He dejado de fumar. Así de duro. Así de triste. Así de duro y de directo y de triste, también. Así de grave es la cosa. He dejado de fumar, hace ya más de tres meses y, contra lo que pudiera pensarse, este hecho, fatídico, funesto pero, por qué no decirlo, también anecdótico, no ha hecho que me sienta mejor persona.
Digo esto porque en esta sociedad clonadora y clónica, a su vez, de sí misma y sus fantasmas, todas las opiniones, situaciones, cuestiones, vivencias, matices, ideas y creaciones han de ser forzosamente las mismas y, tanto es así que, hasta las excepciones, las salidas de tiesto y las ideas de olla concretas de cada uno, tienen, por cachabas, que coincidir entre sí. Por eso digo que el fumador que habitaba en mí era un ser eminentemente extraño, que no sólo producía extrañeza -y rechazo, las más de las veces- a los no fumadores (lo cual, por otro lado, no deja de resultar algo obvio), sino que resultaba, incluso para los fumadores empedernidos, un espécimen realmente inquietante. Y es que el fumador que yo era nunca quiso -ni intentó- dejar de fumar. Y no, lo de no querer dejarlo no era una especie de autoengaño al que yo me sometía ni una trampa de mi subconciente ni cualquier otro psico-truco extraño, no. Simplemente me gustaba fumar. Así de fácil. Y sí, me gustaban todos los cigarros que me fumaba, y sí, todos me apetecían, vea usted qué raro era el fumador que habitaba en mí, y, sobre todo, visto lo visto, qué poco se parecía al resto de los fumadores.
Así que, mientras mi entorno se dividía, a grandes rasgos, entre la más virulenta liga antitabaco de los no fumadores y la más virulenta liga antitabaco que los fumadores libraban, en una especie de bipolaridad esquizoide, contra ellos mismos y sus semejantes (entre los que presumiblemente me encontraba), yo era Groucho Marx y Sara Montiel y Humphrey Bogart y Rita Hayworth y no hubiese cambiado ni uno sólo de los carraspeos matutinos que a veces me asediaban, por dejar de sentirme un poco Harry el Sucio unas horas más tarde, acodándome en la barra de una cafetería.
La mayoría de mis semejantes, tan distintos, fumaba con una especie de sentido de culpabilidad que no sólo echaba a perder cada cigarrillo que –según parecía- tan a desgana consumían, sino que éste les sentaba, de seguro, el doble de mal. Así que, muchos de ellos gastaban dinero y tiempo no sólo en tabaco sino, sobre todo, en encontrar la forma, el modo, el método para dejarlo. Masticaban chicles, se adherían parches de nicotina, veían documentales sensacionalistas pseudosaludables, leían literatura sensacionalista pesudosaludable, visitaban curanderos, brujas, meigas; tomaban pócimas, brebajes, tisanas; repetían consignas, memorizaban cláusulas, pedían consejo al médico de cabecera, al vecino, al farmacéutico; chupaban un cigarrillo de plástico, adquirían en la teletienda otro cigarrillo electrónico, por si las moscas, siempre por si las moscas; se escondían a sí mismos los ceniceros, se vetaban las salidas nocturnas de los fines de semana, eliminaban definitivamente de sus agendas los números de aquellas amistades que, todavía, seguían siendo fumadoras, claramente inconvenientes, desde luego, claramente nocivas; se convencían de que eran fumadores sociales, de que hay que ser fuerte, voluntad de hierro porque la carne es débil y reproducían, en definitiva, comportamientos más propios de un catecúmeno o un párvulo obediente que se traga al pie de la letra lo que dicta, potestativo y patriarcal, el catecismo, que de un adulto más o menos dependiente, más o menos adicto, de acuerdo, pero no por ello más susceptible a patrañas colectivas de psicologías baratas y mejunjes milagrosos. Mientras tanto, ni que decir tiene, seguían fumando. Yo también, claro, sólo que si remordimientos.
Pero a veces las apuestas y los retos hacen más daño al orgullo que el tabaco a los pulmones y así, de la misma manera estúpida con la que uno empieza a fumar, con la misma tontería, va y lo deja. Hace tres meses, ya lo he dicho.
Y desde luego que se pasa mal, y desde luego que se pasa peor, y por descontado que uno sufre, y clama, y llora y enmudece del shock, del susto, de la bajona, en definitiva, que no perdona. Ni la bajona ni el sueño -que parece esfumarse como el humo-, ni la pena, ni el sentimiento de pérdida. Sobre todo eso, el sentimiento de que has perdido algo, algo tuyo, algo que te identificaba, que te pertenecía, que formaba parte de tu identidad, algo que, en definitiva, conformaba en parte tu imagen, y que te ha ayudado a entablar conversaciones, a relajarte, a concentrarte y a hacerte el interesante, desde luego, a recrear una ficción, una historia sobre ti, sobre la imagen que proyectar al mundo. Sé que cualquiera podría decirme que la imagen de un no fumador es mucho más atractiva y saludable que la de un fumador, pero no van a convencerme con estéticas materiales; cada uno da la imagen que quiere y puede, y yo le encuentro más encanto a Sergei Gainsbourg componiendo envuelto en humo que a Christiano Ronaldo haciendo abdominales, qué quieren que les diga. Y creo que, en realidad, toda esta liga antitabaco basada en la prohibición que, paradójicamente, un gobierno progresista ha abanderado y una oposición conservadora rechaza –por aquello de rascar votos de donde se pueda- es, fundamentalmente, un atentado a la imagen, al derecho a la imagen de uno y un intento de homogeneización estética que haga de todos nosotros seres deseantes del mismo objeto de deseo. Y sí, he dejado de fumar, y sí, el tabaco hace daño, como muchas otras cosas, pero mientras me busco un nuevo espejo que me enorgullezca de la imagen que trasmito, un disfraz lo suficientemente estético y atractivo como para seguir pareciendo interesante mientras escribo este artículo, sigo pensando, como alguien dijo en Historia de un beso, que los hombres resultan más atractivos liando un cigarrillo que intentando salvar el mundo.
Me queda, eso sí, la esperanza de que los demás no estén de acuerdo.

