Cuando el calor aprieta y el tiempo libre dilata las sobremesas de ciclismo y persiana bajada, el césped de las piscinas de nuestra ciudad se deja cubrir por los cuerpos que, durante el invierno, transitan oficinas y soportales al abrigo de calefacciones y lámparas fluorescentes. Nuestros cuerpos, bañados buena parte del año por la mezquindad de las aceras y la escarcha heladora que los envuelve, buscan en estos días los rayos de sol, como un animal buscaría alimento después de meses de escasez. Y es que, en el fondo, el sol, los rayos de sol, y la luz, quizá, sobre todo, la luz, no son sólo fuentes energéticas al servicio de la máquina, sino, sobre todo, fuentes de energía humana sin las que no podríamos sobrevivir, esa es la verdad, mucho más tiempo.
El sol da vida, pero también la quita. Del mismo modo que el agua es vital pero también arrasa y devora, como el fuego, llegado el momento, todo lo que encuentra a su paso. Lo tenemos bien reciente. Cada año arden, en los meses de verano, en nuestro país, miles de hectáreas. El fuego es muchas veces, originado por crueldad, pero muchas otras veces, por torpeza. Y sinceramente. No sé qué es peor. Si la inquina o la necedad. Si el odio o la estupidez humana. Cuando arden campos enteros y se destruyen casas y las historias de las personas que vivían en esas casas, y las vidas de las personas que vivían, y ya no, en esas casas. Se destruye todo eso y, además, se destruye el hábitat de cientos de especies de plantas y también de animales, que morirán pasto de las llamas y dejarán la tierra baldía, que es como se quedan las cosas cuando no hay vida en ellas. Por eso es importante que cumplamos con todas las medidas de seguridad posibles para evitar que la estupidez humana deje yerma la tierra en la que podemos vivir porque, precisamente, no estamos solos, porque no somos los únicos.
Es importante que tomemos precauciones, y también es importante que pensemos en ello. En lo que pasa cuando la tierra arde. En lo que pasa cuando se acaba la vida. En lo que pasa cuando no pensamos. Es importante que pensemos en ello, aunque lo hagamos tumbados en el candoroso y manso verdor de la hierba piscinera, o en la quinta brazada amable que nos traslada despacio, flotando sobre el agua clorada y azul de la alberca. Que pensemos en ello, que seamos responsables. A veces nos creemos que ser responsable es estar muy seria y muy preocupada y vivir todo el rato como si todo en la vida adquiriera dimensiones trágicas e indigeribles. Pero en realidad no hay nada de eso. Es más, pensar en la responsabilidad como sinónimo de carga es tan irresponsable como identificar la calidad de vida con la mera supervivencia.
Digo esto porque, hace unos días, un conocido al que hacía tiempo que no veía y con el que coincidí por casualidad, me comentaba que acababa de empezar las vacaciones y que, por lo tanto, durante los quince días que iba a durar su asueto laboral, no contemplaba la posibilidad de hacer nada “productivo” –eso fue lo que me dijo-, excepto estar tumbado y beber cerveza. Mucha cerveza- añadió-, y no pensar en nada. Y se quedó tan ancho. Como si pensar fuera tan malo que nos tuvieran que pagar por ello, como si vivir consistiera en hacer lo que hacemos sólo porque a cambio nos dan un modestísimo sueldo y el resto del tiempo hubiese que dedicarlo a mantener la misma disposición para la vida que una acelga o un nematodo. Ser humano no es ser un helecho que trabaja, ve fútbol y bebe cerveza tumbado en el sofá. Eso es ser un helecho o un chinche del trigo. Ser humano es otra cosa.
Fue Aristóteles quien hizo la primera clasificación biológica, -clasificación en la que todavía sigue basándose la biología moderna-, distinguiendo entre plantas -relacionadas con la supervivencia-, animales -que además de proveerse la supervivencia son empáticos y sensitivos- y seres humanos -que contienen, además de todo lo anterior, la dimensión racional, que es la que les hace distintos al resto-. Esta clasificación llevó a Aristóteles a plantearse que la felicidad de cada uno de los individuos de estas categorías, no consistía en otra cosa que en desarrollar, en la medida de lo posible, todas sus capacidades innatas. Por lo que, en realidad, la felicidad humana no es otra cosa que la realización activa –activa, qué palabra tan necesaria- de las capacidades innatas del ser humano, esto es, la inteligencia, la dimensión intelectual, el pensamiento, la imaginación, la creación artística o, dicho de otro modo: todo aquello que nos diferencia de los ácaros del polvo y las coles de Bruselas.
Por eso no entiendo a quienes, como mi conocido, identifican con el trabajo y la obligación todo cuanto nos hace humanos. Cosas como la lectura, el arte, la música, la visión crítica de cuanto ocurre a nuestro alrededor o una charla interesante entre amigos. Ese tipo de personas que cuando la conversación se pone sugestiva, espeta un “no habléis de cosas profundas”. Claro, es mejor hablar de lo que hablan las lechugas. Esa clase de gente que no aprovecha sus vacaciones para disfrutar de los conciertos de verano, de los festivales de artes escénicas, o de los museos y salas de exposiciones de nuestra ciudad, o de cualquier otra. Esa clase de gente, “no habléis de cosas profundas”, que no puede beber cerveza y reflexionar al mismo tiempo, que confunde cultura con obligación y ocio con pasividad, “no habléis de cosas profundas”; esa clase de gente que cree que una muestra de teatro de calle es una tontada para entretener a los niños; esa gente incapaz de pensar tumbada en la hierba, incapaz de reflexionar y nadar al mismo tiempo; esa clase de gente a la que Aristóteles se olvidó de clasificar. Un cruce entre helecho y mosca blanca con un aparente aspecto humanoide. Esa gente, esa clase de gente, la cuarta categoría.

