El Norte de Castilla
img
¡Agua, sol y guerra en Sebastopol!
img
Pedro Carasa | 16-04-2018 | 08:26

¡Agua, sol y guerra en Sebastopol!

Pedro Carasa

El hombre, durante diez mil años de historia, ha logrado subsistir viviendo en armonía con la naturaleza, pero en los dos últimos siglos la ha deteriorado hasta alterar sus ritmos naturales. La industrialización y el capitalismo la utilizaron como fuente de energías y materias primas hasta agotar sus recursos. Hoy queremos enderezar este entuerto, pero la imprescindible cultura naturalista está siendo frenada por el neoliberalismo.

Cuando el hombre pasó de cazador a agricultor aprendió que la naturaleza no era su enemigo, sino el seno materno en el que debía integrarse para sobrevivir. Por eso, las comunidades municipales dictaron ordenanzas para subsistir actuando recíprocamente el medio natural y la sociedad. Practicaron un vital circuito de realimentación entre familia, vecindad, tierra, clima y ganadería que aseguraba combustibles, nutrientes, abonos y energía, y al tiempo estimulaba un recíproco aprovechamiento entre producción y consumo de hombres, animales y vegetales. La armonía con los ritmos de suelo, clima y ganado marcaba la pauta de las actividades comunes, la fuerza de trabajo, las relaciones sociales y laborales, las reglas de mercado y consumo y las estrategias de subsistencia familiar.

Este era el marco que fijaba normas de respeto a los valores éticos, religiosos, sociales, vecinales y políticos y estimulaba la vida en común. El hombre y la vecindad reconocían que la sintonía con la naturaleza era su caldo de cultivo, un saco amniótico que aseguraba sobrevivir, incluso ofrecía bacterias e inmunidades a la salud humana carente de soluciones médicas. Además, aquel mundo religioso integraba estas labores en la parroquia local según la liturgia semanal y estacional y sacralizaba el trabajo, el descanso, las fiestas, las colaboraciones colectivas, la salud, los toques de campanas o las rogativas y nublos en sequías y pedriscos.

La industrialización despreció todas estas inercias naturales, desdeñó la subsistencia agraria como un obstáculo al progreso, abandonó el mundo rural como hostil a la ciudad, eludió la atadura estacional y condenó la vinculación religiosa como irracional. Las energías y máquinas industrializadoras se creyeron superiores a las fuerzas naturales, el liberalismo subordinó los ciclos y recursos de la naturaleza a los dictados del mercado y la demanda.

Desde fines del XIX hemos desconectado de la naturaleza, hemos abortado la realimentación entre lo natural y lo humano, y hemos interrumpido la circulación de energía, producción y consumo. Este divorcio con la naturaleza ha agudizado el cambio climático, especialmente en los países más pobres, sin que la comunidad internacional haya sido capaz de pactar un remedio en Kioto.

Al degradar los ritmos del clima hemos desnaturalizado la fertilidad sostenible del agua, hemos contaminado los ríos, hemos encarecido su primigenio destino a la alimentación y al abastecimiento. Se ha perdido la profunda cultura de herboristas, alarifes, jardineros, zahoríes y artistas árabes que nos enseñaron a amar el agua. Por eso la ONU ha dedicado 2018 a la gestión integrada del agua y pide hacerlo con respeto a la naturaleza.

El neoliberalismo de hoy no es naturalista, utiliza el medio natural como una fuente inagotable de energías y materias primas sin cuidar su mantenimiento. Trata el paisaje, el clima y el urbanismo como negocios turísticos de sol y playa para enriquecer a las elites económicas. Practica la deforestación y usa los páramos, ríos y mares como sumideros de desechos. Forma una corrupta red político-económica de compañías eléctricas capaces de crear un impuesto al sol, frenar la energía natural y causar la pobreza energética. Hasta nos roba la filosofía estacional del tiempo y nos impone un cambio horario que desvincula las horas de sol de la naturaleza y del descanso y las somete a los intereses de la producción.

Para reconstruir la armonía rota entre agua, clima, animales, cultivos, hábitat, sociedad y economía, surgen nuevas culturas alternativas ecológicas. Una economía orgánica, integradora de hombre y naturaleza; un agroecosistema articulador de sociedad, agricultura y ciencia; una economía circular que reduce, recicla y reutiliza recursos; una permacultura o agricultura automantenida que diseña medioambientes humanos sostenibles; una ingeniería climática o una arquitectura sostenible. Pero el neoliberalismo las mira con malos ojos.

También las Autonomías españolas han agravado el problema al impedir una gestión solidaria del agua y perpetrar la necedad política de apropiarse de cuencas y ríos: Creer que el Duero es castellano, el Tajo manchego y el Ebro aragonés es poner puertas al campo.

Los terracampinos, hace 160 años, en plena euforia del Canal de Castilla, gritaban ¡Agua, sol y guerra en Sebastopol! porque la guerra de Crimea aisló al cereal ruso, demandó el castellano y alzó su precio. Su ruda filosofía era muy honda, primero cantaba al agua y al sol como columnas estructurales que solucionaban su vida acorde con la naturaleza, solo después valoraba la coyuntura de una lejana guerra.

No proponemos volver a una arcadia feliz de mil años atrás. Lamentamos haber abandonado en los dos últimos siglos la actitud de armonía y respeto a la naturaleza de los cien siglos anteriores. Si el legado natural ha de pervivir, debemos gritar otra vez que los hombres se armonicen con el agua y el sol.

 

Aparecido en la edición de papel de El Norte de Castilla del sábado, día 14 de abril de 2018

Sobre el autor Pedro Carasa
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.