USTED Y YO -Bea Gómez González-

El modo en que se dicen las cosas es tan importante –o quizá más- como su contenido, pero la realidad es terca como una orden de desahucio, siniestra como una orden de desahucio, muchas veces, y me obliga a recordármelo constantemente. Que no es tanto el qué como el cómo. Se trata de respetar el significado de las palabras de un modo casi escrupuloso, dejando que digan éstas lo que realmente quieren decir, y no forzándolas a que digan otras cosas. Y en eso, según parece, son especialistas los voceros de las políticas neoliberales. Así, el verbo privatizar se convierte en “liberalizar”, regalar dinero público a los bancos pasa a llamarse “rescate” y al abaratamiento del despido se le conoce como “flexibilización”. Así podríamos seguir, llegando incluso a crear un diccionario castellano-neocon, neocon-castellano. Neocon, (acortamiento de “neoconservadurismo”) es el término coloquial con el que se conoce a este tipo de aciagas estrategias políticas que, en campaña, dicen llamar al pan, pan y al vino, vino, pero una vez que han ganado las elecciones se ciscan en el pan, en el vino y en esa misma ciudadanía que les entregó su confianza y empiezan a confundir, más que a propósito, el culo con las témporas. Y todo eso sin despeinarse, oiga.

Huxley, hombre de un profundo saber enciclopédico y autor de Un mundo feliz, decía que cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje. Efectivamente, los planes de quienes nos gobiernan están resultando tan siniestros como nos indica el ampuloso lenguaje con el que nos los “cuentan” (léase, con el que tratan de ocultárnoslos).

Pero lo peor no es eso, qué va. Lo peor, lo más terrorífico, lo que verdaderamente apabulla, petrifica, turba y acojona es la pasibilidad y profunda pereza con la que la ciudadanía se deja expoliar; ese callado silencio que resuena por las calles, ese veneno invisible que nos deja dormitando, ese abúlico narcótico que nos ha convertido en nadies. Por eso ya no me creo los discursos manidos que circulan por la calle. Los “todos son iguales”, “la culpa la tienen los políticos” o “habrá que aguantarse”. No me lo trago. La culpa no la tienen los políticos,  sino nosotros, por decir lo que quieren que digamos y tragarnos toda la porquería que nos van inoculando poco a poco. La responsabilidad es nuestra, por no pedirle cuentas a quienes nos representan. La culpa es nuestra, no de los políticos. Porque asistimos impávidos al saqueo de lo público empezando por sus tres pilares básicos -sanidad, educación y servicios sociales-, mientras vemos cómo clínicas y centros privados (de cuyas directivas forman parte nuestros representantes) se frotan las manos. Es nuestra, la culpa digo, la infamia, la profunda irresponsabilidad, es nuestra, porque estamos incurriendo en una dejadez absoluta de funciones las funciones que tenemos como ciudadanos. Es nuestra. Tuya y mía. Nuestra, al fin y al cabo. Por ser pacatos, ignorantes y serviles. Por anteponer los intereses del partido al que hemos confiado nuestro voto a nuestros propios intereses y a los de nuestros padres, hijas, hermanos y amigas. Somos idiotas, porque no sólo toleramos la infamia sino que llegamos hasta el punto de justificarla. Imbéciles, por entregarle al olvido nuestro pensamiento crítico, nuestra inteligencia creadora y nuestra humanidad. Absolutamente ignorantes, por creernos que es una crisis lo que está resultando un negocio para quienes tienen el poder, que son, precisamente, quienes nos legislan, que son, precisamente, propietarios de los medios que nos (des)informan, que son precisamente, tiene cojones, quienes han de mirar por nosotros.

El panorama es dantesco, pero es el nuestro, y echar balones fuera sólo sirve para poner de manifiesto precisamente eso, que llevamos ya mucho tiempo echando balones fuera.      Políticos corruptos que han sido reelegidos y, por tanto, legitimados como gestores;  obras de ingeniería multimillonarias, concebidas para enriquecer a quienes las proyectan y hacer propaganda política megalomaníaca propia de tiempos imperiales, a costa de endeudar a la ciudadanía; retroceso de más de treinta años en derechos sociales, civiles y políticos; pérdida incuestionable de derechos de los trabajadores, que se han convertido en poco menos que esclavos al servicio de sus patronos-dueños; casas reales de atrezzo implicadas en casos de corrupción y cuya partida anual asciende a la misma cantidad que se le ha restado a la sanidad y a la educación públicas; cortinas de humo con amantes reales y otros elefantes; obispos violentos que quedan impunes por su incitación al odio y su criminalización a una parte de la ciudadanía por su orientación sexual desde la televisión pública, mientras justifican la pederastia y la violación dentro del matrimonio; invisibilización de los trabajos y cuidados domésticos, a través de la retirada de ayudas públicas; nuevos escollos para conciliar la vida laboral con la familiar, que retrotrae a las mujeres a tiempos en los que sus labores se reducían a engendran como incubadoras y cuidar de la prole; criminalización de las personas paradas, migrantes, desahuciadas, enfermas; en definitiva, pobres. Fomento de la caridad –concebida para hacer alarde del poder y la supremacía que unos ejercen sobre otros- en detrimento de la solidaridad –que parte de la igualdad y se basa en la cooperación y la reciprocidad-.

Este país, lo hemos construido nosotros. Éste en el que a un banquero que ha hecho mal su trabajo se le da una cantidad de dinero equivalente al presupuesto de la NASA, mientras más del 20% de sus paisanos está bajo el umbral de la pobreza. Esto, lo hemos consentido nosotros. Y no, la culpa no la tienen los políticos, ni los mercados, ni la deuda, ni las siete plagas de Dios. No nos hagamos los analfabetos, por favor, y dejemos de mirar para otro lado como si no fuese a nuestro vecino al que han desahuciado, como si no fuese nuestra hija la que no puede decidir, como si no fuese nuestro amigo al que contratan en precario, como si no fuese nuestro compañero al que le niegan el tratamiento médico del que depende su vida. Se nos puede llenar la boca diciendo estupideces sobre la patria, pero la patria, como decía Machado, “está por hacer”. Ayer el 12M-15M nos recordó que somos imprescindibles para cambiar el rumbo. “Comenzamos a despertar y a mirar en torno nuestro. Acaso el golpe recibido nos pondrá en contacto con nuestra conciencia”. Ojalá Machado tenga razón. Ojalá.

LAS PALABRAS Y LAS COSAS (B. Gómez González)

Me gusta inventar palabras, porque las palabras quieren decir cosas y las cosas, como ocurre con casi todo, casi siempre, no dejan de inventarse, incluso de reinventarse, constantemente. Esto que estoy diciendo no es nada nuevo, como tampoco lo es el hecho de que, a lo largo de la historia, las palabras han ido nombrando los objetos, vivencias o cuestiones que, realidad obliga, los hablantes, o sea, las personas, iban necesitando a cada paso, un poco en consonancia con la historia pequeña, con la que no sale en los manuales de Historia con mayúscula, ni es escrita por los ganadores ni por nadie, vaya. Esa historia pequeña y frugal como una cena de verano, casi mínima y, sobretodo silenciosa, pero que va construyendo, en verdad, todo lo demás, toda esa otra historia copiosa y opulenta, la de las batallas y los nombres con mayúscula. Ese tentempié tímido e histórico que el contradictorio y también inventor de palabras Miguel de Unamuno, llamó con tanto acierto, “intrahistoria”. Intrahistoria. Es una bonita palabra que el inventor de las “nivolas”, que son como novelas pero “a su manera”, que diría Sinatra, inventó a su vez a partir de otra palabra y un prefijo ya existentes. Y así fue como nació, no la intrahistoria (pues esta realidad no nombrada ya existía mucho antes que Unamuno), sino una palabra para nombrarla.

Unamuno era un tipo muy respetable, desde luego –recordemos que fue catedrático en la Universidad de Salamanca-, pero aún así tuvo que pasar un tiempo hasta que las orejas del mundo tomaran en serio su “invención”: intrahistoria. Tuvo que pasar un tiempo, tuvieron que pasar y pasaron, vaya si pasaron, muchas cosas; suficientes cosas como para que historiadores, antropólogos y demás estudiosos de lo vivo (lo vivo, sí, que somos biología, pero también cultura) empezaran a tener en cuenta aquel término algo “rarito” que hacía décadas había propuesto el bueno de don Miguel, y hacer de la intrahistoria la base a partir de la cual, y cada vez más, se construyen los estudios más avezados y, según parece también más rigurosos de las últimas líneas de investigación por las que va encaminándose la Historia.

Y así, va pasando el tiempo. Unamuno también inventó otras palabras, claro, palabras que construían cosas, que cambiaban realidades. Por ejemplo, para plasmar de un modo más que gráfico la herida de vivir que su tiempo abrió en quienes, como él, vivieron en su tiempo, determinó que sus personajes, más que protagonistas eran, en realidad, “agonistas”, creando así una nueva palabra –otra vez-, a partir de la fusión de la agonía con el sufijo que en nuestra lengua utilizamos para nombrar profesiones, convirtiendo así a sus personajes en profesionales de la agonía, lo que viene a describir de un modo mucho más preciso –y también mucho más bello y genial-, la pasta de la que estaban hechos sus personajes prot-agonistas.

Inventar palabras es fantástico. Yo lo recomiendo siempre. Porque además de ser provechoso, las más de las veces, y muy muy divertido, sirve también para adaptar la realidad a la nueva realidad. ¿Por qué? Pues porque ésta va cambiando con el paso de los años pero su traje, su nombre, su pronombre, su identidad, se va quedando atrás, su ropa se va quedando vieja, pasada de moda, obsoleta y se genera una especie de distorsión entre la realidad y sus nombres, lo cual genera una sensación muy extraña, la verdad, que a mí se me figura como un viejo miembro de la baja hidalguía, con su jubón roído y las calzas remendadas, tuiteando en lengua romance desde su smartphone. La imagen tiene su cosa. No me digan que no. A mí me provoca como rabia, como ganas de despedir al script (ahora que sale gratis despedir a todo el mundo) que es, en el cine, quien se encarga de que, por ejemplo, no salga una romana con un reloj waterproof o que no se vea la grúa al fondo en la escena de la carrera de cuadrigas.

Pues eso me pasa cuando no se inventan las palabras. Cuando las palabras y sus estructuras siguen vistiendo ropas que no se adecúan a la nueva realidad, la gramática nos aprieta, o nos tira de la sisa, o nos agobia, no como la deuda a los clubs de fútbol de primera, no, un agobio de verdad, de los que se pagan toda la vida, de los que pesan en la cotidianeidad de la intrahistoria y acaban por convertirte, en cuanto te descuidas, en agonista de una nivola idiota, disfuncional e inconexa, que no hace justicia a tu realidad ni a la del mundo en que habitas, pero que aún así se empeña en nombrarlo con nombres que lo des-nombran, lo desmiembran y lo mandan al cementerio de las cosas nombradas, que es el sitio en el que descansa la terminología despreciada por su urgencia, su vigencia o su audacia.

Por eso rara vez están de moda las palabras. Tenemos miedo de cambiarlas por otras, de adaptarlas, de olvidar que son lo que son, para lo que son, reflejos de una realidad cambiante, nietas de bocas anónimas, de intrabocas, hijas de vidas mudables, pero también muestra de lo que somos y proyección de lo que tenemos. Las personas somos a veces un poco raras y no sabemos que casi siempre es bueno parecerse a una misma. Sintonizar los nombres con las cosas, los espejos de nuestras casas con las muecas que nos pertenecen. Y si para ello hay que hacer un esfuerzo y abrir un grado una vocal, añadir un prefijo, fusionar dos lexemas o repensar los nombres para elegir los precisos, adelante. Lo que está en juego es el reflejo, nuestro reflejo, el rostro que nos devuelve el espejo de un yo colectivo, fruto de una sociedad que no acaba de emanciparse de la tutela de quien la nombra, que es también, el latín lo sabe, quien la nomina. Y ya sabemos por los reallities, qué es lo que viene después.

Por eso me gusta que se hable de las palabras, aunque no me guste, muchas veces, lo que se dice con ellas ni de ellas. A veces, quien las t-RAE protección remendando su jubón, resulta ser quien menos hace por remendar la imagen distorsionada que “proyectagonizan” de nosotras.

VIOLENCIA MACHISTA: DESMONTANDO EL GÉNERO (B. Gómez González)

Este viernes pasado se celebró –si es que tal verbo puede utilizarse para referirse a estas cuestiones- el Día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer, fijado en esa fecha porque el 25 de noviembre de 1960, murieron las tres hermanas Mirabal -activistas políticas dominicanas, asesinadas por orden del dictador Trujillo-. Ésa es la efeméride, pero en realidad, lo triste del asunto es que tengamos que seguir celebrando días internacionales de cosas que, internacionalmente, deberían estar ya extintas. Por eso, y apelando a su comprensión, las marcas gramaticales de género de este artículo serán sustituidas por una x, símbolo de la violencia del género y de la cruz  que, en su nombre, cargaron y cargan, todavía, las mujeres. Sólo aparecerá la marca del femenino en los casos en los que sea necesaria para la comprensión del artículo. La marca de género masculino quedará invisibilizada, invisibilizando así también, por una vez, porque la efeméride bien lo merece, el símbolo del patriarcado.

Todxs sabemos los datos. Los conocemos. Los  oímos en la radio, los vemos en la tele, en la prensa. Las noticias de los feminicidios están por todas partes, pero lo cierto es que tampoco parece importarnos demasiado. Ni a lxs ciudadanxs, ni a lxs políticxs ni a las instituciones. Hacemos como que sí, claro, porque se nos supone cívicxs y empáticxs y eso, pero la verdad es que nos da igual. Todos los crímenes son horribles pero parece que aquellos en los que las víctimas son mujeres, un poco menos. La banda terrorista ETA ha matado a 829 víctimas en 43 años; una media de 19 personas por año. Por su parte, el terrorismo machista lleva ya a sus espaldas, sólo en los últimos seis años, 488 mujeres muertas, lo que hace una media de 81 mujeres por año. Pero todxs seguimos sin querer ver esa realidad siniestra en la que vivimos: las mujeres no existen. Y claro, si las mujeres no existen, las mujeres muertas tampoco. Ni las asesinadas, las torturadas, las vejadas, las mutiladas, las violadas, las vilipendiadas, las menospreciadas, las denostadas, las desautorizadas, las azotadas, las apedreadas, las infravaloradas, las castigadas, las inculpadas, las insultadas, las coaccionadas, las objetualizadas, las expropiadas, las vulneradas, las forzadas, las humilladas, las despreciadas, las relegadas, las rebajadas, las vendidas, las ensombrecidas, las apresadas, las traficadas, las ultrajadas, las monetizadas, las vulneradas, las arrojadas, las relegadas, las violentadas, las saboteadas, las burladas, las desprestigiadas, las culpadas, las obligadas, las constreñidas, las exigidas, las bloqueadas, las saboteadas, las escupidas, las perseguidas, las atrapadas, las silenciadas, las anuladas. Las mujeres, ninguna. No existe ninguna.

Lo que quizá sí existe es la responsabilidad –y grande- de que todxs asumamos nuestra parte pero en serio. Tengo amigxs que todavía niegan la mayor en asuntos de violencia machista. Muchxs. Tengo amigxs que, todavía, a la noticia de otra mujer muerta a manos de su marido, se ponen a la defensiva con ruindades del tipo “también hay mujeres que maltratan a los hombres”, como si, en parte, se sintieran responsables de esas muertes y tuvieran que alegar cualquier vileza barata en su defensa. Son mis amigxs, pero cuando lo dicen dejan de serlo. Cuando lo dicen, no son mis amigxs en absoluto porque, aunque ellxs no lo sepan –o eso quiero pensar- su discurso demagógico y ruin invisibiliza a la víctima, justifica al agresor y, por lo tanto, legitima su violencia. Y es que, por muy avanzadxs que nos creamos, el crimen lingüístico que hace unas décadas se cometía, llamando “crimen pasional” a lo que no eran más que brutales muestras de violencia del macho sobre una de sus pertenencias -“su” mujer-, sobrevuela aún hoy con la perseverancia siniestra de un ave de rapiña que sabe que, en el fondo, la legitimación de su violencia viene en forma de “poder” y está arraigada en nuestra sociedad de manera brutal.

Una sociedad como la nuestra, basada en un patriarcado hegemónico y falocrático longevo y fecundo, no va a permitir, así como así, erradicar este mal de sus dominios. Quien tiene en su poder el poder no va a cedérselo por las buenas a quien lleva durante siglos subyugado a él. Y no, no es una guerra entre hombres y mujeres, sino una guerra entre las columnas legitimadas y opresoras que sustentan el patriarcado y las fuerzas insurgentes y oprimidas que pretenden destruirlo, y en cuyas filas hay hombres, mujeres y todo lo contrario. Ya está bien de alimentar a la bestia con simplezas del tipo “yo no soy ni machista ni feminista”, por favor. El feminismo es un movimiento político, social y cultural muy serio, valiente y riguroso, que tiene como objeto la destrucción de las desigualdades de todo tipo, en base a las diferencias binarias de género. Es decir, no se puede no ser machista ni feminista, a un tiempo, porque el primero promueve la supremacía del género masculino sobre el femenino, y el segundo promueve la eliminación de esa supremacía justificada en nombre del género.

Y es que no parece interesarnos acabar con esta lacra, con este terrorismo silenciado que hace que una de cada cuatro mujeres en el mundo haya sido víctima de una violación y que nueve de cada diez haya sido objeto de algún tipo de abuso o vejación verbal o física por parte de algún hombre. No puede ser que el 80% de lxs jóvenes considere que en una relación heterosexual ella debe complacerlo a él, ni que más de la mitad vea en los celos una prueba de amor, como si unxs hubiesen nacido para someter a lxs otrxs y lxs otrxs para encajar –e incluso justificar- ese sometimiento. La sociedad está enferma y las políticas de igualdad son un poco como los corticoides. Unx no quiere tomarlos, pero en el fondo hay que pasar primero por ellos para encontrar remedios mejores que erradiquen esta plaga. Yo, como dice Beatriz Preciado, no creo en la violencia de género, creo que el género mismo es la violencia, que las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia. Una violencia macabra y siniestra –sobre todo por lo que tiene de invisible, de no nombrada- que sólo podrá ser erradica, el día en que las categorías binarias de género hombre-mujer se desdibujen definitivamente, no en iguales, sino en lo mismo: personas, es muy fácil.

 

DEL MITO AL LOGOS (Bea Gómez González)

Lo hemos oído muchas veces, estamos cansados de verlo, de saberlo, de repetirlo, incluso, pero ahora podemos estar seguros, tener la certeza de que es verdad, de que ya no hay duda, de que en efecto es un hecho que la fe mueve montañas.

Lo digo porque todos sabemos que estos días, Madrid es el centro neurálgico de lo que coloquialmente se ha venido llamando JMJ o, lo que es lo mismo, Jornadas Mundiales de la Juventud, lo que va a propiciar un gran ir y venir de gente y, claro está, de montañas, si me permiten seguir con la metáfora.

El caso es que, a este respecto, he podido leer bastante estos días, opiniones de diversos tipos y de diverso calado. Unas muy sesudas, otras muy banales, inclusivas, excluyentes, zafias, elegantes, friquis, geniales y horteras y de todas ellas, os lo puedo asegurar, extraía una conclusión que se repetía como un mantra (y perdón por la comparación): la fe mueve montañas. Y es que es así, la fe remueve los cimientos de las montañas  de la gente, las que cada uno nos hemos ido construyendo, teniendo un poder asombroso que, a mi parecer, tiene más que ver con las tripas que con el espíritu (si es que alguien sabe lo que es eso). Dicen los antropólogos (bueno, no lo dicen todos, sólo algunos, pero los suficientes como para reseñarlo aquí) que las manifestaciones espirituales son rasgo de humanidad (en el sentido más biológico del término) y van ligadas a un razonamiento más abstracto que el de, por ejemplo, nuestros primos los primates. Pero yo no las tengo todas conmigo.

Muchas cosas de las que estudié en el cole y después, en el instituto, por suerte o por desgracia, las he olvidado, pero recuerdo vivamente, como si fuese hoy, aquella introducción a la Filosofía, del primer año que cursé esa asignatura. Aquel tema uno que obraba a modo de introducción, de toma de contacto con esa nueva materia (nueva para todos nosotros, alumnos enclenques de un bachillerato enclenque), un poco rara, un poco indefinible, que los planes de estudio nos habían condenado a cursar, fue para mí como un regalo.  Recuerdo también que el título de la unidad recogía perfectamente mi sentir, ese salto cualitativo, ese respirar hondo y decir bufff, menos mal, menos mal que hace miles de años, el hombre dio ese salto pluscuamperfecto, ese paso de gigante que fue el paso del mito al logos.

Nos contaba mi profe de filosofía que, hasta la aparición del logos, esto es, la ciencia, el conocimiento, la razón, etc., el hombre se valía de mitos para explicar las cosas que sucedían a su alrededor para las que no encontraba una explicación. Así, para explicar la lluvia, las sequías, las malas cosechas, la muerte o cualquier otra cosa “inexplicable”, se echaba mano del enfado de los dioses, de sus deseos y, en general de sus estados de ánimo y se obraban sacrificios de toda índole para tener a los dioses contentos. Fue entonces cuando llegó el logos, la razón, la ciencia, la comprobación, la técnica, el arte-facto, todo muy primario, al principio, claro, todo muy primitivo, pero arrojaba luz al vacío agujero negro con el que todo lo tapaba el mito.

Después de eso, es evidente, la razón y sus confines han avanzado, evolucionado a pasos de gigante, pero el mito, sin embargo, parece incólume, impertérrito, inamovible, indestructible. El hombre necesita creer, o mejor dicho, el hombre se ha convencido de que necesita creer, cree que necesita creer, en definitiva, de algo que suponga no ver, de algo que suponga asumir sin saber, sin querer saber, muchas veces. Lo digo porque, si en verdad la fe, entendida como rasgo de espiritualidad, fuese signo de razón, no estaría alimentando la pura irracionalidad que, por definición, la fe supone (recordemos que fe es creer en aquello que no podemos percibir con los sentidos ni demostrar en ningún modo).

No voy a entrar en si está bien, si está mal, o si está regular, eso me lo reservo para mí, si me lo permiten; pero lo que me llama soberanamente la atención es que después de todo el camino andado desde el nacimiento del bueno de Tales de Mileto, allá por el siglo VII a.c., hasta hoy, la razón, el logos, vaya, como prefería llamarlo mi libro de Filosofía, ha crecido y evolucionado, pero en realidad, el mito –en esto mi libro de Filosofía estaba, creo, equivocado- ha sobrevivido con él, a pesar de él y, muchas veces, alimentándose de él, parasitándolo y haciéndose más fuerte.

Así que, a todo eso, yo sólo le encuentro una explicación, la verdad, y es que el mito, la fe ciega, las religiones, vaya, las manifestaciones espirituales de de las sociedades, tengan más que ver con el hipotálamo de uno (esa glándula endocrina que regula nuestros instintos más primarios, como el hambre, la temperatura o el sueño) que con cuestiones más “logos”, más racionales.

Porque, a pesar de la que está cayendo, económica, social, política e históricamente (y no sólo a nivel regional o nacional, sino también europeo y mundial), la mayoría de los comunicadores, articulistas, periodistas, generadores de opinión y gurús de la comunicación del país, se hacen eco estos días, de un modo u otro, con una opinión o con otra, del evento de fe y, por tanto, “mítico” de la semana. Pero oye, casi ni rastro de logos, por el momento.

Por mi parte, ya lo ven, quería también hacer mi particular aportación, pues, aunque lo he intentado, mi hipotálamo, es lo que tiene, tampoco podía estar callado. Y eso que, antes de comenzar a escribir este artículo, me he asegurado de no tener ni hambre, ni sed, ni sueño, por tenerle tranquilo, pero nada, no ha habido manera, ya lo ven.

Esta mañana, mientras alimentaba con el desayuno a mi hipotálamo, leía en twitter que un primate había contado, en lengua de signos, cómo había presenciado el asesinato de su madre. El mito se me había vuelto logos, esta vez y, con el primate –que no con el ser humano- me ha sido devuelta, si lo quieren así, restituida, la fe ciega en aquel logos que lucía flamante en el tema uno de mi libro de filosofía.

TOROS, HEMINGWAY Y KALIMOTXO (Bea Gómez González)

Escribo este artículo desde la terraza aérea de una casa de Barásoain, un pueblecito del Valle de Valdorda, en la merindad de Olite. Iñaki nos ha invitado y por eso hemos venido. Estamos a 25 kilómetros al sur de Pamplona y, sepa usted, querido lector que, aunque usted esté leyendo estas líneas el domingo día 10, yo las escribo, esta vez, algunos días antes; en concreto, tres. Así que, aquí me tienen, a 25 kilómetros de la Estafeta y el mismísimo día de San Fermín, escribiendo un artículo que, intentaré, no contendrá las palabras toro, kalimotxo, o Hemingway.

Ups, vaya. Creo que ya no hay remedio. Esas tres palabras que me había propuesto no pronunciar, ni siquiera, por escrito, salen de mi boca casi como un mantra, dadas las circunstancias y, dadas las circunstancias, se posan en mis dedos que, a su vez, se posan sobre el teclado y confabulan, los muy sibilinos, para combinar las teclas de tal modo que mi promesa se venga al traste y las palabras toro, kalimotxo y Hemingway, de nuevo, en ese orden, vengan a dejarme en un lugar nefasto. Pero compréndanlo, es difícil no pronunciarlas en plenos San Fermines y a tan sólo unos kilómetros de la fiesta. ¿O es que ustedes serían capaces? Díganmelo porque, de ser así, mis dedos se retirarán del teclado, sigilosos, para dejar paso a los suyos, y emprenderán su marcha a la cabeza, con el fin de quitarme el sombrero.

De todos modos, teniendo en cuenta que yo siempre fui más de cerveza de que kalimotxo y muchísimo más, entrados ya en la harina literaria de la generación perdida, muchísimo más, como digo, de Faulkner que de Hemingway, pensarán que qué demonios hace alguien antitaurino, que pasa de Hemingway y del kalimotxo, en las cercanías de Pamplona, en pleno día de San Fermín. Y quizá tengan razón. Sé que no colará, si les juro y les perjuro que me he venido hasta aquí para escribir este artículo. Sé que no colará, lo sé. Sé que pensarán de mí cosas horribles, cosas que no se corresponden conmigo en absoluto, o tal vez sí, pero créanme si les digo que no es lo mismo escribir dentro que fuera de las cosas, y por eso yo he preferido, teniendo la ocasión, claro, hacerlo así, en los perímetros de todo, en los perímetros de la fiesta y en los perímetros del camino, como viendo –si se me permite el símil taurino, de nuevo- los toros desde la barrera.

La calma de esta terraza, el silencio absoluto de las noches, la quietud de las calles, el rigor y el peso de la piedra, el estatismo de las cosas, su permanencia casi legendaria, contrasta sin duda con la vorágine de lo fugaz y lo portátil de la fiesta que bulle, vertiginosa y móvil, dentro de la capital. Dormir cerca del ruido pero dentro del silencio es extraño. Si no estás acostumbrado al silencio, como a mí me pasa, quizá tengas que seguir los consejos de alguien que te quiera bien, e imaginarte el sonido de los coches, como tuve que hacer yo la primera noche que pasé en la comarca. Sé que no es frecuente leer esto, ni decirlo, pero a veces el ruido es un regalo. El silencio lo es casi siempre, ya lo sabemos, pero a veces la nada ocupa demasiado espacio, y tenemos que llenarla de algo mínimo para romper su ritmo plomizo y monocorde.

Por eso no me gustan los pueblos, porque están llenos de silencio y de quietud. Y por eso me gustan, también, porque basta un gesto o una palabra, incluso imaginada, para romperlo. El sonido, sin embargo, el movimiento, es siempre más difícil de aplacar, deparar, de silenciar. No digo que no se pueda, digo sólo que es más difícil.

Pienso en ello. Como en las tildes y en los triptongos, pienso en ellos, también. Y en la idiosincrasia de los pueblos, de los ruidos y de los silencios. Son distintos y no. Son lo mismo y su contrario. Los lugareños de aquí dicen que aquí es la mejor parte. Defienden su fortaleza como si fuera un órgano, a veces en contraposición a otras fortalezas, a veces en contraposición a nada en absoluto. Todos los pueblos quieren ser mejores que los otros, pero ninguno se plantea ser mejor que sí mismo. Marcar la diferencia es reconocerse, identificarse y, a su vez, hacerse ajeno. Es verse a uno mismo a través de un no yo, construido en base a otro. A veces me da miedo, porque a veces, la palabras otro y enemigo se parecen demasiado. Y todos somos uno pero todos, también, somos el otro muchas veces.

Pienso en ello, de nuevo. Hace unos meses que me vengo dejando acariciar por la interpretación, y el otro día llevamos a cabo una propuesta amateurísima, que en la que llevábamos tiempo trabajando. Fue bonito, pero sobre todo, fue intenso. Intenso porque no es sencillo construir un personaje a partir de tu persona. E interpretar, al fin y al cabo, es eso. Es darle mucho de ti a otro, que en realidad sigues siendo tú mismo, para que ese otro se convierta, al cabo, en alguien distinto. Pienso en ello, como digo y pienso que la profesión de actor es una de las profesiones menos nacionalistas que conozco. El actor no puede proclamar su fortaleza como la mejor, porque su fortaleza es un agujero que se va llenando con miles de fortalezas distintas. Para el actor, las más de las veces, la fortaleza mejor son todas las fortalezas y su idiosincrasia es una universalidad que nace de lo íntimo. Ser actor, igual que ser escritor, es vaciarse. Es como ser un vaso vacío. Eso te da capacidad. Te hace posible.

Pienso en esta comarca, ajena a la mía, en sus paisajes, en su paisanaje, en su gastronomía; y me parecen estupendos. Muchos mejores que los de cualquier lugar, como los de cualquier lugar. Pienso en el nombre de este pueblo, en su etimología. Quizá por deformación profesional, pienso en su triptongo, Barasoain, rasgo propio del euskera pero también, rasgo propio de algunas lenguas de la Romania occidental. Pienso que no está tan lejos su menestra de la nuestra, su cordero al chilindrón de nuestro lechazo asado, su pacharán de nuestros caldos. Leo a Faulkner y me tomo una cerveza. Es estupendo ser uno, pero a veces es mejor ser todos los demás.

LA HIPOTECA DE JUSTIN BIEBER (Bea Gómez González)

No sé qué es lo que pasa, ni cuál será el motivo. No sé si será porque los días son más largos o porque la primavera nos está pintando en la cara una amable sonrisa tal vez más propia del verano, pero lo cierto es que últimamente no hago otra cosa que inaugurar casas. No mías, claro, no vayan ustedes a pensar, sino de esos amigos que uno tiene medio chiflados –a mi alrededor se ve que la locura abunda- que se hipotecan hasta las cejas justo en el momento en el que nadie querría estar hipotecado. Justo en el momento en el que el Euribor se pone tonto, los créditos inalcanzables y los bancos y las cajas imposibles. Ahora, justo ahora que el paro se dispara y que el sistema económico mundial hace aguas mayores, ellos dan la entrada a lo que podría tornarse, a poco que se tuerza la cosa, en un callejón sin salida. Pero ellos son así de valientes, así de osados y de valientes y de temerarios, también, y yo se lo agradezco, claro. Y más, como digo, de cara al verano, en el que uno puede tener las ventanas abiertas mientras se toma unos mojitos –queda inaugurado este pantano- y saludar al vecino del edificio de enfrente, y a su hija adolescente también, ésa que ha estado hace nada en Madrid, por aquello de ir a ver a Justin Bieber y comprobar si el efebo es en verdad de carne y hueso.

Me gustan las noches de verano en primavera. Por eso mismo. Me gusta abrir ventanas que no son las mías, salir a terrazas que no me pertenecen, de pisos cuyas escrituras no están ni estarán puestas a mi nombre, y brindar con bebidas de colores desde el otro lado de la calle, con adolescentes desengañadas de Justin y de su nacarada piel imberbe. Era como si no fuera tan él, como si fuera menos él que a lo que él nos tiene acostumbrados, me decía Jessi desde su ventana. Justin la había expulsado al país de las hipotecas, al país del señor Bieber. Ya no me gusta porque tiene voz de hombre, porque es ya, al cabo, un hombre; porque me gustaba más cuando era casi una niña, cuando los dos éramos casi unas niñas, cuando los dos estábamos tan vacíos del mundo, tan vacías, que no éramos casi nada todavía. Por eso cantábamos Baby, porque, en realidad, ni él ni yo podíamos entonces cantar otra cosa.

Jessi no me lo dice así, claro, pero adjetivo arriba verbo abajo, me lo da a entender. Su padre se asoma en la ventana de al lado con un cigarrillo en la mano. Él ya sabía que, tarde o temprano, Justin iba a acabar por convertirse en Bieber, y Baby iba terminar por sonar extraño en esa nueva voz de hombre que se afeita. Él ya sabía que, tarde o temprano, mis amigos acabarían, como todos, hipotecándose y sabía también que, por más que se lo pidiese, ahora que es ya casi verano y que las ventanas están casi todo el tiempo abiertas, su mujer no iba a dejarle fumar el cigarrillo de después de cenar en casa, y tendría que asomarse a la ventana con su ducados arrugado y su hija adolescente desengañada de un amor casi sáfico e impúber, a contemplar la noche, a contemplar, a pesar de todo, a pesar de la prohibición, de la barba y de la hipoteca, la belleza de la noche y de las cosas.

Por eso me gusta que mis amigos estrenen casas, porque así yo cambio de vecinos todo el tiempo, y me voy de Jessi a su padre y de un solar a otro en menos de lo que canta un ERE. Porque claro, también tengo amigos que tienen pisos recién estrenados en medio de una nada casi mesozoica, en la que, al sol, no hay nada más que lagartijas. Y tienen piscinas, sí, pero el césped no crece. Y tienen vecinos, sí, pero los vecinos no viven, y tienen proyectos de viviendas inacabadas sobre el skyline de sus ventanas, pero los proyectos nunca dejan de serlo, al fin y al cabo y, al fin y al cabo, los parques infantiles que también se ven desde sus fantásticas ventanas oscilobatientes, están tan vacíos como los estómagos de las lagartijas que corretean por ellos. Por eso, algunos de mis amigos no saben tampoco quién es Justin Bieber, porque el ADSL no les llega hasta las hipotecas de sus suelos flotantes y tienen que aprovechar las visitas a otras casas y esperar a que Jessi se lo cuente. Claro que, tienen que hacerlo en coche, porque las líneas de autobús todavía son precarias en algunas zonas residenciales de algunos pueblos y algunas ciudades, y las lagartijas, de momento, no han crecido tanto en estos barrios fantasmas como para convertirse en velocirraptores y poder emplearlas en alguna clase de servicio de transporte municipal, o algo así. En consecuencia, y mientras la vida no se manifieste en sus alrededores, Justin Bieber seguirá siendo un desconocido en ciertas casas de ciertos amigos, desde cuyas ventanas iremos, miguita a miguita, alimentando a los reptiles.

Por eso me gusta que mis amigos se compren casas, porque cada una es, como decía Pessoa de las personas, un mundo a solas. Me gusta que se las compren y me gusta que las vendan también, antes de que vengan los bancos a quedarse con el todo que es su parte y se lleven también a mis amigos, con eso de que, mientras la ley no lo remedie, es todo suyo, la casa y la pasta, la bolsa y la vida.

Por eso me gustan mis amigos y las casas de mis amigos, y por eso no me gustan los gobiernos ni las oposiciones que, como los nuestros, permiten que las grandes empresas financieras vengan a jodernos las noches de mojitos, terrazas y skyline, con sus cientos de luces nocturnas, sus decenas de animalitos y sus miles de Justin Bieber a punto, Jessi lo sabe, de convertirse en nadie.

ROUCO Y OTROS DISFRACES (Bea Gómez González)

A la gente le gusta disfrazarse. A la gente le gusta disfrazarse, esto es un hecho. Nos gusta apostarnos en otros cuerpos, sentir los pliegues de otras carnes como si fueran nuestras, agazaparnos en otros rostros, en otras vidas, en otras direcciones que no son las que tenemos, las que vivimos, las que marcamos a diario. Y no se trata tanto de que seamos camaleónicos, ni de que abracemos el cálido pero también arriesgado cuerpo de la versatilidad, qué va. No es tan complicado como eso.
La mayoría de los homo sapiens somos simples como protozoos ciliados y ‘en teniendo una idea’ no nos saca ni el sol de nuestro erre que erre. Esto es así desde el principio de los tiempos y, mucho me temo, seguirá siendo así para rato. Somos testarudos, básicos y poco dados -siempre hay honrosas excepciones, claro está- a modificar nuestra postura, nuestra idea e incluso, muchas veces, nuestro peinado, ni un ápice de lo marcado, de lo establecido. Somos de ideas fijas, vaya, pero que el homo sapiens sea un mastuerzo bípedo con las miras tan mermadas como el coxis, no quita para que le guste disfrazarse, fingir que es lo que no es, que no es lo que es, y todo lo contrario.
Así que es por eso que el mastuerzo bípedo decidió instaurar, hace ya tiempo, unos días al año para dar rienda suelta a su necesidad de fingimiento y campar a sus anchas por la vida de los otros, con el antifaz, la careta, el ‘eyeliner’ o lo que quiera que tenga a mano, y se manifieste necesario en el trasiego de vidas impostadas que es el carnaval. El carnaval, sí, la celebración de la carne, de lo profano, de lo dionisíaco, de todo lo que mola, en definitiva, un par de días antes de que venga Dios con la rebaja de la cuaresma y nos joda la fiesta. Ya, pero no estoy hablando de eso, sino más bien de lo poco que habitamos en el cuerpo de los otros. De lo poco que nos sirve el fingimiento. De lo poco que cala en nosotros el sudor del cuerpo que habitamos esos días, de lo mucho que dura la resaca del olvido cuaresmal y de lo poquísimo que nos dura la fiesta.
Este año, por ejemplo, a los tiranos sociópatas, megalómanos y magnicidas de algunos países de Oriente Medio les ha dado por disfrazarse de salvadores de la patria, con algún toque de cabeza de turco de la comunidad internacional o conspiración -déjenme decirlo, por favor- judeo-masónica. Gracias, ya me encuentro mucho mejor. Otros, como John Galiano, han decidido hacer de su capa un uniforme de las SS y jugar a ser Hitler sin dejar de ser gay y gibraltareño, lo cual, a pesar del claro estado de embriaguez en el que se encontraba el diseñador cuando fue Adolf, tiene un mérito innegable, no me digan que no.
Pero si tengo que elegir, si tengo un favorito de verdad capaz de ponerme los pelos como escarpias en cada intervención, ése es sin duda Rouco. Rouco, más chulo que un ocho, pero no con 8, sino con 75 años, valida su ya cuarto mandato de la Conferencia Episcopal, que es como una asociación vecinal pero de obispos, con más dinero, eso sí, aunque con menos representación ciudadana, claro. La cosa no pasaría de ahí, y el bueno de Rouco y sus ministriles no me podrían en el disparador si no fuera porque el discurso con el que fue reelegido líder fue verdaderamente un festival carnavalesco.
El nuevo gurú de los obispos -que no son los maridos de las avispas, como escuché alguna vez en boca de alguien, sino los maridos de Dios que, aunque también vuela, como las avispas, sólo tiene aguijón en El Antiguo Testamento- ha arremetido contra internet y el uso de las redes sociales, poniendo como ejemplo de las maldades de éstas, las revueltas de Túnez, Egipto y Libia. Un discurso cojonudo, sí señor. Pero oye, que Rouco es un tipo generoso, así que no solo tuvo para el ciberespacio, sino también para el Estado, las familias monoparentales, el matrimonio homosexual e incluso el relativismo al que, según él, se está viendo abocada nuestra actualidad. Un discurso que, de ser ficticio, me acojonaría como la caja de Buried y me parecería merecedor de un Goya, pero que, siendo verdad, me acojona como la caja de Buried, y no creo que merezca ni siquiera estas líneas. Sobre todo ahora que veo con asombro que en google hay más de un millón de resultados que contienen las palabras conferencia episcopal y que la presidida por Rouco tiene su propia página web. Me vuelvo completamente esquizoide. Tal vez debería descargarme uno de esos rezos que van a colgar los jesuitas en la página de descargas directas y divinas que han venido a llamar casi como una canción de Kiko Veneno. Lo que os decía, en cuestión de disfraces, el clero arrasa.
Por eso, por eso y porque sé que hay ciertos disfraces que nunca se aprenden del todo, ciertos agujeros en ciertos antifaces que te hacen ver el mundo en peligrosas direcciones, en ángulos que abren brechas en vez de posibilidades, me he convencido de que, tal y como están las cosas, el mejor disfraz viene siendo, sin lugar a dudas, aquel que nos obliga a ponernos, pero de verdad, en la piel del otro. Así que en medio de esta santa locura mediática, he optado por despojarme de todo atuendo y salir disfrazada de yo, como mi madre me trajo al mundo. Y sepan que es un disfraz que me ha costado años conseguir.

LOS NOMBRES DEL CAPITALISMO (Bea Gómez González)

Lo más difícil es poner nombre a las cosas.

Todas las cosas tienen un nombre, eso es un hecho. Todos los seres y las personas, los hechos, los efectos y los afectos, las causas y las consecuencias tienen al menos una palabra con la que ser nombrados, un sustantivo que los dota de sustancia, de sub-stancia, que no viene a ser otra cosa que aquella que está, que yace por debajo de lo que se ve, que sub-yace, vaya, bajo el objeto a nombrar. Esto, que así dicho no deja de parecer una estupidez, como una especie de perogrullada tonta que se puede explicar con más o menos acierto pero que todo el mundo sabe, en mayor o menor medida, me fue revelado en las páginas endemoniadas y certeramente insurrectas de Capitalismo Gore, el ensayo que la escritora mexicana Sayak Valencia ha publicado hace unos meses en la editorial Melusina.

Porque, cuando uno decide leer un ensayo como éste, lo que está decidiendo, en realidad, es tomar voluntariamente y sin tapujos, conciencia de la situación económica, social, política y cultural que atraviesa el mundo en el que vive, no tanto para criticarlo como para comprenderlo, desentrañarlo y así, tal vez, sólo tal vez, poder desenmarañarlo, reajustarlo, mínimamente, equilibrarlo en lo posible.

Dice una canción de Los Piratas que “el equilibrio es imposible”, y seguramente sea verdad. Pero lo que sí es verdad seguro es que el posicionamiento activo sobre lo que nos acontece mejorará la situación –aunque sea mínimamente- más que la raquítica y narcótica poltrona a la que, por desgracia, parece que nos vamos acostumbrando cada día.

Por eso, desde los arrabales del planeta y de la economía, desde las afueras de las políticas de género, desde los márgenes de los mass media creadores de opinión, la autora propone una reflexión convulsa, si se quiere, que compara las salvajes directrices que rigen la autocracia del capitalismo global con el subgénero cinematográfico “gore”, películas normalmente de bajo presupuesto en las que la violencia gratuita toma forma de protagonista, en una orgía siniestra y macabra de cuerpos desmembrados, con el fin de visibilizar su vulnerabilidad.

El ensayo plantea cuestiones que tienen que ver con la politización de la violencia, con el uso que de ella hacen, mano a mano, gobiernos, medios de comunicación, líderes criminales, políticos, cárteles, empresarios y contrabandistas y pone de manifiesto la presencia recurrente que esa violencia tiene en nuestras vidas.

Pero claro, la violencia, lo que yo les decía antes, tiene muchos nombres y no todos se parecen al infierno. El servilismo constante, las micro-injusticias silenciadas, el silencio mismo, las marginaciones mínimas y su violenta impunidad someten cada día a ciudadanos negras, sudacas, chaperos, sin papeles, bolleras, trabajadores explotados por cuenta ajena, putas, madres, madres y putas, madres solteras, niños hambrientos, contratados por obra y servicio, niños hambrientos contratados por obra y servicio, transexuales, transoceánicas, o cualquier otra cosa susceptible de ser –según vayan o vengan las fluctuaciones del capital, claro- escupida a la cara de cualquiera de nosotros, los ciudadanos, debe ser nombrada, debía ser nombrada de una buena vez. Y Sayak Valencia lo ha hecho.

Cuando nombramos algo, de algún modo, nos apropiamos de ello, lo hacemos nuestro.

Porque el silencio es el arma que utilizan los tiranos para someter a los pueblos; el que utilizan ciertos hombres para someter a ciertas mujeres; el que utilizan ciertos movimientos religiosos para tratar de someter a otras formas de vida. El silencio se ha arrojado, a lo largo de la historia, sobre manifestaciones culturales, raciales, sexuales, ideológicas y, en general, sobre cualquier manifestación disidente, que atravesara mínimamente los estrechísimos límites dictados por el brazo invisible y armado que impone el silencio.

Por eso la palabra es, en definitiva, la mayor violencia posible que puede ejercerse contra la violencia misma; es el sicario de los que tienen razón, la voz armada de los que asumen, desde los límites, desde los márgenes, no sólo el derecho, sino también la obligación de alzarse en una voz propia pero también conjunta en la reivindicación de lo que es suyo. Nombrar es apropiarse, reapropiarse de lo que otro te ha arrojado. Nombrar es reciclar la muerte, es resucitarse, renacerse en una identidad voluntaria que nos deje ser yo y tú constantemente; que nos permita ser él y vosotros. Ellos, nosotros y todos constantemente.

Hace unos días tuve, por casualidad, la oportunidad de asistir a una conferencia sobre Capitalismo Gore que la propia autora dio en la Universidad de Valladolid. La charla fue interesante e intensa, pero lo verdaderamente grande fue ver casi todos los asientos ocupados por identidades diversas y variadas, todas violentadas por ditintos silencios, pero todas reflexionando sobre los nombres de las cosas.

Ahora que Túnez despierta y Egipto trata de sacudirse la pesadilla, me doy cuenta de que sólo los nombres que les pongamos a las cosas dirán lo que las cosas son en sí. Sólo siendo nombrado, tengámoslo presente, lo innombrable puede liberarse y ver restituidos de nuevo, la dignidad y el poder que le fue arrebatado por el silencio. Un silencio que, las más de las veces, qué demonios, tiene forma de capitalismo gore.

Está pasando, lo estás viendo (Bea Gómez González)

El día que escuché por la radio que Telecinco había comprado el espacio de la cadena CNN+ para emitir en su lugar Gran Hermano 24 horas, era 28 de diciembre –ya del año pasado- y yo enseguida supe entender que se trataba de la inocentada que los de esa emisora habían decidido colar a sus oyentes y, la verdad, me pareció bastante curiosa, ocurrente, si se quiere, pero desde luego, poco creíble, cosa que agradecí, la verdad, pues nunca me han gustado demasiado ciertas bromas que se gestan al abrigo del día de los Santos Inocentes, como si ciertos hitos en el calendario le diesen a uno carta blanca para la burla, la risa facilona y la chanza, a costa de la buena fe del “inocentado”, así que la broma de un GH eterno en el espacio de un canal de noticias me pareció suficientemente disparatada como para que nadie –o casi nadie, claro, que siempre hay cándidas excepciones- pudiese caer en la trampa.

Como la inocentada me pareció bastante divertida, decidí compartirla con algunos amigos y, mientras lo contaba, me sorprendí fantaseando con la posibilidad de que aquella historia que ahora, en vez de disparatada, me iba pareciendo cada vez más siniestra, fuese verdad o terminase por serlo algún día. Mis amigos sonrieron. Los más vehementes hicieron aspavientos con los brazos, como queriendo decir: qué historias se inventan los periodistas para hacer la gracieta de rigor; eso no hay quien se lo crea. Pero claro, la realidad, ya lo he dicho alguna vez, termina por imponerse hasta a los amigos más escépticos que, al día siguiente, cabizbajos, casi vencidos, con los brazos caídos como aspas de molinos derribados, capitulaban con el estilo del perdedor y reconocían que el mundo era un lugar insospechado en el que siempre se atrinchera, se solapa, como una brizna, una sospecha.

Así que me puse a pensar, porque pensar siempre está bien si se hace con moderación y en privado, claro, no vaya uno a obligar a los demás, por aquello de la cercanía, a pensar sin querer y los convierta en pensadores pasivos –con la que está cayendo-; así que, como digo, me puse a pensar en que, al fin y al cabo, el hecho de que una canal de noticias se convierta en un reality de emisión ininterrumpida cuyo dueño es un hombre salpicado por turbios asuntos relacionados con mafia, escándalos sexuales con menores, homofobia, machismo, misoginia y que, además, es el presidente del gobierno de un país del mal llamado primer mundo, no deja de ser una metáfora de la sin razón en la que vivimos. Una metáfora de un mundo en el que el ciudadano es tan culpable o más que dios, es más, un mundo en el que el ciudadano es dios, o eso se cree él, y juega a los dados cambiando de canal -más 60 canales en abierto-, y se siente dueño de toda esa montaña de tierra, humo, polvo, sombra, nada. Podría ponerme en plan crítico y decir, como Groucho Marx, que encuentro la televisión muy educativa porque cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro, pero no lo haré. No creo que la televisión sea una basura, pero creo que los grandes directivos que la generan, nutren y autoabastecen, son unos farsantes. Y no hablo de los programas del corazón -es muy fácil ensañarse con esto para ignorar el resto de la parrilla-, no. Hablo de más de 60 canales y series repetidas; noticias repetidas, imágenes repetidas, programas repetidos, conciertos repetidos, documentales repetidos, debates repetidos y así hasta un número infinito de veces, como si el espectador fuese la boca de un pato al que hay que cebar hasta que le reviente el hígado y hacer con él después exquisito foie que se traduce en pasta de los grandes directivos y de los dos principales partidos políticos de este país, a los que les viene mejor la farándula deglutida que cualquier otra cosa.

Lo grave es que la televisión ha terminado por convertirse en la base de la opinión pública; una opinión, a su vez, generada por los propios medios de comunicación que, claramente politizados y posicionados en un partido u otro (léase PP-PSOE) informan para generar y dirigir una opinión y un posicionamiento concreto en el ciudadano, que se traduzca en votos a favor de ese partido y, por lo tanto, en poder y, por lo tanto, en dinero. A los grandes medios, igual que a los dos grandes partidos mayoritarios, les importa un bledo el ciudadano, porque éste es simplemente una herramienta con la que se accede a lo que uno quiere, a los mecanismos de control social, osea, a ser Dios pero, este sí, de verdad de la buena. Y para engañar a la gente no hay como darle a creer lo que le dé la gana, cualquier tontería, cualquier placebo que los mantenga entretenidos y quietecitos. Tenía razón Touraine cuando dijo que la televisión ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada. Tenía razón Renoir cuando dijo que la tele amalgama y convierte en papilla la realidad, la ficción, lo fundamental, lo secundario, el divertimento y la reflexión; pero con lo que el bueno de Renoir no contó es que todos esos parámetros vienen ahora ya prefijados, pues son los grandes medios, de la mano de las dos grandes fuerzas políticas, inseparables, retroalimentadas, las que adoctrinan y amaestran al espectador-ciudadano, creando rutinas de pensamiento frente a un mundo en el que suceden muchas cosas y todas inacabadas y frente a las que no se tiene nunca nada que hacer porque, es evidente, prima el espectáculo sobre la ciudadanía.

‘Está pasando. Lo estás viendo’. Así se despedía CNN+ de sus once años de emisión. Está pasando y lo estamos viendo. Seamos buenos. Deglutamos tele, -informativos o sálvames, eso da igual-, votemos al pesoe o votemos al pepé –y sólo a ellos- y fumemos, calladitos –los que lo hagan- a las puertas de los bares. Somos espectadores y dioses sentados, somos el conejo y la chistera, pero el mago siempre es otro; la fama y el aplauso, espectador estúpido, siempre están bien lejos de nuestros culos pegados a nuestros raídos tresillos de saldo. La magia y la verdad, ciudadano pusilánime y anestesiado, siempre están en otra parte.

ESTÉTICA Y TABACO (Bea Gómez González)

He dejado de fumar. Así de duro. Así de triste. Así de duro y de directo y de triste, también. Así de grave es la cosa. He dejado de fumar, hace ya más de tres meses y, contra lo que pudiera pensarse, este hecho, fatídico, funesto pero, por qué no decirlo, también anecdótico, no ha hecho que me sienta mejor persona.

Digo esto porque en esta sociedad clonadora y clónica, a su vez, de sí misma y sus fantasmas, todas las opiniones, situaciones, cuestiones, vivencias, matices, ideas y creaciones han de ser forzosamente las mismas y, tanto es así que, hasta las excepciones, las salidas de tiesto y las ideas de olla concretas de cada uno, tienen, por cachabas, que coincidir entre sí. Por eso digo que el fumador que habitaba en mí era un ser eminentemente extraño, que no sólo producía extrañeza -y rechazo, las más de las veces- a los no fumadores (lo cual, por otro lado, no deja de resultar algo obvio), sino que resultaba, incluso para los fumadores empedernidos, un espécimen realmente inquietante. Y es que el fumador que yo era nunca quiso -ni intentó- dejar de fumar. Y no, lo de no querer dejarlo no era una especie de autoengaño al que yo me sometía ni una trampa de mi subconciente ni cualquier otro psico-truco extraño, no. Simplemente me gustaba fumar. Así de fácil. Y sí, me gustaban todos los cigarros que me fumaba, y sí, todos me apetecían, vea usted qué raro era el fumador que habitaba en mí, y, sobre todo, visto lo visto, qué poco se parecía al resto de los fumadores.

Así que, mientras mi entorno se dividía, a grandes rasgos, entre la más virulenta liga antitabaco de los no fumadores y la más virulenta liga antitabaco que los fumadores libraban, en una especie de bipolaridad esquizoide, contra ellos mismos y sus semejantes (entre los que presumiblemente me encontraba), yo era Groucho Marx y Sara Montiel y Humphrey Bogart y Rita Hayworth y no hubiese cambiado ni uno sólo de los carraspeos matutinos que a veces me asediaban, por dejar de sentirme un poco Harry el Sucio unas horas más tarde, acodándome en la barra de una cafetería.

La mayoría de mis semejantes, tan distintos, fumaba con una especie de sentido de culpabilidad que no sólo echaba a perder cada cigarrillo que –según parecía- tan a desgana consumían, sino que éste les sentaba, de seguro, el doble de mal. Así que, muchos de ellos gastaban dinero y tiempo no sólo en tabaco sino, sobre todo, en encontrar la forma, el modo, el método para dejarlo. Masticaban chicles, se adherían parches de nicotina, veían documentales sensacionalistas pseudosaludables, leían literatura sensacionalista pesudosaludable, visitaban curanderos, brujas, meigas; tomaban pócimas, brebajes, tisanas; repetían consignas, memorizaban cláusulas, pedían consejo al médico de cabecera, al vecino, al farmacéutico; chupaban un cigarrillo de plástico, adquirían en la teletienda otro cigarrillo electrónico, por si las moscas, siempre por si las moscas; se escondían a sí mismos los ceniceros, se vetaban las salidas nocturnas de los fines de semana, eliminaban definitivamente de sus agendas los números de aquellas amistades que, todavía, seguían siendo fumadoras, claramente inconvenientes, desde luego, claramente nocivas; se convencían de que eran fumadores sociales, de que hay que ser fuerte, voluntad de hierro porque la carne es débil y reproducían, en definitiva, comportamientos más propios de un catecúmeno o un párvulo obediente que se traga al pie de la letra lo que dicta, potestativo y patriarcal, el catecismo, que de un adulto más o menos dependiente, más o menos adicto, de acuerdo, pero no por ello más susceptible a patrañas colectivas de psicologías baratas y mejunjes milagrosos. Mientras tanto, ni que decir tiene, seguían fumando. Yo también, claro, sólo que si remordimientos.

Pero a veces las apuestas y los retos hacen más daño al orgullo que el tabaco a los pulmones y así, de la misma manera estúpida con la que uno empieza a fumar, con la misma tontería, va y lo deja. Hace tres meses, ya lo he dicho.

Y desde luego que se pasa mal, y desde luego que se pasa peor, y por descontado que uno sufre, y clama, y llora y enmudece del shock, del susto, de la bajona, en definitiva, que no perdona. Ni la bajona ni el sueño -que parece esfumarse como el humo-, ni la pena, ni el sentimiento de pérdida. Sobre todo eso, el sentimiento de que has perdido algo, algo tuyo, algo que te identificaba, que te pertenecía, que formaba parte de tu identidad, algo que, en definitiva, conformaba en parte tu imagen, y que te ha ayudado a entablar conversaciones, a relajarte, a concentrarte y a hacerte el interesante, desde luego, a recrear una ficción, una historia sobre ti, sobre la imagen que proyectar al mundo. Sé que cualquiera podría decirme que la imagen de un no fumador es mucho más atractiva y saludable que la de un fumador, pero no van a convencerme con estéticas materiales; cada uno da la imagen que quiere y puede, y yo le encuentro más encanto a Sergei Gainsbourg componiendo envuelto en humo que a Christiano Ronaldo haciendo abdominales, qué quieren que les diga. Y creo que, en realidad, toda esta liga antitabaco basada en la prohibición que, paradójicamente, un gobierno progresista ha abanderado y una oposición conservadora rechaza –por aquello de rascar votos de donde se pueda- es, fundamentalmente, un atentado a la imagen, al derecho a la imagen de uno y un intento de homogeneización estética que haga de todos nosotros seres deseantes del mismo objeto de deseo. Y sí, he dejado de fumar, y sí, el tabaco hace daño, como muchas otras cosas, pero mientras me busco un nuevo espejo que me enorgullezca de la imagen que trasmito, un disfraz lo suficientemente estético y atractivo como para seguir pareciendo interesante mientras escribo este artículo, sigo pensando, como alguien dijo en Historia de un beso, que los hombres resultan más atractivos liando un cigarrillo que intentando salvar el mundo.

Me queda, eso sí, la esperanza de que los demás no estén de acuerdo.

El Norte de Castilla

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