos por un dios insoportable, y celebrará el principio del fin –del fin de semana, claro- tarareando bajito esa canción que de pronto suena en la radio de camino al trabajo.

La jornada irá transcurriendo sin mayores contratiempos y quizá a media mañana, su compañera haga alguna broma a cerca de la caducidad del mundo y la profecía Maya, y usted recuerde de pronto que ése es el día en que todo se acaba, aunque no vuelva a darle importancia al final de los tiempos hasta pasadas las siete, cuando de vuelta a casa escuche en alguna de esas tertulias radiofónicas, hacer chanza al respecto a algún tertuliano condescendiente y capcioso, encantado de haberse conocido. Después hola qué tal, si le espera alguien en casa; y la cena y la tele o si hay suerte el amor y entre las sábanas, a salvo ya de pronósticos apocalípticos, pulsará el interruptor de la luz de la mesilla y todo será oscuro.

¿Que mañana se hará la luz? Pues muy probablemente; pero mientras tanto, los Mayas y el recuerdo del amor –si ha habido fortuna- en la noche sombría. Al menos hasta que la luz se haga y alguien venga a refundar el mundo.

Y es que los Mayas no eran tontos. Quiero decir que, últimamente, se está hablando mucho a cerca de las siete profecías Mayas, sobre todo de ésa que parece señalar que el próximo viernes, el veintiuno de diciembre del año 2012, el mundo se acabará, pero la verdad es que los Mayas no decían las cosas por decir. No me interpreten mal, evidentemente no estoy diciendo que el próximo viernes el cielo y la tierra se abran a nuestros pies y de pronto el Armagedón y de pronto el Apocalipsis y de pronto una película de Spielberg pero de verdad, de esas en las que tú eres el protagonista; una peli de verdad, de esas en las que todo, pero todo absolutamente, incluida tú y lo que te circunda, se va a la mierda. Incluso todo aquello que seas capaz de imaginar, o recordar, o qué se yo. De pronto el Big Crunch y el The end de todas las cosas de este mundo, mismo mundo incluido. Pero no. No se hagan ilusiones.

El Gran Colapso no llegará –seguramente- antes de la Navidad, y al día 21 de diciembre del año 2012 le sucederá casi seguro el día 22 del mismo mes y año, fecha en la que muy probablemente vuelva a no tocarle la lotería, tan sólo la devolución de lo jugado en ésa participación que le compró a su jefe por compromiso y que ahora le da vergüenza cobrar, porque son tan sólo seis euros, de los que uno dona a la Cofradía ésa a la que él pertenece y que a usted le resulta más que antipática. No quiero yo robarle las ilusiones del fin de la tierra, ésa es la verdad, pero muy probablemente, al 22 le sucederá el 23, predicción mediante, y a éste el 24, fecha en la que el Armagedón predicho por el pueblo mesoamericano no le librará tampoco –una lástima- de tener que lidiar a un tiempo con su madre y su cuñado, todos juntos a la mesa y bien revueltos, mientras trincha el pavo y piensa que ojalá los Mayas y Spielberg y la noche. Mientras mastica un polvorón pastoso y musita para sí que ojalá el amor entre las sábanas.

Asúmalo. Las predicciones Mayas no van a llegar a tiempo. Habrá retrasos y cancelaciones, como en las compañías aéreas y los viajes transoceánicos, y no vendrá nadie a devolvernos el pasaje, las esperanzas puestas en el fin de los días. Si la curiosidad nos mueve y tenemos cuenta en twitter, preguntaremos a la NASA, como otras 5000 personas que en las últimas semanas les han consultado sobre el asunto, el de las predicciones Mayas sobre el fin del mundo, y la NASA nos responderá con un brevísimo mensaje tipo, asegurando que se trata de una mala interpretación de su calendario, y que los Mayas hablaban más bien de un cambio de ciclo.

La respuesta tal vez nos calme un poco, pero los días se sucederán tercos sin que nada ocurra, más allá de las luces ostentosas que preñan la ciudad de espejismos nocturnos, que seguirán encendidas después del día 21. La predicción maya no remediará tampoco el talante rancio, posguerril y beato de este ayuntamiento nuestro, que desarrolla un programa para estas fechas bajo el título “El espíritu de la Navidad en familia” (en realidad dirigido, básicamente a la infancia) y que depende –agárrense- de la Concejalía de la Mujer, porque como todo el mundo sabe, la mujer ha de estar vinculada a la familia de manera indisoluble, ya que su meta en la vida es ser una adorable esposa y madre, además de santa y virgen y celosa de su casa y de los suyos. Y es justo por eso que necesitamos una Concejalía de la mujer, claro, no para empoderarla, no para librarla de la losa social  familia-matrimonio-hijos-hogar-ninguneo-asesinato-cositasdeellas, no. Necesitamos una Concejalía de la Mujer para seguir reforzando con dinero público, esos roles sexistas, conservadores y mentecatos, mientras lo disfrazamos todo de “bonito” y “adorable” con casitas de luz y color. Bueno, para eso, y para echar de menos a los Mayas. Eso también.

Mi pie izquierdo (Bea Gómez González)

Las prisas no son buenas consejeras. O al menos eso es lo que dice nuestro refranero. Claro que, igual, tampoco es que a nuestro refranero haya que hacerle mucho caso, sobre todo porque ni él mismo se aclara. Ah, ¿Qué no me cree? Bien. Está en su derecho. Pero hágame un favor: mientras usted descree de mis palabras, trate de explicarle a una oriunda de, pongamos por caso, Kioto,  cómo es eso de que a quien madruga Dios le ayuda, si resulta que no por mucho madrugar amanece más temprano. Inténtelo y cuando vea que esa persona –o cualquier otra desconocedora de los ritmos sincopados que se gasta nuestro vastísimo, y riquísimo refranero popular-, se aleja cada vez más y más de la posibilidad de comprender o combinar tales opuestos, volverá y me dirá que sí, que es verdad, que tenía yo razón, y aceptará sin temor a equivocarse que la riqueza de nuestro refranero español llega hasta el punto de contradecirse a sí mismo, construyendo una gran paradoja idiosincrática en la que, precisamente, estamos inmersos y de la que, precisamente, formamos parte.

Y resulta que el otro día –un día de hace más de 15, para ser exactos- iba yo caminando por este Monte nuestro, lanzándole la pelota a mi perro como si yo fuese el centrocampista estrella de un equipo de fútbol que no fuera a morir y que, pongamos por caso, se hiciera llamar C.F. Palencia. Andaba yo en ésas, y mi perro, el día que os relato cuando, de pronto, algo hizo crac en mi pie izquierdo. Mi pie izquierdo es una película estupenda, lo sé, pero también es mi pie izquierdo de verdad, y duele. Del mismo modo, Cómo hacer crac es una canción estupenda de Nacho Vegas para Fundación Robo, pero también soy yo haciendo crac, y duele. ¿Ven lo que les decía? Otra vez a vueltas con las vueltas del lenguaje. Con los síes noes y los noes síes que se encierran dentro de cada palabra, agazadados, esperando el momento perfecto para salir ahí y hacerse metáfora a costa de tu desconcierto.

Mi perro no se asustó y yo tampoco. Un crujido ausente de dolor, de consecuencias, de conatos de cualquier clase de fastidio no es, digamos, estrictamente un crujido, así que la pelota botó unas cuantas veces más y volvimos a casa. A las dos horas, mi pie izquierdo ya no era mi pie izquierdo, ni si quiera el título de una gran peli, sino un amasijo de carne inflamada del tamaño y la forma de una sandía. Y no, no era un esguince. Y no, no se había roto nada; pero el pie que una vez fue una película, el pie que una vez fuera mi pie, ahora no era más que un gran habón de carne desdibujado del que sobresalían cinco uñas recortadas a lo lejos. La realidad se transformaba, otra vez y, otra vez, las palabras corrían con los gastos.

Mi cojera y el dolor agudo e irradiado del empeine de eso que un día fuera mi pie, no parecía tener intenciones de remitir, como si el sintagma “mi pie izquierdo” hubiera decidido instalarse de modo indefinido en ese significado, en el de “amasijo de chicha informe que duele que lo flipas”.

Tendinitis de los flexores. Y que no me preocupe. Eso ha dicho mi fisio. Claro que, mientras lo decía, clavaba en mi pie y a lo largo de mi tibia, agujas de punción seca de seis centímetros de largo y mi dolor y yo veíamos a Dios, madrugar y no, ayudar y no, existir y no. Porque, les diré una cosa, ahora que no nos oye nadie: los fisioterapeutas, igual que los médicos, son un poco como nuestros refranes, y hay que andarse siempre atento al gazapo de la paradoja que se esconde bajo sus asépticos pijamas de pico azules y verdes y esos zuecos suyos de colores.

Vuelvo a casa. No puedo conducir. Pisar el embrague hace que vea las estrellas en todos los sentidos posibles, el de estrellarme incluido. Tampoco puedo correr, obvio, y no puedo casi andar. Mi fisio me dice que reposo absoluto, y después que ella va a salir a correr. Evidentemente, ella no ha unido las frases, pero yo sí. Yo, en mi estatismo forzado, en mi inmovilismo absoluto, en mi estate ahí y no te menees, he desarrollado una especie de olfato para la paradoja, un instinto estático que hace que una, en mi mente, cosas como correr y estarse quieta; como madrugar y no ser, en absoluto, ayudado por Dios.

En casa, en este asueto forzado, me siento un poco como un hikikomori. Ya saben, esos jóvenes japoneses que deciden no salir de casa y aislarse por tiempo indefinido en sus hogares, atrincherados en sus habitaciones, viendo pasar el mundo por sus pantallas de ordenador, sus revistas y sus comics. Por eso es, quizá, que me siento un poco como ellos. Aquí, en esta trinchera de inflamación pedestre que irradia dolor desde los puntos gatillo –eso fue lo que dijo Alba, mi fisio, puntos gatillo miofasciales, dijo- y yo pensé otra vez en John Wayne disparando al aire sobre su caballo, o en Lucky Luke haciendo bailar, puntos gatillo, en las puertas del Saloon a los hermanos Dalton.

Por eso, ahora que el mundo pasa lento entre las cuatro paredes de mi convalecencia, pienso en refranes y sus opuestos. Pienso en las paradojas, en los significados y en los madrugones inútiles de Dios, y me siento como esa joven japonesa de Kioto, incapaz de entender esta idiosincrasia nuestra, mientras deseo con todas mis fuerzas volver a poder centrar balones como lo haría un central del Club de Fútbol Palencia, y pienso también en el Club de Fútbol Palencia, y en el socio 23 que era mi padre, y en la desaparición de ambos y ya, finalmente, hago mis ejercicios pedestres, estirar, flexionar, estirar flexionar, al tiempo que tarareo eso de Santi Balmes. Que a quien madruga, Dios no existe.

ANIMALES POLÍTICOS (Bea Gómez González)

Permitidme que sonría. Permitidme que esboce una sonrisa, que dibuje en mi cara una media luna, como esas que trazan los ilustradores en los rostros de los personajes que el resto de los mortales no podríamos perfilar en años; permitidme que, incluso, deje resonar una ancha y sonora carcajada que haga estruendo en los oídos de los justos pero, sobre todo, que deje señales inequívocas de vida en los tímpanos de los sordos. Permitidme reír, sonreír, porque cada vez que escucho o leo las declaraciones de un político, consejero, asesor o afiliado hooligan de algún partido, atacar a los ciudadanos aludiendo “razones políticas”, me entran ganas de reír. Bueno, lo cierto es que, más que de reír, me cogen unos deseos irrefrenables de poner a funcionar mi hipotálamo y sacar lo peor de mi peor yo; pero como la mayor parte del tiempo tengo un carácter manso y doméstico que sólo sabe morder por escrito, la furia se va transformando en mueca a golpe de adjetivo, la mueca en decepción y, al cabo de un par de subordinadas y dos o tres metáforas vistosas, la decepción se convierte en sonrisa, que es por donde me llegaba yo cuando os pedía permiso para sonreír.

Dice el diccionario de la Real Academia Española, en su segunda acepción, que una huelga es una interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores, con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta. Por eso me río mucho cuando un representante del gobierno afirma que no es momento para hacer huelga, sino para mostrarnos “unidos” y “remar en la misma dirección.” –cómo les gustan las metáforas marítimas a los grandes mandatarios, se nota que frecuentan los yates más que el transporte público-. A ver, señores, las huelgas se hacen, como su propio significado indica, cuando los derechos y las condiciones laborales de los trabajadores se ven tan mermadas, tan lesionadas y tan denostadas, que el único modo de llamar la atención sobre tales desmanes es, precisamente, la huelga. Por otro lado, insultar a los ciudadanos reivindicarse, ya sea en forma de huelga o de protesta pacífica es, tal y como yo lo veo, motivo de dimisión. No se puede consentir que un gobierno insulte a los ciudadanos que representa y por los que tiene que velar. No puede ser que nos llamen irresponsables, vagos, mononeuronales y terroristas y otra serie de apelativos a los que el grueso del imaginario social dibuja siempre tridente y cuernos, y nos quedemos tan anchos. Dice el ministro Wert, ése que quiere españolizarnos a todos a golpe de hacer ciudadanos de primera y de segunda  -les recomiendo la lectura de su proyecto de (contra)reforma educativa, no tiene desperdicio-, que la huelga de padres es una huelga política. Facepalm!, que dicen los ingleses (lo que vendría a ser ‘palma de la mano en la cara’, en gesto de exasperación), ¿es que acaso no es política la decisión de echar a la calle a miles de profesores?, ¿es que no es política la segregación educativa, la eliminación de apoyos y programas de diversificación, consiguiendo así que sólo salgan adelante los superdotados y los que más dinero tienen? ¿es que gobernar un país no es hacer política?.

Es muy curioso ver cómo los propios políticos reniegan de su condición de políticos, como si tuviesen una especie de bipolaridad espiritual que deja escapar a la bestia cuando tiene baja la guardia. La clase política está tan denostada, que los propios políticos, en vez de trabajar por mejorar la vida de los ciudadanos –y con ello su imagen- intentan un triple salto, un más difícil todavía, que es hacernos creer que ellos no son políticos, que no son como los demás, que son una especie de ungidos, de iluminados, y que una palabra suya bastará para sanarnos, ya saben, lo de siempre. Pero resulta que lo de siempre funciona, lo verdaderamente triste, es que lo de siempre, el más difícil todavía, el “yo soy diferente”, sigue funcionando como si nada, como si fuéramos unos ignorantes.

Huelga política, dice el ministro. Como diciendo, política, buah, qué asco. Fíjense que personas organizan esto, si serán vagos e irresponsables, que tienen fines políticos. Por eso me río. Porque no me digan que no es para reírse. Imaginen a un gato diciéndole a los ratones que sus protestas esconden motivos felinos. Para troncharse.

Política es todo aquello relativo a la polis, esto es, a la ciudad, a la comunidad, por lo que argumentar “motivos políticos” es tanto como no decir nada.  Todo es política, queridos descastados. Absolutamente todo. Otra cosa es que a los malos políticos -que para nuestra desgracia, sois los más numerosos-, os interese que el ciudadano siga viendo la política como una cosa muy complicada y muy mala, pues cuanto más se desentienda éste de lo que a éste le incumbe, más tarta pública tendréis por repartir. Lo saben las hienas, vosotros también.

Motivos políticos, dice el ministro. No, motivos futbolísticos, si prefiere, motivos de oé oé oé. Él lo preferiría, claro, que mientras se chillan onomatopeyas no se articulan pensamientos ni razones, ni se concluye que todo es política, incluso pretender convertirnos en seres apolíticos. En nuestro país se hace verdaderos esfuerzos por mantener viva la educación pública -que ustedes están matando- y por mantener viva la cultura -que ustedes están convirtiendo en una cosa carísima que huele demasiado a naftalina-. Pues bien, cada uno de esos esfuerzos, es político. En nuestra ciudad, espacios autogestionados de artes escénicas y multidisciplinares convulsan por ofrecer al público bocados de cultura de calidad, como lo hace, casi cada fin de semana, La Sala Encoarte, con una programación que va desde el teatro alternativo hasta la música, pasando por la iniciación en las artes al público infantil en sus ‘Domingos para la infancia’, que hoy mismo disfrutaré en una de sus dos sesiones, matinal o de tarde, mientras me consuelo sabiendo que, todavía, pese a los políticos, algunos seres humanos siguen siendo, todavía, animales políticos.

SE MUERE (Bea Gómez González)

La educación pública se muere. Así de claro. Y lo hace agonizando, porque le están dando una muerte dolorosa y lenta. Una muerte agónica y atormentada de la que difícilmente podrá salir viva. Porque la están matando, esa es la verdad, le están dando matarile y lo están haciendo, además, con toda impunidad y delante de nuestras narices.

Desde los años ochenta hasta aquí, la educación ha pasado por diferentes leyes, más o menos acertadas, por diferentes líneas de realización e incluso por distintos consensos (por desgracia los menos) y disensos, pero siempre ha ido evolucionando, siguiendo el camino y el pulso de la sociedad, que cambia porque está viva, porque la construimos nosotras, las personas. Evidentemente, esa sociedad de hace treinta años no es la misma –ni se parece- a la que tenemos ahora. La familia nuclear tradicional, marcada por fuertes e inamovibles roles de género y de poder, basada en la figura del padre de familia, ha dado paso a la visibilización de familias diversas y múltiples. Familias monoparentales, familias homoparentales, familias con hijos de anteriores uniones, familias migrantes, familias de acogida, etc. Como ustedes comprenderán, no es que hace treinta años no existiera este crisol o variedad en el tejido social de nuestro país, sino que, siguiendo el fantástico precepto de “lo que no se nombra no existe”, esta realidad diversa estaba total y absolutamente invisibilizada, tanto por la sociedad como por las autoridades y, por supuesto, por los planes educativos. Por eso en aquellos tiempos resultaba tan vergonzante ser hija de padres divorciados o emigrantes, y no digamos ya, vivir con tu madre y la novia de ésta.  Por muy estable y feliz que fuese la situación real de esa familia en la intimidad, el choque de ese niño o adolescente con la realidad, tan monolítica y acusadora de las diferencias, se hacía muchas veces insoportable, lo que conllevaba, a su vez, a un fracaso escolar manifiesto del que, por supuesto, tampoco esa misma sociedad se hacía cargo.

Pero, por suerte, todo esto fue cambiando, y los gobiernos que se fueron sucediendo en nuestro país, comprendieron la función absolutamente clave que tiene la educación para que la sociedad esté sana. Simplemente eso, salud. Qué hay más importante. Comprendieron que la diversidad no sólo forma parte de la sociedad, sino que además la beneficia y la nutre,  y negarla sólo lleva a un ficticio y fracasado intento de homogeneización que hace mucho daño a los niños, a las adolescentes, a las personas. Pero mucho, mucho daño, créanme. Se comprendió que no todas las personas formamos parte del mismo modelo de familia, ni tenemos las mismas creencias religiosas, ni la misma manera de aprender, ni las mismas habilidades, motivaciones, destrezas, intereses y, por tanto, necesidades. Y se entendió que la educación, desde la guardería hasta la universidad, debía ser, sobre todo, integradora y constructiva, y debía dar respuestas creativas y enriquecedoras a la diversidad y colaborar de manera determinante en la formación de personas sanas física, mental y afectivamente, personas diferentes capaces de respetar y contribuir, desde su diversidad, con el resto de miembros de la comunidad. ¿Qué bien más preciado puede tener una sociedad?  ¿A qué más puede aspirar? Yo, por más que pienso, no se me ocurre mayor bonanza para un país y para una sociedad, que personas sanas y diversas formadas en el respeto, la creatividad y la colaboración, la verdad.

                Creo que fue el escritor inglés John Ruskin –cristiano e inspirador de Gandhi- , quien dijo en una ocasión que educar a alguien no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de esa persona alguien que no existía. En definitiva, educar es crear. Y para crear, -aquí está la paradoja- se necesita una educación de calidad, que pueda atender con éxito las necesidades socioeducativas de esa comunidad, de TODA la comunidad, que es lo que significa educación pública. Tan sencillo como eso.

Podría entrar en el juego estadístico y decir que, por ejemplo, en nuestra comunidad, el número de alumnos ha aumentado este curso alrededor de un 2%, mientras que el profesorado se ha visto reducido en más de un 2,5%; que el aumento del ratio de alumnos por aula (cuando la tendencia en todos estos años venía siendo, precisamente, su reducción) supone que en un aula de 42 alumnos, la atención a la diversidad es imposible, por no hablar de la enseñanza de idiomas y, en general, de cualquier enseñanza mínimamente personalizada; que por no cubrir bajas del profesorado, los alumnos de ESO y Bachillerato pasan semanas enteras –y a veces hasta meses- sin clase de Lengua o de Mate, sin que padres o madres protesten; que a causa de estas medidas impuestas desde el gobierno central a todas las CC.AA., las zonas rurales se verán especialmente castigadas y alrededor de 50.000 profesores de la enseñanza pública española –probablemente los profesores más jóvenes, vocacionales y mejor formados que ha tenido la educación de nuestro país, muchos de ellos con la oposición aprobada varias veces, aunque sin plaza- se van al paro; que por más que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), compuesta por 34 estados, alerte de los gravísimos perjuicios que estas medidas decretadas por nuestro Gobierno tienen para la educación de nuestro país, nada parece importar a quienes las toman. Nuestros gobernantes, esos que se ciscan cada día en el artículo 27 de la Constitución mientras defienden ésta hipócritamente en grandilocuentes discursos populistas y panfletarios. Podría seguir con las estadísticas, pero no voy a hacerlo. Busquen ustedes, si quieren, es más, deberían, pero sobre todo hablen, salgan a la calle y hablen con la gente, con los profesionales de la educación, con el personal administrativo, con los tutores y las tutoras de sus hijos. Formen parte activa en su educación y no dejen que ésta se muera porque, créanme, ya está en las últimas.

Un sentimiento (Bea Gómez González)

Hace unos días, El Norte de Castilla, este mismo diario que ustedes sujetan ahora entre sus manos, y en el que yo me dispongo a escribir estas líneas que ahora leen, se hacía eco, en su edición palentina, de una noticia curiosa, pero también inquietante, en la sección local: la aparición de los restos de un bebé desconocido que, casualmente, habían sido encontrados junto a los del conde Don Tello de Castilla (1337-1370), en el momento de su exhumación. Al parecer, los restos del conde, que reposan desde hace años en el sepulcro del convento de San Francisco, de nuestra ciudad, podrían estar directamente relacionados con los de Cristóbal Colón, conservados en Sevilla.

Obviamente, hasta que no se hagan las pruebas oportunas –que al parecer serán realizadas en Granada-, no podrá tenerse una idea clara sobre de quién era el cuerpo del bebé encontrado, pero no se descarta la posibilidad de que pudiera tratarse de un hijo ilegítimo del conde.

Les cuento todo esto, por lo siguiente. Verán. El conde Tello Alfonso de Castilla, contrajo matrimonio con Juana de Lara –señora de Vizcaya-, que sería asesinada seis años más tarde por el propio hermano de Tello -el rey Pedro I, El Cruel-; asesinato que, por cierto, el propio Tello ocultó para conservar el señorío de Vizcaya e incorporarlo a la Corona de Castilla. Como ven, una familia aristocrática bien avenida del siglo XIV. El caso es que Tello no volvió a contraer matrimonio, y en esos seis años que estuvo casado con Juana de Lara no tuvo con ella descendencia. Ahora bien, que no tuviera descendencia “oficial” con su esposa, no quiere decir que no tuviera hijos ilegítimos, pues, como atestigua el gran cronista de la época, Pero López de Ayala, así como otros, ya contemporáneos, parece ser que el bueno del Conde Tello, fue padre de, al menos, nueve hijos ilegítimos.

El asunto no pasaría de ser una mera anécdota histórica -reflejo del tipo de sociedad y pensamiento que reinaba en la Castilla del siglo XIV-, si no fuera por lo siguiente.

El tal Tello de Castilla, en cuestión, era hijo  del rey Alfonso XI de Castilla –bisnieto de Alfonso X El Sabio-, quien no heredó de su bisabuelo el gusto por las letras, sino que prefirió, más bien, dedicarse a las armas y a luchar contra los reyes “moros” en La Reconquista. Alfonso XI, el padre de Tello, ascendió al trono cuando contaba, exactamente, con un año de edad, y a los 15 años empezó a gobernar –pues era entonces cuando se alcanzaba la mayoría de edad-. Tras un matrimonio no consumado y otro que le dio –porque los hijos a los reyes, les son dados por las mujeres que los engendran- su segunda mujer, tuvo otros diez hijos más con su amante, Leonor de Guzmán, madre del conde Tello Alfonso de Castilla, cuyos restos han sido exhumados, como digo, hace unos días, en nuestra ciudad.

Sé que los hijos extramatrimoniales estaban, en pleno siglo XIV, a la orden del día; también sé que los sistemas de organización social de entonces no difieren tanto como creemos de muchos de los de ahora, pero no me negarán que no deja de resultar curioso que uno de los hijos ilegítimos de un rey que tuvo diez hijos ilegítimos tuviera, a su vez, nueve hijos ilegítimos, y que al momento de exhumar su cuerpo, se hallen junto a él los restos de u bebé no identificado.

Sí, han acertado. Me gusta cerrar las historias, y ésta se me antoja cíclica como la Historia misma. Terrorífica como la Historia. Ésa que estamos condenados a repetir. Porque no me digan que no sería aterradoramente bello, absolutamente sublime y sobrecogedoramente siniestro, que el pequeño cuerpo hallado en el sepulcro de la capilla de San Francisco del centro de nuestra ciudad, se correspondiera, en realidad, con los restos del pequeño hijo ilegítimo del conde Tello de Castilla que, condenado a repetir la historia de su padre, y dejarnos un legado de una simetría que asusta, haya ido a dar con los huesos –metáfora facilona, lo sé, pero eficiente- a este enigmático sepulcro.

No me digan que la Historia no tiene sus historias que la convierten en mayúscula, y también en centinela fiel del peligro que corremos desconociéndola. Por eso no hay nunca que perder de vista el reflejo que ella nos devuelve de quienes fuimos, pues corremos el riesgo de convertirnos, de nuevo, en aquellos deplorables nosotros, ese pasado terrible, en ese pretérito desoladoramente imperfecto que un día fuimos.

El sarcófago fue descubierto en nuestra ciudad, en el año 1978, año que no es, ni mucho menos azaroso, para la historia de España, pues en él se aprobó, precisamente, la Constitución por la que aún hoy en día nos regimos. Como si la historia de la Historia hubiese querido poner punto y final a los escondites de la Historia, y el mismo año que se descubre parte del pasado de Castilla, se descubre y presenta, también su futuro.

En la base de la tapa del sarcófago en el que reposaban los cuerpos del bebé desconocido y del conde Tello Alfonso de Castilla puede leerse la siguiente inscripción:

 (a)qui ya(ce)…/vizcaya…/…/…(d)on alfonso de castillae fijo trs dias otubre…

 

Es evidente que la Historia nos deja, a modo de señuelos, pequeñas historias con las que entretejer sus, a veces, intrincadas trayectorias. No sé lo que dirán, finalmente, esas pruebas de ADN, a cerca del asunto. El tiempo, o lo que es lo mismo, la Historia, lo dirá. Pero quiero pensar que sería bonito que la mayúscula y la minúscula se fundieran. Al fin y al cabo, como decía el filósofo Hume, la diferencia entre lo que creemos real y lo que sabemos ficción, es sólo un sentimiento.

El Norte de Castilla

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