Está pasando, lo estás viendo (Bea Gómez González)

El día que escuché por la radio que Telecinco había comprado el espacio de la cadena CNN+ para emitir en su lugar Gran Hermano 24 horas, era 28 de diciembre –ya del año pasado- y yo enseguida supe entender que se trataba de la inocentada que los de esa emisora habían decidido colar a sus oyentes y, la verdad, me pareció bastante curiosa, ocurrente, si se quiere, pero desde luego, poco creíble, cosa que agradecí, la verdad, pues nunca me han gustado demasiado ciertas bromas que se gestan al abrigo del día de los Santos Inocentes, como si ciertos hitos en el calendario le diesen a uno carta blanca para la burla, la risa facilona y la chanza, a costa de la buena fe del “inocentado”, así que la broma de un GH eterno en el espacio de un canal de noticias me pareció suficientemente disparatada como para que nadie –o casi nadie, claro, que siempre hay cándidas excepciones- pudiese caer en la trampa.

Como la inocentada me pareció bastante divertida, decidí compartirla con algunos amigos y, mientras lo contaba, me sorprendí fantaseando con la posibilidad de que aquella historia que ahora, en vez de disparatada, me iba pareciendo cada vez más siniestra, fuese verdad o terminase por serlo algún día. Mis amigos sonrieron. Los más vehementes hicieron aspavientos con los brazos, como queriendo decir: qué historias se inventan los periodistas para hacer la gracieta de rigor; eso no hay quien se lo crea. Pero claro, la realidad, ya lo he dicho alguna vez, termina por imponerse hasta a los amigos más escépticos que, al día siguiente, cabizbajos, casi vencidos, con los brazos caídos como aspas de molinos derribados, capitulaban con el estilo del perdedor y reconocían que el mundo era un lugar insospechado en el que siempre se atrinchera, se solapa, como una brizna, una sospecha.

Así que me puse a pensar, porque pensar siempre está bien si se hace con moderación y en privado, claro, no vaya uno a obligar a los demás, por aquello de la cercanía, a pensar sin querer y los convierta en pensadores pasivos –con la que está cayendo-; así que, como digo, me puse a pensar en que, al fin y al cabo, el hecho de que una canal de noticias se convierta en un reality de emisión ininterrumpida cuyo dueño es un hombre salpicado por turbios asuntos relacionados con mafia, escándalos sexuales con menores, homofobia, machismo, misoginia y que, además, es el presidente del gobierno de un país del mal llamado primer mundo, no deja de ser una metáfora de la sin razón en la que vivimos. Una metáfora de un mundo en el que el ciudadano es tan culpable o más que dios, es más, un mundo en el que el ciudadano es dios, o eso se cree él, y juega a los dados cambiando de canal -más 60 canales en abierto-, y se siente dueño de toda esa montaña de tierra, humo, polvo, sombra, nada. Podría ponerme en plan crítico y decir, como Groucho Marx, que encuentro la televisión muy educativa porque cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro, pero no lo haré. No creo que la televisión sea una basura, pero creo que los grandes directivos que la generan, nutren y autoabastecen, son unos farsantes. Y no hablo de los programas del corazón -es muy fácil ensañarse con esto para ignorar el resto de la parrilla-, no. Hablo de más de 60 canales y series repetidas; noticias repetidas, imágenes repetidas, programas repetidos, conciertos repetidos, documentales repetidos, debates repetidos y así hasta un número infinito de veces, como si el espectador fuese la boca de un pato al que hay que cebar hasta que le reviente el hígado y hacer con él después exquisito foie que se traduce en pasta de los grandes directivos y de los dos principales partidos políticos de este país, a los que les viene mejor la farándula deglutida que cualquier otra cosa.

Lo grave es que la televisión ha terminado por convertirse en la base de la opinión pública; una opinión, a su vez, generada por los propios medios de comunicación que, claramente politizados y posicionados en un partido u otro (léase PP-PSOE) informan para generar y dirigir una opinión y un posicionamiento concreto en el ciudadano, que se traduzca en votos a favor de ese partido y, por lo tanto, en poder y, por lo tanto, en dinero. A los grandes medios, igual que a los dos grandes partidos mayoritarios, les importa un bledo el ciudadano, porque éste es simplemente una herramienta con la que se accede a lo que uno quiere, a los mecanismos de control social, osea, a ser Dios pero, este sí, de verdad de la buena. Y para engañar a la gente no hay como darle a creer lo que le dé la gana, cualquier tontería, cualquier placebo que los mantenga entretenidos y quietecitos. Tenía razón Touraine cuando dijo que la televisión ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada. Tenía razón Renoir cuando dijo que la tele amalgama y convierte en papilla la realidad, la ficción, lo fundamental, lo secundario, el divertimento y la reflexión; pero con lo que el bueno de Renoir no contó es que todos esos parámetros vienen ahora ya prefijados, pues son los grandes medios, de la mano de las dos grandes fuerzas políticas, inseparables, retroalimentadas, las que adoctrinan y amaestran al espectador-ciudadano, creando rutinas de pensamiento frente a un mundo en el que suceden muchas cosas y todas inacabadas y frente a las que no se tiene nunca nada que hacer porque, es evidente, prima el espectáculo sobre la ciudadanía.

‘Está pasando. Lo estás viendo’. Así se despedía CNN+ de sus once años de emisión. Está pasando y lo estamos viendo. Seamos buenos. Deglutamos tele, -informativos o sálvames, eso da igual-, votemos al pesoe o votemos al pepé –y sólo a ellos- y fumemos, calladitos –los que lo hagan- a las puertas de los bares. Somos espectadores y dioses sentados, somos el conejo y la chistera, pero el mago siempre es otro; la fama y el aplauso, espectador estúpido, siempre están bien lejos de nuestros culos pegados a nuestros raídos tresillos de saldo. La magia y la verdad, ciudadano pusilánime y anestesiado, siempre están en otra parte.

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El Norte de Castilla

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