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Fecha: julio, 2012
El enigma que ha durado cuatro siglos, y los que dure
Alfredo Barbero 30-07-2012 | 10:36 | 0

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PRóLOGO

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     En un lugar de la Toscana, cuyo nombre es Villa Cottone, el pueblo o ciudad de las hermosas torres (a tan sólo 10 kilómetros de Florencia según Google Maps, y una hora en autobús), conocí hace ya más de doce años a un reputado historiador de la Universidad de Bolonia, muy amigo de Umberto Eco, llamado Fide Amatto Sentineli. Hombre de trato amable pero enérgico, blancas perilla y cabellera, soltero, enjuto y gran lector de cómics de superhéroes en sus ratos libres. Cuando finalizó la cena que compartimos varios congresistas en la terraza del conocido restaurante Il Bacino, con una refulgente luna llena iluminando la Piazza dei Cavalieri y la sinuosa estatua de la Venus de Donatello, Amatto Sentineli relató a los allí presentes una curiosísima historia por él descubierta y escrita. Traducida debidamente del italiano, paso a referírsela a ustedes a continuación.

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.PRIMeRA  PARTE

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Capítulo I_

Que trata de una grande e muy famosa historia científica

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     Un equipo interdisciplinar, o multidisciplinar, formado por investigadores en el campo de las Ciencias Sociales, especialistas en sociología, sociocibernética, teoría de sistemas, teorías de la complejidad y de la complicación (a quienes don Quijote bien hubiere podido llamar gente técnica y descomunal), junto a varios geógrafos y expertos en modelización matemática, publicó en el año 2009 el libro titulado El enigma resuelto del Quijote.

    ¿El enigma está resuelto…? Sin la menor duda, aseguran reiteradamente los dos coordinadores / concebidores del estudio: el “lugar” de la Mancha del que Cervantes no quiso acordarse en la celebérrima primera frase de su novela, el “lugar” de origen y en el que vivían Sancho y nuestro hidalgo, no puede ser otro que… Villanueva de los Infantes (al sur de la provincia de Ciudad Real, en el Campo de Montiel).

     ¡Por fin se ha descubierto! ¡Por fin sabemos de dónde era don Quijote! ¡Pásmense ante esta “tesis científica verificada”!

    Un acontecimiento tan extraordinario, de indudable rango histórico, tenía que ser difundido inmediatamente por todos los medios de comunicación. En la TV dieron la noticia numerosos canales nacionales e internacionales, incluidos los japoneses. El Ayuntamiento de Villanueva, como prueba de máximo agradecimiento, decidió colocar una placa conmemorativa que puede verse en la calle mayor del pueblo.

      Bien, leamos el libro (369 páginas… ¡todo sea por don Quijote!), editado en el servicio de publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares.

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[un mes después]

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     ¿Está seguro el primer coordinador del trabajo, don Francisco Parra Luna, catedrático emérito de Sociología de la Universidad Complutense, de no haberse equivocado muy mucho en el planteamiento, método y conclusión? La rotundidad de sus afirmaciones demuestra un total convencimiento, pero les contaré por qué, en mi opinión, sí está equivocado.

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Capítulo II_

Donde se explica que un juicio de intenciones no debe fundamentar un estudio científico

     Los coordinadores del equipo complutense basan toda su investigación en una “gran premisa” que no es más que un juicio de intenciones. En realidad, son tres los juicios de intenciones que encadenan acerca de la voluntad de Cervantes. El primero de ellos deriva de la supuesta relación entre la frase inicial de la novela, la conocidísima: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”, y esta otra frase escrita por Cervantes en el último capítulo: “…cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele  por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.” El profesor Parra afirma que “no ve” qué otro sentido puedan tener estas dos frases más que el de poner de manifiesto la intención del autor de proponer a los lectores “un acertijo” para que averigüen cuál es tan misterioso “lugar”: “Sobre la intencionalidad de Cervantes no parece posible establecer ninguna duda. Cervantes quiso poner al lector a prueba presentándole claramente un desafío, y a este respecto su frase parece no admitir ningún género de dudas de tan explícita como la presenta. Se trata de un hecho literario que no admite otra interpretación que la que se deriva de las 12 palabras de la primera frase y de las 46 de la segunda dentro del contexto sistémico en el que quedan escritas. Vienen a ser la gran premisa que fundamenta la posibilidad de encontrar el lugar de la Mancha”.

     ¿No es posible establecer “ninguna duda” sobre la intencionalidad de Cervantes? ¿El supuesto “hecho literario” no admite otra interpretación…?  Desde luego que sí.

     Pero terminemos de exponer los siguientes dos juicios de intenciones que realizan los coordinadores del equipo: “… Cervantes debió pensar de la siguiente guisa: para ubicar la cuna de don Quijote no tengo más remedio que proporcionar información cuantificada e incontrovertible por precisa, pero por otro, y para dejar la misma información disimulada enmarañada o escondida, iré describiendo el mismo lugar como si se hallara en otro sitio muy alejado de aquel donde parecen señalar las tardanzas, o bien no me preocuparé demasiado de errores o despistes varios si no afectan a las estimaciones métricas de mi plan geográfico. [...] Cervantes se dedica en paralelo y durante toda la novela a dejar implícitamente dicho (proporcionando recorridos y tardanzas precisas entre sitios reales) cuál es el “lugar”, y también a contradecirse sistemáticamente para velarlo al máximo posible”.

      ¡¡Y luego dicen que los científicos no tienen fantasía!!

    Después de un ejercicio especulativo tan elaborado sobre las intenciones de Cervantes, que supera incluso a los clásicos del psicoanálisis, se hace difícil escuchar la expresión “¡con la ciencia hemos topado!”, que los coordinadores utilizan en el texto para autocalificarse.

     Un juicio de intenciones no debe ser nunca la base o fundamento de un estudio científico. Las intenciones de las personas, a día de hoy, no pueden conocerse de modo objetivo. No disponemos de ninguna tecnología -escáner, tomografía axial computarizada, resonancia magnética nuclear, tomografía por emisión de positrones, electrofisiología cerebral, etc.-, ni de ningún otro modelo científico que nos permita conocer qué intenciones tienen las personas en sus mentes (el modelo psicoanalítico, y su pretendida capacidad de conocer las motivaciones inconscientes, está todavía muy lejos de alcanzar el estatus científico). Si no se habla directamente con las personas para que expresen cuáles son sus intenciones, o se dispone de un elemento empírico de prueba externo (un vídeo, una grabación, un testimonio fiable, un documento manuscrito y firmado, etc.), las intenciones que se mueven en el interior de la mente humana sólo pueden ser hipotetizadas.

     El error de fundamentación es muy claro: los juicios de intenciones no deben tomarse como “premisa”, ni grande ni pequeña, en un estudio que se pretenda científico.

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Capítulo III_

De cómo el primer juicio de intenciones encadena otro, y otro más, que son tres

     El profesor Parra realiza el siguiente proceso lógico para fundamentar su investigación:

   1. Primer juicio de intenciones: interpretando la voluntad de Cervantes a partir de dos frases, asegura que en la novela se propone un “acertijo-desafío” para que futuros lectores averigüen cuál es el “lugar” de la Mancha. Esta es la que llama “gran premisa”, y sobre ella se intentan sostener todos los cálculos matemáticos posteriores. Pero los cálculos matemáticos no pueden sostenerse sobre esa base porque, como todo juicio de intenciones, la “gran premisa” no pasa de ser una simple hipótesis. ¿Han verificado los complutenses empíricamente, científicamente, esta hipótesis, la primera y más importante de las hipótesis a verificar? No. ¿Han hablado con Cervantes, o hallado algún testimonio o documento que acredite cuál era su intención al escribir esas dos frases? No, o al menos no lo dicen.  Entonces, ¿cómo es posible que la primera de las hipótesis de trabajo, sin ser verificada, se considere ya una “gran premisa” que a priori se da por cierta? ¿El hecho de que el profesor Parra no vea otro significado a las dos frases de Cervantes, o no sepa interpretar de otro modo el texto, se puede considerar una verificación empírica de su hipótesis? No, es obvio que no. El método científico exige someter todas las hipótesis a un proceso de verificación positiva (dicho coloquialmente: hay que aportar pruebas). No existe en ciencia la “verificación negativa” de las hipótesis por falta de hipótesis alternativas (una falta que, además -como veremos más adelante-, no se da en nuestro caso). En la frase del último capítulo del Quijote mencionada, Cervantes propone que los pueblos de la Mancha “contiendan” por ahijársele y tenerle por suyo, pero de ahí a asegurar que lo que está haciendo es proponer a los lectores “un acertijo”, “un desafío” o “una invitación a la contienda intelectual” (y que ésta es su “voluntad clara y explícitamente expresada”) hay mucho, pero que mucho, trecho imaginario e interpretativo por recorrer. Como hipótesis se puede formular, desde luego, pero lo que no se puede es afirmar con terca rotundidad la veracidad de la misma sin haberla demostrado. No hay pues tal “innegable” y “taxativo” [...] “hecho literario”. El llamado por el profesor Parra “hecho literario” no es más que la interpretación que él hace del texto. Es decir, es una simple hipótesis.

   2. Al dar por cierta -sin la necesaria verificación empírica- la hipótesis del supuesto “acertijo-desafío”, los coordinadores hacen por deducción un segundo juicio de intenciones asegurando que Cervantes dejó escritas en su novela las tardanzas y las distancias exactas desde varios puntos geográficos (en particular, desde tres muy concretos: Puerto Lápice, El Toboso y el punto de penitencia en Sierra Morena) hasta el pueblo de don Quijote, porque era su voluntad que se hiciesen los cálculos oportunos para averiguar cuál es ese lugar. El primer juicio de intenciones, la llamada “gran premisa”, es la condición necesaria para considerar ahora los “datos” que Cervantes suministra en la novela como datos objetivos, exactos, equivalentes a información real o empírica (a la información que podría proporcionar un geógrafo o un cartógrafo cronómetro en mano), sin que nadie piense que “el equipo se ha vuelto loco”, o que “se han fumado unas hierbas”, por tomarse de forma rigurosamente literal la información de una obra de ficción literaria (como durante muchos siglos, por cierto, se hizo con la Biblia). La información suficiente que Cervantes estaría obligado a proporcionar en su novela para que los lectores localizásemos el “lugar” de la Mancha, si es que esta era su verdadera intención, no tiene por qué ser necesariamente información cuantificada (tardanzas y distancias). Don Miguel bien pudo dejar, si así lo hubiese querido, una o varias claves adverbiales (no cuantificadas) con las que poder realizar de modo preciso la identificación del pueblo de don Quijote.

   3. Finalmente, y por si los dos anteriores fueran poco, el profesor Parra hace en su proceso de intenciones a Cervantes un tercer juicio encadenado, asegurando que “el fárrago de contradicciones y errores” espacio-temporales de la novela (señalado al detalle por muchos cervantistas) obedece al propósito de ocultar mediante “varias líneas de camuflaje”, para velarla al máximo posible, la que sería la intención principal del autor (primer juicio de intenciones): que se descubra el pueblo de don Quijote mediante un cálculo matemático preciso.

(Nota.- Dos hechos pueden comprobarse al leer el estudio complutense: 1) que los coordinadores, a pesar del tono interpretativo un tanto “iluminado” que utilizan (consecuencia probable de su firme creencia en un hipotético “imperativo sistémico” entre dos frasees), lo único que hacen en la práctica es INTERPRETAR, sólo INTERPRETAR, y nada más que INTERPRETAR, las palabras de Cervantes. Para avalar su primera y GRAN HIPÓTESIS del “acertijo-desafío”, la hipótesis de cuya verificación depende la viabilidad de todo el estudio, no presentan ninguna prueba empírica externa al texto cervantino. Ninguna. Resulta difícil de creer, pero es así. Y 2) que los coordinadores identifican y confunden su legítima interpretación sistémica de las dos frases de la novela, con el ulterior proceso de verificación empírica. Como si una interpretación, por ser sistémica, ¡fuese ya una prueba! Más todavía: ¡¡un hecho comprobado!! (Hasta este punto no llegaron ni el clásico Von Bertalanffy, ni los desinhibidos teóricos del Santa Fe Institute). Las interpretaciones e hipótesis que se basan en la Teoría de Sistemas pueden resultar acertadas o equivocadas, como cualquier otro tipo de hipótesis e interpretación, pero en ningún caso equivalen por sí mismas a la verificación empírica de lo interpretado o hipotetizado. Confundir la interpretación sistémica de dos frases del Quijote con un hecho empírico es un sorprendente desliz del profesor Parra (aunque no menos sorprendente resulta que, hasta la fecha, ningún cervantista se lo haya señalado). El error de origen en el planteamiento de la investigación es tan importante que hace quebrar el único pilar sobre el que se sustenta, de modo que todo el laborioso trabajo de matemáticos, geógrafos, historiadores, filólogos, etc., sólo sirve para llegar a una conclusión que en ningún momento puede considerarse científica.

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Capítulo IV_

De cómo Cervantes pudo tener distintas intenciones, aunque haya quién no lo las vea o quiera ver

     Pensemos en algunas de las posibles intenciones de Cervantes (por supuesto, bien pudieron ser otras) cuando escribió las dos frases del Quijote cuya interpretación fundamenta el estudio complutense:

   1) Cervantes, gran maestro de la ironía, en un texto en el que éstas llueven por millares, quiso hacer al final de la novela la mayor -o una de las mayores- de todas: comparar al hidalgo loco don Quijote en relación a su lugar de origen nada menos que con el padre de la Literatura occidental, Homero. (Un sentido de la ironía aceptablemente desarrollado hace entender la última frase de este modo a varios lectores con los que he consultado).

   2) O bien, lo que quiso con su primera frase fue homenajear a toda la Mancha. (Como han pensado muchos cervantistas a lo largo de los siglos por la sencilla razón de que ya don Miguel en el capítulo I de la Primera Parte dice lo siguiente: “[...] Pero acordándose que el valeroso Amadís no solo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.”).

   3) O quizá su intención, sin pensar en pueblo concreto alguno, estuvo determinada por la musicalidad de las palabras, cuestión que tanto importa a los grandes creadores literarios. (Cervantes pudo pensar, no sin razón, que el apelativo don Quijote de la Mancha es expresión redonda y musical).

   4) O pudo pensar, no en uno, sino en más de un “lugar” de la Mancha como con frecuencia hacen los escritores para luego fundir en un crisol las características de sus personajes y escenarios literarios.

    5) O quizá quiso abrir un interrogante para captar la atención del lector, y dejarlo más tarde sin respuesta para que ese misterio permaneciese en la novela. (La vida está llena de misterios).

   6) O bien en verdad quiso proponer un “acertijo-desafío”, de modo que su “datos” sobre tardanzas y distancias deben ser tomados de modo literal, como si fuesen los datos reales proporcionados por un cartógrafo o un geógrafo que conociese muy bien el territorio de la Mancha. (Como asegura el profesor Parra).

   7) O pudo incluso ser su intención la de gastar la enorme broma de poner una trampa para lectores incautos que pudieran tomarse de modo literal las distancias y tardanzas de la novela (posibilidad que en el caso de los eruditos/investigadores consideraríamos como “una trampa para elefantes”), de modo que al morder ese anzuelo, ese falso reclamo, empezasen a buscar como locos hasta debajo de las piedras, haciendo cálculos por aquí y por allá, el tan famoso “lugar” de la Mancha. (¿Se imaginan las carcajadas de Cervantes si ésta, y no otra, fue su intención?).

   Sin pretender confeccionar un listado exhaustivo sobre las posibles intenciones de Cervantes, hemos formulado siete hipótesis: 1) hipótesis de la “GRAN IRONÍA”; 2) hipótesis del “homenaje a la Mancha”;  3) hipótesis “musical”; 4) hipótesis del “crisol literario”; 5) hipótesis del “interrogante-misterio”; 6) hipótesis del “acertijo-desafío”; y 7) hipótesis de la “trampa/elefantes”.

     Ante una situación como esta, un científico trataría de verificar o rechazar empíricamente cada una de estas 7 hipótesis sin descartar ninguna a priori (otra cosa es que la naturaleza epistemológica de este tipo de objetos de estudio permita hacerlo, un problema con el que se topan a menudo las disciplinas humanísticas y las ciencias sociales). La probabilidad de que una de esas siete opciones sea acertada (y seguro que a los lectores y cervantistas se les ocurre alguna más, puesto que estamos especulando sobre las supuestas intenciones de un escritor), en principio es exactamente la misma. Ningún descarte de alguna de las 7 hipótesis, suprimiendo la necesidad de su verificación empírica, sería aceptable a los ojos de un científico. Ni criterios tan subjetivos como los de la mayor o menor “credibilidad”, “lógica” o “verosimilitud” de la hipótesis, ni el rígido criterio de un supuesto “imperativo sistémico” entre las dos frases escritas por Cervantes (¿imperativo… ? ¿cómo se determina un significado imperativo entre dos frases de una novela? ¿quién lo determina?), deben servir de excusa para eliminar alguna de las hipótesis, no sometiendo todas a verificación empírica. Por tanto, un “dato” no verificado cuya probabilidad de certeza es 1/7, o menor, sencillamente no es un dato, ni puede ser “gran premisa” en un estudio de investigación. La llamada “GRAN PREMISA” en realidad es una PSEUDOPREMISA, y con ella no pueden hacerse cálculos cuyo resultado se pretenda científico, aun cuando se trate de las ecuaciones de mayor complejidad matemático-cibernética realizadas por un equipo interdisciplinar de varias Universidades.

[Nota.- Algunos científicos sociales, si me permiten el consejo, debieran cuidar no emocionarse en demasía (para que no se les suba un poco a la cabeza) con la interdisciplinariedad, la teoría de sistemas, la cibernética, las teorías de la complejidad y de la complicación, etc., como si estos nuevos y vanguardistas métodos y modelos de las Ciencias Sociales pudiesen explicar con precisión el Universo todo, real e imaginario. Una capacidad epistémica que, desde luego, ninguna ciencia tiene.]

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     La clave del arco, la llamada “gran premisa” del estudio que dirige el profesor Parra, es a un tiempo: 1) una hipótesis no verificada que se hace pasar por dato cierto sin que se haya demostrado que lo sea; 2) la interpretación de dos frases del Quijote forzando un significado conjunto (por “imperativo sistémico”), cuando la primera el propio Cervantes nos dice que alude a la “patria” (en un sentido extenso, como en Amadís de Gaula), y la última está escrita en un claro registro irónico; y 3) un juicio de intenciones a Cervantes.

     El arco, con una clave como esa, no puede sostenerse. Todas las ecuaciones matemático-cibernéticas y los sofisticados modelos de simulación que se realizan en los brillantes Anexos Técnicos del final del libro (y así lo reconocen con humildad varios matemáticos) están absolutamente condicionados para tener algún valor científico a la veracidad de la primera hipótesis (la mal llamada “gran premisa”), una hipótesis que no es objeto de verificación empírica por parte del profesor Parra. La “conclusión matemática” a la que se llega es un mero cálculo teórico sobre una premisa indemostrada. La “conclusión matemática”, por tanto, no puede considerarse científica.

     Los molinos no eran gigantes, pero quizá sí tengan los pies de barro.

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Capítulo V_

Donde se recuerda lo que le dijo Hamlet a su amigo Guildenstern cuando éste pretendió conocer las intimidades de su alma, que son hechos ciertos y de gran provecho

“[...]

-¡Ah, las flautas! Dejadme ver una. ¿Por qué no tocas algo?

-No sé, mi señor.

-Te lo ruego.

-Creedme, no sé.

-Te lo suplico.

-No tengo idea de cómo se toca, señor.

-Es más fácil que mentir. Maneja estos agujeros con los dedos, tapa éste con el pulgar, dale el aliento de tu boca y pronunciará la música más elocuente.

-No tengo el poder de que se expresen con armonía. Me falta la destreza.

-Vaya, vaya, qué manera de menospreciarme. A mí sí me quieres tocar, a mí si pareces saber taparme los agujeros, a mí si me arrancarías el corazón del misterio, a mí si me ibas a pulsar, desde la nota más baja a la más alta del diapasón; y con la cantidad de música, con la excelente voz que hay en este pequeño órgano, no consigo que le hagas hablar. ¿Te parezco más fácil de tocar que una flauta? Tómame por el instrumento que quieras, pero por mucho que rasques no sabrás hacerme sonar. [...]“

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“Forsi altro canterà con miglior plectio”

(Quijote, I, cap. 52)

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 FIN DE LA PRIMeRA PARTE

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Alfredo Barbero – Psiquiatra del Centro de Salud Mental “Antonio Machado” de Segovia

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El loco don Alonso
Alfredo Barbero 06-07-2012 | 10:48 | 0

En un lugar de La Mancha, del que todo el mundo se acuerda sin saber siquiera su nombre, ha mucho tiempo que vivía un hidalgo cincuentón, soltero aunque enamoradizo, flaco como su rocín, noble de naturaleza, escaso de hacienda y gran lector, llamado don Alonso Quijano. ¿Se volvió loco este personaje…? Unos dirán que sin ninguna duda, loco de remate. Otros pensarán que es imposible, porque son las personas reales, no los seres ficticios de una novela, quienes padecen trastornos mentales. Según se mire, según cómo nos tomemos el juego literario, unos y otros tienen su parte de razón.

A don Alonso Quijano se le podría “diagnosticar” de Trastorno de ideas delirantes (diagnóstico codificado como F22.0 en la CIE 10, OMS, 1.992). Se trata de uno de los tipos de trastorno psicótico que hay. La categoría incluye conceptos nosológicos más antiguos como el de Paranoia y Parafrenia. Además de delirar, don Alonso tiene también alteraciones perceptivas de vez en cuando. No son las alucinaciones auditivas típicas de personas jóvenes con esquizofrenia, sino ilusiones visuales que le hacen deformar y confundir algunos objetos de la realidad (por ejemplo, ver gigantes, palacios o doncellas allí donde hay molinos, ventas y lugareñas). Estos síntomas acompañan al núcleo fundamental del trastorno, que no es otro que el delirio. El tema delirante en don Alonso es un claro tema de grandiosidad, una megalomanía. Los caballeros andantes son héroes desfasados, por lo que sería muy difícil encontrar en la actualidad una persona delirante de estas características. En cambio, todavía hoy es frecuente encontrar el delirio de grandeza de creerse Jesucristo y poder salvar a la Humanidad de todas sus desgracias. Un delirio de grandeza, de un tipo u otro, siempre supone la hipertrofia, la suplantación al alza, de la propia identidad.

Las personas que deliran se vuelven fanáticos de su creencia. Don Alonso ejercita por toda La Mancha su creencia delirante con gran pasión, de modo vehemente, emocionalmente sobreimplicado. Al mismo tiempo, es capaz de hacer serenos y equilibrados juicios sobre muchos asuntos, siempre y cuando no se toque su tema delirante. Esta coexistencia en don Alonso de profunda locura y profunda cordura, es por completo realista. A las personas que en la vida real tienen este trastorno les ocurre lo mismo. Conservan intacta la capacidad de juicio cuando no se relaciona con el tema del delirio. Cervantes construye para su personaje una locura de ficción muy próxima a la realidad. ¿Conocería en vida a alguna persona con trastorno delirante…?

El realismo de la trastornada “mente” de don Alonso es necesario para dar al personaje su sólida consistencia. Actúa como la estructura de un edificio. Si la “locura” de don Alonso estuviese mal construida, el personaje no sería creíble, resultaría falso. Un loco artificial, un loco de pega o de broma, alejado de los perfiles psicopatológicos reales, habría impedido que don Alonso pudiese representar lo más importante: a un loco bueno y honrado, un loco sabio; es decir, a una persona buena y honrada, una persona sabia. La gran inteligencia literaria de Cervantes le permitió crear un personaje de íntegra autenticidad, locura incluida.

Lo menos realista del personaje desde el punto de vista psiquiátrico es el curso clínico del trastorno. En personas de edad avanzada es habitual que estos procesos se hagan crónicos, y mueran con el delirio. Cervantes salva a don Alonso de morir loco en el último capítulo de la novela, tras criticar con lucidez sus pasados desvaríos. ¿Por qué hizo esto Cervantes? Es cierto que el autor necesitaba matar al personaje para que en adelante ningún otro Avellaneda pudiera apropiarse del caballero malbaratándole a su antojo, pero también es posible que Cervantes quisiese darle la mayor dignidad en el momento de la muerte: la dignidad de la consciencia. Con todo lo que había sufrido en su loca peripecia, con tantas burlas y palos recibidos, con la gran nobleza de que hizo gala en las situaciones más difíciles, don Alonso se merecía ese momento solemne en el que todos al final del libro, empezando por su autor, le demuestran un total respeto.

Conviene saber que el trastorno delirante no es un buen modelo de locura. Si la gente se guía por este modelo puede sacar una idea equivocada. De hecho, el trastorno delirante es muy poco frecuente comparado con el trastorno psicótico más grave de todos, la esquizofrenia. Se estima que hay un 1% de personas con esquizofrenia y sólo un 0.03% de personas con un trastorno delirante específico similar al que podría tener don Quijote. Y en la esquizofrenia, la coexistencia entre cordura y locura ya no se da en la misma proporción, deteriorando en ocasiones esta psicosis de forma muy grave la capacidad de juicio y otras funciones mentales. La realidad supera a la ficción, sobre todo en dureza.

En su texto, Cervantes plantea un curioso caso de doble identidad, de ficción dentro de la ficción, igual que hizo Shakespeare con Hamlet. El humilde hidalgo manchego Alonso Quijano, después de cientos de lecturas de libros de caballerías -y de poco comer y menos dormir- empieza a “delirar” creyendo ser él mismo un caballero andante llamado a desfacer entuertos. Así pues, tenemos un personaje literario con “dos identidades”. La “identidad delirada”, la identidad del supuesto caballero don Quijote de La Mancha, representa muy bien la ambición de los seres humanos por alcanzar fama y renombre, el empeño por ser alguien, la vanidad. Un empeño que, como en esta ocasión, a menudo resulta notablemente tragicómico. Sin su nueva identidad de caballero andante don Alonso seguiría en el anonimato. Nadie, salvo un círculo muy reducido de allegados de su pueblo, le conocería. Pero él desea todo lo contrario, desea ser conocido y que sus hazañas se difundan y sean admiradas en todos los reinos y en todas las épocas. ¡Quiere ser famoso! Quiere ser el más famoso de cuantos caballeros andantes hayan existido, existan o vayan a existir. No se conforma con menos. Un delirio de grandeza es una forma de ambición patológica. A don Alonso le mueven buenas y nobles intenciones, pero su “mente” está trastornada por alcanzar Fama y Gloria.

No es difícil adivinar el propio deseo de Cervantes proyectado en su personaje principal. Nuestro escritor seguramente también quería alcanzar la Fama y la Gloria literarias, ser uno de los grandes de la Literatura. Por fortuna para todos, su legítima ambición vocacional se vio cumplida con creces.

Una parte del estilo cómico de la novela recuerda mucho al de las películas mudas, llenas de golpes, caídas y tortazos. Es una comicidad simple, un tanto infantil, aunque eficaz para conseguir que la narración sea apta para todos los públicos. Además, y del mismo modo que Erasmo en su Elogio de la locura, Cervantes hace gala de un gran y muy sutil sentido de la ironía que pone de manifiesto en infinidad de ocasiones. También en el juego con la “doble identidad” de su personaje. La “identidad delirada”, don Quijote, es la más llamativa, la que sorprende, divierte, monta el espectáculo y provoca la risa. Sin embargo, poco de importante habría en el personaje sin el buen corazón y sabio juicio que conserva de su “identidad cuerda”, don Alonso. Lo mejor de la inmortal novela de Cervantes no son las aventuras cómicas, lo mejor son sus espléndidos diálogos, reflexiones y parlamentos. Don Quijote resulta simpático, don Alonso admirable. La grandeza del personaje no procede de su locura, sino de su noble, culta y sabia cordura.

El hidalgo manchego, antes de alocarse, tenía entre sus convecinos el sobrenombre de El Bueno, una fama de muy corto alcance entonces como ahora. Nuestro mundo, cuatrocientos años después, todavía no ha encontrado un genio encantador que logre disminuir los entuertos, los malandrines, los desaguisados o los bellacos (que continúan creciendo a excelente ritmo). Y por supuesto, nadie se hace famoso en la TV, las redes sociales o YouTube por ser, simplemente, bueno.

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……Alfredo Barbero – Psiquiatra del Centro de Salud Mental “Antonio Machado” de Segovia

 

 

 

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia