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El Brasero de Herejes

El Brasero de Herejes

Pedro Carasa

 

En el V centenario de la reforma de Lutero reflexionamos sobre algunos tópicos de su leyenda negra. Media Europa condenó el luteranismo y sólo el ecuménico Vaticano II trató en vano de reconciliarlo. Pero hoy el papa Francisco propone pasar de la excomunión a la intercomunión. También Delibes, novelando el drama del brasero de herejes, defiende la tolerancia y la dignidad de su memoria. La reflexión histórica puede valorar mejor las causas y significados del luteranismo.

Lutero tuvo sus sombras, fue maltratado de niño, tuvo crisis como fraile y padre, casó con una exmonja y abusó del vino. Sintió fobias religiosas contra Roma, judíos y turcos. Fue crítico y mordaz consigo, con la regla monástica, con el papa, obispos, emperador, príncipes y campesinos rebeldes.

No fue un fraile enviado por el diablo para romper la cristiandad, como dice el tópico católico, sino un agustino de intensa vida religiosa, experto conocedor de la Biblia, escritor agudo y agitado reformador escandalizado por la corrupción del poder de la Iglesia. Su objetivo fue interiorizar la religión por la fe y confiar en la salvación por la gracia de Dios, así lo divulgó con sus eslóganes Sola Fide, Sola Gratia, Sola Scriptura, Solus Christus.

La Contrarreforma condenó su obra mediante la inquisición y el índice de libros prohibidos, hizo reformascon los jesuitas y el concilio de Trento y practicó una religiosidad y una estética barrocas en la Europa mediterránea.

El Hereje de Delibes relata esta condena en Valladolid, puerta abierta para influencias luteranas y teatro inquisitorial de autos de fe. La escuela escultórica vallisoletana replicará luego a Lutero y las procesiones de sus imágenes contrarreformistas exaltarán actitudes y valores opuestos a su liturgia.

Entremos ya en los hondos significados históricos de Lutero en política, cultura, comunicación, economía, civismo y arte.

Lutero produjo dos efectos políticos negativos, dio el poder eclesiástico a los príncipes en las iglesias territoriales y estimuló una larga espiral bélica religiosa en Europa. Rechazó la opresión del papado sobre Alemania y su control sobre el emperador haciendo a los príncipes cabezas de sus iglesias. Las primeras comunidades campesinas rebeldes que elegían a sus pastores acabaron en iglesias luteranas principescas.

La reforma y contrarreforma extendieron la guerra santa en Europa: Cruzada entre turcos y sacro imperio germánico, conflicto de la Liga de la Esmalcalda en Alemania, ocho guerras de religión (1562-98) de católicos y hugonotes en Francia, guerra de los Ochenta años entre protestantes y católicos en los Países Bajos, guerra de los Treinta años (1618-48) entre bandos religiosos del imperio germánico, y guerras de los Tres Reinos (1639-51) en las Islas Británicas.

Lutero nació en el Renacimiento, pero su cultura no fue renacentista al no asumir el principal valor del humanismo de Erasmo. El maniqueo agustiniano no valoró al hombre como protagonista del mundo y lo creyó incapaz de salvarse por sus méritos.

Lutero fue pionero editor y divulgador en alemán, publicista con eslóganes y procaces grabados de Cranach. Pasó del sermón oral a la información de masas con la imprenta. Publicó más de 100 libros y folletos, en 4 años vendió 300000 ejemplares, así logró que la reforma invadiera Europa.

Weber dijo que la ética protestante de trabajo y profesión originó el espíritu capitalista. Valoró el trabajo como misión divina, mientras los católicos lo despreciaron como castigo de Dios. El éxito profesional era un signo de predestinación divina y había que vivirlo con honradez. Los luteranos rechazan la vida contemplativa católica, no desprecian el mundo como pecaminoso, lo aman como fruto de Dios.

La cultura protestante estimuló el civismo comprometido y propició el bienestar social.Profundizó en la ciudadanía responsable civil y enfatizó la educación. Su austera moral fue enemiga de lujos y despilfarros, pero no reprimió el sexo y rechazó el celibato. Propició una relación más familiar de domicilio y menos pública de calle.

Al romper el control ideológico papista abrió el camino de libertad de conciencia, de creación de pensamiento y de sensibilidad estética. Lutero fue músico de tradición germana y revolucionó este medio litúrgico de participación. La hizo coral, popular, simple, alegre, comunitaria y la orientó a la poesía del salterio en contra del gregoriano inclinado a llantos y penas. Sólo su iconoclastia eliminó imágenes, perdió patrimonio y frenó la escultura. En cambio, originó una literatura de inspiración protestante y tradición reformada que puede rastrearse en Milton, Melville, Allan Poe o Dickinson.

Si no se hubiera obstruido la inicial reforma luterana podría haberse regenerado la Iglesia europea, pero su fundada crítica a los escándalos papales derivó, por el choque de poderes políticos, en una fractura eclesiástica que partió en dos a Europa. Los conflictos monástico, teológico, germánico, romano, imperial, musulmán, suizo, flamenco, francés y español fueron complicaciones de poder político externas a Lutero. Pero corrompieron su proyecto inicial, abortaron los acuerdos y enconaron las relaciones hacia un cisma institucional no deseado. La unión europea actual debería desandar ese camino y eliminar los obstáculos del poder político que impiden la tolerancia y la conciliación.

Original editado en la edición de papel de El Norte de Castilla del día 13 de mayo de 2017

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El camino contemporáneo de Castilla

El camino contemporáneo de Castilla

Pedro Carasa

Castilla ha andado un rico camino histórico de más de mil años. Su primer trecho medieval y moderno fue ascendente, señalado por tres jalones brillantes: Condado en el siglo IX, Reino en el XI, Imperio en el XVI. El segundo tramo contemporáneo fue descendente y guiado por pasos más modestos: Nación en el XIX, Región en el XX y Comunidad Autónoma desde 1983.

Superó el primitivo Condado con esfuerzo repoblador y de reconquista, que le condujo a convertirse en Reino líder y unificador. Este Reino produjo unas fuerzas políticas y económicas que saltaron los límites peninsulares y encabezaron la conquista americana. Alcanzó su cénit de poder dentro del Imperio de los Austrias en el que impulsó una brillante edad de oro. Sus ciudades comerciales ejercieron un notable liderazgo cultural y económico, que no estuvo exento de sombras de persecución racial y religiosa. A partir del siglo XVII la Corona de Castilla declinó su protagonismo exterior y necesitó las reformas de los ilustrados.

Repasamos hoy el trecho contemporáneo del camino histórico de Castilla la Vieja, subrayando el declive que experimentó y el menor dinamismo que acusó. Desde 1812 sus provincias se incorporaron a la Nación española, pero vivieron con pasividad e incluso con rechazo el liberalismo. Las fuerzas de la sociedad castellana del siglo XIX apenas militaron con radicales, republicanos, federales ni socialistas, conectaron mejor con los carlistas y siguieron a la Iglesia ultramontana. Salvo el breve Reinado de Ceres en Valladolid, basado en tren, trigo y talleres, Castilla la Vieja en el XIX fue agraria, proteccionista y caciquil, a pesar de creerse depositaria del alma y ser de España.

Desde 1900, la Región apenas asimiló la modernización en sus ciudades y tuvo mínimos ejemplos vanguardistas de la edad de plata de la cultura española. Lentamente generó un regionalismo remiso y anticatalán, que perdió la visión romántica de los comuneros, no asumió el mito de Villalar, ni alcanzó una identidad castellana.

En Castilla fracasó el proyecto republicano que no consiguió aprobar su Estatuto en 1936. La izquierda no ganó (salvo en Valladolid) ni una elección entre 1931-36, pero la Iglesia y los agrarios sí que allanaron el camino al rebelde levantamiento franquista. Fue beligerante en el bando nacional, Burgos y Salamanca sirvieron de sedes al vencedor, Valladolid acunó la falange, y la región practicó masivamente el nacionalcatolicismo. La dictadura ahondó en Castilla un falso complejo de superioridad, vació su mundo rural y arruinó sus valores tradicionales en los años 60. Acabó anestesiada y sin capacidad de generar más que una tímida oposición desde movimientos cristianos.

La condición de Comunidad Autónoma colocó a Castilla en 1983 ante un importante reto de progreso, que se malogró por el lastre de unos escasos recursos humanos y culturales, una población emigrada o envejecida, pueriles rivalidades provinciales, una pobre identidad regional y una economía agraria abocada a diluirse en el mercado europeo. La recuperación de Castilla durante la Transición ha sido leve, empujada más por las exportaciones y subvenciones europeas que por su gestión autonómica. La Autonomía estancó a Castilla en la media española, y no ha logrado devolverle el protagonismo económico, social y cultural de antaño.

Este bajo dinamismo regional ha dejado pendientes en su sociedad graves problemas. Los trabajadores del campo están abandonados por el sindicalismo, el mundo rural orientado sólo a la segunda residencia, la cultura tradicional derrumbada, la natalidad bajo mínimos y el envejecimiento galopante, los pueblos dispersos con pocos servicios básicos, las juventudes campesinas y urbanas sin salida, la familia sin protección oficial. La ordenación del territorio no ha solucionado la dispersión, las provincias siguen insolidarias, los políticos castellanos olvidan el imprescindible municipalismo, el patrimonio es explotado sin investigación, los graves problemas del carbón y la reindustrialización siguen en vía muerta.

Unos imputan esta apatía al conservadurismo de la sociedad castellana, alimentado por el poso eclesiástico y agrario. Otros creen que ha sido la insensibilidad de los políticos ante los problemas reales, particularmente la dejación de la izquierda. En la democracia el 90% del poder lo ha gestionado la derecha, en las nueve legislaturas ésta obtuvo el 58,4% y la izquierda el 41,6% de los procuradores. La deserción del socialismo en la Comunidad Autónoma es grave, desde 1983 sólo ganó el PSOE la primera elección autonómica, todas las siguientes fueron derrotas, y la de 2011 bajó del 30%. Izquierda Unida ha desaparecido entre 2003-11.

Han perdido ocho de nueve elecciones porque la oposición política del partido socialista y los sindicatos no han perseguido sus objetivos de igualdad y solidaridad, han tenido líderes débiles y se han acomodado a una oposición inactiva. Han desconectado de los problemas reales, se han fracturado y desorientado ante los populismos emergentes. La desaparición de la izquierda ha formado en Castilla una bolsa de carencias sociales cuyo hueco no puede llenar el populismo radical. La historia del camino contemporáneo de Castilla que hemos recorrido descubre que su sociedad necesita que los valores sociales de la izquierda se estimulen desde el poder.

Original publicado en El Norte de Castilla del 8 de abril de 2017

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El pequeño mundo independentista

El pequeño mundo independentista

Pedro Carasa

La cultura política independentista sufre una doble enfermedad, aguda en la élite y crónica en la sociedad. La hinchazón morbosa de los soberanistas catalanes, embriagados por una religión política irracional, tapa hondas corrupciones, fragmenta su coalición, divide a la sociedad, y no encuentra eco en Europa. Las encuestas señalan una fatiga crónica del apoyo social a las esteladas y cierto sonrojo por la infantil democracia de cajas de cartón. Cataluña así se empequeñece.

Para un historiador, más que la euforia política y la debilidad social del independentismo, es alarmante el deterioro causado en los significados contemporáneos de soberanía y nación. Echemos una mirada histórica sobre el soberanismo desde 1789 a hoy (que pasará al blog El mirador de Clío). Aceptamos los conceptos de derecho constitucional, no debatimos la naturaleza jurídica de sus fundamentos, sólo comparamos las prácticas de su cultura política histórica y actual.

Soberanía y nación son dos referencias occidentales, acuñadas por la Revolución francesa y las Cortes de Cádiz, cuyo significado revolucionario fue borrado por la práctica política posterior. Los moderados del XIX las reducen a compartida y católica, los procesos de descolonización las conculcan, la revolución de 1917 las desecha, las dos guerras mundiales las enfrentan, y los fascismos las fulminan. Por todo ello, la cultura nacional ha sido triturada por secesiones, autodeterminaciones, fronteras, aduanas, proteccionismos, nacionalismos excluyentes, explotaciones coloniales, guerras de independencia y referéndums autoritarios. Superado el colonialismo y admitida la eliminación de la guerra como solución de conflictos, la Sociedad de Naciones de 1919 y la ONU de 1945 apenas ordenaron estos desastres descolonizadores, bélicos y fascistas. Hoy su planteamiento internacional ha fracasado y urge un nuevo gestor de armonía trasnacional.

Los nacionalismos español, vasco y catalán se basaron en fueros históricos, destinos religiosos, creencias racistas y dominios lingüísticos; ideas individualistas que anteponían identidad a igualdad y diferencia a solidaridad. Las vírgenes patrias y la Iglesia los bendijeron como pueblos elegidos. El debate político actual entre conservadores, socialistas y populistas vacía el concepto de nación y lo maneja como piedra arrojadiza en la pelea partidista. Los independentistas, en contra del valor de la originaria soberanía nacida para universalizar el poder, la reducen a una elite y territorio particulares. Hacen renacer las peores raíces nacionalistas de atávicos complejos de superioridad, pueriles victimismos y privilegios medievales (llamados conciertos). La izquierda española entró en crisis por su pacto antinatural y su silencio cómplice con los abusos nacionalistas, nidos de insolidaridad y desigualdad. El marxismo fue antinacionalista y hoy la sociedad española contempla atónita que la izquierda radical propone la autodeterminación y en el PSOE se abandera un Estado multinacional. Todo populismo acaba debilitando la soberanía, el radical con la democracia asamblearia y el conservador con el proteccionismo y las vallas.

Pero el soberanismo nacionalista tiene más pasado que futuro, en la geopolítica mundial es una raquítica manera de desviarse de la solución global, y en el diseño de una convivencia española en lugar de regenerar la democracia la debilita gravemente. Vivió su plenitud histórica entre 1789 y 1945, en 1978 se prolongó a destiempo, y en el siglo XXI su bandera es tan anacrónica como las viruelas a la vejez. Podría decirse que los secesionistas han caído rendidos inoportunamente ante la moza menos atractiva, más desposeída y envejecida de la actualidad.

El mayor límite de la soberanía es la economía, porque mercado, interés, trabajo, oferta/demanda y finanzas globales saltan las fronteras nacionales. La telecomunicación del 5G, el internet de las cosas y la nueva Industria 4.0 globalizan el espacio económico más allá de las multinacionales o la deslocalización. Los expertos económicos creen ya obsoleto el concepto de internacional y manejan el de trasnacional para rebasar el marco de la nación y abrir un espacio universal. Europa ya creó un poder supranacional en economía y sociedad y hoy lo pretende en política. Apostemos por que no sea sólo la economía la que globalice la soberanía, sino el pacto social, el reconocimiento cultural, la religión tolerante y la inclusión social.

Hay que superar los límites territoriales nacionales y orientar la universalización del espacio hacia la comunicación y el conocimiento en beneficio del hombre. Las aduanas nacionalistas se adueñaron del territorio como escenario arancelario y militar, lo que significó poner puertas al campo. La globalización no admite hoy más cierres separatistas del espacio.

También el movimiento multicultural y multirracial rompe nuestros cotos territoriales. La identidad cultural enriquece a una región, pero su soberanía política empobrece al conjunto. Las migraciones intercontinentales y los refugiados por guerra y pobreza no sólo ablandarán, sino que borrarán las barreras políticas nacionales. Superamos la vieja división este/oeste, hoy queremos acabar la actual fractura norte/sur. ¿Los independentistas pretenden frenar la movilidad humana con líneas nacionales y concertinas? Históricamente es un mundo pequeño y descaminado.

Publicado en la edición de papel de “El Norte de Castilla” del 11 de marzo de 2017

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El espectáculo de un Carnaval vacío

El espectáculo de un Carnaval vacío

Pedro Carasa

Carnaval, carnal, carnestolendas significan que la carne debe ser eliminada (símbolo del pecado), mientras el entierro de la sardina propone acabar con el pecado y volver al pescado (símbolo de la abstinencia). Es el ritual más viejo, hondo y universal de occidente que trasciende religiones, espacios, poderes y culturas, porque visualiza los impulsos humanos más hondos. Hoy está reducido a un rentable espectáculo.

Nace en ritos celtas agrarios, de fertilidad y primavera. Entran aquí hacia el 900 a.C. para purificar a los muertos de espíritus malignos con calabazas anteriores al Halloween. Celebran el fin del invierno (muerte) y el inicio de la primavera (vida), etapa básica del tiempo vegetal, animal, humano y religioso. Contienen leyendas del guía sagrado en caballo blanco (cristianizado en Santiago), la luz que alumbra y purifica (las Candelas), la quema de víctimas expiatorias (Judas,Peropalo, Colacho, Fallas), el canto a la fertilidad de la tierra, el ganado y los hombres (Pascua).

Se incorporan danzas egipcias de igualdad social. Los griegos aportan el barco con ruedas (carrus navalis). Para Caro Baroja son decisivas las fiestas romanas, saturnales (dios de la sementera), bacanales (dios del vino), lupercales (dios de la fecundidad) y matronales. En las saturnales se libera a esclavos, servidos por sus dueños, que sacrifican un rey bufo y se exceden en placeres, sin tribunales, escuelas, guerra, ni trabajo. De los lupercos, jóvenes embriagados tras las mujeres deseosas de descendencia, arrancan muchas tradiciones castellanas. En el siglo V se cristianizan estas lupercales con la fiesta de San Valentín.

La Iglesia incorpora a su liturgia las celebraciones paganas, abre la Cuaresma el Carnaval como un contrasentido religioso que confirma la regla de la virtud con la excepción del vicio; la infracción ritual es válvula de escape que refuerza el orden y no lo quiebra. Sin la Cuaresma, dice Caro Baroja, no tendría sentido el Carnaval, lo ha conservado.

Las medievales fiestas de locos del Carnaval impulsan a monaguillos a elegir un obispillo, suben a asnos rebuznando al coro de las iglesias, coreados por campesinos, locos y pobres cantando burdas coplas para humillar a los poderosos. A estas fiestas recuerdan los mozos castellanos en pasacalles de Santa Águeda con coplas y alimentos para celebrar grasientas comilonas y copiosas bebidas en el Jueves de todos. Los leoneses del Jueves lardero comen hasta reventar porque luego ayunarán. Celebran el Antruejo o introito de la Cuaresma con máscaras de guirrios, jarrios, zafarrones y jurrus.  Proliferan animales domésticos, como el toro (Ciudad Rodrigo), el burro o el gallo. En el Escarrete de Prádanos las mozas matan al gallo. Los locos eligen autoridades burlescas, reyes de animales (San Antón) y alcaldes cómicos, como las Águedas de Zamarramala hacen alcaldesas a las mujeres. Son parecidos el Zangarrón en Sanzoles, los Cucurrumachos en Gredos, la Boda de Carnaval en Toro, el Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, la Noche Bruja en la Bañeza.

La nobleza del Imperio español lo usa para reforzar sus linajes. Los ilustrados generalizan bailes de pelucas y sátiras, hasta que los frena la revolución francesa que prohíbe los disfraces y la mezcla de pueblo y nobleza en la calle.

Larra escribe que en el XIX todo el año es Carnaval. La burguesía urbana liberal exalta sus valores con fiestas ostentosas, crea una imagen alegre y autocomplaciente de la ciudad para darse prestigio. Mientras los radicales lo animan, los conservadores lo limitan. La revolución de 1868 retira las caretas y sólo difunde el irreverente baile del cancán. La I República, proclamada el martes 11 de febrero de 1873, sustituye los Carnavales por estudiantinas de tunantes.

El poder siempre utiliza o persigue el Carnaval. Se condena en el s.XVII, vuelve a prohibirlo Carlos III, lo hacen también los moderados y las dictaduras. En febrero de 1929 se impide salir a la calle con disfraz. En febrero de 1937, antes del miércoles de Ceniza, Franco suspende el Carnaval. El nacionalcatolicismo condena las carnestolendas por irreverentes y sacrílegas. La fórmula más sutil y efectiva para controlar el Carnaval es la cristianización católica que neutraliza sus efectos mentales.

En el primer tercio del s.XX se estimulan comparsas, coros y cuartetos, particularmente las murgas y chirigotas gaditanas, que transmiten bien el viejo espíritu carnavalero de ironía y crítica política. La II República abre la crítica en coplas sobre la reforma agraria que cantan comparsistas anarquistas y anticlericales en el bajo Guadalquivir.

La sociedad actual, movida por el mercado, el espectáculo fácil y el regionalismo, abandona estas raíces y reduce el Carnaval a un vacío folclore de cultura dulzona que pierde la hondura humana de sus raíces. Populistas, antisistema y animalistas no se fijan en su ecológica defensa de la naturaleza, su aspiración de igualdad, su denuncia de corrupción o su aprecio de los animales. Hoy los Carnavales sirven, como otras procesiones, para exhibir vitalidad y prestigio de políticos y ciudades. Los ayuntamientos lo pagan y difunden por televisión como diversión edulcorada para conseguir apoyo electoral. Valladolid rendirá homenaje a Zorrilla, al romanticismo y al Tenorio. El Carnaval hoy no sirve para que el pueblo critique, sino para que el poder ensalce a un egregio lugareño y alimente la autocomplacencia de la ciudad.

Publicado en la edición de papel del 11 de febrero de 2017

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El Estado de bienestar y los políticos

El Estado de bienestar y los políticos

Pedro Carasa

La crisis del Estado de bienestar les preocupa a los políticos más por el posible castigo electoral que por los recortes sociales de los ciudadanos. No es una ocurrencia tópica sobre la insensibilidad social de la casta, es una lección de historia, basada en lo que los expertos en ciencias sociales y económicas llaman “efecto Mateo”. Reflexionemos sobre ello.

El nombre nace de la frase de San Mateo (13:12): “A cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Sociológicamente se llama así al fenómeno de acumulación de riqueza o fama. Es la expresión vulgar de que siempre el rico se hace más rico y el pobre más pobre. El nombre técnico es proceso estocástico o conexión preferencial. El efecto, que se aplica en sociología, historia social, economía, psicología y educación, se refiere a bienes materiales y a valores de confianza y prestigio social.

En política social, el efecto Mateo afirma que en todo sistema asistencial resultan más beneficiados los asistentes que los asistidos. Los expertos en servicios sociales creen que este retorno de beneficio a los asistentes es necesario para que subsista el sistema, que sin esa retroalimentación no sería sostenible.

Tal efecto se produjo en todas las etapas históricas, benefició a los limosneros de la caridad particular sacralizada en los siglos VII-XVII, a los ilustrados que encerraron a los mendigos en el XVIII, a los liberales que crearon la beneficencia municipal del XIX, y a los demócratas que gestionan el Estado de bienestar del siglo XXI.

La vieja caridad particular facilitó a nobles, eclesiásticos y comerciantes la salvación del alma, la mayor aspiración de entonces. Las fundaciones caritativas eran inversiones en capital sobrenatural que redimían la riqueza material y aseguraban un rédito salvador al rico y al pobre. Los hombres de las luces recluyeron y pusieron a trabajar a los pobres para que fueran útiles y no vagos. La beneficencia liberal fue un instrumento de clase para construir un comportamiento sumiso, sano y trabajador en las ciudades burguesas.

En la Alemania de fines del XIX se produjo una profunda revolución social que sentó el principio de que el Estado debía sufragar con recursos públicos los servicios sociales porque la educación, sanidad y seguridad social eran derechos del ciudadano y obligaciones estatales. Se llamó Estado de bienestar porque era la autoridad política la que debía financiar los servicios sociales con recursos fiscales, repartir socialmente la riqueza y ejercer la justicia redistributiva. En España se intentó en 1967, pero no se implantó hasta 1978; desgraciadamente era tarde y pronto el sistema comenzó a entrar en crisis.

En 2015 el Estado de bienestar (educación, sanidad, seguridad social, dependencia, familia y servicios sociales) representa el 60% del presupuesto central y autonómico español. Esta obra social, irrenunciable en toda democracia, es hoy la más importante acción política que gestionan los Estados desarrollados. Decidir y dispensar eficazmente los servicios de docencia, sanidad y seguridad social consigue el apoyo electoral a los gobiernos que los organizan y da prestigio a los profesionales que los aplican.

Por eso los políticos están doblemente obligados a solucionar la crisis del Estado de bienestar y reinventar alternativas para hacerlo sostenible. Su preocupación es más política que social porque surge del temor a perder el poder y no ser reelegidos más que del miedo a los recortes sociales de los ciudadanos. También al profesional del Estado de bienestar (profesor, médico, enfermero, empleado) le interesa no perder su profesión, poder académico y prestigio social, más que los servicios que presta.

Para superar esta retroalimentación entre gestores/asistentes del Estado de bienestar, los expertos buscan hoy una tercera vía que evite estas contaminaciones de la iniciativa privada y pública. Proponen el llamado tercer sector, iniciativa social, o voluntariado, organizados en ONGs, que minimicen el efecto Mateo.  La hipertrofia del primer sector público significa la atrofia de la sociedad civil como gestora autónoma de servicios sociales y el freno de la colaboración desde abajo. La sociedad civil se acomoda pasivamente a dejarse querer por las protecciones sociales del papá-Estado. Los servicios de bienestar dejados exclusivamente en manos del segundo sector, el privado, vinculado a la religión o a los agentes económicos particulares, acabarían contaminados por los intereses del gestor. La solución debe darla la sociedad civil, autónoma y madura, apelando a la ciudadanía, al voluntariado y a la familia, para complementar la prestación de servicios. Pero falta en España una adecuada política de apoyo a la familia para que cumpla esta misión.

La crisis exige corregir muchas contradicciones del Estado de bienestar y aliviar algunas de sus contaminaciones. Son necesarios un pacto social civil y solidario, nuevas formas ciudadanas de socialización de servicios, prestaciones sociales nacidas de la economía social, estímulo a la solidaridad voluntaria en las organizaciones del tercer sector. Hay que vigilar que las acciones voluntarias y solidarias sean complementarias de lo público, que no sustituyan al Estado de bienestar como eje de la protección social, y que no privaticen los servicios sociales.

Editado en El Norte de Castilla del 14 de enero de 2017

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El impuesto de los tontos

El impuesto de los tontos

Pedro Carasa

Los romanos pacificaban al pueblo con pan y circo, los regeneracionistas lo tradujeron en España por pan y toros, hoy encandila más pan y fútbol. Esa combinación económica y cultural late en la Lotería Nacional. Propongo unas consideraciones  sobre este juego de azar gestionado por el Estado, que sigue entre nosotros tras superar guerras, crisis económicas, repúblicas, monarquías, dictaduras y democracias.

Lo intentó en vano Felipe II, pero fue Carlos III en 1763 quien creó la Lotería Real. Como toda reforma fiscal buscaba ingresos para la hacienda en crisis. Esquilache, inspirándose en la lotto napolitana, ideó el 10 de diciembre de 1763 (hoy hace 253 años) la lotería llamada Beneficiata o Primitiva, para congraciar la Corona con el pueblo. En 1769 se estableció en Nueva España otra Lotería de Billetes que inventó los décimos.

Entre 1808-12 en Cádiz se formó la Lotería Nacional para recuperar la hacienda exhausta por la Guerra de la Independencia. En 1811 el pueblo la llamó Lotería Moderna, distinta de la Primitiva, pero Cádiz la bautizó Nacional para subrayar la soberanía y borrar el apelativo absolutista Real. El marco era de otra crisis, España padecía hambrunas, epidemias, guerras y pérdida de 750000 habitantes.

En el siglo XIX la Lotería Nacional pasó a Madrid y se implantó en todas las cabezas de partido judicial. El Estado se quedó con el 30% de retención de lo jugado y el 10% de los premios. En la crisis de 1868 volvió a acentuarse su venta. En la crisis finisecular, el Estado cerró el monopolio suprimiendo todas las loterías particulares y extranjeras.

Las ventas durante la crisis de la guerra civil fueron el 3% de los ingresos del Estado. Coexistieron la lotería nacional de Sevilla y Burgos y la republicana de Madrid, Valencia y Barcelona. Los nacionales organizaron en 1936-37 Loterías Patrióticas pro combatientes en Zaragoza y Sevilla y restablecieron la Lotería Nacional en Burgos. Hubo algunos números con premios conciliadores agraciados en ambos sectores.

Como impuesto voluntario, la Lotería de Navidad recauda 3240 millones € vendiendo 160 millones de décimos, el Estado retiene 1500 millones € y reparte 2250 en premios. Lo llaman el impuesto de los tontos por conseguir ingresos a cambio de sueños. Su efecto sobre la sociedad es discutible, porque concentra riqueza; su práctica fiscal no es la mejor, porque contradice la justicia redistributiva. La sociedad del siglo XIX lo criticaba porque acentuaba el vicio del juego en los trabajadores. La lotería al final cultiva valores liberales y capitalistas.

Ha ascendido el volumen de ventas en una proporción parecida a la riqueza per cápita. Sin embargo, son menores los premios desde 1920, hasta caer al mínimo de 2016. Con el gordo de 1920 se compraban 50 casas, con el de 2016, es el más bajo de los 253 años, sólo una. Compran más lotería personas de perfil social medio-alto, con renta mensual de 1000/2000 €, en ciudades como Madrid, Murcia, Valencia, Barcelona y Bilbao; van a la zaga Andalucía, Galicia y Extremadura. Este comprador tipo tiene más estudios secundarios que universitarios. El ansia de incrementar fortuna empuja más a ricos que a pobres. No hay relación entre juego y religiosidad, pero sí crece con la edad, ya que los jóvenes se alejan de la lotería.

Los juegos de azar aparentan ser benéficos para hacerse atractivos con la dádiva; un disfraz de inocencia y seguridad. Este mensaje caritativo es el lanzado por el canto inocente de los niños huérfanos del Colegio de San Ildefonso, cantores de otros sorteos de bola o papeleta. Resulta extraño que hasta no hacerse mixto el colegio en 1984 no participaran niñas en el sorteo nacional.

Pero lo económico es lo menos importante de la lotería, laten en ella sentimientos y emociones que son más hondos. Contiene múltiples factores culturales que dibujan un buen caleidoscopio integral de nuestra sociedad: supersticiones, depresiones, euforias, sueños, encuentros familiares, experiencias de azar, excesos vacacionales, gestos benéficos, hasta estímulo de identidades nacionales.

Todos estos gestos intangibles importan al Estado. Está interesado en generar esperanzas en los compradores de lotería y prefiere que la fiesta y el juego estimulen una sociabilidad popular pacificadora de conflictos. El que manda busca sutilmente estrechar los lazos sociales con las participaciones de la lotería, porque refuerzan los lazos de familias, empresas, profesiones y clientes. Actúa de motor virtual de comunidad, la emotiva cantinela infantil anima a estos encuentros de convivencia.

Para el poder es bueno que la lotería alimente en la sociedad un afán de medrar y salir de la medianía. Porque es la clase media la mayor compradora de décimos para su mejora social. Soñar un premio incluye una esperanza de huida de la realidad, salir de pobre, hacer un corte de manga a tu jefe, alcanzar al grupo holgado que has envidiado, desahogarte de las hipotecas y abandonar la sensación de crisis. Los juegos abren estos puntos virtuales de fuga y aflojan tensiones en la sociedad, actúan de ficticias válvulas de escape muy eficaces a la hora de templar reacciones. Estos mensajes subyacen en sus campañas de propaganda.

El producto “cultural” que vende el Estado con este juego puede ser superior al premio económico. Hay miles de anhelos e ilusiones que sólo se venden y comparten con la lotería.

Editado en papel en El Norte de Castilla de 10 de diciembre de 2016

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Sobre el autor elmiradordeclio
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.

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