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Fecha: junio, 2012
Aborto voluntario, esta es la cuestión
Alfredo Barbero 22-06-2012 | 8:49 | 0

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A modo de carta abierta dirigida al ministro de Justicia, don Alberto Ruiz-Gallardón,

con su permiso

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Son muchas las dimensiones y matices que concurren en la conducta humana de aborto, cuando es voluntaria. Intentaremos entenderla haciendo una reflexión en cinco planos diferentes: biológico, ético, religioso, político y legal.

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Biología_

Desde un punto de vista biológico, los científicos saben que la vida de un individuo de cualquier especie de animales mamíferos comienza en el momento mismo de la concepción, es decir, en el momento en que los gametos de ambos géneros, masculino y femenino, óvulo y espermatozoide, se unen en una nueva y única célula, el cigoto, que obtiene así una dotación genética y cromosómica completa de esa especie, y que inmediatamente comienza a dividirse, diferenciarse y organizarse en órganos, tejidos y aparatos dentro del útero materno hasta alcanzar un grado de madurez compatible con la vida externa; a la que accede, tras varias semanas o meses, mediante el parto.

El cigoto, la mórula (grupo inicial de células indiferenciadas), el que algunos llaman pre-embrión, el embrión y el feto, son todas ellas, en este largo proceso, formas biológicas de vida humana.

(Y no confundamos la anatomía: el cuerpo de la mujer es el útero, no el “inquilino” -embrión o feto- que durante un tiempo lleva dentro).

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Etica_

Si se acepta un principio ecológico, racional y laico, de respeto a la vida, a toda la diversidad de seres vivos, esto supone que no pueda considerarse como buena la destrucción de ninguna de las miles de formas que la vida adopta en la Naturaleza, incluyendo todos sus procesos de desarrollo. Con mayor razón si se trata de formas biológicas evidentes de vida humana. La vida de un embrión humano, desde esta perspectiva, no merece menos respeto que la vida “adulta” de un oso panda, un lince ibérico, un águila Real o cualquier otra especie protegida. El aborto atenta contra este principio ético-ecológico. En términos de respeto a la vida basándonos en un principio racional de ética laica, puede decirse que abortar no está bien.

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Biología_

Pero evitemos la ingenuidad, tanto la falsa o hipócrita como la auténtica. Los seres humanos somos unos “bichos” bastante agresivos y no hemos parado ni un solo minuto de matar y destruir a otros seres vivos a lo largo de los más de 100 mil años de nuestra historia como especie. Ni siquiera hemos parado durante los 5 mil años que llevamos como la especie supuestamente culta que surgió en Mesopotamia e hizo de la racionalidad, del logos, la cualidad humana esencial en la Grecia Clásica. Ni siquiera en el último siglo, el siglo de las dos Guerras Mundiales, el Holocausto y el Gulag. Ni siquiera en los 12 años transcurridos de nuestro informático siglo XXI (con una realidad virtual plagada de juegos de violencia extrema que circulan por Internet y consumen millones de “civilizados” internautas de todo el mundo). Guerras y más guerras, asesinatos -por dinero, por celos, por envidia, empezando por el mítico de Caín-, miles de animales que matamos cada día, destrucción de bosques y ecosistemas, contaminación del aire, etc. Desde una perspectiva ecológica global, la especie humana a lo que más se parece es a una virulenta plaga destructiva. La “masacre” de seres vivos por nuestra parte ha sido, y es, continua.

El “talante” irracionalmente agresivo de nuestra especie resulta obvio, y tiene una función adaptativa en origen: la vida también es irracionalmente agresiva. La vida se comporta de modo ciego guiada por el principio darwiniano de selección natural por lucha y supervivencia de los más fuertes. Vida ciega, inexorable, inmisericorde, caníbal: miles de especies, bacterias, vegetales y animales han surgido, vivido, devorado a otros seres vivos y desaparecido finalmente de la faz de la Tierra a lo largo de millones de años de evolución. Como seres vivos que somos, la agresividad forma parte de nuestra naturaleza. Debemos asumirlo. Agresividad y racionalidad, ¡complejo cóctel!

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Etica_

Una parte de nuestra particular “masacre” de seres vivos la especie humana siempre la ha considerado correcta. Aceptamos la tala de árboles para obtener la madera necesaria con la que hacer libros, casas o muebles, y admitimos matar a miles, millones, de animales de muchas especies para alimentarnos. Es decir, existen algunas excepciones a la bienintencionada regla ético-ecológica de no destruir ninguna forma de vida que son aceptadas por casi todo el mundo. Y estas excepciones, agárrense, ¡INCLUYEN LA VIDA HUMANA! al menos en dos casos: 1) hoy mismo pensamos que existen guerras legales, legítimas y “justas” -hasta el premio Nobel de la Paz, Barack Obama, piensa de este modo- si cuentan con todos los papeles, aquiescencias y bendiciones de la ONU; y 2) la Ley contempla el homicidio no punible si se produce en defensa propia para repeler un ataque potencialmente letal.

Surge entonces una pregunta: ¿además del ya reconocido por la tradición en situaciones límite para salvar la vida de la madre, se podría considerar algún tipo de aborto voluntario, en circunstancias muy especiales, como justificado y legítimo?

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Leyes_

El criterio de excepción a la regla ha sido el modo de plantear la regulación legal del aborto en algunos países. Este planteamiento da justificación a las leyes que despenalizan determinados supuestos/excepciones. En concreto, tres excepciones: la violación, el alto riesgo para la salud o la vida de la madre -alto riesgo real, genuino, no un “coladero”-, y las graves malformaciones del feto, han servido como base para establecer algún tipo de ley de supuestos que generalmente ha contado con el mayoritario apoyo de la población, incluida una buena parte de los sectores más conservadores de la sociedad. Pero el problema es que, con este tipo de leyes, las mujeres que toman la decisión de abortar sin acogerse a uno de los supuestos establecidos por el legislador incurren en una conducta legalmente punible. A esas mujeres, ¿hay que denunciarlas,  multarlas, amonestarlas socialmente, inhabilitarlas, someterlas a Juicio, arrestarlas o encarcelarlas…?

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Religión_

El Estado democrático no debe imponer leyes basadas en las creencias y códigos morales concretos de una única religión. Si hace algo así, no sería un Estado democrático sino una Teocracia. Por fortuna, hay muchos tipos de creencias y de religiones, y también muchas personas no creyentes ni religiosas. Todos los ciudadanos, creyentes o no, de una religión u otra, tienen el mismo derecho a hacer valer, democráticamente, sus principios morales o éticos. Democráticamente, insistimos. En el relato moral de una determinada religión se puede afirmar que el embrión es una persona, un ser humano con alma -y el aborto, por tanto, un homicidio-, pero ninguna religión tiene derecho a imponer ésta u otras creencias al conjunto de la sociedad (las mujeres que la compartan, desde luego, no deberían abortar). Las mayorías sociales no tienen por qué tener la razón, pueden estar equivocadas -y así ha ocurrido en numerosas ocasiones a lo largo de la Historia-, pero la democracia no funciona de otra manera. Los principios éticos y morales con los que decida convivir una sociedad moderna en el siglo XXI sólo pueden establecerse de un modo: de modo democrático.

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Etica_

La ética laica es, por definición, enteramente racional y argumentable. Los principios de ética laica se aceptan de modo libre e individual, sin recurrir a verdades absolutas. Lo cuál no quiere decir que se caiga en el extremo contrario, en el relativismo, pero sí se reconoce que ciertas cuestiones humanas tienen una gran complejidad y son racionalmente muy controvertidas. Hoy día, muchas mujeres y hombres que se declaran creyentes piensan que abortar no atenta contra la Ética. Argumentan que aunque el embrión está vivo, todavía no es “una persona”, todavía no es “un ser humano”. Un debate éste más amplio que la mera consideración del problema en términos biológicos. La Psicología, la Sociología, la Antropología Cultural, la Filosofía y las Ciencias Jurídicas aportan muchos datos y elementos de reflexión, pero en la actualidad los expertos en esas materias no han podido establecer una conclusión racional única y definitiva sobre si el comienzo de la vida biológica es al mismo tiempo, o no, el comienzo de la identidad como ser humano, como persona. Hay expertos a quienes les parece evidente que es así, mientras que otros piensan que no, que ambos momentos son diferentes, vinculando la adquisición de la identidad humana a un determinado grado de desarrollo morfológico y funcional posterior al momento de la concepción. Para estos últimos autores, una cosa es que el embrión sea potencialmente una persona, y otra que sea ya una persona. Este matiz fundamental para unos, no es más que un artificio teórico para otros. He aquí la controversia y el debate de fondo, difícilmente resolubles.

A la mayoría de las mujeres abortar le parece una experiencia traumática, tanto física como mentalmente. A otras, puede venirles bien como método rápido para resolver un problema. El juicio ético que podamos hacer sobre el aborto voluntario, favorable o desfavorable, debiera ser independiente de ambas circunstancias. Las mujeres, igual que los hombres, tienen derecho a tomar sus propias decisiones, tienen derecho a elegir. Deben poder acertar y equivocarse. Abortar es, fundamentalmente, una decisión ética, una decisión individual. Esta es la clave de la cuestión, a mi modo de ver. Si una mujer, por las razones o motivos que sean, decide abortar, incluso aunque una mayoría de personas pueda pensar que va a realizar una conducta éticamente incorrecta -ella misma podría pensarlo-, la mujer debe tener la posibilidad de hacerlo en uso de su libertad de conciencia y de su libertad individual.  

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Leyes_

El embrión y el feto son vida humana en desarrollo, por lo que su eliminación no puede considerarse un derecho positivo. Dos derechos sí son positivos, además de fundamentales: el derecho a la vida del nasciturus humano y el derecho a la libertad de conciencia, elección, decisión y acción de las mujeres. En este difícil dilema, se han inclinado por el segundo de los derechos -ley de plazos- una amplia mayoría de los países que integran la Unión Europea. Muchas personas están en contra del aborto por un principio ético -laico o religioso- de respeto a la vida, pero, al mismo tiempo, están a favor de que las mujeres sean completamente libres para tomar sus propias decisiones. En contra del aborto y a favor de la libertad, difícil cuestión. A menos que un jurista genial -o un matemático o un lógico igualmente geniales- invente una fórmula que evite que ambas ideas entren en contradicción de facto, la mejor opción legal para el aborto en la mayoría de los países europeos se ha entendido que es una ley de plazos que permita a cada mujer tomar su propia decisión ética sin consecuencias legales negativas para ella. Por supuesto, esta opción es compatible con la defensa del derecho a la maternidad de aquellas otras mujeres que quieran seguir adelante con su embarazo. No es correcto plantear estas dos opciones de modo enfrentado o disyuntivo. Las mujeres debieran tener garantizado el derecho a optar por ambos caminos, el que ellas elijan, sin presiones en un sentido o en otro.

Las leyes de plazos no son leyes que se decanten de modo exclusivo en favor de la libertad de las mujeres, pues acotan el periodo de tiempo durante el que se puede elegir abortar: las 12 ó 14 primeras semanas de gestación, en la mayor parte de los casos. Esto supone: primero, que el aborto no sea completamente libre; y segundo, que la vida del nasciturus esté protegida por la Ley durante la mayor parte del tiempo de embarazo.

Sin embargo, muchas personas entienden que la vida humana en formación, la vida de un embrión o de un feto humanos, es todavía más importante que la libertad de la mujer, en particular, y que el derecho a la libertad en general. Para estas personas, lo más razonable, y lo más generoso, ante un conflicto de derechos como el que tiene lugar en el aborto voluntario es inclinarse del lado de la parte más débil, indefensa e inocente; es decir, del lado de la vida del nasciturus humano (en cualquier circunstancia de la mujer, o con muy pocas y concretas excepciones). Este modo de pensar, por supuesto, merece todo respeto.

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Política_

Así pues, ante una conducta humana de tanta complejidad, y tan vinculada a la conciencia de cada persona, ¿sería mucho pedir al Gobierno y al ministro de Justicia, Sr. Ruiz-Gallardón, que faciliten a los ciudadanos el ejercicio de la democracia directa convocando un referéndum para que puedan elegir libremente al menos entre tres grandes opciones: no al aborto, ley de supuestos o ley de plazos…?

¿O acaso el Sr. Ruiz-Gallardón está en contra de convocar un referéndum sobre el aborto voluntario? ¿Por qué? ¿Quizá piensa el actual ministro de Justicia, como parecen haber pensado sus antecesores, que los ciudadanos españoles no tienen capacidad individual suficiente para decidir sobre este asunto, y ha de hacerlo en representación de todos el ministro y el Gobierno que correspondan? ¿O quizá cree el ilustrado don Alberto, como parecen haber creído ministros y presidentes anteriores, que los ciudadanos necesitan la “tutela” de los partidos políticos y que, por tanto, la única posibilidad que tienen de llevar a la práctica sus ideas es mediante un pack cerrado de propuestas políticas y sociales que han de votar una vez cada cuatro años? ¿Con qué criterios la clase política española convoca, o no, un referéndum? ¿Por qué se convocan tan pocos en España? ¿La entrada en la OTAN era más importante que una ley sobre el aborto? ¿Por qué existe un hábito y ejercicio tan escasos de democracia directa en nuestro país?

Si un referéndum sobre el aborto voluntario, hoy por hoy, es demasiado pedir al Gobierno, si los actuales partidos políticos, mayoritarios o minoritarios, no facilitan ni proponen que los ciudadanos hablen y decidan por sí mismos entre un periodo electoral y otro sobre las cuestiones más relevantes, entonces es que a nuestro sistema democrático todavía le queda mucho, pero que mucho, camino por recorrer.

Los nuevos ciudadanos del siglo XXI, acostumbrados desde niños a la intercomunicación constante e instantánea que proporcionan Internet y las redes sociales -con sus también instantáneas y constantes tomas de decisiones sobre infinidad de facetas de la vida-, no aceptarán que la democracia sólo consista en votar una vez cada 4 años “el programa” de una de entre unas pocas “empresas” de poder llamadas partidos políticos. Las nuevas tecnologías de opinión y comunicación global con las que nuestras sociedades han entrado en el tercer milenio empiezan a dejar corto, insuficiente, pequeño, el modelo de democracia del siglo XX. La clase política, acostumbrada a obtener hasta ahora por el sistema de representación parlamentaria el 100% de la soberanía popular, debe empezar a conformarse con cuotas inferiores a ese 100%, pues los ciudadanos querrán (quieren ya) ejercer de modo directo y personal parte de la soberanía que les corresponde. De momento, los políticos son considerados como el tercer problema del país, pero si no saben estar a la altura de los nuevos tiempos, si no saben adaptarse a este imparable proceso tecno-cultural, si se resisten o niegan a aceptar ceder cuotas crecientes de soberanía directa a los ciudadanos, el divorcio total entre éstos y la clase política está garantizado, con consecuencias fácilmente imaginables. La democracia de un futuro que ya está aquí será una combinación de democracia directa, cada vez más democracia directa, junto a la clásica democracia representativa, o no será.

En fin, todo lo dicho pensamos que es bien conocido por don Alberto Ruiz-Gallardón, un hombre al que se le reconoce una gran visión política. Apenas dudamos de que en vez de “obsequiar” a los ciudadanos con una nueva ley sobre el aborto voluntario -que inmediatamente sería conocida como su ley, la ley Gallardón-, el ilustrado don Alberto elegirá la opción más democrática y humilde, dejando a un lado egos personales y convocando a todos los españoles a un jubiloso ejercicio de democracia directa. De modo que, por ello, muchas gracias señor ministro.

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             Alfredo Barbero - Psiquiatra del Centro de Salud Mental “Antonio Machado” de Segovia

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia